Jorge Amado y los Capitanes de la arena

Revista el Búho

 

Novela situada en Salvador de Bahía, Capitanes de la arena gira en torno a una banda de delincuentes de corta edad que, refugiados en una zona olvidada del puerto, asolan la ciudad. La caracterización que hace de estos niños arrojados a la delincuencia, conocedores de los más sórdidos aspectos de la lucha por la existencia, es uno de los mayores logros del popular escritor brasileño. La picaresca y la ternura, la búsqueda de la supervivencia y el sentido de la solidaridad son rasgos sobresalientes de esta novela en la que se entreveran lirismo y crudeza.

 

Los veíamos en muchas esquinas de Salvador, caminando por el Pelourinho, barrio viejo, ajado por el tiempo pero inmensamente hermoso y saludablemente reconstruido en muchos casos, y ellos, sin embargo y a pesar de lo que muchas ‘narices respingadas’ podrían pensar, no desentonaban con su paisaje, sino todo lo contrario, ellos eran parte fundamental de ese paisaje bello y triste a la vez. Bello por razones obvias que hacen que toda ciudad colonial lo sea sin demasiado esfuerzo y a pesar del paso del tiempo; y triste porque ellos también representan una lamentable realidad en Brasil (qué digo; en América): la pobreza, la injusticia

Ellos son los niños de las calles de Salvador.

Creía estar caminando por aquellas arterias remontándome a los años ’30, sin embargo era el año 2010 y la realidad de aquellas décadas no cambiaba demasiado.

Claro. Leyendo Los capitanes de la arena, de Jorge Amado, no era para menos, parecía estar caminando en el presente a la par de estar leyendo el pasado.

¿Qué ha cambiado es la pregunta?

La denuncia que significó esa maravillosa obra literaria del escritor Bahiano parece no haber hecho eco. Los niños de las calles en Brasil son miles, y forman parte de los alrededor de 25 millones de seres humanos bajo la línea de la pobreza en todo Brasil.

Cuando leí la contratapa del libro, luego de comprarlo, me sorprendió enterarme de que al momento de su publicación, en 1937, la edición fue secuestrada y quemada en la plaza pública de Salvador. Nunca las aristocracias aceptarían reconocer esa realidad de la que ellos son victimarios en gran medida, nunca esas rancias aristocracias que representan el poder en toda gran ciudad capitalista mirarían a los ojos de los excluidos sociales, y siempre serán ‘protegidas’ por las fuerzas públicas en todas sus formas.
Como bien lo refleja don Jorge Amado en su obra, hasta la iglesia cobijó siempre a los ricos. ¿Qué diría Jesús si viera hacia donde se desvió su enseñanza?, que son los pobres los que sufren el desamparo y la exclusión.

Así truena la voz de los niños a través de Jorge Amado:

“La revolución lo llama a Pedro Bala… La voz lo llama. Una voz que lo alegra, que hace latir su corazón.

Ayudar a cambiar el destino de los pobres…Una voz que proviene del muelle, del pecho de los estibadores, de Joao de Adao, de su padre muriendo durante un mitin, de los marineros de los barcos, de los saveiristas y de los canoeros. Una voz que llega del grupo que juega a la lucha de la capoeira, que proviene de los golpes que asesta Querido-de-Deus. Una voz que llega incluso del padre José Pedro, cura pobre que mira espantado el terrible destino de los Capitanes de la Arena.”

La obra de Jorge Amado sigue tan actual como cuando le dio a luz hace más de 70 años.

Mientras tanto en su país pareciera haber un atisbo de cambio, pero que no resulta suficiente. Sin embargo el gobierno brasilero hace pruebas millonarias lanzando cohetes a la estratósfera y los niños-capitanes pisan descalzos las arenas y las calles de Salvador, que simbolizan las calles de cualquier ciudad de Brasil.

Pero volviendo al escritor Bahiano, su obra, con la que me siento en deuda, es lo suficientemente amplia para mantener embelesado con una prosa simple pero sincera y transparente: Gabriela, clavo y canela; Doña flor y sus dos maridos (ambas llevadas al cine con Sonia Braga como protagonista), Cacao, Pastores de la noche, etc.

Esperemos que el tiempo me deje pagar esa deuda. Esperemos que la realidad pague esa deuda que aún tiene con los desamparados de nuestras sociedades.

Fuente: http://revistaelbuho.blog.com/

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