El éxito soviético (Descargar Texto)

“Después del final de la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética,  se convirtió en una de las dos superpotencias en guerra fría junto con los Estados Unidos. En realidad, en el período de Stalin se experimentó una rápida industrialización debido a la política comunista de aniquilación de las relaciones feudales en el campo y la inversión planificada dirigida por el estado en sectores no rentables como las industrias de infraestructura básica, educación y salud. Pero después de alcanzar este nivel, la Unión Soviética debería haber dado más espacio para el emprendimiento privado y los incentivos económicos individuales, manteniendo las industrias claves bajo la planificación estatal.

Mariano Ciafardini  Alainet

Desde 1989 se habla, casi en un soliloquio universal, desde la derecha hasta la izquierda, sobre el “fracaso soviético”. Las consecuencias teóricas que sacan unos y otros, como corolario de la afirmación, son, por supuesto, distintas, pero la afirmación en si no se discute y, obviamente, quienes quedan mal parados a partir de ello, por más contorsiones intelectivas que realicen, son los izquierdistas. Por más que intenten enjuagarse las manos en las aguas del “antiestalinismo”, les resulta muy difícil despegar, al pensamiento de izquierda en general y al marxismo en particular, de semejante “fracaso histórico”, ni siquiera los trotskistas salen indemnes.

¿Pero y si no existiera tal “fracaso”? ¿O por el contrario si el “proceso” del llamado socialismo real, tomado como un todo, y, en particular, el balance del papel jugado por la Unión de la Repúblicas Socialistas Soviéticas, no diera un resultado macro-político negativo, desde el punto de vista marxista, sino, por el contrario, el de un gran éxito histórico?

Porque la evidencia empírica sustancial que se esgrime, como contundente, acerca de tal fracaso, es, simplemente, la de que la Unión Soviética dejó de existir y que los países que la componían , principalmente Rusia, prosiguieron como naciones independientes en el marco de dinámicas económicas y políticas propias del sistema capitalista. Pero eso es sacar una conclusión simplista, a partir de un análisis superficial y coyuntural de los hechos, sensacionalista e impactante por lo catastrófico pero, sobre todo, parcial y ahistórico.

No es un análisis suficientemente profundo para un proceso histórico de tal envergadura (la primer toma del poder y mantenimiento de este, en toda la historia de la humanidad, que no fue llevado a cabo por un grupo económicamente hegemónico) y que, además, persistió política e institucionalmente por más de 70 años.

El solo hecho de que la URSS haya resistido y vencido al nazismo, y aliviado en gran medida al mundo de tener que lidiar con semejante monstruo bélico y despótico, debería llevarnos a ser un tanto más cuidadosos a la hora de hablar de fracasos. Pero, además ¿cuántos movimientos de liberación, de países neocoloniales y dependientes pudieron tener lugar, a la sombra del gran paraguas soviético? ¿cuántos movimientos populares hallaron espacio geopolítico para surgir y mantenerse en esa bipolaridad en la que la URSS se inmoló soportando un asedio y un boicot insidioso y permanente de parte de todo “occidente”? y, ¿cuántas luchas y triunfos obreros en sus reclamos por mejoras en las condiciones de vida hubieran tenido un muy distinto resultado para peor sin la existencia del país de los soviets, que tuvo que contrabalancear las avarientas tendencias de un capitalismo dominante y poderoso, durante todo el siglo XX, a costa de un esfuerzo económico y bélico que no quiso pero que le fue impuesto insidiosamente e hipócritamente?

Pero no nos quedemos solo en ello, vayamos más allá y arriesguemos un interrogante que no solamente pone en duda la afirmación del “fracaso de la URSS” y de la experiencia del “socialismo real” del siglo XX sino que abona la conclusión exactamente contraria: ¿No es acaso el monumental proceso chino de la actualidad, que no solo ha demostrado, en números concretos, su efectivo pathos socialista, al sacar de la pobreza a 800 millones de personas, sino que aparece, indiscutiblemente, como el freno real, en términos geopolíticos y económicos, del neoliberalismo y las erráticas, por no decir suicidas, tendencias políticos financieras de los grandes grupos de especulación y fraude mundiales, una consecución evolutiva, en forma de marcha y contramarcha dialéctica, de la gesta inaugurada por la Revolución de Octubre y continuada por la URSS’.

La revolución China fue uno de los tantos (el principal podríamos decir) movimientos de liberación nacional y construcción del socialismo que se pudo desplegar gracias a la existencia del “stopper” soviético. Esta condición de posibilidad de tales movimientos no resta mérito alguno a sus dirigentes ni, especialmente en este caso, al pueblo chino, que pago con sangre sudor y lágrimas tal atrevimientos, pero hay que reconocer que, aun así, tal sacrificio hubiera sido en vano, de no existir ese muro de contención de la reacción mundial, que hubiera ahogado en sangre tanto a China como a todos los otros movimientos populares que se desarrollaron en el S XX. Cuando China, de la mano de Deng Xiao Ping adopta la política de la “Reforma y Apertura”, que la conduciría al monumental fenómeno político económico en que se ha convertido, allá por el año 1978/9, ya se habían restablecido los contactos con la URSS, interrumpido principalmente durante todo el proceso de la revolución cultural y, según el propio Kissinger, “el trato de camaradas había vuelto a ser la regla en las relaciones chino soviéticas”. ¿No estaba, entonces, de algún modo la URSS “pasándole la posta” a la gran nación China y a su revolución socialista? ¿No sería esa la manera real de ver “el todo” de la cuestión? En este sentido, y teniendo en cuenta lo que es China hoy y lo que representa para la paz mundial y el desarrollo de los pueblos, habría que concluir, sin temor a exagerar, en que el proceso soviético fue un éxito. Pero ello, claro, siempre y cuando se considere que China sigue en términos reales construyendo el socialismo como continuidad de la tarea emprendida inicialmente por la URSS.

Veamos algunos análisis al respecto.

Texto tomado de : https://www.alainet.org/

Descargar Texto: El exito soviético

 

2 comentarios en “El éxito soviético (Descargar Texto)

  1. Tal y como anuncié hace unos días, ya está en el aire (nunca mejor dicho) mi último libro. Se titula “Historia criminal del comunismo” y trata de eso mismo, de los crímenes cometidos en nombre del comunismo a lo largo de su corta pero intensa historia. Para este libro he preferido no buscar un título ocurrente y he cogido la directa. Me han dicho que meter en la misma frase comunismo y crimen es un pleonasmo. A los que me lo han dicho, que han sido varios desde que colgué la portada aquí mismo, les remito al prólogo del libro, donde planteo si la ideología comunista es criminal per se.
    No voy a entrar en eso ahora porque para algo he escrito el libro, que me ha llevado bastante tiempo, muchas lecturas y un considerable esfuerzo para hacer de estas espeluznantes historias algo ameno y atractivo al lector no iniciado en el tema. Incluyo tanto trabajos antiguos, algunos con varios años de antigüedad, que he repasado a fondo y he actualizado en estilo y en documentación, como material nuevo, inédito, concebido para este libro.
    La otra pregunta que me han hecho, no ahora sino desde hace mucho tiempo, es por qué me interesa tanto la historia del comunismo. No lo sé a ciencia cierta, en general me interesa la Historia en sí y por eso fui a la universidad a estudiarla cuando era joven. La afición que tengo por la del comunismo probablemente se deba a una cuestión familiar. Mi madre era comunista, y con ella toda su familia, que también, por extensión, es la mía. Padres, tíos, primos, hermanos, sobrinos y un largo etcétera de afinidades carnales que, en el caso de los Villanueva, llevaban, y llevan, el rojerío mucho más allá del torrente sanguíneo.

    Nunca fui comunista porque, por edad, no me pilló. Cuando empecé a leer los periódicos la URSS estaba ya dando las últimas boqueadas y, al poco, se fue a freír puñetas. De nacer diez años antes quizá hubiese pasado el sarampión, aunque lo dudo. Para ser comunista hacen falta dos ingredientes primordiales. El primero ser un idealista, y eso creo que lo soy. El segundo ser un crédulo de tres pares de cojones, confiar en lo que a uno le cuentan a la primera y no ponerlo jamás en duda, en resumen, tener fe ciega. Ahí es donde fallo. Mi madre me regaló el idealismo, la convicción de que las ideas importan y son las que, en última instancia, mueven el mundo. De mi padre me viene la desconfianza, esa virtud tan poco valorada pero que evita muchos disgustos en la vida. En resumen, idealista y desconfiado, no podía ser otra cosa en la vida más que liberal. Liberal en su variedad anarcoide para ser más exactos.
    Aunque nunca lo practiqué, el comunismo y su disparatado mundillo lo recuerdo desde que tengo uso de razón. Mi abuelo estaba suscrito a Mundo Obrero, un semanal que editaba el PCE y que yo primero hojeaba y luego leía con fruición, desconfiando, naturalmente, porque aquellos redactores de Mundo Obrero eran todo voluntad, pero unos exagerados de narices. En casa, especialmente en la de una tía muy prosoviética, se organizaban unas discusiones políticas de órdago. Como era niño recuerdo solo el acaloramiento y el persistente aroma a café. Mi padre, escéptico ante los ardores revolucionarios de la parentela política, les llevaba la contraria y le respondían acusándole de pensar como un marqués. A él, precisamente a él, que venía de una corrala de Lavapiés y se había sacado la carrera con becas mientras trabajaba por las tardes. Sin saberlo acababa de descubrir el etiquetazo, una tradición inmortal entre los comunistas de todas las épocas y todos los países. Al que disiente etiqueta primero, luego ya se verá.

    El comunismo y todo lo que le rodea siempre ha sido algo extremo y de soluciones tajantes. Por eso cuando consiguieron llegar al Gobierno en Rusia y en otros desdichados países armaron la que armaron. Sobre un edificio intelectual cochambroso levantaron regímenes que eran la encarnación de su peculiar radicalismo, una amalgama entre el milenarismo medieval y los iluminados de la nueva era. Remataron la obra con toneladas de mentiras y una voluntad de poder desmedida. Eso el militante de a pie posiblemente no lo sabía pero, de haberlo sabido, lo hubiese justificado. Porque en el comunismo todo tiene justificación, hasta la aberración más inhumana siempre que se haya perpetrado en nombre de la Idea, así con mayúscula.
    Decía Mao cuando anunció el Gran salto adelante que los chinos debían enfrentar “tres años de esfuerzos y privaciones” antes de conseguir “mil años de felicidad”. Les estaba pidiendo que se muriesen de hambre, cosa que hicieron diligentemente y por millones, a cambio de un “porvenir radiante” (esto es de Pol Pot) que justificaba cualquier sacrificio. Esa es la esencia del comunismo, y sólo así se pueden explicar los cien millones de muertos, los campos de concentración, las torturas de la policía política o las reincidentes hambrunas que se dieron en todos los regímenes de inspiración marxista.

    El resto es historia, historia del comunismo. Puede continuar aquí. Si decide leerlo le prometo que no le dejará indiferente.
    Por lo demás, ya conoce las normas de la casa, sin DRM y a precio popular. Porque yo, a diferencia de ciertos comunistas de tronío, si creo en los verdaderos parias de la Tierra.

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