Crítica y Revolución (Sobre la revista «Pensamiento Crítico»)

Aurelio Alonso (Casa de las Américas, Cuba)

La Ventana

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“Esta antología no solo servirá para apreciar el contacto del pensamiento que se desarrollaba en Cuba con el panorama mundial y latinoamericano de los sesenta, sino para repensarnos críticamente, para defender el derecho a pensar con cabeza propia, para evitar que volvamos a caer en los mismos errores, para no permitir que nos banalicen la historia”

Palabras de Aurelio Alonso en la presentación del libro de Fernando Martínez Heredia (compilador), La crítica en tiempo de revolución. Antología de textos de «Pensamiento Crítico», en La Habana, el 17 de octubre de 2011

El volumen titulado La crítica en tiempo de Revolución. Antología de textos de «Pensamiento Crítico», que contiene, como su nombre lo indica, una selección de trabajos publicados en la revista fundada y dirigida por Fernando Martínez de 1967 a 1971, acaba de aparecer este año bajo el sello de la Editorial Oriente. Aquella revista mensual ―que tenemos que calificar, en justicia, de pensamiento revolucionario― circuló en el país y en la América Latina durante cinco años, hasta 1971, bajo la factura de un consejo en el cual también participamos, a lo largo de su existencia, José Bell Lara, que hoy nos acompaña aquí, Jesús Díaz, que nos abandonó, y el autor de estas líneas.

También, por etapas, figuran en el machón otros colegas como el sociólogo Ricardo Jorge Machado quien, con posterioridad al número 5, pasó a otras tareas; Thalía Fung formó parte de la lista inicial, pero renunció a continuar en la revista después del número 11; Mireya Crespo se incorporó a trabajar en los últimos diez números, y junto a su esfuerzo nos contaminó también de la perenne alegría que la acompañó hasta su muerte a finales de los 90, cuando podía dar aún mucho a la sociedad. Sería injusto no destacar que quienes acompañaron a Fernando más sistemáticamente en las arduas tareas, muchas de ellas invisibles ―que implica mantener una revista de pensamiento saliendo mensualmente―, fueron Bell Lara y Mireya.

Esta no va a ser una presentación convencional. Del libro en sí no tengo tanto que decir: Fernando ha realizado una formidable selección en la cual logra sintetizar ―“sintetizar” es aquí la palabra precisa― el significado de aquella empresa de difusión del pensamiento que alcanzó «cerca de doce mil páginas» en «más de seiscientos textos» según sus propios cálculos.

Nos advierte además de que lo seleccionado «reproduce apenas el 4% del total» de lo publicado en Pensamiento Crítico. En eso consiste uno de los méritos mayores del título que presentamos, en rescatar para la lectura de las generaciones más jóvenes una muestra eficiente, por la diversidad y el significado de los contenidos, de lo que fue aquella revista que duró un quinquenio, en un período crucial del proceso cubano de transformación revolucionaria.

Pensamiento Crítico no nació de la decisión de instancia política alguna, sino de la iniciativa de aquel «grupo de la calle K» del que habla el autor en el prólogo, y como parte de un momento en el quehacer intelectual: vivíamos el parto de la elaboración teórica en las tareas de una academia nueva para la experiencia nacional. Fue concebida y desarrollada como una revista de la revolución, por la revolución y para la revolución; no fue algo aislado, sino que nació vinculada una propuesta editorial que se basaba en la decisión de subordinar los derechos de autor a la socialización del conocimiento.

Se creó entonces la Edición Revolucionaria en el seno del mismo grupo del Departamento de Filosofía. De allí surgiría el Instituto Cubano del Libro. Por tal motivo, paralelamente a la revista Pensamiento Crítico tuvimos cierto protagonismo en la selección, y más allá de la selección, que hizo que se editaran algunas de las figuras más significativas del pensamiento, marxista y no marxista.

Nada relevante nos era ajeno, y así publicamos en Cuba por primera vez a Aristóteles, a Kant, a Rousseau, a Hegel, a Max Weber, entre otros clásicos. Y algunos de los principales autores del siglo XX, como Gramsci, Lukacs, a Sartre, Wright Mills, Herbert Marcuse, Luis Althusser. A la necesidad de contar con una buena Historia de la Filosofía, y con un buen Diccionario de Filosofía, para ponerlos al alcance de nuestros estudiantes, y no sólo de los docentes, optamos por Nicola Abagnano, por poner la calidad en primer plano. Procuramos atenernos siempre a un criterio de excelencia. Quedo corto, por supuesto, en esta relación. Todas esas realizaciones relevantes del pensamiento serían marginadas después de 1971. Algunos títulos en proceso de edición se hicieron pulpa.

Pero lo que ahora me interesa puntualizar es que los que formábamos aquel «grupo de la calle K» que cita Fernando (el «grupo» no significa decir todos los que pasaron por la calle K, sino los que dimos lugar a que alguien pensara que para borrar su recuerdo había que demoler incluso el inmueble) no solo somos culpables por Pensamiento Crítico. También lo somos por Gramsci, Lukacs, Althusser y los otros, por introducirlos al movimiento editorial que animó los primeros años del Instituto Cubano del Libro.

Pero no se acaban ahí las culpas: tal vez la más importante, suerte de pecado original o culpa seminal, me atrevería a decir, fue la de revolucionar el programa de la enseñanza de marxismo en la docencia universitaria. Y de pensar que además teníamos razón.

Después de varios años ―de 1963 a 1966― buscando una expresión más adecuada de entender y transmitir el formidable aporte del pensamiento de Marx y del legado marxista en la tradición del pensamiento revolucionario socialista, llegamos a la conclusión de que se hacía indispensable enfocar su estudio a partir de su historia y abandonar integralmente el cuerpo doctrinal resumido en los manuales. Es decir, el materialismo dialéctico e histórico estructurado en la tradición soviética. No se trataba, evidentemente, de un simple encuadre pedagógico, sino de cómo entender el pensamiento revolucionario.

Este cambio, incongruente con el cuerpo doctrinal del marxismo soviético ―en Moscú e igualmente en La Habana―, se convirtió para nosotros en un referente fundamental, y no tengo reparo alguno para afirmar hoy, a cuarenta años de disuelta la revista y el Departamento de Filosofía (hasta el exceso inusitado de la demolición), que aquel programa preserva su actualidad y merecería que nuestra enseñanza superior lo experimentara, sin prejuicios, a la vez críticamente, como debe hacerse con todo.

Sigo pensando, a los años, que teníamos razón, en el programa, en la empresa editorial y en la revista. Fernando estuvo al frente en todo ello, y de todo ello tiene tanta culpa como yo.

Se nos ocurrió la revista precisamente porque creímos descubrir que algo faltaba, y nos sentíamos portadores de un giro de comprensión del pensamiento y lo necesitábamos confrontar, difundir y someter a la crítica permanente. Después descubrimos que ya estaba descubierto y que de alguna manera, o de muchas, no se veía bien que se regara. Era para nosotros algo que no podía quedarse en el aula universitaria. Era algo que nuestra colaboración en la selección de autores y obras de ciencias sociales y filosofía tampoco podía abarcar en su totalidad. Vislumbramos la revista como una necesidad.

Insisto en la espontaneidad de la iniciativa del grupo. Aunque, por supuesto, para contar con los recursos de papel, capacidades de impresión, permiso de difusión, no hay que ocultar que Pensamiento Crítico disfrutó del respaldo de la dirección revolucionaria. Pienso que directamente del propio Fidel, quien había conocido a miembros de nuestro grupo, incidentalmente, cuando comenzábamos a violentar con preguntas los esquemas consagrados de la manualización soviética (las preguntas producen escalofríos en la pereza dogmática: ¡hasta los ejemplos dados por Carlos Marx para analizar la mercancía eran asumidos como insustituibles!).

Después de aquel encuentro, en 1965, Fidel visitó el departamento en varias ocasiones y una de esas visitas trajo la propuesta de editar los primeros libros. Pensamiento Crítico seguramente contó con su aquiescencia (la impresión en Cuba de quince mil ejemplares de una publicación no se decide a niveles intermedios), aunque sabíamos que la Embajada de la Unión Soviética revisaba cada número y transmitía sistemáticamente su disgusto con los autores, los contenidos y los temas. Nuestros dirigentes nos recomendaban publicarle algo a la academia soviética y recuerdo que leíamos, con el propósito de escoger, toneladas de artículos, supuestamente teóricos, que a diario nos enviaba la agencia Novosti. Tal vez estábamos ya demasiado prejuiciados con el dogma, pero no pudimos cumplimentar aquel consejo.

Vale recordar, como hace Fernando en su introducción, que era aquella una dedicación honoraria. Dependíamos de nuestro salario como profesores universitarios, cortado ya a la mitad por iniciativa nuestra, al considerar que el correspondiente a la categoría docente era demasiado elevado. Y nada cobramos ni aspiramos a cobrar por más nada. Ni pagábamos colaboraciones. Sin embargo nunca faltaron.

La revista tampoco implicaba para nosotros una intención de protagonismo. No la concebimos para publicarnos, sino para difundir lo mejor de lo que nos llegaba. En los primeros números estuvimos ausentes, salvo en los editoriales que daban cuenta del número y en reseñas u otras notas. Publicábamos más de otros autores cubanos que de nuestro mismo grupo. Siempre atendiendo a un criterio de rigor. Llegamos a dar a la luz números emblemáticos de madurez: el dedicado al Che con motivo de su muerte en combate, que tuvimos que repetir; el dedicado a la Revolución del Treinta; el dedicado al 68 francés; el dedicado a José Martí, buena parte del cual la ocupaba el ensayo de Ramón de Armas titulado “La revolución pospuesta”, que devino una pieza clave en los estudios martianos.

Pero el desastroso comportamiento de la economía cubana al término de la primera década, bajo el férreo bloqueo norteamericano y con una relación comercial muy convencional, aunque positiva, con el Este, coronado con el fracaso de la zafra de los diez millones, no dio otra alternativa que incorporarse al CAME (el «bloque soviético») en las condiciones preferenciales que se ofrecían. Y en el bloque soviético solo cabía un marxismo, marxismo que también contaba entre nosotros con más influencia que la aventura que el joven grupo de revolucionarios había iniciado en la Universidad de La Habana.

La continuidad del impulso que comenzó entonces, se interrumpió con una proscripción para la cual no encuentro un título preciso. Fue la primera revelación de lo que sobraba en la nueva forma de dependencia: sobraba la herejía de interpretar con cabeza propia los textos y las realidades, a menos que la cabeza propia llevara a coincidir con el molde soviético. Después, entre 1970 y 1971 aparecieron otros signos de censura y de pastoreo intelectual, de proscripciones y de castigos. De los cuales fallaron al cabo los que apuntaban a la imposición del realismo socialista, que la designación de Armando Hart como ministro de Cultura en 1976 impidió.

Recientemente he visto publicados varios artículos sobre las ciencias sociales en Cuba en estos cincuenta años que adolecen de la omisión lamentable de creer que se puede hacer historia de las ciencias sociales sin tomar en cuenta la ciencia social. Como si se tratara de una sarta de disciplinas aisladas y como si fuera posible registrar la historia por el inventario de las instituciones, comisiones, consejos, dispositivos burocráticos. Sin decir una sola palabra que aluda a proyectos, críticas, polémicas, y valore los cursos y las tendencias antes del ingreso de Cuba al CAME, con Cuba como miembro del CAME y después del derrumbe del sistema socialista del Este.

Cuánto de ciencia social puede identificarse en cada etapa de esta historia, cuánta censura y cuánto desencuentro se produjo entre la política y el pensamiento.

Esta antología no solo servirá para apreciar el contacto del pensamiento que se desarrollaba en Cuba con el panorama mundial y latinoamericano de los sesenta, sino para repensarnos críticamente, para defender el derecho a pensar con cabeza propia, para evitar que volvamos a caer en los mismos errores, para no permitir que nos banalicen la historia.

La Habana, 17 de octubre de 2011

Presentación del libro de Fernando Martínez (compilador), La crítica en tiempo de revolución. Antología de textos de «Pensamiento Crítico» (Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2011), en el Pabellón Cuba (La Habana), el 17 de octubre de 2011

Fuente original: http://laventana.casa.cult.cu/

 

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