El odio al Estado

Emir Sader

Página/12

“…Los inmensos procesos de privatización, de apertura de los mercados, de despido de empleados públicos, de suspensión de toda forma de control estatal sobre la economía se han vuelto el eje de las políticas neoliberales…  Un odio selectivo a las funciones de regulación económica del Estado, de garantía de los derechos sociales, de protección del mercado interno. … Pero algunas funciones del Estado le interesan a la derecha. La primera, esencial, es la represión, porque políticas con esos rasgos, intensifican la crisis social y requieren represión. Requieren también el control judicial, para poder legitimar gobiernos autoritarios. Requieren Bancos Centrales que garanticen la liberalización de la economía…”

 

Hasta no hace tanto, Richard Nixon, todavía presidente de Estados Unidos, declaraba: “Somos todos keynesianos”. Era la demostración de la hegemonía de ese modelo. Fueron conservadores y no la izquierda los responsables del Estado de bienestar social en Europa. Era la muestra de que se trataba de un consenso.

Una década después, otro presidente norteamericano anunció el radical cambio de rumbo. Para Ronald Reagan, el Estado dejaba de ser solución, para ser el problema. Se apuntaba al elemento clave del modelo keynesiano, ahora para hacerlo el blanco de los ataques concentrados del neoliberalismo, primero de la derecha tradicional, después también por sectores que venían de la izquierda histórica.

A partir de ese momento se desató una feroz lucha de ideas y política sobre el rol del Estado, con consecuencias directas sobre la economía. El ataque al Estado muchas veces no revelaba claramente que es lo que se promovía en su lugar: el mercado. Pero se trata de una misma operación ideológica, con dos caras.

Para el diagnóstico neoliberal las economías no crecen por excesiva cantidad de regulaciones, que traban y desincentivan las inversiones. Liberemos el capital de esos límites que lo cercenan, implementemos el libre comercio, así se retomarán las inversiones, la economía volverá a crecer y todos volverán a ganar –pronosticaban Reagan y Thatcher, alegre y ingenuamente–.
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