El Zeitgeist de Europa hacia la derecha

Daniel Raventós Julie Wark

Fuente: Counterpunch, edición papel, mayo 2017

El concepto de Zeitgeist (espíritu del tiempo) proviene de la pluma de Hegel. Comúnmente es utilizado para señalizar las formas hegemónicas  de pensamiento que priman durante un tiempo en un país, región o incluso, en el mundo.

Después de 1945 era algo ampliamente asumido que la derrota del fascismo había establecido un punto de referencia normativo. El fascismo era una manzana podrida en el cesto de la historia. Si aún existía, además de los brutales regímenes  franquista y salazarista de la península ibérica, era supuestamente solo en formas aisladas como la Organisation Armée Secrète francesa durante la Guerra de Argelia y la junta militar griega de los primeros años 70. Sin embargo, los símbolos y ortodoxias ultraderechistas se escondían bajo la superficie, esperando a que el neoliberalismo allanara el camino para su renacimiento ideológico como excrecencias de los movimientos de principios del siglo XX o, yendo  más atrás, del dogma contrarrevolucionario post-1789. Los partidos políticos de extrema derecha duchos, en los medios de hoy, visten viejas ideologías y formas de movilización de masas con trajes pseudo-democráticos para imponer sus versiones radicalizadas de los sistemas aceptados. Por lo tanto, pueden incluso cooptar a antiguos adversarios. Por ejemplo, alrededor de un 20% de los gays franceses votaron al Frente Nacional (FN) en las actuales elecciones porque Marine Le Pen afirmó que los gays están en peligro en los países islámicos. Y una nueva encuesta sugirió que el 50% de los partidarios izquierdistas de Mélenchon transferirían su voto a Macron pero que el 20% prefería votar a Le Pen.

Los medios del establishment presentan la política de las élites como lejana y complicada, un asunto que no es para la gente normal. Lemas, memes, astucia que incite las emociones, símbolos y cabezas de turco reemplazan el debate serio y la violencia mimética crea un zumbido explosivo que atrae a los grupos e individuos desafectos. Como argumenta Timothy Snyder en On Tyranny (2017), los políticos usan un lenguaje altamente restringido “para privar al público de los conceptos necesarios para pensar sobre el pasado, el presente y el futuro”, de modo que la auto-decepción se convierte en un estado de ánimo y así “es como las tiranías se propagan”. Los refugiados, los inmigrantes y la UE son culpados por los sentimientos de impotencia y todos los males sociales. Un reciente sondeo del Eurobarómetro muestra que solo el 35% de los europeos ven a la UE como algo positivo. Finalmente, especialmente desde que el Tratado de Maastricht de 1992 anuló la jurisdicción nacional sobre algunos temas importantes, los políticos nacionales son denunciados como elitistas e inútiles

En las elecciones europeas de 2014, los partidos de extrema derecha consiguieron un récord del 22,9% de los votos (se espera que aumente hasta el 37% en 2019). En el parlamento forman tres grupos más algunos miembros no adscritos, mayoritariamente del Jobbik de Hungría, el NPD de Alemania, Amanecer Dorado de Grecia y descontentos del FN. Aunque no han establecido un frente amplio influyen a gobiernos nacionales o forman parte de ellos. La mayor parte culpan a la UE de todo, aunque sus diputados no son reacios a usar sus ventajas e infraestructura mediática como tribuna privilegiada.

Los mayores partidos de extrema derecha están en Grecia, Hungría, Italia, Eslovaquia y Suiza, y están en los gobiernos nacionales de Finlandia, Grecia, Hungría, Lituania, Noruega, Eslovaquia y Suiza. Como regla general, “extrema derecha” significa que están a la derecha del Partido Popular Europeo (PPE). No son totalmente homogéneos pero, como señala el analista holandés Cas Mudde, comparten la “normalidad patológica” de sus orígenes en la sociedad convencional y un núcleo doctrinal con variados grados de xenofobia, etnocentrismo, nacionalismo, racismo, negativismo y populismo. Como el FN de Francia, cambian el tono y el contenido según como estén soplando los vientos políticos. La siguiente lista de ocho partidos muestra sus principales características.

–       Alemania: Alternativa por Alemania (2014), con dos corrientes, neoliberal y nacionalista-conservadora, atrae votantes anti-establishment, anti-liberalización, antieuropeos, anti-Islam y anti-refugiados.

–       Francia: el FN es antieuropeo, anti-inmigración, anti-finanzas, antiglobalización y proteccionista. El populismo de Marine Le Pen parece menos extremista que el de su padre, pero el partido tiene un núcleo duro y una base militante neofascistas.

–       Holanda: el Partido por la Libertad es nacionalista, anti-UE, xenófobo (pero pro-Israel) y anti-Islam.

–       Grecia: Amanecer Dorado (1980), anti-UE y abiertamente neonazi con visiones anti-inmigración violentas, ven la victoria de Donald Trump como una triunfo de los “estados étnicamente limpios”.

–       Hungría: Jobbik (2003), ampliamente apoyado por los hombres jóvenes de clase media con estudios, es anti-inmigración, anti-sionista (pro-musulmán), anti-homosexual, y proteccionista. Su crecimiento se debe menos a problemas económicos que a su virulencia anti-gitana “rompedora de tabúes”.

–       Austria: el nacionalista Partido de la Libertad quiere valores familiares, fronteras fortificadas, restricción de beneficios a los inmigrantes y puestos de trabajo para los austriacos.

–       Eslovaquia: Kotleba es anti-gitano, anti-inmigración, antiamericano, antisemita, antieuropeo, anti-OTAN y partidario de la moralidad cristiana.

–       Italia: junto a la anti-inmigración y anti-UE Liga Norte hay muchas corrientes ideológicas, grupos y prácticas de extrema derecha en el norte. Afirmando ser “de derechas y de izquierdas”, la Liga Norte disfruta del apoyo de Marine Le Pen, del Bloc Identitaire francés, Pegida de Alemania y Amanecer Dorado de Grecia.

Lo que estos partidos tienen en común es una anti-política atrapalotodo de agravios y supremacismo nacional vagamente formulado. Hay más que una pizca de verdad en su crítica de Europa y utilizan esto para focalizar la rabia sobre objetivos vulnerables como los refugiados y los inmigrantes. Un problema para la izquierda, como mostró el Brexit, es que se han apropiado de la palabra “soberanía” cuando atacan a una Unión Europea que ha probado ser enemiga del empleo y los servicios públicos. Si el discurso de la extrema derecha europea es entendido en términos de populismo, la definición de Cas Mudde se ajusta al fenómeno: una ideología de núcleo impreciso basada en una distinción maniquea entre “gente pura” y “élite corrupta”, y la defensa de una soberanía mal definida. “El pueblo” es contrapuesto a las élites deshonestas e ineptas y la flexibilidad ideológica difumina las diferencias izquierda-derecha cuando se afirma, no incorrectamente, que el “pueblo” está siendo privado de derechos, valores, prosperidad, identidad y voz. La comunidad “no contaminada” se convierte entonces en el estándar para definir quién pertenece y quién no.

Este modelo ellos/nosotros funciona como un ancla de identidad cuando hay sentimientos generalizados sin amarrar o yendo a la deriva. Las culpas oscilan suavemente entre las élites políticas y las minorías étnicas. Cuanto más pura es la concepción del “pueblo”, más violento es el antagonismo hacia los foráneos y mayor el deseo de derrocar la democracia que los incluye. Los medios principalmente acríticos repiten como un loro el mensaje. La reciente crisis ha jugado su parte en el crecimiento de la derecha pero aquella debe ser vista en todas sus facetas –existencial (terrorismo), identidad (inmigración) y cultural (xenofobia)– así como la económica. Algunas veces hay una correlación más o menos clara entre el rendimiento económico de un país y un giro hacia la derecha de nacionales descontentos pero esto no es generalizable. De hecho, los partidos populistas con sus broncas de “chovinismo del bienestar” contra los inmigrantes o las transferencias de la UE a los estados que son duramente golpeados por la crisis son principalmente exitosas en las partes norteñas y occidentales más fuertes económicamente de la UE. Afirmando hablar por el pueblo (“nosotros decimos lo que vosotros pensáis”), el populismo de extrema derecha es selectivo, levantando ese tipo de sentimientos fuertes en torno a sus anti-temas favoritos que parecen afrontar todos los males del mundo. Los partidos populistas difieren de los partidos de extrema derecha en que frecuentemente reivindican un compromiso con la democracia y el imperio de la ley, imitando así a los partidos liberales. Si bien esto ha llevado a la marginación de algunas organizaciones de extrema derecha más tempranas (como con el crecimiento del UKIP y el declive del Partido Nacional Británico, o el FN de Marine Le Pen desposeyendo al de su padre), habitualmente tienen una base de ultras agresivos. Y en el Reino de España, por ejemplo, la monarquía borbónica es una heredera directa del régimen de Franco, mientras el gobernante Partido Popular, presuntamente de centro-derecha, tiene un fuerte núcleo ultraderechista, un hecho que raramente es mencionado.

Los solitarios extremistas se deslizan en las zonas grises. Los crecientemente aceptados partidos de extrema derecha difieren de los solitarios ultraderechistas más en la forma que en el contenido. Quizás no exponen abiertamente las posiciones y acciones de los solitarios pero esto no significa que no se beneficien de las mismas. Un reciente estudio del Royal United Services Institute del Reino Unido muestra que estos fanáticos no están tan separados como ampliamente se piensa. Los peligros de normalizar el extremismo destacan por el hecho de que, en su manifiesto de 1.500 páginas, Anders Behring Breivik, quien asesinó a 73 personas en Noruega en 2011, se basa en gran medida en la ideología populista de derechas de Europa. Las influencias trasatlánticas están asimismo claras en sus largas citas de una publicación de 2004 del US Free Congress, editada y parcialmente autorizada por el paleo-conservador William S. Lind.

Como Toby Archer señala en su ensayo “Breivik’s Mindset: The Counterjihad and the New Transatlantic Anti-Muslim Right” (2013), la contra-yihad europea es “fundamentalmente un producto de los ataques del 11-S sobre los Estados Unidos y la conectividad provocada por internet durante la última década”. Contrarrestando el racismo manifiesto de la extrema derecha con una “crítica liberal” del Islam, la contra-yihad dota eficazmente a la política anti-Islam con cierto grado de respetabilidad y por tanto acoge a un espectro político mucho más amplio del que generalmente se reconoce, incluidos defensores de la “tradición liberal clásica”. Esta convergencia de la extrema derecha estadounidense y europea requiere un escrutinio más cercano y debería hacer sonar las alarmas ahora que Donald Trump y su estratega jefe Steve Bannon no se avergüenzan de mostrar su apoyo a Marine Le Pen.

La Europa “social” nunca fue una preocupación importante del Estado supranacional de la Unión Europea, en el que los financieros internacionales obtienen beneficios de un sistema económico roto, los servicios públicos nacionales se derrumban, los inversores en su privatización se hacen más ricos y las poblaciones son castigadas con medidas de austeridad más duras. Las elecciones en los estados debilitados designan candidatos que trabajan dentro del sistema para socavarlo aún más. La corrupción es desenfrenada y sofisticada y, como señala la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, la corrupción es una forma de violencia social.

El desprecio apenas oculto de los líderes de la UE por el “pueblo” alimenta una reacción anti-todo contra esta oligarquía política que destroza la democracia que supuestamente sostiene. Los votantes se muestran indiferentes ante la política de extrema derecha, y la izquierda, también anti-establishment, no ofrece muchas alternativas. El lema del 99% versus el 1% consigue gente en las calles, pero no es la política de principios estratégicos (que ahora aparece más en el nivel municipal que en cualquier otro lugar, o en el apoyo cada vez más popular por la renta básica universal, por ejemplo). En Francia, gran parte del discurso del FN podría provenir de las bocas de Fillon, Nicolas Sarkozy y Manuel Valls. Mientras tanto, Le Pen toma el viejo concepto de laïcité y –¡abracadabra!– lo convierte en anticlericalismo dirigido contra el Islam. Le Pen efectivamente no es laica, es multiconfesional (el Estado reconoce como interlocutores políticos a todas las comunidades étnicas o religiosas) y no laica-republicana: la religión es un asunto puramente privado, y el Estado es completamente indiferente al respecto porque no reconoce como interlocutores políticos a las distintas “comunidades” de fieles, como así son llamadas.

Las campañas nacionalistas de derechas, entre las que se cuentan el Brexit y Donald Trump, hacen dos afirmaciones fundamentales en muchos países occidentales: elevar a los trabajadores en una economía globalizada y bloquear la inmigración. Los choques sobre la cultura y la economía parecen estar impulsando el surgimiento de la extrema derecha, pero el discurso exaltado disfraza otro desastre, es decir, la pérdida de confianza en las instituciones (precisamente el área donde los movimientos municipales de izquierda están funcionando). El surgimiento de la extrema derecha es un síntoma ominoso de una crisis mucho más grave. Por lo tanto, existe una necesidad urgente de estudiar por qué la política dominante ha fracasado en todos los niveles para cumplir sus promesas. Las políticas republicanas democráticas, que reflejan genuinamente las reivindicaciones de Europa de defender la libertad universal, la justicia y la dignidad humana, son necesarias para que el continente no se hunda más en la cloaca de la intolerancia que ahora se propugna “democráticamente” por una buena parte del espectro político.

Daniel Raventós es profesor de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona, miembro del Comité de Redacción de SinPermiso y presidente de la Red Renta Básica. Es miembro del comité científico de ATTAC. En el próximo mes de julio aparecerá su nuevo libro “Renta Básica contra la incertidumbre” de la colección: los retos de la economía (Ed. RBA).

Julie Wark es autora del Manifiesto de derechos humanos (Barataria, 2011) y miembro del Consejo Editorial de SinPermiso.

Fuente original: Counterpunch, edición papel, mayo 2017

Traducción: Adrián Sánchez Castillo

Texto tomado de: http://www.sinpermiso.info/

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