Todo para el pueblo, pero sin el pueblo

Los monarcas absolutos de Europa, durante la época del despotismo ilustrado (segunda mitad del siglo XVIII) y con el propósito de preservar el Antiguo Régimen, decidieron impulsar políticas para el progreso material de la nación, pero acompañadas con beneficios sociales. Servían al pueblo, pero no permitieron ningún acceso al poder. La frase que les identificó fue: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.

Los triunfos de las revoluciones burguesas europeas y la instauración del capitalismo, no trajeron nuevos beneficios sociales, porque durante largas décadas los trabajadores tuvieron pésimos salarios, jornadas extenuantes y carecían de derechos laborales. Sin embargo, las constantes y crecientes luchas obreras durante el siglo XIX, obligaron a cambios y los Estados comenzaron a intervenir para garantizar derechos mínimos a los trabajadores. Solo así progresaron los salarios, fueron disminuidas las jornadas, mejoraron las condiciones de vida. Entre las diversas naciones destacó Alemania, bajo Otto von Bismarck, el “Canciller de Hierro” (1871-1890), quien, al mismo tiempo que combatió al socialismo y al movimiento obrero, buscó el apoyo de los trabajadores al Reich implantando, por primera vez en el mundo, el sistema de seguro de enfermedad (1883), de accidentes (1884) y de jubilaciones y pensiones (1889), financiado con aportes de patronos, obreros y Estado. Paradójicamente fue acusado de “socialista”.

Juan J. Paz-y-Miño Cepeda Seguir leyendo «Todo para el pueblo, pero sin el pueblo»