Colombia, país de maravillados

Hernando Calvo Ospina

Rebelión

Las elecciones colombianas del 30 de mayo pasado demostraron que muchos colombianos siguen idiotizados, en particular la clase media urbana. Esa que sirve a poco, despilfarra lo que no tiene, mitad de la nevera enfría aire y se cree dueña de los bancos. A esos colombianos los llevan abismo abajo, los cocodrilos están con las fauces abiertas esperándolos, y ellos siguen entusiasmadísimos. No quieren ver que, como sus ex vecinos, serán engullidos por el estrato “pobre”.

Se niegan a creer lo que cuentan los medios de información, esos mismos que ayudaron a atontarlos, los que de a poquitos, pero constantemente, recuerdan que la pobreza está aumentando. Y si la penuria se hincha… es porque existe un gran goteo que viene de la clase media. Los pobres solo pueden engordar el saco de la marginalidad total.

Veamos.

La revista bogotana Semana del 5 de junio, en un articulo titulado “El mal mayor”, informó: “La tasa de desempleo en Colombia es la más alta de América Latina.” Las estadísticas oficiales que presenta dicen que en abril el desempleo llegó al 12,2%, o sea 2.668.000 personas buscan trabajo. “Pero peor es la informalidad laboral y empresarial que se apoderó de medio país.” La primera es del 58% y la otra del 41.1%.

Mientras que en el diario El Espectador del 30 de Abril se leyó: “La pobreza en Colombia llegó a 45,5 por ciento de la población en 2009, mientras que la miseria alcanzó al 16,6 por ciento.” Lo que significa, según el mismo medio, que “20,5 millones de colombianos son pobres y que 7,3 millones escasamente comen una vez al día”.

El 13 de marzo, Semana, principal revista del país, dijo en un extenso artículo: “Mientras los demás países de América Latina aprovecharon la bonanza económica para sacar a millones de sus ciudadanos de la pobreza, Colombia quedó rezagada y aún tiene escandalosos índices de miseria y desigualdad”.

En esas líneas se encargaba de aclarar, sin decirlo, que riqueza sí existe, pero sólo para beneficio de unos pocos: “En años prósperos del nuevo siglo, entre 2003 y 2008, Colombia creció como hace tiempo no se veía: en promedio el 5,5 por ciento del PIB cada año, y superó en desempeño a Brasil, Chile y México”.

Seguía diciendo Semana textualmente: “El boom económico abrió más la brecha entre ricos y pobres en Colombia, según lo estableció la CEPAL (*). Al comenzar el siglo XXI Colombia estaba entre los países con altos índices de desigualdad, junto con Perú, y Brasil era casi el peor de América Latina. Así, una nación enorme como Brasil pudo en esos años rescatar de la pobreza a 40 millones de personas. Y Perú, donde uno de cada cuatro habitantes pasaba hambre en 2001, consiguió reducir la indigencia a la mitad. Incluso Venezuela, a pesar de la polarización política, redujo sus pobres y sus indigentes a la mitad y Ecuador bajó los primeros en 10 por ciento (…)”

Y que conste que Colombia es uno de los países con mayores recursos estratégicos del mundo. ¡Qué vergüenza!

Como el chiste, una importante franja de colombianos se cree Adán y Eva: no tienen ropa, no tienen zapatos, no tienen casa, ni dinero, solo una manzana para comer, y están felices ¡porque se creen en el Paraíso!

Ah, sí, que sigan creyendo el viejo cuento de que los problemas vienen de las guerrillas… Mientras los de arriba y las transnacionales roban…

Y para rematar. La revista británica The Economist acaba de reproducir el informe del Índice Global de la Paz. En él se vuelve a reconocer que Colombia es uno de los países más violentos del mundo. Está en el puesto 138, a tan solo 10 peldaños de Irak, que es el último (149) Y en el continente americano es el peor de todos. En el hemisferio occidental no tiene contrincante, aunque los medios colombianos se la han pasado diciendo que Venezuela, la de Chávez, es lo malo de lo malo.

El diario El Tiempo, que escribe sobre el Informe, dice que para la clasificación “se combinan factores internos como externos, desde el gasto militar a las relaciones con los Estados vecinos o los niveles de crimen violento.” (Subrayado del autor)

¡Y en mayo votaron por la misma suerte! Nada que hacer con ellos: el 20 de junio deberán elegir entre el continuismo directo: Juan Manuel Santos; o el continuismo disfrazado de diferente: Antanas Mockus. Los demás, aquellos que no se han perdido la dignidad, que se abstengan o voten en blanco como acto de protesta

Aunque los asnos deben estar riéndose de esos colombianos idiotizados, esa terrible situación nos lleva a repetir lo que ya alguien dijo: “¡cómo nos duele Colombia!”.

Hernando Calvo Ospina.

Periodista y escritor colombiano residente en Francia. Colaborador de Le Monde Diplomatique.

http://www.hernandocalvoospina.com/

(*) Comisión Económica para América Latina y el Caribe.

 

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