Colonialismo y egiptomanía. Unas notas cinéfilas

A pesar de su obvia voluntad colonialista la campaña de Napoleón en 1798, que acabó en derrota, permitió que, por primera vez, los científicos pudieran investigar la Historia de Egipto y crear las bases de la Egiptología. Aquello fue un encuentro entre la mayor civilización conocida y la Ilustración, pasando por encima del atraso y de los siglos oscuros de prejuicios religiosos. A consecuencia de la expedición, en los primeros tiempos del siglo XIX se produjeron constantes revelaciones: en Francia se publicó una verdadera Enciclopedia sobre el tema, la Description de l´Egypte, que ofrecía los primeros estudios exhaustivos sobre Geografía, Zoología, Botánica, Etnografía o Arte egipcios; Belzoni inició la Arqueología moderna descubriendo la pirámide de Kefrén y el gran templo de Ramsés II excavado en la roca en Abu Simbel; Champollion descifró la clave de los jeroglíficos y permitió recuperar la lectura del gran legado; Lepsius excavó el famoso laberinto del mundo antiguo, y emergió la conciencia de algo que ya habían percibido los griegos.

Pepe Gutiérrez Álvarez

Viento Sur

Como en tantos otros grandes avances de la conciencia humana, no fue hasta la Ilustración, concretamente a finales del siglo XVIII, que la percepción occidental sobre Egipto comenzó a cambiar.

Y lo hizo concretamente en 1799, justamente diez años después de la simbólica toma de la Bastilla. La vieja política de equilibrio entre los Estados europeos se ve rota por las nuevas ideas liberales lanzadas al mundo desde Francia. El nuevo mapa europeo provocó el comienzo de duras pugnas militares y diplomáticas, que llegaron más allá de las fronteras europeas alcanzando el lejano Egipto, uno de los puertos donde Inglaterra centraba su poderío y resistencia al expansionismo galo. En 1796, el Directorio, órgano ejecutivo del gobierno republicano francés, pretende acabar con la amenaza británica. Se encomienda a un joven, ambicioso y triunfador general, Napoleón Bonaparte, la conquista de Inglaterra.

El poder inglés se sustentaba en el dominio de los mares y del comercio con el lejano Oriente a través de una ruta cuyo principal nudo se encontraba en Egipto. Napoleón comprende que es allí donde había que atacar las bases del poderío económico inglés. Por su parte, el Directorio quería alejar de Francia a uno de los generales más inquietos y amenazantes para su poder recién instaurado. Napoleón, a su vez, deseaba emular a Alejandro Magno. Napoleón desembarcó cerca de Alejandría en 1798. El 1 de julio, sin apenas resistencia, ya había tomado la ciudad. Pronto sus modernos ejércitos derrotaron a la escasa resistencia ofrecida por la medieval caballería de los mamelucos. Su incursión por el Nilo fue victoriosa.

Sin embargo, la armada británica al mando del almirante Nelson destruyó la flota francesa, cortando toda comunicación posible con la metrópoli. Napoleón, aislado en un territorio hostil, inició una campaña contra tierras palestinas con sucesivos éxitos. Pero ante la antigua fortaleza de San Juan de Acre se vio obligado a retirarse, diezmado por las bajas y la peste, abandonando así su sueño de conquistar la India. Sin posibilidad de reembarcar sus tropas, decidió abandonar Egipto con algunos de sus generales, escapando de los barcos ingleses que habían bloqueado las costas egipcias. El ejército francés que permaneció en el país tuvo que capitular ante la presión de árabes, turcos e ingleses el 30 de agosto de 1801. Habían pasado casi tres años desde el inicio de la aventura oriental de Napoleón.

El resultado de los estudios llevados a cabo durante la estancia de Napoleón en África vio la luz a partir de 1809. Uno a uno fueron apareciendo los veinte volúmenes de la colosal Description de l’Égypte (Descripción de Egipto), que se acabó de publicar en 1822. Se trata de un auténtico corpus donde se detallan todos los restos analizados por los sabios franceses, incluyendo gran cantidad de láminas con preciosos grabados de antiguos monumentos. Edward W. Said descifrará así su significado: “…las reproducciones de la Description no son descripciones sino adscripciones. Primero los templos y palacios se reproducen con una orientación y perspectiva que ponían en escena el antiguo Egipto, tal como se reflejaba en la mirada imperial. Luego, puesto que se trataba de lugares vacíos y carentes de vida, había que hacerlos hablar, de ahí la eficacia del desciframiento de Champollion. Finalmente, podían ser removidos de su contexto y trasladados a Europa para su uso…» (1996;196).

A pesar de su obvia voluntad colonialista la campaña de Napoleón en 1798, que acabó en derrota, permitió que, por primera vez, los científicos pudieran investigar la Historia de Egipto y crear las bases de la Egiptología. Aquello fue un encuentro entre la mayor civilización conocida y la Ilustración, pasando por encima del atraso y de los siglos oscuros de prejuicios religiosos. A consecuencia de la expedición, en los primeros tiempos del siglo XIX se produjeron constantes revelaciones: en Francia se publicó una verdadera Enciclopedia sobre el tema, la Description de l´Egypte, que ofrecía los primeros estudios exhaustivos sobre Geografía, Zoología, Botánica, Etnografía o Arte egipcios; Belzoni inició la Arqueología moderna descubriendo la pirámide de Kefrén y el gran templo de Ramsés II excavado en la roca en Abu Simbel; Champollion descifró la clave de los jeroglíficos y permitió recuperar la lectura del gran legado; Lepsius excavó el famoso laberinto del mundo antiguo, y emergió la conciencia de algo que ya habían percibido los griegos.

Luego llegó el canal de Suez y el conocimiento de Egipto se convirtió en una cita obligada para toda persona culta. Llegaron los turistas, que para indignación de Gustave Flaubert dejaban sus propias inscripciones en los monumentos. Al tiempo se desarrolló el expolio de antigüedades egipcias que fueron trasladadas a Londres, París o Roma, estimulando el imaginario del público y de los artistas. Desde entonces la Historia del mundo “occidental” comenzó a percibirse desde otro punto de vista: todo había comenzado en África. Los enciclopedistas habían llegado a la conclusión de que la Civilización había comenzado en Egipto, lo que venía a demostrar que, como había escrito el historiador grecosiciliano Diodoro en una obra escrita medio siglo a.C., los pueblos negros “eran los primeros de todos los hombres, y las pruebas de esta afirmación, como admiten los historiadores, son manifiestas”.

Páginas de cine

Algo de todo esto ha quedado para el cine, sobre todo gracias a que el listado de películas sobre el corso sólo resulta superado por las referidas a Cristo. Algunas son célebres, como es el caso de Napoleón, de Abel Gance, que suele figurar entre las “mejores películas de la historia del cine”, lo que no impide que sea el más controvertido de los napoleones; Marc Ferro, por ejemplo, la tacha de “fascista” (1985). También se pueden encontrar ambiciosas aproximaciones a algunas batallas decisivas para la historia, tales como Austerlitz (Abel Gance, 1960) y/o Waterloo (Serguei Bondarciuk, 1967).

Por su parte Hollywood mostró mayor interés por sus amoríos “románticos” con María Waleska (Clarence Brown, USA, 1937), encarnada por la célebre Greta Garbo o con Desirée (Henry Koster, USA, 1954), que lo fue por la delicada Jean Simmons, en tanto que los Bonaparte de turno fueron, respectivamente, Charles Boyer y Marlon Brando. Sea por lo que sea, parece que la aventura de la expedición no ha tentado a los productores, porque son contadas las películas “napoleónicas” que se hayan paseado por Egipto. El escenario africano, empero, se deja ver en pocos de los 480 minutos de duración de Napoleón (2002), una ambiciosa superproducción televisiva internacional en la que intervinieron hasta ocho países, entre ellos USA y España. Su rodaje transcurrió en ciento veinte localizaciones diferentes, entre ellas, por supuesto, el mismo Egipto.

Estuvo dirigida por Ives Simoneau e interpretada por un eficiente Christian Clavier, junto con una larga lista de famosos, como Gerard Depardieu (Fouché), John Malkovich (Talleyrand) o la gentil Isabella Rossellini (Josefina). Este apartado se corresponde con el primer capítulo, cuando Napoleón era todavía un joven general con ideas republicanas desprovistas de cualquier lectura igualitaria, aquellas que ponían la propiedad privada por debajo de la nación.

Entonces, el inquieto Bonaparte ya había leído obras de suma relevancia, entre ellas Voyage en Syrie et en Egypte (1787), del conde Volney, uno los científicos que le acompañaron y, por cierto, un enciclopedista de bastante prestigio en los medios “librepensadores” hispanos. Napoleón concedió suma importancia al impresionante equipo de 167 eruditos de la expedición, con el que cumplía la sabia propuesta de Talleyrand para “vestir” su naturaleza colonialista. Se tomó tan en serio todo aquello que se comentó que la expedición era como “su amante”. Esta miniserie televisiva comienza cuando Napoleón llega a casa de unas señoras importantes. Su misión no era otra que lograr que una de ellas le agencie unos pantalones, lo que le llevará conocer a su futura esposa. Luego intervendrá de manera decisiva y contundente contra una revuelta monárquica. Después de conseguir el favor de Josefina, Napoleón le comenta que liderará una expedición a Egipto que le significará algo de fortuna, gracias a lo cual podría comprar para ella la mansión en la que organiza sus fiestas galantes.

En los apuntes sobre Egipto se limita a enfocar la ocupación francesa al principio y el agobio de la réplica británica al final. Ni que decir tiene que se ofrece una escena en la que Napoleón dice aquello de “cuarenta siglos os contemplan”, palabras que en realidad fueron pronunciadas en el fragor de la batalla contra los mamelucos, unos guerreros del Cáucaso que habían llegado a Egipto como esclavos y que desde el siglo XIII controlaban y tiranizaban el país. Palabras célebres que no reflejaban tanto la lucidez del general como un ejemplo de la idea que la Ilustración había adquirido sobre el Antiguo Egipto. No hay, por lo tanto, ningún resquicio en el que se pueda apreciar el punto de vista de los propios egipcios, que existían en concreto en su gente con sus propias aspiraciones.

El napoleón de Yousef Chahine

Para ello hay que buscar una ilustre producción franco-egipcia de resultados desiguales pero de indudable importancia testimonial: Adiós Bonaparte (1995), producto  que se inscribe en tiempos del gobierno de François Miterrand.

Esta “operación prestigio” fue dirigida por el más veterano y reconocido de los directores egipcios, Yousef Chahine, muy ligado a la mejor época del cine egipcio realista y avanzado que surgió en consonancia con la revolución nasseriana. Anotemos que el propio Nasser supo efectuar una evaluación muy ajustada de la ocupación napoleónica en 1962 en la Carta de la República Árabe Unida al afirmar: “La expedición francesa aportó (…) un nuevo coadyuvante a la energía revolucionaria del pueblo egipcio de aquella época. Aportó algunos aspectos de las ciencias modernas que la civilización europea había perfeccionado después de tomarlos prestados en particular de dos civilizaciones, la faraónica y la árabe. También trajo a grandes maestros que emprendieron estudios de la situación en Egipto y descubrieron los secretos de su historia antigua”.

Chahine trató de ofrecer una visión abierta y compleja con la finalidad de contrainformar sobre una verdad establecida por los colonialistas. Presentada en la Selección Oficial del Festival de Cannes de 1985, la película no obtuvo la resonancia esperada a pesar de sus parciales aciertos. El enfoque se centra en la significación de la ocupación francesa de Egipto entre 1797 y 1803. El film comienza en julio de 1798, con la súbita aparición en Alejandría de los 300 barcos y más de 30.000 hombres de la flota francesa. Los sueños alejandrinos del general Bonaparte comienzan a realizarse.

La familia egipcia del protagonista reacciona de diferentes maneras. El padre, que es panadero, prosigue su trabajo como si no fuera con él; el pan siempre será necesario. La madre, una mujer tradicional, está preocupada por lo que ve venir. De los tres hijos, el mayor, Bakr, es un jeque musulmán casado y está en contra de la ocupación en nombre de unas tradiciones que Aly, el inquieto poeta, ve como trasnochadas. Yehia, el más joven, hace amistad con los franceses y en especial con Caifarelli del Falga, comandante en jefe del cuerpo de ingenieros, hombre apasionado por la Física y las Matemáticas, que participa de las ideas de Bonaparte para civilizar Egipto e iluminarlo con la “antorcha de la Razón”.

Finalmente, los acontecimientos se precipitan y la familia tiene que huir de su casa para instalarse en la de unos familiares en el Cairo. Pero la capital es invadida por los mamelucos y la resistencia popular se organiza rápidamente, igual que había ocurrido en España, Rusia o Italia. La trama abunda en escenas de batallas que acaban siendo verdaderas masacres perpetradas por la artillería francesa, que se muestra implacable con los jinetes mamelucos en la batalla de las Pirámides, pero luego se estrellará contra la resistencia turca en San Juan de Acre, donde encuentra la muerte el propio Caifarelli. Tras el asesinato del general Dupuy, comandante de la plaza, prosigue la destrucción de cuanto simboliza la presencia extranjera, como son los instrumentos científicos de la casa de Caffarelli. La reacción de Bonaparte será castigar con mano dura a unas gentes que considera salvajes y primitivas.

Al terminar el film, poca huella queda de la misión civilizadora francesa, que fracasa tras provocar un auténtico baño de sangre. Bonaparte no aparece como un héroe ilustrado, sino más bien como un despiadado militar, aunque Chahine rehúsa llegar a la caricatura. En realidad, Chahine se muestra pesimista, pues los hombres que se sitúan entre los dos extremos terminan por ser barridos. Los problemas de los “afrancesados” son muy similares, rechazan el conservadurismo propio, pero ocurre también que bajo el manto de la “exportación” de la revolución se esconde una auténtica ocupación colonial, de manera que todos los hijos del panadero se ven obligados a asumir un papel patriótico. Seguramente, el cineasta habría firmado las opiniones del personaje de Pierre en Guerra y paz, de Tolstói, o de nuestro Miguel de Unamuno, criticando a la vez el patriotismo y el afrancesamiento: que se queden las ideas -de la Ilustración-, pero que se vayan las tropas ocupantes. De alguna manera, Chahine se lamenta de cómo los ideales de la Revolución Francesa se habían acabado manchando con la sangre de una población que no aceptaba doblegarse ante la fuerza de las armas y que tampoco quería someterse a unas influencias extranjeras impuestas por las bayonetas.

La película puede considerarse como una condena rotunda del colonialismo, característica de la más combativa cinematografía del Tercer Mundo de la época, de un ideario que impregna toda la obra del cineasta de Alejandría.

Texto tomado de: https://vientosur.info/

 

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