El Coimperialismo en Medio Oriente (Descargar Texto)

Israel es el principal socio estratégico de Estados Unidos en la región. El establishment norteamericano asume esa familiaridad como una política de estado, fervientemente auspiciada por Republicanos y Demócratas. Washington confía en su estrecho aliado para reconfigurar el mapa zonal y con ese objetivo potencia la superioridad bélica de Tel Aviv.

La peculiar relación entre ambos países se forjó al compás de la exitosa sucesión de guerras que el ejército sionista libró contra sus vecinos. La neutralización de Egipto en 1967 determinó el ensamble de Israel con Estados Unidos. La “guerra de los seis días” no sólo frustró el despunte de El Cairo como potencia regional, sino que introdujo la dominación del Pentágono sobre ese país. La Casa Blanca financia a Egipto como un gendarme interno, pero inhibe sus acciones externas. Ese sometimiento ha consolidado el rol del vecino sionista, como principal exponente de los intereses norteamericanos en Medio Oriente.

Claudio Katz

Fragmento

La noción de coimperio -que en ciertas ocasiones se utiliza para describir el rol internacional de Canadá o Australia- es igualmente pertinente para Israel. Los tres países comparten un rol complementario en la custodia del orden global y remodelan sus acciones en consonancia con las demandas de su tutor. Apuntalan a escala regional los mismos intereses que Estados Unidos asegura a escala mundial.

También la articulación de Israel con el poder norteamericano presenta un cimiento histórico semejante a Canadá y Australia. Los tres países arrastran un legado común de sociedades forjadas en torno a los colonos de piel blanca. Por esa razón comparten la misma herencia de racismo, exterminio de pueblos originarios, ocupación de tierras ajenas y prejuicios ideológicos euro-céntricos. Con ese acervo implementan políticas explícitamente pro-occidentales.

Estas singularidades distinguen a Israel de otros socios del imperialismo estadounidense en Medio Oriente. Los sectores petroleros sauditas ejercen, por ejemplo, una decisiva influencia en el establishment de Washington y disputan primacía con sus equivalentes israelíes. Pero la integración de Israel al aparato imperial presenta contornos más estructurales y se afianzó en los últimos años con el entrelazamiento ideológico-social del sionismo con el fundamentalismo cristiano neoconservador.

Israel sintoniza también con su padrino en las alianzas que entreteje con sectores enemistados con la política islámica. Ha consolidado muchas relaciones con gobiernos reaccionarios del «África negra» en conflicto con sus pares «árabe-musulmanes».

Con ese mismo corte intervino subterráneamente en Libia y explícitamente en Sudán. Tuvo un papel muy importante en los bombardeos del 2009-2010, contra un régimen militar que pretendía arabizar formas de vida ancestrales de los pueblos africanos. Al cabo de una cruenta guerra se impuso la fractura del país, entre una región del norte sin petróleo (pero con oleoductos y acceso al mar) y otra zona sur con grandes reservas de crudo (pero carente de una salida directa al exterior).

Esa segmentación priva al territorio más grande de África del manejo autónomo de sus riquezas (Armanian, 2019)

Actualmente Israel extiende su influencia a regiones más alejadas. Su convergencia con Marruecos augura una intensa colaboración represiva en la opresión de los sahauríes, que padecen un garrote muy semejante al soportado por los palestinos (Alcoy, 2020).

Texto tomado de: https://katz.lahaine.org/

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