El horno – Joaquín Gómez Bas

Joaquín Gómez Bas

España (1907-1984)

Era un invierno criminalmente frío. La idea se le ocurrió al abrir la tapa del horno y sentirse envuelto en una ola de aire caliente, achicharrante. Sería un verdadero negocio envasarlo y venderlo. Lo puso en práctica en seguida. Salió a la calle con un carrito de mano y casa por casa fue adquiriendo a precios de pichincha centenares de botellas vacías. Ya en su casa, encendió el gas del horno y aguardó a que se elevara la temperatura interior. Cuando consideró logrado el punto conveniente, abrió, metió la cabeza dentro, aspiró el aire abrasante y lo sopló en la primera botella, que tapó justamente con un corcho. Repitió el procedimiento con unas cuantas y salió a venderlas. Hizo un negocio redondo. Las vendía en cajones de doce botellas cada uno y no daba abasto. Lo único en contra era que de tanto meter la cabeza en el horno había perdido en reiteradas chamusquinas, el pelo de la cabeza, de las cejas y del bigote. Sin embargo, no desistía. Ganaba mucho dinero. No era cuestión de abandonar semejante ganga por pelos de más o de menos.

Un día sintió cierta picazón en una oreja y al intentar rascársela se le desprendió convertida en ceniza. Lo mismo le pasó con la otra a la semana siguiente, y más tarde con la nariz, el cuero cabelludo, la piel de la cara y los párpados. Inexplicablemente, conservó hasta el final los labios. Cuando éstos también se le cayeron le resultó imposible soplar el aire caliente dentro de las botellas. Y se le acabó el negocio.

Cuento tomado de Entremeses literarios (CXC): http://eljineteinsomne2.blogspot.com.ar/

 

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Gabriel García Márquez – Cien años de soledad: la novela detrás de la novela

Gabriel García Márquez México, DF, 2001

Revista Cambio

Gabo revela los secretos del manuscrito de Cien Años de Soledad que va a ser subastado en Barcelona por más de medio millón de dólares.

 

Por Gabriel García Márquez

A principios de agosto de 1966 Mercedes y yo fuimos a la oficina de correos de San Angel, en la Ciudad de México, para enviar a Buenos Aires los originales de Cien Años de Soledad. Era un paquete de quinientas noventa cuartillas escritas en máquina a doble espacio y en papel ordinario, y dirigido al director literario de la editorial Sudamericana, Francisco (Paco) Porrúa. El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales, y dijo:

—Son ochenta y dos pesos.

Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que llevaba en la cartera, y me enfrentó a la realidad:

—Sólo tenemos cincuenta y tres.

Tan acostumbrados estábamos a esos tropiezos cotidianos después de más de un año de penurias, que no pensamos demasiado la solución. Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos a Buenos Aires sólo la mitad, sin preguntarnos siquiera cómo íbamos a conseguir la plata para mandar el resto. Eran las seis de la tarde del viernes y hasta el lunes no volvían a abrir el correo, así que teníamos todo el fin de semana para pensar.

Ya quedaban pocos amigos para exprimir y nuestras propiedades mejores dormían el sueño de los justos en el Monte de Piedad. Teníamos, por supuesto, la máquina portátil con que había escrito la novela en más de un año de seis horas diarias pero no podíamos empeñarla porque nos haría falta para comer. Después de un repaso profundo de la casa encontramos otras dos cosas apenas empeñables: el calentador de mi estudio que ya debía valer muy poco, y una batidora que Soledad Mendoza nos había regalado en Caracas cuando nos casamos. Teníamos también los anillos matrimoniales que sólo usamos para la boda, y que nunca nos habíamos atrevido a empeñar porque se creía de mal agüero. Esta vez, Mercedes decidió llevarlos de todos modos como reserva de emergencia.

El lunes a primera hora fuimos al Monte de Piedad más cercano, donde ya éramos clientes conocidos, y nos prestaron —sin los anillos— un poco más de lo que nos faltaba. Sólo cuando empacábamos en el correo el resto de la novela caímos en la cuenta de que la habíamos mandado al revés: las páginas finales antes que las del principio. Pero a Mercedes no le hizo gracia porque siempre ha desconfiado del destino Seguir leyendo “Gabriel García Márquez – Cien años de soledad: la novela detrás de la novela”

Gabriel García Márquez: El coronel no tiene quien le escriba/La mala hora

Rene Char

Mágicas RuinasFragmentario

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“…Leídas como una sola obra (y de hecho, así fueron concebidas), estas dos novelas mayores equivalen a un retrato tan profundo de América como el de ‘Cien años’: son una señal de que estos países antropófagos, desvelados por el sentimiento de su propia culpa, están habitados por criaturas miserables que provocan la condenación y por locos redentores que la borran. Como sucede en las teologías, en las epopeyas y en el corazón de cada hombre…”

 

Adiós a Macondo

— El orden en que los argentinos leyeron a García Márquez se parece a las escaleras reales del poker: es un orden insuperable pero a la vez misterioso, la única pirueta perfecta del azar. Primero, en junio de 1967, apareció Cien años de soledad, que abría y cerraba de un saque el ciclo de Macondo: era su novela más peligrosa, el último arcabuzazo de una obra construida sobre el peligro. En agosto, García Márquez en persona llegó a Buenos Aires para sembrar la desorientación entre sus lectores, para abjurar de la literatura en beneficio de la vida. Su invasión coincidió con la salida de ‘La hojarasca’, un relato compuesto entre los 19 y los 22 años, que contiene en embrión a todos los demás. Los cuentos de ‘Los funerales de la Mamá Grande’ surgieron en diciembre; estas otras novelas, entre mayo y junio de 1968. Ahora se ve que eran un solo libro, llenos de lunares y toboganes, de banderas fosforescentes y planetas maravillosos. Mientras tanto, García Márquez se iba transformando en otro escritor (ni más ni menos espléndido que el de Macondo; sólo distinto), al que probablemente deberá leerse en absoluto estado de inocencia, sin pensar en ‘Cien años’, sin recordar siquiera ‘El coronel’: este pentágono de ficciones servirá quizá sólo como punto de referencia cuando él invente una escalera imperial para ir más allá de la escalera real, una cuarta estrella en las hombreras de los generales.

El coronel‘ y ‘La mala hora son el derecho y el revés de un mismo espejo; en ‘El coronel’ cada palabra es necesaria, cada desaliento del protagonista tiene una fuente, una desembocadura y una playa a la que van a para todas esas aguas; ‘La mala hora’, en cambio, es una cofradía de episodios que a veces no terminan y que casi nunca observan las leyes del parentesco; todo lo que los une es Macondo, un diluvio, y la aparición de unos pasquines acusadores. Que el espejo es uno solo, sin embargo, se nota porque los bordes han sido cincelados con la misma destreza de un lado y otro, y porque el azogue (el elemento mágico) es también uno: la guerrilla en los montes de Colombia.

La mayor aflicción del Coronel es su pobreza, sostenida con dignidad y sin arrugas en la levita: va todos los días al correo a pedir noticias de una pensión oficial que jamás llega. Su vida discurre entre el asma de su mujer, las mentiras del abogado que lo asiste, la hipocresía de don Sabas —el gran mercader del pueblo— y la nostalgia por el hijo muerto en la guerrilla. Ha heredado del difunto un gallo de riña y trama salvarse de la miseria enfrentándolo al gallo campeón de un pueblo vecino. Cuando se decide, ya es otro hombre: una especie de Cristo que elige al gallo como símbolo de una redención personal y gregaria, un maestro del peligro que promete la riqueza (el Cielo) a cambio de una ofrenda (alpiste para el animal) Seguir leyendo “Gabriel García Márquez: El coronel no tiene quien le escriba/La mala hora”

Kafka y sus amigos

Juan Forn

El Ortiba

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“…Los kafkólogos se jactan de haber reconstruido la vida de Kafka casi instante por instante (“quedan aún algunos momentos poco conocidos”, afirma con petulancia Cermak en cierto momento de su libro). Podrán quizá recitar hora por hora, incluso minuto por minuto, lo que hizo Kafka cada día de su vida, pero es evidente que todavía no han llegado a conocerlo como lo conocieron –y nos lo hacen conocer– Brod y Janouch…”

¿Cuál de todos los Kafka que nos han ido llegando a lo largo del siglo XX es el que más se corresponde con la realidad? Desde que Max Brod, el amigo que salvó su obra del fuego, escribió el suyo, son cientos los que intentaron biografías y ensayos críticos sobre él. Ahora llega Kafka, ficciones y mistificaciones (Emecé), del checo Josef Cermak, con un conspicuo prólogo de María Kodama, que carga vitriólicamente contra el otro Kafka escrito por alguien que lo conoció: el de Gustav Janouch, el joven aspirante a escritor que anotó hasta la última de las conversaciones que mantuvieron. ¿A qué se debe esta resistencia furiosa a estos testimonios directos de quienes conocieron a Kafka?

max_brod-1914El mundo de la kafkología es un mundo signado desde su origen por el desagradecimiento: no hay kafkólogo que no acuse a Max Brod de traicionar a Kafka, en lugar de agradecerle por no haber quemado esos papeles.

Como bien se sabe, Brod incumplió por partida triple aquel pedido postrero de Kafka (“Quémalo todo, sin leerlo antes. Quiero que se me olvide”): 1) no quemó, 2) sí leyó y 3) hizo todo lo que pudo para que el mundo no olvidara nunca a Kafka. Brod dejó a un costado su propia carrera literaria y dedicó veinte años de su vida a trabajar por Kafka. En esos veinte años (de los ’30 a los ’50), la obra de Kafka pasó de ser singularmente imaginativa a ser profética, y de ser profética a ser realista, a retratar como ninguna otra la realidad del mundo.

conversations_with_kafka2Precisamente por esa razón aparecieron en el mundo los kafkólogos. Cuando la primera horneada de aquellos fanáticos llegó en peregrinación a Praga, apenas terminada la Segunda Guerra –recordemos que Brod comenzó a publicar la obra de Kafka en alemán cerca del año ’30, y en el ’33 debió trasladarse a Palestina, lo que dificultó la aparición de los libros de Kafka, y después vinieron la anexión de Austria, la invasión a Polonia y la guerra, y tengamos en cuenta que en los primeros años de posguerra no era nada fácil llegar hasta Checoslovaquia–, así que cuando aquellos kafkólogos iniciales se las arreglaron para llegar a Praga en 1946 y 1947, descubrieron que casi no quedaban con vida personas que hubieran conocido a Kafka personalmente (buena parte de la familia y muchos de los amigos habían muerto en los campos de concentración nazis). Por eso impresionó tanto a los kafkólogos la aparición de Gustav Janouch y sus Conversaciones con Kafka en 1951. Seguir leyendo “Kafka y sus amigos”

La piedra filosofal. Oliverio Girondo: Obras Completas

Mágicas Ruinas – Fragmentario

Texto publicado en: Primera Plana – 27 de agosto de 1968

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Son siete libros, y por los peldaños de esa escalera cabalística se puede acceder a la más honda y alta experiencia poética que se haya realizado en la Argentina; a la aventura de lenguaje más extrema producida por la poesía en lengua española de este siglo. Sin embargo, mientras su autor la realizó —en un lapso de cuarenta años; los que separan la publicación de ‘Veinte poemas para ser leídos en un tranvía’ (1922), de la versión ampliada y definitiva de ‘En la masmédula’ (1963)—, pocos se detuvieron a considerarla: eligieron equivocarse, casi siempre, con el prodigio de su evolución formal; confundir esa tentativa única de hacer morder el polvo a los significados y los significantes con una coquetería, con el ejercicio exótico y solitario de un dandy.

No es casual, por lo tanto, que Oliverio Girondo haya cortado lentamente todas sus amarras con la literatura de su tiempo —y con sus representantes—, para renacer a fines de la década del cuarenta, rodeado de nuevos rostros de creadores, navegando majestuosamente hacia el trono de Príncipe de los Poetas Argentinos, que nadie ha podido arrebatarle desde entonces. Cuando murió —si puede usarse con él ese eufemismo—, el 24 de enero de 1967, hacía mucho que este hombre de 75 años había dejado de necesitar pruebas para la confirmación Seguir leyendo “La piedra filosofal. Oliverio Girondo: Obras Completas”

John Steinbeck y sus Obras

El ortivaColectivo cultural popular

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John Steinbeck (EE. UU., 1902-1968). Escritor estadounidense, galardonado con el Premio Nobel. Steinbeck describió en su obra la eterna lucha de las gentes que dependen de la tierra para sobrevivir. Nació el 27 de febrero de 1902 en Salinas (California), y estudió en la Universidad de Stanford. Durante su juventud trabajó como bracero y recolector de fruta. En La copa de oro (1929), Steinbeck narra la vida y las hazañas del famoso pirata galés del siglo XVII Henry Morgan. A continuación publica Las praderas del cielo (1932), una colección de relatos que describe la vida en una comunidad de granjeros del sur de California. En esta novela aborda por primera vez los temas sociales que caracterizan la mayor parte de su obra. Entre sus primeros libros cabe citar A un dios desconocido (1933), la historia de un granjero cuyas creencias en el culto de la fertilidad pagano le llevan a sacrificar su propia vida durante una época de terrible sequía; Tortilla Flat (1935), un relato entre picaresco y romántico sobre los emigrantes mexicanos establecidos en los alrededores de Monterrey (California); Una vez hubo una guerra (1936), la historia de una huelga de recolectores de fruta, y La fuerza bruta (1937), la patética historia de dos braceros itinerantes que luchan por conseguir su propia granja.

las-uvas-de-la-iraLa obra más popular de Steinbeck es Las uvas de la ira (1939, Premio Pulitzer en 1940), el triste relato de una familia procedente de una empobrecida región de Oklahoma que emigra a California durante la depresión económica de los años treinta. Esta controvertida novela, recibida como un conmovedor documento de protesta social, se ha convertido en un clásico de la literatura estadounidense Seguir leyendo “John Steinbeck y sus Obras”

Roberto Bolaño: Genio y figura. La leyenda del gran escritor

Héctor Pavón

Revista Eñe 22/09/07

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Por momentos parece que el fervor de sus fans en toda América latina excede incluso los límites de una pasión. Roberto Bolaño, muerto a los 50 años, tiene todas las condiciones para ser considerado el gran escritor latinoamericano contemporáneo. ¿Pero lo es? Aquí, qué piensan Isabel Allende, Darío Jaramillo, Fernando Vallejo, Fogwill, Alberto Fuguet y 39 autores jóvenes reunidos en Colombia.

La palabra leyenda viene de legenda, que en latín significa “lo que debe ser leído”. Hay consenso, un acuerdo de masas lectoras, un dogma, que sostiene que Roberto Bolaño es una leyenda y que debe ser leído.

También circula una certeza: Bolaño, el fallecido escritor chileno, multiplica sus lectores en forma permanente. Quienes lo leen se transforman en seguidores y suelen pasar al estadio de fans como si esa estrella a alcanzar fuera un Jim Morrison (muy escuchado por Bolaño). Y aunque sus restos hayan sido cremados y sus cenizas arrojadas al Mediterráneo, la procesión de sus fieles marcha constante y segura en busca de sus secretos, de nuevos poemas y cuentos como los que se publicaron recientemente. Van en busca de un Bolaño que tal vez no exista pero que se construye, destruye y reconstruye en sus miradas, lecturas y relecturas. Bolaño era chileno pero se reconocía como un autor latinoamericano. Hoy podría ser un escritor del mundo, su letra ya se tradujo al inglés y se vende de forma notoria en Estados Unidos, la meca de la venta literaria masiva; su voz y su imagen es reproducida al infinito en youtube.com; documentales, ensayos, tesis y monografías lo reviven en medios de comunicación y universidades. El fenómeno marcha Seguir leyendo “Roberto Bolaño: Genio y figura. La leyenda del gran escritor”