La Sanción. Jacques Sternberg

Jacques Sternberg. Bélgica (1923-2006)

Los delitos allí son diversos, pero la sanción es una, siempre la misma. Se introduce al condenado en un túnel interminable, se lo deja entre los rieles de una vía ferroviaria. El condenado sabe bien lo que le espera y se larga a correr. Escapa. No contempla otra alternativa. Pero huir es imposible porque el túnel no tiene fin. El condenado corre y corre, hasta perder el aliento, incluso hasta perder la vida. Puede afirmarse, sin embargo, que ningún tren ha circulado nunca por aquellas vías.

Entremeses literarios (CLXXXV)

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Alegoría – Luis Fernando Verissimo

Luis Fernando Verissimo.

Brasil (1936)

Había una vez un Rey que quiso cambiar el mundo. Llamó al mago de la Corte, Tecnocratus, y le dijo: “Todo debe cambiar. Quiero que el Sol nazca al Oeste y se ponga al Este. ¡Disponga!”.

El mago Tecnocratus reunió a todos los sabios del reino y transmitió el pedido del Rey. Si no lograban que el Sol naciese al Oeste y se pusiese al Este, ¡todos perderían la cabeza!

Los sabios pensaron en todo: en pociones mágicas… en plegarias… en huir… Pero no hubo caso. Para estudiar mejor el problema, mandaron a un sirviente traer una Rosa de los Vientos. El sirviente la trajo, más, al entrar a la sala, dejó caer la Rosa de los Vientos y, luego, la paró cabeza abajo… ¡Ahí estaba la solución! Los sabios ordenaron que todas las Rosas de los Vientos fuesen repuestas con el Norte al Sur, el Sur al Norte, el Este al Oeste y el Oeste al Este. El Rey quedó contentísimo. Los sabios quedaron con sus cabezas. Tecnocratus quedó con un enorme prestigio. El sirviente fue decapitado para que aprenda a no dejar caer las cosas.

Cuento tomado de Entremeses literarios (CXC): http://eljineteinsomne2.blogspot.com.ar/

La atracción del mal. Charles Baudelaire

No cierres los ojos.com

«Si el mal atrae es porque puede ser embellecido mediante la expresión poética. Hasta el objeto corrompido y el sujeto condenado pueden ser redimidos con la palabra.» Enrique López Castellón

Charles Baudelaire nació el 9 de abril de 1821. Ensayista, crítico de arte, traductor, pero sobre todo poeta. Está encuadrado en el grupo de los poetas malditos franceses del siglo XIX que se alejaron de la sociedad y prefirieron la vida bohemia, al tiempo que abordaban nuevas temáticas como el mal o el sufrimiento.

Baudelaire se matriculó en la facultad de Derecho en 1840 y comenzó a frecuentar el ambiente literario del Barrio Latino donde llevó una vida despreocupada. Los altercados con su familia fueron constantes debido a su adicción a las drogas, sus visitas a los prostíbulos y su abandono bohemio.

En la década de 1850 el poeta luchó con una salud deficiente y estuvo presionado por las deudas, lo que hizo que su producción literaria fuera irregular. A menudo se mudaba de domicilio para escapar de los acreedores. Emprendió muchos proyectos que no pudo completar, aunque sí pudo terminar varias traducciones de la obra de Edgar Allan Poe. En 1857 publicó Las flores del mal, su libro más famoso y por el que fue acusado de ultraje a la moral pública, juzgado y condenado a retirar seis de sus poemas. Seguir leyendo “La atracción del mal. Charles Baudelaire”

El horno – Joaquín Gómez Bas

Joaquín Gómez Bas

España (1907-1984)

Era un invierno criminalmente frío. La idea se le ocurrió al abrir la tapa del horno y sentirse envuelto en una ola de aire caliente, achicharrante. Sería un verdadero negocio envasarlo y venderlo. Lo puso en práctica en seguida. Salió a la calle con un carrito de mano y casa por casa fue adquiriendo a precios de pichincha centenares de botellas vacías. Ya en su casa, encendió el gas del horno y aguardó a que se elevara la temperatura interior. Cuando consideró logrado el punto conveniente, abrió, metió la cabeza dentro, aspiró el aire abrasante y lo sopló en la primera botella, que tapó justamente con un corcho. Repitió el procedimiento con unas cuantas y salió a venderlas. Hizo un negocio redondo. Las vendía en cajones de doce botellas cada uno y no daba abasto. Lo único en contra era que de tanto meter la cabeza en el horno había perdido en reiteradas chamusquinas, el pelo de la cabeza, de las cejas y del bigote. Sin embargo, no desistía. Ganaba mucho dinero. No era cuestión de abandonar semejante ganga por pelos de más o de menos.

Un día sintió cierta picazón en una oreja y al intentar rascársela se le desprendió convertida en ceniza. Lo mismo le pasó con la otra a la semana siguiente, y más tarde con la nariz, el cuero cabelludo, la piel de la cara y los párpados. Inexplicablemente, conservó hasta el final los labios. Cuando éstos también se le cayeron le resultó imposible soplar el aire caliente dentro de las botellas. Y se le acabó el negocio.

Cuento tomado de Entremeses literarios (CXC): http://eljineteinsomne2.blogspot.com.ar/

 

Gabriel García Márquez – Cien años de soledad: la novela detrás de la novela

Gabriel García Márquez México, DF, 2001

Revista Cambio

Gabo revela los secretos del manuscrito de Cien Años de Soledad que va a ser subastado en Barcelona por más de medio millón de dólares.

 

Por Gabriel García Márquez

A principios de agosto de 1966 Mercedes y yo fuimos a la oficina de correos de San Angel, en la Ciudad de México, para enviar a Buenos Aires los originales de Cien Años de Soledad. Era un paquete de quinientas noventa cuartillas escritas en máquina a doble espacio y en papel ordinario, y dirigido al director literario de la editorial Sudamericana, Francisco (Paco) Porrúa. El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales, y dijo:

—Son ochenta y dos pesos.

Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que llevaba en la cartera, y me enfrentó a la realidad:

—Sólo tenemos cincuenta y tres.

Tan acostumbrados estábamos a esos tropiezos cotidianos después de más de un año de penurias, que no pensamos demasiado la solución. Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos a Buenos Aires sólo la mitad, sin preguntarnos siquiera cómo íbamos a conseguir la plata para mandar el resto. Eran las seis de la tarde del viernes y hasta el lunes no volvían a abrir el correo, así que teníamos todo el fin de semana para pensar.

Ya quedaban pocos amigos para exprimir y nuestras propiedades mejores dormían el sueño de los justos en el Monte de Piedad. Teníamos, por supuesto, la máquina portátil con que había escrito la novela en más de un año de seis horas diarias pero no podíamos empeñarla porque nos haría falta para comer. Después de un repaso profundo de la casa encontramos otras dos cosas apenas empeñables: el calentador de mi estudio que ya debía valer muy poco, y una batidora que Soledad Mendoza nos había regalado en Caracas cuando nos casamos. Teníamos también los anillos matrimoniales que sólo usamos para la boda, y que nunca nos habíamos atrevido a empeñar porque se creía de mal agüero. Esta vez, Mercedes decidió llevarlos de todos modos como reserva de emergencia.

El lunes a primera hora fuimos al Monte de Piedad más cercano, donde ya éramos clientes conocidos, y nos prestaron —sin los anillos— un poco más de lo que nos faltaba. Sólo cuando empacábamos en el correo el resto de la novela caímos en la cuenta de que la habíamos mandado al revés: las páginas finales antes que las del principio. Pero a Mercedes no le hizo gracia porque siempre ha desconfiado del destino Seguir leyendo “Gabriel García Márquez – Cien años de soledad: la novela detrás de la novela”

Gabriel García Márquez: El coronel no tiene quien le escriba/La mala hora

Rene Char

Mágicas RuinasFragmentario

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“…Leídas como una sola obra (y de hecho, así fueron concebidas), estas dos novelas mayores equivalen a un retrato tan profundo de América como el de ‘Cien años’: son una señal de que estos países antropófagos, desvelados por el sentimiento de su propia culpa, están habitados por criaturas miserables que provocan la condenación y por locos redentores que la borran. Como sucede en las teologías, en las epopeyas y en el corazón de cada hombre…”

 

Adiós a Macondo

— El orden en que los argentinos leyeron a García Márquez se parece a las escaleras reales del poker: es un orden insuperable pero a la vez misterioso, la única pirueta perfecta del azar. Primero, en junio de 1967, apareció Cien años de soledad, que abría y cerraba de un saque el ciclo de Macondo: era su novela más peligrosa, el último arcabuzazo de una obra construida sobre el peligro. En agosto, García Márquez en persona llegó a Buenos Aires para sembrar la desorientación entre sus lectores, para abjurar de la literatura en beneficio de la vida. Su invasión coincidió con la salida de ‘La hojarasca’, un relato compuesto entre los 19 y los 22 años, que contiene en embrión a todos los demás. Los cuentos de ‘Los funerales de la Mamá Grande’ surgieron en diciembre; estas otras novelas, entre mayo y junio de 1968. Ahora se ve que eran un solo libro, llenos de lunares y toboganes, de banderas fosforescentes y planetas maravillosos. Mientras tanto, García Márquez se iba transformando en otro escritor (ni más ni menos espléndido que el de Macondo; sólo distinto), al que probablemente deberá leerse en absoluto estado de inocencia, sin pensar en ‘Cien años’, sin recordar siquiera ‘El coronel’: este pentágono de ficciones servirá quizá sólo como punto de referencia cuando él invente una escalera imperial para ir más allá de la escalera real, una cuarta estrella en las hombreras de los generales.

El coronel‘ y ‘La mala hora son el derecho y el revés de un mismo espejo; en ‘El coronel’ cada palabra es necesaria, cada desaliento del protagonista tiene una fuente, una desembocadura y una playa a la que van a para todas esas aguas; ‘La mala hora’, en cambio, es una cofradía de episodios que a veces no terminan y que casi nunca observan las leyes del parentesco; todo lo que los une es Macondo, un diluvio, y la aparición de unos pasquines acusadores. Que el espejo es uno solo, sin embargo, se nota porque los bordes han sido cincelados con la misma destreza de un lado y otro, y porque el azogue (el elemento mágico) es también uno: la guerrilla en los montes de Colombia.

La mayor aflicción del Coronel es su pobreza, sostenida con dignidad y sin arrugas en la levita: va todos los días al correo a pedir noticias de una pensión oficial que jamás llega. Su vida discurre entre el asma de su mujer, las mentiras del abogado que lo asiste, la hipocresía de don Sabas —el gran mercader del pueblo— y la nostalgia por el hijo muerto en la guerrilla. Ha heredado del difunto un gallo de riña y trama salvarse de la miseria enfrentándolo al gallo campeón de un pueblo vecino. Cuando se decide, ya es otro hombre: una especie de Cristo que elige al gallo como símbolo de una redención personal y gregaria, un maestro del peligro que promete la riqueza (el Cielo) a cambio de una ofrenda (alpiste para el animal) Seguir leyendo “Gabriel García Márquez: El coronel no tiene quien le escriba/La mala hora”

Kafka y sus amigos

Juan Forn

El Ortiba

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“…Los kafkólogos se jactan de haber reconstruido la vida de Kafka casi instante por instante (“quedan aún algunos momentos poco conocidos”, afirma con petulancia Cermak en cierto momento de su libro). Podrán quizá recitar hora por hora, incluso minuto por minuto, lo que hizo Kafka cada día de su vida, pero es evidente que todavía no han llegado a conocerlo como lo conocieron –y nos lo hacen conocer– Brod y Janouch…”

¿Cuál de todos los Kafka que nos han ido llegando a lo largo del siglo XX es el que más se corresponde con la realidad? Desde que Max Brod, el amigo que salvó su obra del fuego, escribió el suyo, son cientos los que intentaron biografías y ensayos críticos sobre él. Ahora llega Kafka, ficciones y mistificaciones (Emecé), del checo Josef Cermak, con un conspicuo prólogo de María Kodama, que carga vitriólicamente contra el otro Kafka escrito por alguien que lo conoció: el de Gustav Janouch, el joven aspirante a escritor que anotó hasta la última de las conversaciones que mantuvieron. ¿A qué se debe esta resistencia furiosa a estos testimonios directos de quienes conocieron a Kafka?

max_brod-1914El mundo de la kafkología es un mundo signado desde su origen por el desagradecimiento: no hay kafkólogo que no acuse a Max Brod de traicionar a Kafka, en lugar de agradecerle por no haber quemado esos papeles.

Como bien se sabe, Brod incumplió por partida triple aquel pedido postrero de Kafka (“Quémalo todo, sin leerlo antes. Quiero que se me olvide”): 1) no quemó, 2) sí leyó y 3) hizo todo lo que pudo para que el mundo no olvidara nunca a Kafka. Brod dejó a un costado su propia carrera literaria y dedicó veinte años de su vida a trabajar por Kafka. En esos veinte años (de los ’30 a los ’50), la obra de Kafka pasó de ser singularmente imaginativa a ser profética, y de ser profética a ser realista, a retratar como ninguna otra la realidad del mundo.

conversations_with_kafka2Precisamente por esa razón aparecieron en el mundo los kafkólogos. Cuando la primera horneada de aquellos fanáticos llegó en peregrinación a Praga, apenas terminada la Segunda Guerra –recordemos que Brod comenzó a publicar la obra de Kafka en alemán cerca del año ’30, y en el ’33 debió trasladarse a Palestina, lo que dificultó la aparición de los libros de Kafka, y después vinieron la anexión de Austria, la invasión a Polonia y la guerra, y tengamos en cuenta que en los primeros años de posguerra no era nada fácil llegar hasta Checoslovaquia–, así que cuando aquellos kafkólogos iniciales se las arreglaron para llegar a Praga en 1946 y 1947, descubrieron que casi no quedaban con vida personas que hubieran conocido a Kafka personalmente (buena parte de la familia y muchos de los amigos habían muerto en los campos de concentración nazis). Por eso impresionó tanto a los kafkólogos la aparición de Gustav Janouch y sus Conversaciones con Kafka en 1951. Seguir leyendo “Kafka y sus amigos”