La teoría marxista hoy – Problemas y Perspectivas (Descargar Libro)

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Fragmento:

“… Cierto es que no hace demasiado tiempo atrás, tras la caída del muro de Berlín y la consecuente reunificación de las dos Alemanias, la implosión de la Unión Soviética (URSS), el final del Pacto de Varsovia y el conflicto bélico que balcanizara la antigua Yugoslavia, todo parecía indicar que el pensamiento nacido de la lúcida mente de Marx había quedado finalmente desacreditado. La contraofensiva del neoconservadurismo norteamericano y la ortodoxia neoliberal fue, ciertamente, brutal. En las retinas de la humanidad, se multiplicaron los brindis, los abrazos y los golpes contra el monstruoso muro emblemático del estalinismo. Era de esperar que, conforme decreciera la euforia inicial, Marx y su legado pasaran a formar parte del baúl de los recuerdos. Inusitadamente, ocurrió precisamente lo opuesto.

El capitalismo no puede darse el lujo de dar por saldada la disputa con el marxismo. Siempre es preferible ocuparse de la inminente derrota del oponente que dar cuenta de la propia podredumbre interna. No se trata de proclamar el inminente colapso del capitalismo, pero sí de comprender que los tiempos por venir son aciagos. Independientemente de si uno acepta o rechaza las ideas de Marx –y si se quiere las lecturas que él ha inspirado– un conocimiento riguroso de sus teorías es condición necesaria, aunque no suficiente, para quien desee comprender los acontecimientos fundamentales desde el siglo XIX a nuestros días. Las crónicas marxianas compiladas en esta publicación ofrecerán al lector sobradas razones para encarar con renovado brío la consecución de uno de los proyectos marxistas por antonomasia: la crítica del capitalismo (Meiksins Wood, 2000: 5)

 

INDICE

  • Agradecimientos
  • Introducción: crónicas marxianasde una muerte anunciada
  • Clase inaugural: por el necesario (y demorado)retorno al marxismo
  • Mapeando el marxismo
  • Parte Uno –Sobre la teoría y su relación con la praxis
  • Lecturas culpables. Marx(ismos)y la praxis del conocimiento
  • La historia en el pensamiento de Marx
  • Teoría política marxistao teoría marxista de la política
  • Marx y los marxismos. Una reflexión para el siglo XXI
  • Marxismo, eurocentrismo y colonialismo
  • Parte Dos – Actualidad y renovación de los temas clásicos
  • Una mirada a la historia yla lucha de clases
  • Igualdad y capitalismo
  • Marxismo y religión: ¿opio del pueblo?
  • Ética y marxismo
  • La filosofía de la praxis según Adolfo Sánchez Vázquez
  • Parte Tres – Nuevos temas de reflexión en elcapitalismo contemporáneo
  • Hacia una teoría de las relaciones de género
  • ¿Existe un marxismo ecológico?
  • La globalidad de la tierra y la estrategia de globalización
  • Las ideas y la acción política en el cambio histórico
  • Parte Cuatro – Democracia e imperialismo en tiempos de globalización
  • Estado, democracia y globalización
  • Colonialismo interno [una redefinición]
  • Los movimientos sociales y la construcción de un nuevo sujeto histórico
  • El redescubrimiento del imperialismo
  • ¿Un futuro para el socialismo?
  • Clase de cierre: la cuestión del imperialismo

 

Atilio A. Boron, Javier Amadeo y Sabrina González (compiladores)

CLACSO  http://www.clacso.org.ar

ISBN 987-1183-52-6  Buenos Aires,  agosto 2006

Chile: La derecha camina a paso de ganso hacia La Moneda

Punto Final
 

Más intensa y apresurada se está poniendo la campaña electoral que en diciembre deberá definir, en primera vuelta, quién será el próximo presidente de la República. Asimismo, mientras se acortan los tiempos para inscribir las listas de candidatos a parlamentarios, la lucha entre derecha y Concertación está planteada en casi todos los ámbitos, salvo en los negocios, donde las oportunidades siguen repartiéndose amigablemente, como corresponde a caballeros de la política que jamás confundirán partidismos e ideologías con sus cuentas bancarias.

Al menos hasta ahora los más seguros contrincantes presidenciales son Sebastián Piñera Echenique y Eduardo Frei Ruiz-Tagle, que deberían obtener las dos primeras mayorías. Esto no sólo por lo que indican las encuestas sino también por una proyección del comportamiento de un padrón electoral que no ha experimentado ningún cambio sustantivo.

Las dificultades en la Concertación de Partidos por la Democracia y en el comando de Frei no son, sin embargo, buen augurio para sus perspectivas. Por momentos da la impresión que se está ofreciendo en bandeja la Presidencia de la República al empresario Sebastián Piñera. Esto si se considera la suma de errores, vacilaciones y renuncios de la Concertación y del propio candidato.

Síntomas de una decadencia aguda afectan a la Concertación, que ha perdido la energía y entusiasmo electoral de que hacía gala hasta hace poco tiempo. Tensionada por ambiciones personales, celos partidistas, corrupción y, sobre todo, por la dificultad de fijar un rumbo político claro, deriva hacia el naufragio. No existe la decisión de cambiar las cosas porque los intereses que serían afectados son muy poderosos. Nadie se atreve a plantear que es necesario abandonar el capitalismo neoliberal para potenciar la acción del Estado, establecer impuestos reales a las grandes fortunas y a la utilidades desmesuradas, cautelar el patrimonio nacional que representan la minería, la explotación forestal, la salmonicultura y otras grandes actividades exportadoras, ni un viraje que fortalezca el combate a la corrupción y permita meter en cintura a los empresarios abusadores, como los que controlan las cadenas de farmacias, los grandes supermercados y tiendas que imponen intereses usurarios a los clientes, así como a los negociantes que lucran con la educación que, definitivamente, debe dar paso a la educación pública.

La Concertación está paralizada por falta de horizontes y por un miedo cerval al avance de la derecha. Se está consolidando así el temor, que sólo puede terminar en derrota como profecía autocumplida.

En este contexto, Marco Enríquez-Ominami aparece recibiendo las bendiciones de la derecha que lo necesita como instrumento para derrotar a Frei y provocar el desastre de la Concertación. El candidato “díscolo” no habla de enfrentar a los grandes capitales ni a los magnates que controlan el país. Prefiere andarse por las ramas y concentrarse en los llamados “temas de sociedad”, que llegan mejor a la opinión pública, lo dejan a salvo de ataques y, sobre todo, le ayudan a conservar la privilegiada cobertura mediática que se le dispensa para inflar su postulación.

Sin duda, es un panorama deprimente ver cómo se están abriendo de par en par las puertas para que la derecha -golpista y terrorista de ayer- se instale en La Moneda. Es más desolador aún si esto se relaciona con síntomas preocupantes que aparecen en el plano regional. No sólo hablamos de las dificultades que enrarecen las relaciones con Perú, sino de temas más generales que tienen que ver con un nuevo ciclo en las relaciones entre América Latina y Estados Unidos y las posibilidades de golpes y conflictos en la región.

Sebastián Piñera es un declarado admirador del presidente de Colombia, Alvaro Uribe, que lleva adelante una política represiva brutal y de exterminio contra las FARC. Uribe pretende convertir Colombia en una plaza fuerte de EE.UU., aceptando en su territorio bases militares norteamericanas que son rechazadas por los demás países del continente. Ecuador, en un gesto de dignidad ejemplar, ha puesto fin a los diez años de funcionamiento de la base que EE.UU. ocupaba en Manta. Pero, simultáneamente, Uribe ha abierto su país a la instalación de cinco nuevas bases militares norteamericanas. A nadie escapa que la amenaza está dirigida en primer lugar a Venezuela, empeñada en llevar adelante una revolucionaria transformación social, y, en general, contra cualquier país de la región que intente seguir el ejemplo bolivariano para construir su propia versión del socialismo del siglo XXI. La desafiante actitud del gobierno colombiano ha puesto en dificultades a la Unasur -que en los próximos días se reúne en Quito- y a la Alianza Bolivariana (Alba) que agrupa a nueve naciones.

Sebastián Piñera llevado por su admiración por las políticas represivas de Alvaro Uribe, omite que el presidente colombiano está ligado a los grupos paramilitares, al narcotráfico y a los escuadrones de la muerte. Si Piñera llegara a ser presidente de Chile, no vacilaría en aplicar métodos policiales fascistoides similares a los de Colombia, para imponer los conceptos de seguridad pública que propugna la derecha de raigambre pinochetista. Pero además, pondría a Chile en la ruta de los gobiernos que intentan repetir el ciclo militarista en América Latina, esta vez disfrazados de regímenes civiles. Lo que ha ocurrido en Honduras es ilustrativo. Presenta los perfiles de una nueva política diseñada por EE.UU. para el continente, basada en la utilización de mecanismos formalmente democráticos que levanten un muro infranqueable al cambio social estructural.

El presidente Barack Obama no es, evidentemente, igual a su antecesor, George W. Bush. Pero tampoco es un benefactor de la Humanidad ni está dispuesto a romper los vínculos de dominación e influencia política, económica y militar de su país sobre América Latina, reservorio de inmensas riquezas naturales, desde petróleo hasta agua. Honduras muestra que no basta que un presidente como Manuel Zelaya gane las elecciones con amplia mayoría. Un oportuno golpe de Estado, maquillado como pugna institucional de poderes, termina imponiendo una negociación cuya finalidad es atar las manos del presidente e impedir cambios institucionales que permitan la legítima expresión de la voluntad popular. Una receta que puede aplicarse en otras partes si fuera preciso.

En el caso de Chile hay sectores de la Concertación que piensan que no sería tan grave un triunfo electoral de la derecha. Si hasta ahora han funcionado -en el gobierno y en los negocios- en buena armonía, la derrota de Frei no sería algo terrible. Están, sin embargo, equivocados. La derecha los barrerá de la Administración Pública porque necesita espacio para su propia clientela electoral. En los negocios privados posiblemente también sufran perjuicios porque ya no serán necesarios sus oficios para hacer valer influencias ante el gobierno. Hasta ahora, los personeros de la derecha económica hacen negocios con ayuda de la Concertación. Con Piñera harán negocios solos, sin intermediarios. Tampoco tendrán que pagarle a los lobbystas de la Concertación dándoles cabida en los directorios o en las cúpulas de las grandes empresas. Y los sectores medios y populares sufrirán políticas que serán aún más restrictivas de los derechos sociales y del respeto a las minorías.

Sin embargo, las líneas divisorias entre derecha y Concertación se han desdibujado al extremo. No es fácil distinguir la frontera entre ambos bloques, e incluso el límite entre derecha e Izquierda. Hasta parece normal, por ejemplo, que el alcalde de Providencia, el coronel (r) Cristián Labbé, ex agente de la Dina y guardaespaldas de Pinochet, sea galardonado por la Sociedad de Escritores de Chile, muchos de cuyos afiliados sufrieron persecuciones durante la dictadura militar, y sea agasajado por la directiva comunista-socialista de la Sech como un amigo que merece cordialidad y reconocimiento. Gestos como este no deben verse como muestras de reconciliación sincera entre chilenos, sino como una expresión de debilidad y del espíritu de “cambalache” que impera en todos los planos. Esa conducta temblequeante hace perder la más elemental orientación en materia de respeto por la memoria y la causa de los derechos humanos, y, además, el sentido de la dignidad, altivez e independencia que son vitales en el comportamiento de la gente de Izquierda.

Impera también la penumbra en la Izquierda extraparlamentaria. Golpeada por divisiones, oportunismos y polémicas irrelevantes, sigue empecinada en un camino electoralista que la encajona y subordina a estrategias de clase antagónicas a los intereses que dice representar y que la aisla del pueblo. Pierde una energía que debería emplear en la movilización de masas para romper las restricciones y cortapisas impuestas por la dictadura y que han sido prolongadas por la Concertación.

Los sectores electoralistas de la Izquierda han amarrado su suerte a proyectos ajenos a los intereses populares. Y por su parte, el archipiélago izquierdista que incurre en el error inverso de rechazar en forma absoluta el instrumento electoral, dando la espalda a experiencias latinoamericanas recientes, no atina a abrir un camino que pueda atraer a sectores importantes del pueblo trabajador, condenándose a una presencia insignificante en esta coyuntura político-electoral.

Las insuficiencias y la reiteración de errores que han costado sangre, sudor y lágrimas a un pueblo decepcionado de la participación política y de la lucha social, constituyen el extravagante e insólito aporte que la Izquierda hará a la muy probable victoria de la derecha en las elecciones de diciembre.

 

 

El laboratorio italiano

Pierluigi Sullo*

La Jornada

Italia está imponiendo récord: como país del primer mundo, miembro de la Unión Europea, de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y del G-8, experimenta la transformación traumática de su ordenamiento político e institucional; de una democracia representativa va hacia otra cosa, cuya forma aún es desconocida pero sostenida y evidente, como un principado o una dictadura unipersonal, que elimina la supremacía del Legislativo sobre el Ejecutivo –según lo ordena la Constitución de 1947–, anula la independencia del Poder Judicial y se complementa con la alineación de los medios de comunicación que se ponen al servicio del gobierno.

Lo anterior puede parecer una afirmación excesiva. Muchas voces replican: Nosotros no somos una republiqueta bananera. Los prejuicios se niegan a morir, y aquello que acontece en América Latina, los movimientos sociales y los gobiernos independientes de Estados Unidos, son ignorados por gran parte de nuestro público. Otro tanto ocurre con las formas de democracia en esas latitudes: al fin, lo que predomina son las visiones estereotipadas que nos aportaron las películas de Hollywood.

En contrasentido, la resistencia aquí es fuerte por parte de las instituciones, como lo testimonia la sentencia del Tribunal Constitucional que en estos días anuló la ley por la cual los cuatro principales cargos del gobierno estatal –el presidente de la república, los presidentes de cada rama del Legislativo y sobre todo el presidente del consejo de gobierno– gozaban de inmunidad especial durante sus mandatos.

Otro tanto exhiben ahora las grandes manifestaciones, como la organizada por el sindicato de periodistas –que reunió a centenares de miles de personas en Roma– en defensa de la libertad de expresión, tras los ataques del gobierno a los periódicos y a las transmisiones televisivas especialmente críticas y mordaces. Así, entonces, pareciera que la confrontación entre los defensores de la integridad del ordenamiento constitucional y quienes pretenden modificarlo se encuentran, ambas, en cierto equilibrio.

Pero si se observa más de cerca, y se ejercita la memoria, se ve cómo en los últimos meses han arribado a un punto crítico los procesos de cambios sustanciales en el sistema político e institucional, comenzando una quincena de años con el escándalo de Tangentopoli1, que destruye a los partidos dominantes de la considerada primera república, en particular el partido (Estado) de la Democracia Cristiana, y con el surgimiento –a partir de 1994– de un poderoso empresario de las televisoras, las finanzas, las editoriales, las constructoras y muchas otras cosas: Silvio Berlusconi. Éste introdujo en su momento un ingrediente novedoso, hasta ese momento desconocido, el marketing electoral –propulsado por los aires de sus televisoras– en torno a su partido-hacienda, su partido-producto llamado Forza Italia. Pero, sobre todo, instaló la figura de un “capo de gobierno” que se comportó como el presidente de un consejo de administración; es decir, idéntico a éste, dotado potencialmente de todos los poderes –aunque despojado de cualquier cultura democrática respetuosa de la máxima que otorga equilibrio entre los poderes constituidos–, desde un fascismo largamente proyectado.

El rompimiento social causado por el liberalismo, que debilitó las organizaciones de trabajadores y a la izquierda con las ilusiones del enriquecimiento individual, así como la Liga del Norte del país –representante ni más ni menos del impulso para competir en el mercado mundial por parte de un sector de pequeños industriales– montaron un escenario positivo para la aventura política de Berlusconi. Su mensaje político fundamental, como fue el de Napoleón III en la narración de Marx, ¡arriésguense! Claro: todos pueden volverse ricos, si me imitan y me sostienen.

La vida política italiana ha estado dominada, durante tres lustros, por este personaje con este mensaje, y en las dos ocasiones en los que la centroizquierda, con un discurso liberal moderado, ha ganado las elecciones, no han sido más que un paréntesis. Ahora el proceso institucional se precipita hacia otro lado. El aparente respeto de Berlusconi por las formas de la democracia, asegurando que él es sólo uno más, utilizando lo que Guy Debord llama democracia espectacular, se está desmenuzando. Aquello que está emergiendo es el núcleo duro, dirigista e intolerante del berlusconismo. En los últimos meses una serie de escándalos debieron inducirlo a dimitir o por lo menos, aunque más no fuera, a moderar los tonos. El estruendoso descubrimiento de un circuito de prostitutas que participaban en fiestas en la residencia romana del primer ministro es un ejemplo. Los ataques se publicaron en periódicos y por algunas pocas trasmisiones de televisión que lo captaron en sus quehaceres.

Los numerosos procesos por corrupción y otros hechos en los que se ha visto envuelto, el último en Mondadori –la gran casa editorial de la que Berlusconi se hizo propietario hace unos años– incluyen a un juez. Son recurrentes, también, las voces en los procesos contra la mafia en los 90 que lo implicaron, ante lo cual se defiende argumentando con uno de sus recursos favoritos que acusa a la judicatura de tener jueces rojos.

En fin, subrayo la reprobación por parte del Tribunal Constitucional de la ley de la impunidad.

A todo esto Berlusconi ha reaccionado con insultos hacia los presidentes de la república y de la Suprema Corte, iniciando una campaña difamatoria contra sus adversarios internos, como el presidente de la Cámara de Diputados, Gianfranco Fini, al intentar apoderarse definitivamente de la televisión pública –la Rai– reduciendo el Congreso a un notario de los actos del gobierno (90 por ciento de las leyes aprobadas en el último año han sido iniciativa enviadas por el Ejecutivo).

Pero, hay que decirlo, esto es sólo la superficie institucional. La ley que ha introducido el delito de clandestinidad, por el cual un migrante es culpable por el solo hecho de estar en Italia sin documentos, ha creado un clima de terror y de caza del hombre. Otras normas han excluido del todo a las comunidades locales en los procedimientos para la aprobación de las grandes obras, lo que equivale –parafraseando a los bolcheviques– a un liberalismo de guerra. La crisis económica, que está provocando un dramático aumento de la desocupación, es simplemente negada por el gobierno, que no puede abandonar con facilidad el mensaje de arriésguense. Mientras la campaña sobre la seguridad ha justificado las apariciones del ejército italiano en las calles, presuntamente en búsqueda de apresar delincuentes, se han legitimado las denominadas rondas, los grupos de civiles que suplantan a las fuerzas del orden.

El impulso dado por la Liga del Norte no es sólo hacia un régimen que fomenta el racismo, sino el federalismo fiscal, o sea la sustracción de la región del norte de las cargas fiscales generales, base de la captación del Estado, con lo cual acentúan los desequilibrios, ya muy graves, históricos, entre el sur y norte del país.

Italia es en este momento un país sumamente interesante para observar por todos los motivos señalados. La determinación de Berlusconi de mantenerse en el poder a cualquier costo puede provocar situaciones impredecibles y, advierto, modificar la ingeniería institucional democrático-liberal. En qué tiempo y con qué medios, nadie lo sabe, y menos el premier. Estamos, como diría Almodóvar, al borde de una crisis de nervios, o, tal vez, más allá.

Notas:

 

1 Manos Limpias (Mani pulite) se conoce al proceso judicial llevado a cabo por el fiscal Antonio di Pietro en 1992. El mismo descubrió una extensa red de corrupción que implicaba a los principales partidos políticos de entonces y a varios grupos empresariales. Los hechos causaron conmoción pública, conociéndose como la tangentopoli. Tangente se entiende como comisión ilegal (mordida) en italiano (N. del T.).

* Director de Carta Semanal.

Traducción: Ruben Montedónico.

http://www.jornada.unam.mx/2009/10/10/index.php?section=opinion&article=024a1mun

Polonia firmó el tratado de la UE

Sólo falta el “sí” checo para que el Tratado de Lisboa entre en vigor

Página 12

El presidente de Polonia, Lech Kaczynski, firmó ayer en Varsovia el Tratado de Lisboa, con lo que se salva el penúltimo obstáculo para su entrada en vigor, pendiente ahora de la rúbrica por parte del máximo mandatario de la República Checa, Vaclav Klaus, conocido por su euroescepticismo.

Kaczynski suscribió el documento en un acto en el que estuvo acompañado por los presidentes de la Comisión y del Parlamento Europeo, José Manuel Durao Barroso y Jerzy Buzek, y del presidente de turno de la UE y primer ministro de Suecia, Fredrik Reinfeldt. Con esta rúbrica, Kaczynski pone fin a más de un año de oposición al documento y sube finalmente a Polonia al tren de la construcción europea, del que ya sólo la República Checa queda al margen como único país que no ha completado el proceso de ratificación.

El Tratado “mejora” el funcionamiento de las instituciones comunitarias, señaló Lech Kaczynski, que cumplió así su anuncio de ratificar el texto sólo después de que Irlanda lo aceptase en referéndum, algo que sucedió la pasada semana, cuando cerca del 70 por ciento de los irlandeses votaron a favor de la Carta.

Tras la decisión de Irlanda “ya no había obstáculo para ratificarlo”, añadió el jefe del Estado polaco. “Durante la negociación del Tratado de Lisboa, Polonia ha logrado grandes éxitos”, destacó Kaczynski, recordando los esfuerzos del anterior gobierno dirigido por su hermano gemelo, Jaroslaw Kaczynski, para “defender los intereses polacos” en Lisboa y Bruselas.

Lech Kaczynski aprovechó su intervención para pedir que la UE, “un gran experimento en la historia de la humanidad”, se abra a otros países, especialmente a Ucrania y Georgia, una de las viejas pretensiones de la diplomacia polaca.

En abril de 2008 el Parlamento polaco (Sejm) ya dio luz verde al Tratado Europeo, aunque por insistencia de Lech Kaczynski el texto fue acompañado de un decreto en el que se recogían las principales exigencias conservadoras, que pedían una referencia expresa a la supremacía de la legislación polaca frente a la comunitaria y a la Carta de Derechos Europeos.

Tras el “sí” del Sejm ya sólo quedaba esperar la firma del presidente para que, de acuerdo con la Constitución de este país, el documento quedase definitivamente aprobado por Polonia.

“Somos testigos de una firma muy importante”, afirmó Barroso tras el acto en el que Fredrik Reinfeldt y Jerzy Buzek expresaron su confianza en lograr que la República Checa lo haga a fines de año, ya que es necesaria la aceptación de todos los miembros de la UE para que el documento entre en vigor.

Paradójicamente, Lech Kaczynski se venía oponiendo hasta ahora a ratificar un texto que él mismo negoció junto a su hermano gemelo, entonces primer ministro y actualmente líder del principal partido de la oposición polaca.

http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-133296-2009-10-11.html

España: ¿Moderar los salarios?

Juan Torres López

Sistema Digital

 

El Secretario de Estado de Economía, José Manuel Campa, ha vuelto a declarar que lo que necesita la economía española es que se moderen los salarios. No me extraña que haya dicho una cosa así. Es bien conocido que se trata de un prestigioso economista liberal que no disimula sus posiciones ideológicas. En otras ocasiones ha defendido abaratar el despido o que las cajas de ahorro se conviertan en sociedades anónimas.

Los liberales piensan que los problemas relativos al empleo o desempleo son solo asuntos del mercado laboral y que, por tanto, se resuelven mediante el juego de los precios que determinan los movimientos de la oferta y la demanda de trabajo. Por eso afirman que para generar empleo (es decir, para disminuir la oferta sobrante de trabajo) lo que hay que hacer es reducir el precio del trabajo, los salarios, bien directos o indirectos. Y en consecuencia lo que proponen, como los sabios académicos que firmaron el documento de los 100, no es, en definitiva, sino que se establezcan condiciones más favorables para que los empleadores reduzcan sus costes laborales.

Hace muchos años que sabemos que eso es una falacia. Algo tan irreal como la creencia en los automatismos y en la autosuficiencia de los mercados que defienden esos economistas y que ha llevado a generar una crisis financiera global como la que se ha producido en los últimos tiempos.

Es evidente que las condiciones en que se desenvuelva el mercado de trabajo han de influir de algún modo en el volumen del empleo que genera la economía. Pero de ahí a despreciar todo lo demás y a considerar que solo reduciendo el precio del trabajo se va a crear mas empleo hay una distancia que solo se puede salvar si detrás de esa proposición hay algo más que es fácil de adivinar: una política que beneficia a los grandes empresarios y que termina aumentando las rentas del capital a costa de no crear más empleo o de crearlo en condiciones cada vez más miserables.

La creación o destrucción de empleo no depende solo de lo que ocurra en el mercado de trabajo, como quieren hacernos creer los economistas liberales como Campa, sino también en el mercado de bienes y servicios e incluso en la situación general de la economía. Aunque estos economistas se lo callan, lo cierto es que, si no hay suficiente demanda efectiva, por muy bajos que sean los salarios no se va a crear empleo porque las empresas contratan a más trabajadores no porque sus salarios sean más bajos sino porque van a obtener más beneficios.

Imponiendo un régimen de salarios bajos lo que se produce es una situación en la que la demanda efectiva está constantemente restringida. Es una estrategia que lo que crea es escasez y que limita el crecimiento potencial de la economía, que es lo que ha ocurrido en los últimos decenios y justo lo contrario de lo que ahora habría que procurar. Y, al mismo tiempo, proponer, como hacen Campa y los economistas liberales, que los salarios bajen para que nuestra economía sea más competitiva es sencillamente condenarla al empobrecimiento y la insostenibilidad.

¿De verdad que lo que necesita la economía española, cuando el presidente del gobierno habla de cambio del modelo productivo, es especializarnos en actividades que solo necesitan oferta de trabajo barata? ¿Ahora resulta que la apuesta es competir como hacen los países más atrasados, ofreciendo salarios reducidos y no mejorando nuestro tejido productivo mediante la calidad, la innovación y la producción de bienes y servicios de vanguardia?

Pero, como digo, no me extraña que un economista de la derecha liberal haga estos planteamientos. Lo que me produce sorpresa, frustración y pena es que una persona que tiene esa ideología sea el segundo máximo responsable de la política económica de un gobierno socialista en el que tantos millones de personas han confiado para mejorar sus condiciones de vida.

¿A qué estamos jugando? ¿Cómo es posible que un gobierno socialista pida más contención salarial en un país en donde el 63% de los trabajadores gana menos de 1.100 euros mensuales y en donde el número de mileuristas ha aumentado en siete millones en los tres últimos años? Y que lo haga sin más fundamento que el que proporciona un liberalismo que, por muy útil que sea a la gran patronal, es una ideología trasnochada que ya fue puesta en solfa científicamente hace un siglo.

Y no es sólo una cuestión de sensibilidad social, de estar preferentemente tratando de favorecer a quienes tienen rentas mas bajas, que ya es importante. Y, por supuesto, lo que se supone que esperan de un gobierno socialista sus votantes y simpatizantes. Es que además, como he comentado más arriba, proponer bajar aún más los salarios es insistir en un modelo que ha llevado a que nuestra economía sea más débil e inestable que las de nuestro entorno. Y que ahora nos llevaría a salir más tarde y con más limitaciones de la crisis.

Los informes de la OCDE pusieron de relieve que España ha sido el único país de los que pertenecen a ese organismo en el que los salarios han bajado en el periodo 1995-2005: ¿acaso vamos a ser tan ingenuos como para no entender que eso no ha tenido nada que ver con la gran pérdida de empleo que ahora padecemos y que muy posiblemente se consolide durante bastante tiempo?

Proponer, como hace el Secretario de Estado de Economía, el empobrecimiento de los trabajadores como política de salida de la crisis (en realidad, lo proponen siempre, pues conducen con piñón fijo en la expansión y la recesión, en el auge y en la crisis: siempre bajar los salarios) no es solamente una aberración desde el punto de vista social. Lo es igualmente como estrategia económica. Lo que nuestra economía necesita es más demanda efectiva, más capital social, más innovación, más conocimiento básico y aplicado y más igualdad. Es decir, más riqueza y mejor repartida y no más trabajadores pobres y más diferencias sociales, como proponen los ideologizados economistas de derechas como el Secretario de Estado de Economía.