¿Un Proudhon para posmodernos? (Descargar Texto)

Ilustración de portada de David Upton de la nueva edición de Folio Society de ‘The Dispossessed’ de Ursula K. Le Guin.

Cuando El capital en el siglo xxi, de Thomas Piketty, irrumpió en el escenario estadounidense en 2014, su autor fue comparado en más de una ocasión con Tocqueville1 . Estábamos, en efecto, ante otro francés con una visión histórica panorámica, que ponía un espejo para ofrecer a los estadounidenses una nueva imagen de sí mismos. Esta vez, sin embargo, el espejo no reflejaba una vibrante democracia, sino un alarmante diferencial en la percepción de los ingresos. La obra de Piketty cristalizó el malestar progresista en el punto más bajo de la depresión financiera, pero también dio a sus lectores motivos para congratularse por saber reconocer la verdadera importancia de la desigualdad

Alexander Zevin

New Left Review

Para Paul Krugman, estábamos probablemente ante el libro de economía más importante de la década; los estadounidenses ya nunca volverían a hablar de la riqueza y la desigualdad de la misma manera. También para Rana Foroohar el libro de Piketty era «el volumen económico de nuestra era». Para The Nation, se trataba del estudio más importante en su campo en medio siglo. Martin Wolf consideró el libro «extraordinariamente importante». Lawrence Summers creía que la forma en que trataba la cuestión de la desigualdad era perfectamente adecuada a los tiempos; Piketty había sido proclamado, con toda razón, como una celebridad del mundo intelectual de las políticas posibles y su obra merecía con creces tal atención2 . David Graeber (según la leyenda) habría sacado partido inmediatamente del sugerente empleo que hacían Piketty y Emmanuel Saez de los datos del Internal Revenue Service estadounidense sobre los percentiles de renta más elevados para proporcionar a los rebeldes de Occupy Wall Street su eslogan: «Por el 99%».

Hubo críticas. El argumento de Piketty se basaba en la hipótesis de que la tasa de retorno (r) de la inversión de capital tendía a ser mayor que la tasa de crecimiento económico global (g). La ahora famosa fórmula r > g se habría observado durante la mayor parte de la historia de la humanidad. A medida que los ingresos del capital superaran a la renta del trabajo –la cual sigue de cerca el comportamiento de la tasa de crecimiento– y dado que las mayores fortunas crecían más rápidamente, la desigualdad aumentaría, potencialmente, sin límite. Pero, ¿cómo explicar entonces la caída de los niveles de desigualdad entre 1918 y mediados de la década de 1970? Ello fue el resultado de impactos externos: la destrucción provocada por las dos guerras mundiales y la Gran Depresión despejó el camino para treinta años excepcionales de crecimiento relativamente alto, de alta fiscalidad y de baja desigualdad después de 1945, un periodo en el que g superó temporalmente a r. La tensión entre la fuerza explicativa de los dos argumentos de Piketty (el primero, que habla de una «ley» inherente al capitalismo, y el segundo referido a «impactos» de naturaleza política y económica que desafían su orden) también estaba presente en las prescripciones finales del libro, que reclamaban un impuesto progresivo global sobre la riqueza antes de que el vertiginoso aumento de la desigualdad en el siglo xxi desencadenase «una violenta reacción política»3 .

Mientras que, por un lado, la derecha libertariana calificó a Piketty de comunista, la izquierda señaló que su explicación de la igualdad a mediados del siglo xx ignoraba el surgimiento del movimiento obrero organizado en partidos y en sindicatos de masas. Basándose en datos relativos a las declaraciones de la renta, principalmente de Francia, el Reino Unido y Estados Unidos, Branko Milanović señaló que Piketty no tenía en cuenta las pruebas proporcionadas por las encuestas a los hogares. Además, tampoco estaba claro que sus conclusiones pudieran aplicarse a China y a India, países de alto crecimiento4 .

La llegada de la última obra de Piketty, Capital e ideología, invita a una comparación con otro pensador francés que también adquirió una gran notoriedad por lanzar un alegato genérico contra la desigualdad, publicado en un momento de profunda crisis económica. En 1840, la obra de Pierre-Joseph Proudhon ¿Qué es la propiedad? refutaba las afirmaciones de que la respuesta a esta pregunta –«¡Es un robo!»– fuera la señal para otro 1793. Sus planteamientos deberían entenderse, afirmaba Proudhon, «como un pararrayos que pretende protegernos de la descarga que se avecina», lo cual se asemeja a la confianza que mostraba Piketty en que sus advertencias sobre la posible incompatibilidad del aumento de la desigualdad en el siglo xxi con los valores democráticos serían susceptibles de impulsar reformas fiscales concebidas para evitar revueltas violentas del tipo de las que pusieron fin a la belle époque5 (…)

Texto original tomado de: https://newleftreview.es/

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