Jorge Gómez Barata. Cuba – Estados Unidos: Por dónde comenzar. Partes III, IV y V

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Gorge Gómez Barata

III

Una vez desbrozado el camino de obstáculo implantados por el rechazo norteamericano a la Revolución Cubana y sus acciones unilaterales hostiles y que pueden ser removidos sin necesidad de gestos, sin traumas y sin debates, Estados Unidos y Cuba podrán formular una agenda común para una negociación de largo aliento. Todo debe comenzar por tomar nota de una realidad que ninguno puede ignorar ni cambiar: ambos comparten un mismo espacio geográfico.

Desde la costa norte del oriente cubano se puede trazar una línea recta desde Miami hasta Maine por el este y desde Pinar el Rió hasta Texas por el oeste. Desde Cuba se abarcan, sin obstáculos casi cinco mil kilómetros de costas norteamericanas para cuya observación y protección no existe un emplazamiento mejor.

Desde el punto de vista de intereses mayores de seguridad nacional norteamericana frente a desafíos ajenos ala Isla, excepto México, ningún otro Estado es tan vital para Estados Unidos como Cuba. Un clima de distensión que permita la cooperación de la Habana es más eficaz que varias flotas.

El golfo de México, un espacio marítimo de 1 810 000 Km² compartido por: México que le da nombre, Estados Unidos y Cuba que, a mitad de camino entre Centro y Sur América y el Sur de los Estados Unidos, cierra la entrada a esa especie de «Mare Nostrum» por lo que se le conoce como la «Llave del Golfo».

Por las rutas y los puertos del el Golfo de México entra a Estados Unidos el 40 por ciento del petróleo que consume ese país, procedente principalmente de: Venezuela, México, el Mar del Norte y el Golfo Pérsico. Por esas mismas terminales se efectúa casi todo el comercio con América Latina, atracan la mayor parte de los navíos procedentes del canal de Panamá y viceversa y alrededor de cuatro millones de personas que participan en los cruceros que parten de Miami.

No menos importante es el tráfico aéreo sobre el golfo por donde circulan decenas de aparatos de compañías aéreas que operan cientos de vuelos diarios, la mayoría de los cuales utilizan corredores que atraviesan los cielos de Cuba o cruzan por espacios aledaños, transportando millones de pasajeros entre Estados Unidos y América Latina.

No obstante, la importancia del Golfo de México como espacio de convivencia y cooperación se revelará plenamente cuando en los próximos años esté a plena capacidad la explotación de sus recursos petrolíferos y gasiferos de la zona, cometido que será realizado bajo soberanía de Estados Unidos, México y Cuba y en el cual se interesan más de 50 compañías de todo el mundo. Un clima de hostilidad e incomunicación como el actual haría inviable semejante nivel de actividad.

Ningún análisis puede pasar por alto las complejidades de tipo ecológico y medio ambiental que existen y se incrementarán en la medida en que se incremente la explotación económica de los recursos del área, aumente la extracción y el trasiego de petróleo y gas y naturalmente los riesgos de accidentes, a la vez que se haga necesario la concertación común para la protección de costosas y sensibles instalaciones y la seguridad de miles de trabajadores.

La mala noticia es que por esa región ingresa más de la mitad de toda la droga consumida en los Estados Unidos y una parte importante de los estupefacientes que, clandestinamente, desde puertos y aeropuertos norteamericanos transita hacía Europa. De hecho el Cartel del Golfo es el más antiguo y uno de los poderosos del hemisferio. Por las aguas y los cielos de ese espacio marítimo compartido, tiene lugar también un vasto comercio de contrabando, abundante tráfico humano y pesca ilícita.

Como botón de muestra, basta conocer que como parte de una acción marítima ilícita, siguiendo las rutas y los procedimientos del tráfico de drogas y de personas, por aguas del golfo, a bordo del buque Santrina el más notorio terrorista de occidente, Luis Posada Carriles ingresó en los Estados Unidos, operación descubierta y denunciada por reporteros del diario Por Esto.

Es obvio que únicamente un clima de paz y colaboración podrá asegurar la explotación económica del golfo y el libre tránsito por sus cielos y sus aguas. Para acuerdos futuros serviría de ejemplo el entendimiento para la delimitación de las fronteras marítimas suscrito entre Cuba y los Estados Unidos en 1977 durante la administración Carter.

La convivencia en torno a este mediterráneo americano es apenas un botón de muestra de la riqueza y trascendencia que, una vez dado los primeros pasos, pudiera tener una agenda común entre Cuba y los Estados Unidos. Entonces si que harían falta negociaciones y encuentros. «El camino más largo, ha recordó Raúl Castro, comienza por los primeros pasos».

IV

Los fenómenos ideológicos no existen en estado sólido y, despojados de las manipulaciones políticas que suelen acompañarlos, pueden resultar sorprendentemente incorpóreos. En cincuenta años de confrontación con Cuba, Estados Unidos ha creado lo que parece ser un abismo. Si bien ese diferendo parece excesivamente complicado e incluso insoluble, se trata de una percepción inducida. De ser consecuente con sus palabras y apelar al cambio, Barack Obama pudiera probarlo.

Una vez que Estados Unidos asuma como un hecho la condición de Cuba como Estado independiente, cosa reconocida por ellos desde hace más de 100 años y se comporte a tenor con esa realidad, todo será asombrosamente sencillo.

En el momento en que el gobierno estadounidense deje de inmiscuirse en los asuntos internos de Cuba, deponga toda intención militar hostil, desmonte las restricciones al comercio y las transacciones financieras bilaterales, levante las prohibiciones a sus ciudadanos y a los cubanos residentes allí y cese las ilegales transmisiones de radio y televisión, Cuba será un país como los demás.

Si bien es cierto que cumplido este paso todavía sobrevivirán cuestiones pendientes que asumen la forma de reclamaciones, quejas y criticas; lo cierto es que no existirá ningún asunto con potencial suficiente como para provocar escenarios extremos ni situaciones de violencia o guerra. Todos los ítems caben en la mesa.

Para lograr una situación como la anterior, la nueva administración norteamericana no tendría que mover ni una paja, no adquirirá compromiso alguno y nadie podrá imputarle el haber hecho alguna concesión que demerite al país, lo debilite o le reste autoridad.

Resuelto lo anterior, cosa asombrosamente fácil, el camino quedaría expedito para formar una agenda de asuntos bilaterales con suficientemente merito para una negociación. ¿Cuáles son?

Antes de dar un primer paso sería prudente establecer un acuerdo marco que fije las bases jurídicas y políticas para la negociación. En estos casos lo aconsejable es no acudir a referentes ajenos ni a terceras opciones. Tal vez, en su condición de país más pequeño y perjudicado, como gesto de avenencia y expresión de su buena voluntad, Cuba pudiera sugerir que todos los asuntos fueran ventilados bajo los preceptos jurídico y políticos norteamericanos e inspirarse en la letra y en el espíritu de la Resolución Conjunta del Congreso de los Estados Unidos, de fecha 18 de abril de 1898, sancionada por el presidente William McKinley y que sostiene:

«…El pueblo de la isla de Cuba es y de derecho debe ser libre e independiente…Los Estados Unidos por la presente declaran que no tienen deseo ni intención de ejercer soberanía, jurisdicción o dominio sobre dicha Isla…»

Cabe suponer que Estados Unidos no pondrá reparos en aplicar sus propios preceptos. En ese caso los trabajos comenzarían bajo los mejores auspicios. En un clima así, Cuba pudiera ofrecer otro gesto, otorgar la precedencia a los Estados Unidos y cederles la palabra para que exponga sus demandas.

Al no existir otras, seguramente los representantes norteamericanos comenzarán por reivindicar sus conocidas reclamaciones acerca de las indemnizaciones a que tienen derecho las compañías y los ciudadanos estadounidenses cuyas propiedades fueron expropiadas por las leyes de nacionalización dictadas por el Gobierno Revolucionario a principios de la década de los sesenta.

El gobierno cubano, conocedor de que tales leyes reconocen esa obligación y establecen la forma de honrarlas, seguramente, en principio accedería y mientras los especialistas concilian la multitud de detalles técnicos jurídicos y financieros asociados al asunto, pudiera pasarse a otro tema.

Podría ocurrir que, dado las leyes ahora vigentes en Cuba, y que facilitan la presencia del capital extranjero y que de ninguna manera discriminan a las entidades norteamericanas, el gobierno cubano prefiera tratar directamente con aquellas empresas y, bajo reglas nuevas, tal vez invitarlas a considerar su reinserción en el mercado cubano. Tratándose de negocios, es probable que el gobierno norteamericano, fiel a la doctrina liberal, no pretenda inmiscuirse más allá de esta reivindicación.

Aunque parezca ocioso, a tenor con la existencia de engendros como la Ley Helms-Burton, la parte cubana pudiera aclarar que por tratarse de un Estado soberano, ninguna ley norteamericana es aplicable en Cuba. Por tal motivo las reclamaciones de personas que, cincuenta años atrás, siendo ciudadanos cubanos y sin serlo todavía norteamericanos, fueron afectadas por las leyes de nacionalización en Cuba, forman parte de una litigio que no conciente a Estados Unidos. Las demandas que tales personas tuvieran al respecto deberán ser ventiladas a la luz de las leyes cubanas y en tribunales cubanos.

En este caso, igualmente sería necesario un arduo trabajo de expertos en diferentes materias para establecer la pertinencia y la viabilidad de dichas reclamaciones, entre otras cosas porque algunas de aquellas propiedades, constituidas por inmuebles o bienes perecederos ni siquiera existen.

Excepto que haya pasado por alto algún asunto importante, con estos capítulos quedarán virtualmente agotadas las reclamaciones norteamericanas y Cuba pudiera tomar la palabra para exponer sus demandas, cosa que es harina de otro costal o como una vez se dijo: arena de otro Girón. Luego les cuento.

V

Especular acerca de cómo los comentarios sobre Cuba del presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama pudieran traducirse en un clima de distensión capaz de aproximar a las partes y formar la agenda bilateral para una negociación, es menos arriesgado que negar esa posibilidad. Esta vez se trata de una especie de Rubicón; si Obama no lo logra, la perspectiva de otro medio siglo en campaña puede dejar de ser una metáfora.

Las reservas que alimentan el pesimismo asumen un dato sobrecogedor: todo depende de los Estados Unidos, que en los últimos cincuenta años no ha cedido un milímetro en su actitud intolerante y agresiva contra Cuba. De 1959 a la fecha nadie recuerda un gesto realmente positivo.

En tan largo período, lo más parecido a una buena noticia fueron las alusiones a la conveniencia de matizar las políticas; no para dejar en paz a Cuba, sino para doblegarla de otra manera. La idea de que el dinero norteamericano y no sus armas pueden destruir la Revolución, no es un gesto de buena fe sino una maniobra.

Por su parte el optimismo es alimentado por la idea de que, en uso de sus facultades presidenciales, Barack Obama puede promover un cambio, cosa que dicho sea de paso no ocurriría por primera vez. Un presidente estadounidense con legitimidad, respaldo popular y el poder que le otorga la Constitución pueden hacer mucho. Estados Unidos no es inmune a las regularidades que determinan el papel de los individuos y las personalidades en la historia.

Andrew Jackson retiró la licencia al banco de los Estados Unidos, acto que durante casi 100 años contuvo a la oligarquía financiera, Abrahan Lincoln impidió que el país se dividiera y puso fin a la esclavitud, Woodrow Wilson terminó con el aislacionismo, se involucró en la Primera guerra Mundial y convirtió a Estados Unidos en líder de occidente. Recibió fuego amigo, no pudo lograr la aprobación por el Congreso de la Sociedad de Naciones y el ejecutivo fue castigado con las leyes de neutralidad.

Durante la Gran Depresión, Franklin D. Roosevelt confrontó resueltamente a los monopolios, involucró al Estado en la economía, polemizó con el Tribunal Supremo y maniobrando con las leyes de Préstamos y Arriendos evadió las prohibiciones de la neutralidad, dio pasos en la lucha contra el fascismo y después de Pearl Harbor y Normandía lideró la colación antinazi, capitalizó la victoria contra Hitler, Mussoline y Japón y confirió a Estados Unidos una relevancia como nunca antes tuvo.

Para Estados Unidos la rectificación no sólo es posible sino que pudiera ser sencilla, basta con admitir que Cuba es un Estado soberano, actuar en consecuencia y dejar de inmiscuirse en su vida interna, lo cual conllevaría a deponer la hostilidad de componente militar. Para Norteamérica basta con la abstención y con dar pasos al encuentro de un escenario de normalización en el cual nada puede perder, sino todo lo contrario.

Tal vez para Cuba todo sea más difícil porque se trata de sanar heridas, excusar agravios y maniobrar para negociar reparaciones por daños materiales y humanos considerables, proceso en el cual quizás lo pecuniario no sea lo esencial.

Si bien no hay en el vasto territorio norteamericano un solo ciudadano que haya sufrido daños físicos o morales por una acción cubana, no hay allí viudas ni huérfanos a causa de actos terroristas ejecutados desde la Isla o inspirados por ella, ningún avión procedente del reducto antillano ha atacado ninguna instalación norteamericana y ningún terrorista que haya actuado contra ese país disfruta de la protección de las autoridades cubanas, Estados Unidos no puede decir lo mismo.

Más de 100 cubanos perdieron la vida durante la invasión por bahía de Cochinos, una operación militar exclusivamente estadounidense contra Cuba que condujo a una derrota y que obligó al presidente Kennedy a reconocer la responsabilidad de su administración. Estimados de las autoridades cubanas consideran que el bloqueo económico, sostenido a lo largo de medio siglo ha ocasionado a Cuba daños por alrededor de 80 mil millones de dólares mientras más de tres mil personas han sido muertas o lesionadas por actos terroristas.

Nadie debe esperar que bajo semejantes circunstancias exista una especie de borrón y cuenta nueva o que todo se zanje con algo parecido a un punto final. Para que el entendimiento sea definitivo y no instale motivos para nuevas desavenencias, Estados Unidos deberá comportarse con inequívoca altura. En mí opinión Obama puede hacerlo aunque tendrá que cambiar cambiando.

De todos modos queda un tema: Guantánamo que aun cuando deje de ser una cárcel sigue siendo una usurpación sin razón ni legitimidad.

 

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