Samir Amin: Geopolítica del imperialismo contemporáneo (Texto Pdf)

Samir Amin

 

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(Fragmento)

“…El analisis que propongo está inscrito en una visión histórica general de la expansión del capitalismo, que no voy a desarrollar aquí por razones de espacio1. En esta visión, el capitalismo ha sido siempre, desde sus orígenes, un sistema polarizante por naturaleza, es decir, imperialista. Esta polarización –es decir, la construcción concomitante de centros dominantes y periferias dominadas y su reproducción más profunda en cada etapa– es propia del proceso de acumulación del capital operante a escala mundial, fundado sobre lo que he llamado “la ley del valor mundializada”.

En esta teoría de la expansión mundial del capitalismo, las transformaciones cualitativas de los sistemas de acumulación entre una fase y otra de su historia construyen las formas sucesivas de la polarización asimétrica centros/periferias, es decir, del imperialismo concreto. El sistema mundial contemporáneo seguirá siendo, en consecuencia, imperialista (polarizante) para cualquier futuro posible, en tanto la lógica fundamental de su despliegue siga estando dominada por las relaciones de producción capitalistas. Esta teoría asocia al imperialismo con el proceso de acumulación del capital a escala mundial, hecho que considero como una sola realidad con diferentes dimensiones, de hecho indisociables. Se diferencia de la versión vulgarizada de la teoría leninista del “imperialismo como fase superior del capitalismo” (como si las fases anteriores de la expansión mundializada del capitalismo no hubieran sido polarizantes) y de las teorías post-modernistas contemporáneas que califican a la nueva mundialización como “post imperialista”2.

Del conflicto permanente de los imperialismos al imperialismo colectivo

En su despliegue mundializado el imperialismo se conjugó siempre en plural, desde sus orígenes en el siglo XIX hasta 1945. El conflicto entre los imperialismos ocupó un lugar decisivo en la transformación del mundo a través de la lucha de clases, según la cual se expresan las contradicciones fundamentales del capitalismo. Luchas sociales y conflictos entre imperialismos se articulaban estrechamente y esta articulación es la que ha comandado la historia del capitalismo realmente existente. Señalo en este sentido que el análisis propuesto se separa ampliamente del de la “sucesión de hegemonías”.

La Segunda Guerra Mundial provocó una transformación mayor en lo concerniente a las formas del imperialismo: la sustitución de un imperialismo colectivo, asociando al conjunto de los centros del sistema mundial capitalista (para simplificar, la “tríada”: Estados Unidos y su provincia exterior canadiense, Europa Occidental y central y Japón) a la multiplicidad de imperialismos en conflicto permanente. Esta nueva forma de la expansión imperialista pasó por diferentes fases en su desarrollo, pero está aún presente. El rol hegemónico eventual de Estados Unidos, del cual habrá que precisar sus bases y las formas de su articulación con el nuevo imperialismo colectivo, debe ser situado en esta perspectiva. Estas cuestiones subrayan problemas, que son precisamente los que desearía tratar a continuación.

Los Estados Unidos obtuvieron un beneficio gigantesco una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial: sus principales combatientes –Europa, Unión Soviética, China y Japón– quedaron arruinados y Norteamérica en condiciones para ejercer su hegemonía económica, ya que concentraban más de la mitad de la producción industrial del mundo de entonces y tenían la exclusividad de las nuevas tecnologías que dirigirían el desarrollo de la segunda mitad del siglo. Además, Estados Unidos tenía la exclusividad del arma nuclear –la nueva arma “absoluta”. En Postdam el tono norteamericano cambió; días después de los bombardeos a Hiroshima y Nagasaki Estados Unidos ya contaba con armamento nuclear.

Esta doble ventaja absoluta –económica y tecnológica– resultó erosionada en un tiempo relativamente breve (dos décadas) por la doble recuperación, económica para Europa capitalista y Japón, militar para la Unión Soviética. Recordaremos entonces como este repliegue relativo de la potencia norteamericana alimentó a toda una época en que floreció el discurso sobre el “declive americano” e incluso crecieron hegemonías alternativas (Europa, Japón, y más tarde China).

El gaullismo es de esta etapa, De Gaulle consideraba que el objetivo de Estados Unidos después de 1945 había sido el control de todo el Viejo Mundo (“Eurasia”), y que Washington había logrado hacer avanzar sus peones destruyendo a Europa –a la Europa verdadera, del Atlántico a los Urales, es decir, incluyendo a la “Rusia Soviética” como él decía– agitando el espectro de una “agresión” de Moscú en la cual él no creía. Sus análisis eran, según mi punto de vista, realistas y perfectos. Pero él era casi el único que decía esto. La contra-estrategia que proponía frente al “atlantismo” promovido por Washington estaba fundada en la reconciliación franco-alemana, como base para concebir la construcción de una “Europa no americana” con el cuidado de mantener a Gran Bretaña fuera del proyecto, ya que estaba tildada, a justo título, de ser el Caballo de Troya del atlantismo. Europa entonces podría abrirse hacia una reconciliación con Rusia (soviética). Reconciliar y aproximar a los tres grandes pueblos europeos –franceses, alemanes y rusos– pondría un término definitivo al proyecto norteamericano de dominación del mundo. El conflicto interno propio del proyecto europeo puede reducirse a la opción entre dos alternativas: la Europa atlántica, proyecto norteamericano, o la Europa (integrando en esta perspectiva a Rusia) no atlántica. Pero este conflicto aún no está resuelto. Las evoluciones ulteriores –el fin del gaullismo, la admisión de Gran Bretaña en Europa, el crecimiento del Este, el derrumbe soviético– han favorecido hasta el presente lo que califico como la “supresión del proyecto europeo” y su “doble disolución en la mundialización económica neoliberal y en la alineación política y militar con Washington” (Amin, 2000). Esta evolución reconforta, además, la solidez del carácter colectivo del imperialismo de la tríada.

¿Se trata de una transformación cualitativa “definitiva” (no coyuntural)? ¿Implicará forzosamente un “liderazgo” de Estados Unidos de una u otra manera? Antes de intentar responder a estas preguntas es necesario explicar con más precisión en qué consiste el proyecto de Estados Unidos.

El proyecto de la clase dirigente de Estados Unidos

La iniciativa de extender la doctrina Monroe a todo el planeta, en toda su demencial e incluso criminal desmesura, no nació de la cabeza del Presidente Bush hijo, para ser puesta en práctica por una junta de extrema derecha que logró el poder por una suerte de golpe de Estado como consecuencia de elecciones dudosas.

Este es el proyecto que la clase dirigente de Estados Unidos concibe después de 1945 y del cual nunca se ha separado, a pesar de que, con toda evidencia, su puesta en marcha ha conocido algunas vicisitudes. A punto de fracasar, sólo pudo ser llevado a cabo con la coherencia y la violencia necesarias en ciertos momentos coyunturales como el nuestro, consecuencia del derrumbe de la Unión Soviética…”

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