PRISM y el ascenso de un nuevo fascismo: Ahora todos somos testigos

John Pilger

CounterPunch

 

Fred Branfman, que denunció la destrucción “secreta” del pequeño Laos por la fuerza aérea de EE.UU. en los años 60 y 70, suministra una respuesta a los que todavía se preguntan cómo un presidente liberal afro-estadounidense, profesor de derecho constitucional, puede dirigir semejante ilegalidad. “Bajo el señor Obama, EE.UU. está todavía lejos de ser un Estado policial clásico…” escribió, “Pero ningún presidente ha hecho más para crear la infraestructura para un posible futuro Estado policial”. ¿Por qué? Porque Obama comprende que su papel no es complacer a los que votaron por él, sino expandir “la más poderosa institución en la historia del mundo, que ha matado, herido o desamparado a mucho más de 20 millones de seres humanos, en su mayoría civiles, desde 1962”.

En su libro Propaganda, publicado en 1928, Edward Bernays escribió: 

“La consciente e inteligente manipulación de los hábitos organizados y opiniones de las masas es un elemento importante en la sociedad democrática. Los que manipulan este mecanismo inadvertido de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el verdadero poder dominante de nuestro país.”
.
Sobrino estadounidense de Sigmund Freud, Bernays inventó el término “relaciones públicas” como un eufemismo para propaganda estatal. Advirtió de que un informante sincero y un público bien informado constituyen una amenaza continua para el gobierno invisible.

En 1971 el denunciante Daniel Ellsberg filtró archivos del gobierno de EE.UU. conocidos como los Papeles del Pentágono, que mostraron que la invasión se basó en mentiras sistemáticas. Cuatro años después Frank Church dirigió unas audiencias sensacionales en el Senado: uno de los últimos parpadeos de la democracia estadounidense. Éstas pusieron al descubierto la dimensión del gobierno invisible: el espionaje interior y la subversión y belicismo por parte de las agencias de inteligencia y “seguridad”, y el respaldo que recibían del gran dinero y los medios, conservadores y liberales.

Hablando de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) el senador Church dijo: “Sé que existe la capacidad para imponer la tiranía total en EE.UU. y debemos velar para que esa agencia y todas las agencias que posean esa tecnología operen dentro de la ley… para que nunca crucemos ese abismo. Es el abismo del cual no hay retorno.”

El 11 de junio, después de las revelaciones en el Guardian por el contratista de la NSA Edward Snowden, Ellsberg escribió que ahora EE.UU. ha caído en “ese abismo”.

La revelación de Snowden de que Washington ha utilizado Google, Facebook, Apple y otros gigantes de la tecnología de consumo para espiar a casi todos es otra evidencia de una forma moderna de fascismo. Habiendo nutrido a fascistas a la antigua en todo el mundo –desde Latinoamérica a África e Indonesia– el genio ha surgido en casa. Comprenderlo es tan importante como comprender el abuso criminal de la tecnología.

Fred Branfman, que denunció la destrucción “secreta” del pequeño Laos por la fuerza aérea de EE.UU. en los años 60 y 70, suministra una respuesta a los que todavía se preguntan cómo un presidente liberal afro-estadounidense, profesor de derecho constitucional, puede dirigir semejante ilegalidad. “Bajo el señor Obama, EE.UU. está todavía lejos de ser un Estado policial clásico…” escribió, “Pero ningún presidente ha hecho más para crear la infraestructura para un posible futuro Estado policial”. ¿Por qué? Porque Obama comprende que su papel no es complacer a los que votaron por él, sino expandir “la más poderosa institución en la historia del mundo, que ha matado, herido o desamparado a mucho más de 20 millones de seres humanos, en su mayoría civiles, desde 1962”.

En la nueva ciberpotencia estadounidense lo único que ha cambiado son las puertas giratorias. El director de Google Ideas, Jared Cohen, fue asesor de Condoleezza Rice, la ex Secretaria de Estado en el gobierno de Bush que mintió diciendo que Sadam Hussein podría atacar a EE.UU. con armas nucleares. Cohen y el presidente ejecutivo de Google, Eric Schmidt (se reunieron en las ruinas de Iraq) han escrito en conjunto un libro, The New Digital Age [La nueva era digital], considerado visionario por el ex director de la CIA Michael Hayden y los criminales de guerra Henry Kissinger y Tony Blair. Los autores no mencionan el programa de espionaje PRISM, revelado por Snowden, que provee a la NSA acceso a todos los que usamos Google.

Control y dominación son las dos palabras que hacen que esto tenga sentido. Son ejercidos con objetivos políticos, económicos y militares, de los cuales la vigilancia masiva es una parte esencial, pero también mediante la insinuación de propaganda en la consciencia pública. Es lo que quiso decir Edward Bernays. Sus dos campañas más exitosas de relaciones públicas convencieron a los estadounidenses de que debían entrar a la guerra en 1917 y persuadieron a las mujeres de que fumaran en público; los cigarrillos eran “antorchas de libertad” que acelerarían la liberación de las mujeres.

El “ideal” fraudulento de que EE.UU. es moralmente superior, un “líder del mundo libre”, ha sido más efectivo en la cultura popular. Sin embargo, incluso en los períodos más patrioteros de Hollywood hubo películas excepcionales, como las del exiliado Stanley Kubrick, y atrevidas películas europeas encontraban distribuidores estadounidenses. En la actualidad no hay ningún Kubrick, ningún Strangelove [Dr. Insólito], y el mercado de EE.UU. está casi completamente cerrado a películas extranjeras.

Cuando mostré mi propia película The War on Democracy [La guerra contra la democracia] a un importante distribuidor liberal estadounidense, me presentó una lista interminable de cambios, para “asegurar que la película sea aceptable”. Su memorable concesión fue: “Bueno, tal vez podríamos introducir a Sean Penn como narrador. ¿Le resultaría agradable?”. La apología de la tortura de Kathryn Bigelow Zero Dark Thirty y, este año, We Steal Secrets, una crítica mordaz cinematográfica contra Julian Assange, se realizaron con un generoso apoyo de Universal Studios, cuya casa matriz hasta hace poco era General Electric. GE fabrica armas, componentes para aviones caza y tecnología avanzada de vigilancia. La compañía también tiene intereses lucrativos en Iraq “liberado”.

El poder de informantes veraces como Bradley Manning, Julian Assange y Edward Snowden es que disipan toda una mitología cuidadosamente construida por el cine corporativo y los medios corporativos. WikiLeaks es especialmente peligroso porque ofrece a los informantes los medios para sacar a la luz la verdad. Eso fue logrado por Collateral Damage, el vídeo grabado desde un helicóptero Apache supuestamente filtrado por Manning. El impacto de este vídeo marcó a Manning y Assange para la venganza estatal. Mostró a aviadores estadounidenses asesinando a periodistas y mutilando a niños en una calle de Bagdad, disfrutándolo evidentemente, y describiendo su atrocidad como “chévere”. Sin embargo, en un sentido vital, no se salieron con la suya; porque ahora somos todos testigos, y el resto depende de nosotros.

John Pilger es corresponsal de guerra, cineasta y escritor. Su película sobre Australia, Utopia, será estrenada en otoño de este año.

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Fuente original: http://www.counterpunch.org/

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