A 25 años de Tiananmen en China: La represión del “Movimiento del 4 de Junio” de 1989

Pierre Rousset

Europe Solidaire

 

El 4 de junio de 1989, el ejército sofocó a sangre y fuego el movimiento de contestación más importante que conociera China tras el inicio de las reformas posmaoístas una década antes. La represión de este movimiento –en Pekín y en provincias–, que comenzó con la ocupación de la plaza Tiananmen/1, asestó un golpe tremendo a las resistencias sociales y democráticas, despejando la vía a una verdadera contrarrevolución burguesa. Así, en 1992, el hombre fuerte del Partido Comunista Chino (PCC)/2, Deng Xiaoping, con motivo de un viaje al sur del país, pudo pronunciar un discurso que se haría famoso en el que marcó el rumbo de una transición acelerada a un nuevo capitalismo (denominado “socialismo de mercado con características chinas”).

 

En 1989, la amplitud y el radicalismo de las protestas y la importancia política de las luchas simbolizadas por la ocupación de la plaza Tiananmen eran evidentes, y la represión sangrienta que se abatió sobre sus protagonistas provocaron una profunda onda de choque a nivel internacional. En cambio, no ocurrió lo mismo en lo concerniente a su significado histórico: la burocracia china pretendía dar a luz a una nueva burguesía, un nuevo capitalismo, y esta transformación solo podía tener lugar bajo un régimen autoritario, ya que implicaba una verdadera explosión de las desigualdades sociales. Sin embargo, el retorno al poder de Deng Xiaoping, una decena de años antes, había alimentado grandes expectativas democráticas. No en vano él mismo había sido uno de los principales dirigentes del PCC que fueron víctimas del régimen hiperburocrático instaurado tras la Revolución Cultural de 1966-1969. Había anunciado la “modernización” del país y emprendido reformas que en muchos casos fueron acogidas favorablemente, particularmente entre los campesinos y los intelectuales.

Sin embargo, cuando Deng Xiaoping promovió las “cuatro modernizaciones” (agricultura, industria, defensa nacional, ciencias y técnicas), dejó en el tintero la “quinta modernización”: la democracia, incluido el derecho a crear otros partidos al margen del PCC. Y eso que ya la había reclamado en 1978-1979 el disidente Wei Jingsheng –ex guardia rojo de la Revolución Cultural– en un mural colocado en el Muro de la Democracia en Pekín. Por tanto, la ocupación de la plaza Tiananmen en 1989 no fue un acto caído del cielo, sino el fruto de toda una sucesión de luchas. Tras la primera Primavera de Pekín (1978-1979), en 1983, 1985 y 1986-1987 hubo importantes movilizaciones estudiantiles (y sociales), que denunciaron en particular la inseguridad reinante en los campus, la falta de salidas profesionales y el favoritismo del que se beneficiaban los jóvenes cuyos padres eran miembros del PCC. Hubo peticiones reclamando la puesta en libertad de los presos políticos. Además de las reformas políticas, esos movimientos reivindicaban la libertad de asociación (en particular la creación de sindicatos estudiantiles independientes) y la transparencia, en particular con respecto al tren de vida de los dirigentes y sus familias.

A medida que pasaron los años, Deng aparece cada vez menos renovador, especialmente en el ámbito de la apertura política. Otros dirigentes del PCC, considerados más reformistas, son apartados del poder, como en el caso de Hu Yaobang en 1987, sospechoso de haber apoyado las reivindicaciones democráticas de los estudiantes. Su muerte (natural) el 15 de abril de 1989 será el detonador de una inmensa movilización de protesta. Ese día, y más tarde, el 16 y el 17 de junio, se producen manifestaciones en la plaza Tiananmen. El día 18, varios miles de estudiantes organizan una sentada delante del Gran Palacio del Pueblo (donde se reúne el parlamento nacional). La ocupación se ha puesto en marcha y en los campus aparecen carteles con críticas virulentas a Deng Xiaoping. El movimiento se extiende. Se trata de un movimiento de composición social diversa y que incluye a estudiantes, profesores universitarios, intelectuales, vecinos de las barriadas, clase media baja urbana y obreros, aunque son sobre todo los estudiantes los que llevan la voz cantante en la ocupación de la plaza Tiananmen, donde establecen su cuartel general.

Del 15 de abril a la masacre del 4 de junio
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En la víspera del funeral oficial de Hu Yaobang, en la noche del 21 al 22 de abril, unas 100.000 personas –en su mayoría estudiantes– invaden la plaza Tiananmen antes de que la policía les impida el acceso. Se concentran delante del monumento a los héroes del pueblo y una delegación solicita asistir a los obsequios. En Pekín, estas concentraciones son pacíficas. El día 22 se producen choques violentos en la provincia, concretamente en Xi’an y Changsha. La censura actúa en Shanghai, donde una publicación pretendía reclamar la revisión de la expulsión de Hu. El 26 de abril, el Diario del Pueblo denuncia las “alteraciones del orden público” y queda prohibida toda nueva manifestación. Sin embargo, la censura todavía no se ha generalizado; en general, los medios chinos pueden hablar de los acontecimientos. El país está informado.

El movimiento se extiende y se radicaliza. Los estudiantes movilizados crean su propia asociación autónoma. Tiene lugar una primera gran manifestación en Pekín, cifrada en 50.000 o 70.000 asistentes, según el caso. En la provincia entran en lucha los obreros, que denuncian asimismo la corrupción y el lujo en que viven los dirigentes del PCC, además de la inflación y el paro. Se producen manifestaciones en un número creciente de ciudades (¿más de 400?) como Chongqing, Shanghai o Urumqi (región autónoma uigur), Mongolia Interior, Hongkong, Taiwán, los emigrados en Europe y en EE UU. Después de las facultades universitarias, el boicot a las clases se propaga en los institutos. Vecinos y estudiantes de provincias “suben” a Pekín para participar en la ocupación de la plaza Tiananmen. A veces se oye cantar la Internacional.

Los días 12 y 13 de mayo, el verdadero punto de inflexión de la lucha, unos estudiantes inician una huelga de hambre indefinida que acaba juntando a unos 1.000 o 2.000 ayunadores. La iniciativa despierta una enorme simpatía popular: sobre todo en Pekín, buena parte de la población muestra su apoyo. Acuden a la plaza numerosos cortejos para manifestar su solidaridad: estudiantes, obreros, administrativos y en ocasiones incluso policías y otros miembros de los servicios de seguridad. De este modo, un día tras otro se juntan centenares de miles de personas en la plaza. Numerosas organizaciones políticas y civiles manifiestan asimismo su simpatía. La Cruz Roja china moviliza una parte importante de su personal para prestar asistencia médica a los huelguistas de hambre. Se entablan negociaciones con las autoridades de las que informan los medios de comunicación. Sin embargo, reina la confusión: el movimiento carece de dirección central y de un programa definido colectivamente; la indecisión, por otro lado, también se ha instalado en la cúpula del Partido y del Estado.

El clima político parecía abrirse bastante en aquella primavera de 1989. Los y las manifestantes sabían que podían contar con apoyos en la propia dirección del PCC, en particular de Zhao Ziyang, que por entonces era secretario general del Partido. Este fue probablemente uno de los factores que permitieron que la ocupación de la plaza Tiananmen durara tanto tiempo –del 15/17 de abril al 4 de junio de 1989– y que explican que se repitieran las tentativas de negociación con el poder. El 19 de mayo, Zhao Ziyang acude a la plaza Tiananmen para hablar directamente con los huelguistas de hambre. Les exhorta a abandonar la huelga y promete que el gobierno negociará seriamente sobre las exigencias del movimiento: “No os diré más que esto: si dejáis la huelga de hambre, el gobierno no lo aprovechará para poner fin al diálogo, desde luego”. Parece que se impone su postura y la opinión espera un desenlace feliz de la crisis. Sin embargo, Zhao queda en minoría en el seno del aparato: Deng Xiaoping se inclina por quienes defienden una represión frontal, como el primer ministro Li Peng.

El 20 de mayo se declara la ley marcial. Nueve altos cargos del ejército se oponen, pero no sirve de nada. El general Xu Qinxian, comandante del 38º cuerpo de élite, detenido por negarse a obedecer las órdenes, tendrá que responder ante un tribunal militar. Altos dirigentes del PCC favorables al movimiento son despedidos y puestos bajo arresto domiciliario. Es el caso de Zhao Ziyang, que permanecerá en esta situación durante los 15 años siguientes; cuando muere en 2005, no tendrá derecho a un funeral oficial/3. No obstante, policías y militares acantonados en Pekín se muestran incapaces de poner fin a la ocupación de la plaza Tiananmen o incluso simpatizan con los manifestantes. Surgen discrepancias en el seno del ejército. Bajo la presión popular, varios cuarteles del extrarradio abandonan el lugar. El poder ordena entonces el traslado a la capital de tropas provinciales: unos 200.000 soldados de 22 divisiones de 13 cuerpos de ejército.

Los pekineses montan barricadas en los cruces de calles, bloquean carreteras, queman autobuses, oponen muros humanos a los soldados. Equipos de jóvenes en motocicleta aseguran el enlace entre los barrios. La resistencia es fundamentalmente pacífica y practica la no violencia activa, pero los vecinos arrojan a veces piedras contra los soldados, incluso algunos cócteles mólotov. Una columna de vehículos militares es pasto de las llamas. Los soldados responden con fuego real, los blindados disparan. Los combates prosiguen en las calles que rodean la plaza, algunos oficiales son sacados de los blindados y apaleados o incluso matados. Conductores de rickshaw (triciclos) socorren a los heridos.

En la noche del 3 al 4 de junio se presenta un ultimátum a los manifestantes de la plaza de Tiananmen (son todavía algunos miles). Los dirigentes estudiantiles no se ponen de acuerdo sobre la respuesta a dar y someten la cuestión o votación: abandonar la plaza o quedarse y cargar con las consecuencias. La mayoría rechaza el ultimátum: los estudiantes presentes dan muestras de gran valor. Las fuerzas armadas invaden la plaza, pero dejan que la mayor parte de los manifestantes se vayan sanos y salvos. En cambio, parece que hubo muchas víctimas en los alrededores, con numerosos muertos en las avenidas que rodean la plaza y en los barrios periféricos de Pekín. Son en su mayoría obreros o laobaixing (gente corriente)/4.

La represión de Tiananmen dio pie a un violento sometimiento del mundo laboral y de los sectores populares urbanos. Especialmente en Pekín, una parte de la población trabajadora se sublevó y comenzó a articular sus propias reivindicaciones: una verdadera pesadilla para la dirección del PCC. El aparato de Estado se agrietaba bajo la presión de los acontecimientos y de las divergencias en el seno del partido. La dirección china sufría el síndrome polaco de Solidarnosc. Tras la ola represiva desatada en Pekín, las manifestaciones prosiguieron durante varios días en un buen número de centros urbanos del país, donde una parte de la población levanta enseñas de color negro en señal de protesta. Sin embargo, el gobierno recupera bastante pronto el control y destituye a los funcionarios que favorecieron o toleraron las manifestaciones. Es difícil saber cuántas personas murieron en el conjunto del país; probablemente fueron varios miles.

Un movimiento de composición social diversa

De un modo bastante clásico en la República Popular China (RPC), en 1989 hubo una interrelación bastante estrecha entre las luchas fraccionales en la cúspide del partido (y la manera en que las percibe la población) y la irrupción de un movimiento de gran amplitud que expresaba la gravedad de las tensiones sociales cuyo alcance sobrepasaba de lejos los asuntos políticos inmediatos. Los temas que catalizaron la unidad de las movilizaciones también eran clásicos. En primer lugar, la denuncia de la corrupción, del nepotismo y de los privilegios que se conceden los dirigentes (una cuestión recurrente que aparece una y otra vez en la historia de la RPC). En segundo lugar, la exigencia democrática, esa “quinta modernización” que había sido la bandera del Movimiento Democrático Chino una década antes y cuyos precedentes se remontan a 1957, con el Movimiento de las Cien Flores. Finalmente, una reacción contra el aumento de las desigualdades, contra la creciente erosión de la situación de los obreros en las empresas públicas y el refuerzo del poder de los directores, y contra la falta de reconocimiento y de salidas para los estudantes licenciados.

No obstante, el contexto ha cambiado. Lo que está confusamente en tela de juicio es la naturaleza de la “modernización” en curso, y no el retorno al orden maoísta anterior, que sigue estando muy desacreditado. El caso de los intelectuales es sintomático: pasaron a situarse en lo más bajo de la jerarquía oficial de las clases sociales tras la revolución de 1949 y fueron víctimas propiciatorias con ocasión de las violentas luchas fraccionales en que acabó la Revolución Cultural de los años sesenta. Sufrieron terriblemente. En su gran mayoría, los intelectuales rechazaban entonces, sin más, el marxismo. Contemplaban de un modo muy acrítico, incluso ingenuo, la ideología neoliberal dominante en el mundo. Pregonaban la instauración de una economía de mercado, apoyaron a Deng Xiaoping y sobre todo no deseaban un “retorno al pasado”; sin embargo, se daban cuenta de que el “enriquecimiento de todos” que había prometido Deng se había convertido en un “sobreenriquecimiento de algunos” y de que la mayoría de ellos no serían los predilectos del nuevo régimen. Los profesores universitarios, a su vez, consideraban que su paga era insuficiente. Muchos intelectuales se vieron influidos por la política de Glasnost (transparencia) implantada en la URSS por Mijaíl Gorbachov.

De hecho, en relación con las políticas alternativas, existían importantes divergencias políticas que dividían a los distintos componentes sociales del movimiento. Durante la segunda mitad de la década de 1980, la inflación y el paro comenzaron a golpear a los asalariados. Sin ser necesariamente “maoístas”, numerosos trabajadores aspiraban a recuperar las protecciones sociales de antaño. En revancha, los intelectuales querían que se aceleraran las reformas: no podían hablar en nombre de toda la sociedad “de abajo” si aspiraban a su vez a formar parte de la sociedad “de arriba”. Asimismo, numerosos estudiantes confiaban en Zhao Ziyang, opuesto a la represión, mientras que los militantes obreros no olvidaban que era un ferviente defensor de las reformas que les perjudicaban.

En Tiananmen, los obreros se reagrupan en su propio “sector”, que solo podrá establecerse bastante tarde en el centro de la plaza debido a las reticencias de la dirección estudiantil. Camiones enteros de grupos de trabajadores de las empresas públicas acuden a manifestar su apoyo al movimiento, aunque sin avanzar sus propias reivindicaciones. Sin embargo, se constituye una Asociación Autónoma de los Trabajadores de Pekín, independiente de los sindicatos oficiales, a la que se suma, al calor de los acontecimientos, Han Dongfan, quien más tarde impulsará la publicación del China Labour Bulletin. Se constituye a mediados de abril, cuando comienza la ocupación de la plaza, donde sus miembros mantienen un puesto, pero no poclama sus exigencias hasta los días 18 y 19 de mayo, en vísperas de la ley marcial/5. En provincias aparecen otras organizaciones autónomas de trabajadores. La Federación de Sindicatos de China, que está estrictamente subordinada al PCC, también se verá afectada por los acontecimientos y presionada por la base. Llegó a dar dinero para los huelguistas de hambre y en su seno hubo numerosos debates sobre la eventual participación en la huelga. La decisión de hacerlo no caía por su propio peso, no solo para los cuadros sindicales, sino también para los trabajadores de base.

Hay muchos ejemplos de contactos establecidos entre estudiantes y trabajadores, bien en los lugares de movilización como la plaza Tiananmen, bien a las puertas de las empresas. Sin embargo, estas relaciones no llegaron a estabilizarse. Con el mal recuerdo de la Revolución Cultural, los obreros dudaban en dejarse embarcar en una aventura. En cuanto a los estudiantes, mayoritariamente vivían una revuelta espontánea, generacional, contra una cultura dictatorial y sus injusticias. Más allá de la aspiración a rebelarse “todos a una”, raras eran las personas que contemplaban desde una perspectiva estratégica la cuestión de las relaciones con el mundo del trabajo. En muchos sitios, sin embargo, grupos de obreros emprendieron su propia lucha, pero para calibrar sus dimensiones es preciso dilucidar lo que ocurrió en la provincia, más allá de la plaza Tiananmen y de Pekín. Por desgracia, y a diferencia del pasado, no obtuvieron el apoyo de una intelectualidad progresista, inexistente en aquel entonces en China. El problema era muy sensible, sobre todo teniendo en cuenta que a pesar de que los obreros de las empresas públicas eran muy conscientes de su condición social, carecían de toda tradición política o ideológica autónoma.

El Movimiento del 4 de Junio surgió en un momento de gran confusión. La violencia extrema en que se había sumido la Revolución Cultural y el hiperburocratismo del reinado de la Banda de los Cuatro, que se reclamaba de Mao, dieron al traste con la tradición política radical de los primeros años. El alcance de las luchas intestinas en la cúpula del partido no estaba claro, como tampoco lo estaba la dirección en que llevarían a China las reformas de Deng Xiaoping. Pero fue sin duda una gran revuelta emacipadora que acabó finalmente en derrota. Más allá de las contradicciones sociales, políticas y tácticas que se cruzaban en su seno, unas reivindicaciones elementales mantuvieron unido durante mucho tiempo al conjunto de sus componentes frente a un poder que se negaba a escucharles: la transparencia, la democracia, la creación de organizaciones independientes (estudiantiles, obreras…). En efecto, más allá, también, de las cuestiones inmediatas –como el temor a perder el control de la situación por parte del núcleo duro de la dirección del PCC–, la transición capitalista en China no podía producirse con formas democráticas.

Las resistencias sociales proseguirán en la década de 1990, a pesar de que la derrota supuso un grave revés. Desde entonces no se conocen nuevas experiencias de organización obrera independiente, a imagen de lo que fueron en 1989 las asociaciones autónomas de trabajadores, tanto en Pekín como en otras partes. La dirección del PCC se ocupa sin cesar de impedir el desarrollo de este tipo de iniciativas.

Notas

1/ La plaza Tiananmen (Plaza de la Puerta de la Paz Celestial) se halla en el centro de Pekín. Con sus 40 hectáreas, parece que es la tercera plaza más grande del mundo (después de la plaza Merdeka de Yakarta en Indonesia y la plaza de los Girasoles de Palmas en Brasil).

2/ De vuelta al poder, Deng Xiaoping evitó acumular títulos. Oficialmente no era más que presidente de la Comisión Militar Central, pero había colocado a muchos de sus fieles a la cabeza del partido y del Estado y de hecho era el que llevaba las riendas de la dirección.

3/ Señalemos que las personalidades políticas de las que se reclamaba el movimiento (Hu Yaobang) o que lo apoyaban (Zhao Ziyang) eran favorables a las reformas económicas. En la década de 1980 se habían opuesto, junto con Deng Xiaoping, a otros dirigentes que, como el economista Chen Yun, reclamaban la renuncia a aquellas reformas. De hecho eran próximos a Deng Xiaoping, cuya postura con respecto a la represión del movimiento parece que no fue clara durante mucho tiempo.

4/ Hay mucha confusión y testimonios contradictorios sobre el detalle de los acontecimientos y sobre el número de muertos. Véase a este respecto la Wikipedia:  http://es.wikipedia.org/wiki/Protestas_de_la_Plaza_de_Tian ’anmen_de_1989

Sin embargo, es cierto que no hubo ninguna masacre en la plaza Tiananmen. Véase en este sentido el artículo disponible en: China June 1989: The Myth of Tiananmen and the price of a passive [western] press. El autor, Jay Matthews, señala que él mismo utilizó por comodidad la expresión “masacre de Tiananmen”, pero que esto da una imagen equivocada de los acontecimientos y de los sectores sociales que sufrieron la represión más violenta (no olvidemos que numerosos estudiantes fueron condenados a largas penas de cárcel). También es mi caso, incluso en el título del dosier publicado esta semana en el semanario TEAN, cosa que merece una autocrítica. Para un testimonio de los sucesos de Pekín, véase asimismo Ronbin Munro, China June 1989: Remembering Tiananmen Square.

5/ En estos tiempos de ebullición, es difícil conocer el estado de desarrollo de esta asociación. Parece que el número de militantes activos sigue siendo limitado, pero las adhesiones formales han alcanzado los 10.000 (incluso 20.000 según ciertas fuentes).

6/ Extraído de Wikipedia, op. cit.

Traducción de Viento Sur

Fuente original: http://www.europe-solidaire.org/

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