Nueva Hegemonía Mundial. Alternativas de cambio y movimientos sociales(Descargar Libro)

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Atilio A. Boron (compilador).

CLACSO, http://www.clacso.org.ar/

 Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales Buenos Aires, Argentina. 2004.

ISBN 950-9231-96-7

INDICE

  •  Prólogo 
  • Los dilemas de la dominación 
  • El papel de las ideas en la construcción de alternativas 
  • Los sistemas políticos democráticos en los países avanzados: éxitos y desafíos
  •  Geopolítica del imperialismo contemporáneo
  •  ¿Hay vías abiertas para América Latina?
  •  Amar, pensar y actuar desde América Latina 
  • Hegemonía e imperialismo en el sistema internacional 
  • Discurso de clausura

 

Atilio Boron

(Fragmento)

El análisis que propongo está inscrito en una visión histórica general de la expansión del capitalismo, que no voy a desarrollar aquí por razones de espacio1. En esta visión, el capitalismo ha sido siempre, desde sus orígenes, un sistema polarizante por naturaleza, es decir, imperialista. Esta polarización –es decir, la construcción concomitante de centros dominantes y periferias dominadas y su reproducción más profunda en cada etapa– es propia del proceso de acumulación del capital operante a escala mundial, fundado sobre lo que he llamado “la ley del valor mundializada”.

En esta teoría de la expansión mundial del capitalismo, las transformaciones cualitativas de los sistemas de acumulación entre una fase y otra de su historia construyen las formas sucesivas de la polarización asimétrica centros/periferias, es decir, del imperialismo concreto. El sistema mundial contemporáneo seguirá siendo, en consecuencia, imperialista (polarizante) para cualquier futuro posible, en tanto la lógica fundamental de su despliegue siga estando dominada por las relaciones de producción capitalistas. Esta teoría asocia al imperialismo con el proceso de acumulación del capital a escala mundial, hecho que considero como una sola realidad con diferentes dimensiones, de hecho indisociables. Se diferencia de la versión vulgarizada de la teoría leninista del “imperialismo como fase superior del capitalismo” (como si las fases anteriores de la expansión mundializada del capitalismo no hubieran sido polarizantes) y de las teorías post-modernistas contemporáneas que califican a la nueva mundialización como “post imperialista”. 

Del conflicto permanente de los imperialismos al imperialismo colectivo

En su despliegue mundializado el imperialismo se conjugó siempre en plural, desde sus orígenes en el siglo XIX hasta 1945. El conflicto entre los imperialismos ocupó un lugar decisivo en la transformación del mundo a través de la lucha de clases, según la cual se expresan las contradicciones fundamentales del capitalismo. Luchas sociales y conflictos entre imperialismos se articulaban estrechamente y esta articulación es la que ha comandado la historia del capitalismo realmente existente. Señalo en este sentido que el análisis propuesto se separa ampliamente del de la “sucesión de hegemonías”.

La Segunda Guerra Mundial provocó una transformación mayor en lo concerniente a las formas del imperialismo: la sustitución de un imperialismo colectivo, asociando al conjunto de los centros del sistema mundial capitalista (para simplificar, la “tríada”: Estados Unidos y su provincia exterior canadiense, Europa Occidental y central y Japón) a la multiplicidad de imperialismos en conflicto permanente. Esta nueva forma de la expansión imperialista pasó por diferentes fases en su desarrollo, pero está aún presente. El rol hegemónico eventual de Estados Unidos, del cual habrá que precisar sus bases y las formas de su articulación con el nuevo imperialismo colectivo, debe ser situado en esta perspectiva. Estas cuestiones subrayan problemas, que son precisamente los que desearía tratar a continuación.

Los Estados Unidos obtuvieron un beneficio gigantesco una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial: sus principales combatientes –Europa, Unión Soviética, China y Japón– quedaron arruinados y Norteamérica en condiciones para ejercer su hegemonía económica, ya que concentraban más de la mitad de la producción industrial del mundo de entonces y tenían la exclusividad de las nuevas tecnologías que dirigirían el desarrollo de la segunda mitad del siglo. Además, Estados Unidos tenía la exclusividad del arma nuclear –la nueva arma “absoluta”. En Postdam el tono norteamericano cambió; días después de los bombardeos a Hiroshima y Nagasaki Estados Unidos ya contaba con armamento nuclear.

Esta doble ventaja absoluta –económica y tecnológica– resultó erosionada en un tiempo relativamente breve (dos décadas) por la doble recuperación, económica para Europa capitalista y Japón, militar para la Unión Soviética. Recordaremos entonces como este repliegue relativo de la potencia norteamericana alimentó a toda una época en que floreció el discurso sobre el “declive americano” e incluso crecieron hegemonías alternativas (Europa, Japón, y más tarde China).

El gaullismo es de esta etapa, De Gaulle consideraba que el objetivo de Estados Unidos después de 1945 había sido el control de todo el Viejo Mundo (“Eurasia”), y que Washington había logrado hacer avanzar sus peones destruyendo a Europa –a la Europa verdadera, del Atlántico a los Urales, es decir, incluyendo a la “Rusia Soviética” como él decía– agitando el espectro de una “agresión” de Moscú en la cual él no creía. Sus análisis eran, según mi punto de vista, realistas y perfectos. Pero él era casi el único que decía esto. La contra-estrategia que proponía frente al “atlantismo” promovido por Washington estaba fundada en la reconciliación franco-alemana, como base para concebir la construcción de una “Europa no americana” con el cuidado de mantener a Gran Bretaña fuera del proyecto, ya que estaba tildada, a justo título, de ser el Caballo de Troya del atlantismo. Europa entonces podría abrirse hacia una reconciliación con Rusia (soviética). Reconciliar y aproximar a los tres grandes pueblos europeos –franceses, alemanes y rusos– pondría un término definitivo al proyecto norteamericano de dominación del mundo.

El conflicto interno propio del proyecto europeo puede reducirse a la opción entre dos alternativas: la Europa atlántica, proyecto norteamericano, o la Europa (integrando en esta perspectiva a Rusia) no atlántica. Pero este conflicto aún no está resuelto. Las evoluciones ulteriores –el fin del gaullismo, la admisión de Gran Bretaña en Europa, el crecimiento del Este, el derrumbe soviético– han favorecido hasta el presente lo que califico como la “supresión del proyecto europeo” y su “doble disolución en la mundialización económica neoliberal y en la alineación política y militar con Washington” (Amin, 2000). Esta evolución reconforta, además, la solidez del carácter colectivo del imperialismo de la tríada.

¿Se trata de una transformación cualitativa “definitiva” (no coyuntural)? ¿Implicará forzosamente un “liderazgo” de Estados Unidos de una u otra manera? Antes de intentar responder a estas preguntas es necesario explicar con más precisión en qué consiste el proyecto de Estados Unidos… 

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Falso “repliegue” : USA deja a Irak sangrienta guerra civil programada entre suníes y chiíes

IAR Noticias

El falso “repliegue” de las tropas norteamericanas a sus bases y emplazamientos de la periferia, dejó una guerra civil programada (entre suníes, chiíes y kurdos) para terminar de dividir y destruir la resistencia iraquí. Se trata de un plan elaborado durante la gestión de Bush- orientado a sacar las fuerzas norteamericanas de la primera línea de fuego, controlar el país desde las bases militares, y dejar que los iraquíes se destrocen entre sí por medio de una sangrienta guerra de “todos contra todos”.

Una guerra civil tal como está sucediendo hoy en Irak, significa, para EEUU, la salida maquiavélica de “dividir para reinar”, en un país que, de cualquier manera, ya se encuentra en la anarquía y en un enfrentamiento de “todos contra todos” y donde se registra la presencia activa de combates armados entre chiíes y suníes, que son realimentados a diario por los atentados contra mezquitas e instituciones de ambos sectores confesionales.

En un recrudecimiento de la escalada sangrienta que azota nuevamente a Irak, al menos 50 personas murieron y 150 resultaron heridas este lunes en varios atentados con bomba en áreas chiíes de Bagdad y el norte de Irak, las últimas de una serie de acciones producidas luego de que las tropas estadounidenses se retiraran en junio de los centros urbanos del país.

Durante la madrugada del lunes, los camiones bomba detonaron con una diferencia de minutos en la localidad predominantemente chií de Al Jazna – unos 20 kilómetros al este de Mosul -, dejando 36 muertos y 128 heridos, indicó la policía.

Las explosiones destruyeron unas 40 casas en la localidad, que alberga la pequeña comunidad shabka, de origen kurdo. Varias personas quedaron sepultadas bajo los escombros.

Los ataques con explosivos y los enfrentamientos se registran casi a diario en y cerca de Mosul, capital de la provincia de Nínive, donde las disputas entre árabes y kurdos amenazan con dividir la región e inflamar tensiones que pondrían en peligro la estabilidad a largo plazo de Irak.

La semana pasada, una serie de atentados que tuvieron como blanco a chiíes en Bagdad y el norte de Irak dejaron 44 muertos. Grupos rebeldes sunies, que consideran herejes a los chiíes, a menudo son responsabilizados por estas acciones.

Los últimos atentados echan por tierra la supuesta capacidad y preparación de las fuerzas de colaboracionistas iraquíes -reconstruidas para que sustituyan como carne de cañón a las tropas invasoras que permanecen en sus bases de la periferia- y dan señales claras de un resurgir de la guerra civil entre suníes y chiíes.

La nueva escalada de atentados y asesinatos hace temer un regreso a las decenas de cadáveres que salpicaban diariamente las calles de Bagdad mientras las morgues no daban abasto para acoger a las víctimas de los escuadrones de la muerte que salían de los bastiones del gobierno chií.

Medios e inteligencia árabes vienen atribuyendo esta masacre programada (por medio de la guerra civil) a agentes de la CIA, escuadrones de la muerte infiltrados (o mimetizados) dentro de los cuerpos de seguridad manejados por el ministerio de Interior iraquí, cuya operatividad está controlada por las formaciones confesionales chiíes de al-Dawa y del Consejo Supremo de la Revolución Islámica en Irak.

Esas organizaciones se encuentran bajo el liderazgo de los clérigos y dirigentes chiíes que controlan el gobierno colaboracionista, caso del gran ayatolá Sistani, que colaboraron con la invasión norteamericana, y hoy conforman la mayoría del gobierno iraquí elegido en las urnas.

La imbricación con la CIA, el Mossad y la inteligencia británica, de estos grupos es directa, y sus vínculos provienen de la época de la resistencia iraquí en el exilio, cuando el Consejo Supremo de la Revolución Islámica y otras organizaciones confesionales chiíes operaban conjuntamente con la inteligencia judeo-norteamericana para derrocar o asesinar a Saddam Hussein.

La “opción militar”, intento de control por medio de ataques militares en gran escala tuvo su entierro en Faluya, donde los tanques, aviones y marines de EEUU, pese a convertir en ruinas la ciudad, no pudieron terminar con la resistencia que emergió más fortalecida de los ataques.

Por otra parte, la “opción democrática iraquí”, intento de control por medio de un gobierno títere electo en la urnas y con el aparato de seguridad mercenario iraquí reemplazando a las fuerzas norteamericanas, también fracasó estrepitosamente con la falta de unidad para formar gobierno, la exclusión de los suníes, y la impotencia de la policía y el ejercito iraquí para controlar a la resistencia.

Mientras ya se habla nuevamente del “sindrome Vietnam” para definir la debacle norteamericana en Irak, EEUU, hoy administrado por Obama realizó un simulacro de “cambio de estrategia” sin renunciar a los objetivos del control militar sin exponer a sus tropas.

En este contexto, una “guerra civil” (promovida por los “terroristas de la CIA” infiltrados en la resistencia) ya conforma una tercera estrategia de control por medio de la cual Washington intenta salir del pantano en que se encuentra en Irak.

Con ese objetivo, dotados de impunidad y de zona franca por las fuerzas norteamericanas y el aparato de seguridad iraquí, esos escuadrones de la muerte actuaron por primera a la luz del día, el 22 de febrero de 2005, tras la destrucción de una mezquita chií, realizando una inédita operación relámpago de exterminio de sunies que incluyó el secuestro y la tortura.

Estos comandos especiales, financiados y entrenados por la inteligencia judeo-norteamericana, cumplen para el Mossad y la CIA la misma función que cumple Al Qaeda con el “terrorismo explosivo”. En Irak, son los activadores operativos de la “guerra civil”.

Es decir, que la inteligencia militar ocupante controla los dos procesos esenciales para el detonante de una guerra civil entre chiíes y suníes con implicación de los kurdos, que también integran los “escuadrones de la muerte”.

En ese escenario, con la guerra civil que desangra a Irak como telón de fondo, EEUU, hoy gerenciado por la administración Obama, sigue controlando la administración, el petróleo, y los negocios de Irak, mediante un gobierno títere y la supremacía de su fuerza militar que vigila por aire, por mar y por tierra el territorio iraquí.

Con el retiro de sus tropas a la periferia, el Pentágono se corrió del frente (la línea del fuego rebelde) y colocó en su lugar al ejército de cipayos del gobierno títere iraquí para que mueran como moscas y asuman el costo político de la derrota en Irak.

El mando militar de EEUU, en tanto, controla a Irak por aire y por tierra por medio de sus bases militares y tropas acantonadas en las periferias de las ciudades iraquíes.

El plan ni siquiera fue diseñado por la administración Obama, sino por el Pentágono de Bush, y hoy continúa en la figura del actual secretario de Defensa Robert Gates.

De esta manera, EEUU cumple con su “palabra” de “retirarse” de Irak sin romper el esquema cerrado de la dominación militar.

En suma, Washington sigue controlando militarmente a Irak, sin soldados muertos o heridos, sin costos políticos, sin manifestaciones “pacifistas” en las ciudades estadounidenses pidiendo el retorno de las tropas, mientras los iraquíes se despedazan los unos a los otros en una carnicería sin fin.

La máxima obra de Maquiavelo (en versión corregida imperial) ya comenzó a escribirse en Irak.

 

Canadá, Estados Unidos y México: cumbre desenfocada

Editorial de La Jornada

 

Hay en la agenda política, económica y social de América del Norte diversos temas bilaterales y trilaterales de atención urgente que fueron omitidos o que no merecieron, en el encuentro de los gobernantes de Canadá, Estados Unidos y México, que se celebra en Guadalajara, la atención debida, o bien que fueron abordados en forma inercial y con escasa o nula voluntad política.

El primero de ellos es la inevitable renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), una promesa de campaña del presidente Barack Obama y que ahora es reclamada por sectores sociales de los tres países que han resultado afectados –si no es que arrasados– por un instrumento comercial trilateral concebido para beneficiar a los grandes capitales, no a las poblaciones, y que si bien ha impulsado un crecimiento significativo de las tres economías, ha propiciado también una concentración sin precedente de la riqueza y una mayor desigualdad social, fenómenos que en México alcanzan grados de verdadera explosividad.

La crisis económica global hace aún más necesaria una readecuación del instrumento comercial a circunstancias de recesión, en las cuales se acentúan las tragedias sociales creadas por el TLCAN, como la que se padece en extensas regiones del agro nacional.

En otro sentido, todo mundo tiene claro que en materia de seguridad y combate a la delincuencia organizada se requiere de virajes de fondo: la “guerra contra el terrorismo” emprendida por el anterior gobierno de Estados Unidos está completamente agotada como componente principal de una estrategia de seguridad nacional y la “guerra contra las drogas” que emprendió el titular del Ejecutivo federal mexicano, Felipe Calderón, a comienzos de su mandato, se ha traducido en un baño de sangre y en un claro incremento de la inseguridad pública, pero no en un debilitamiento de las organizaciones criminales. La Iniciativa Mérida y la Alianza para la Seguridad y Prosperidad de América del Norte (ASPAN) son, en este sentido, acuerdos derivados de visiones caducas y fracasadas, por lo que deben ser reorientados y dotados de sensatez, realismo y un espíritu de pleno respeto a las soberanías nacionales y a los derechos humanos.

Ciertamente no podrá haber entre México y Estados Unidos una “frontera segura” ni una “frontera inteligente” si no se abordan con lógica las asimetrías económicas, el problema de la delincuencia y el fenómeno migratorio. En torno a este último debe constatarse que, por desgracia, la administración Obama no ha logrado avances significativos en el curso de este año, y que es poco probable que lo consiga si no es mediante una renovada presión política y social de los propios migrantes en territorio estadunidense y con una actitud de mayor firmeza por parte de las autoridades mexicanas.

En suma, el encuentro de Guadalajara no parece haber servido para resolver los temas principales de las agendas; se ha perfilado, por el contrario, como una cumbre protocolaria, inercial y discursiva.

 

Argentina: El karma de ser joven y pobre

Mariana Carbajal

Página/12 

 

Una encuesta sobre jóvenes de entre 18 y 29 años revela una profunda brecha entre los más pobres y los más ricos. Además, señala fuertes diferencias de oportunidades entre géneros.

Más del 80 por ciento de los y las jóvenes que abandonaron sus estudios y quedaron sin terminar la secundaria en el país pertenecen a los hogares más desfavorecidos de la población. En los sectores altos, ese porcentaje disminuye al 1 por ciento. A la hora de señalar tres obstáculos que deben enfrentar para estudiar y que son causa de la deserción escolar enumeran: la falta de dinero para transporte y otros gastos; la dificultad de conciliar el trabajo con el estudio, y el desinterés hacia la escuela. Los datos surgen de la Encuesta Nacional de Juventudes: visiones y desafíos en la Argentina de hoy –a la que tuvo acceso Página/12– un estudio que revela profundas brechas entre los jóvenes de familias pobres y aquellos que crecen en contextos económicamente más acomodados.

El desempleo, el momento en que se convierten en padres/madres, y el acceso a las nuevas tecnologías son algunos de los ejes que los distancian. “Lo que para unos es un momento espectacular de la vida, lleno de oportunidades, para otros es un camino oscuro que hay que atravesar con mucho dolor, con mucho cuidado. Y estos jóvenes, lamentablemente, no son pocos, sino que son la mayoría de los jóvenes en nuestro país”, señaló Alberto Croce, presidente de Fundación Ses, la ONG que coordinó el trabajo en la Argentina, que se replicó en Brasil, Paraguay, Chile, Uruguay y Bolivia, en el marco del proyecto regional Juventud Sudamericana, diálogos para la construcción de una democracia regional. Seguir leyendo “Argentina: El karma de ser joven y pobre”

Las bases yanquis y la soberanía latinoamericana

Fidel Castro Ruz

Cubadebate

 

El concepto de nación surgió de la suma de elementos comunes como la historia, lenguaje, cultura, costumbres, leyes, instituciones y otros elementos relacionados con la vida material y espiritual de las comunidades humanas.

Los pueblos de la América, por cuya libertad Bolívar realizó las grandes hazañas que lo convirtieron en El Libertador de pueblos, fueron llamados por él a crear, como dijo: “la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria”.

Antonio José de Sucre libró en Ayacucho la última batalla contra el imperio que había convertido gran parte de este continente en propiedad real de la corona de España durante más de 300 años.

Es la misma América que decenas de años más tarde, y cuando ya había sido cercenada en parte por el naciente imperio yanki, Martí llamó Nuestra América.

Hay que recordar una vez más que, antes de caer en combate por la independencia de Cuba, último bastión de la colonia española en América, el 19 de mayo de 1895, horas antes de su muerte, José Martí escribió proféticamente que todo lo que había hecho y haría era “…para impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las antillas Estados Unidos y caigan con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América”.

En Estados Unidos, donde las 13 colonias recién liberadas no tardaron en extenderse desordenadamente hacia el Oeste en busca de tierra y oro, exterminando indígenas hasta que arribaron a las costas del Pacífico, competían los Estados agrícolas esclavistas del Sur con los Estados industriales del Norte que explotaban el trabajo asalariado, tratando de crear otros Estados para defender sus intereses económicos.

En 1848 arrebataron a México más del 50 por ciento de su territorio, en una guerra de conquista contra el país, militarmente débil, que los llevó a ocupar la capital e imponerle humillantes condiciones de paz. En el territorio arrebatado estaban las grandes reservas de petróleo y gas que más tarde suministrarían a Estados Unidos durante más de un siglo y lo siguen en parte suministrando.

El filibustero yanki William Walker, estimulado por “el destino manifiesto” que proclamó su país, desembarcó en Nicaragua en el año 1855 y se autoproclamó Presidente, hasta que fue expulsado por los nicaragüenses y otros patriotas centroamericanos en 1856.

Nuestro Héroe Nacional vio cómo el destino de los países latinoamericanos era destrozado por el naciente imperio de Estados Unidos.

Después de la muerte en combate de Martí se produjo la intervención militar en Cuba, cuando ya el ejército español estaba derrotado.

La Enmienda Platt, que concedía al poderoso país derecho a intervenir en la Isla, fue impuesta a Cuba.

La ocupación de Puerto Rico, que ha durado ya 111 años y hoy constituye el llamado “Estado Libre Asociado”, que no es Estado ni es libre, fue otra de las consecuencias de aquella intervención.

Las peores cosas para América Latina estaban por venir, confirmando las geniales premoniciones de Martí. Ya el creciente imperio había decidido que el canal que uniría los dos océanos sería por Panamá y no por Nicaragua. El istmo de Panamá, la Corinto soñada por Bolívar como capital de la más grande República del mundo concebida por él, sería propiedad yanki.

Aun así, las peores consecuencias estaban por venir a lo largo del Siglo XX. Con el apoyo de las oligarquías políticas nacionales, los Estados Unidos se adueñaron después de los recursos y de la economía de los países latinoamericanos; las intervenciones se multiplicaron; las fuerzas militares y policiales cayeron bajo su égida. Las empresas transnacionales yankis se apoderaron de las producciones y servicios fundamentales, los bancos, las compañías de seguros, el comercio exterior, los ferrocarriles, barcos, almacenes, los servicios eléctricos, los telefónicos y otros, en mayor o menor grado pasaron a sus manos.

Es cierto que la profundidad de la desigualdad social hizo estallar la Revolución Mexicana en la segunda década del Siglo XX, que se convirtió en fuente de inspiración para otros países. La revolución hizo avanzar a México en muchas áreas. Pero el mismo imperio que ayer devoró gran parte de su territorio, hoy devora importantes recursos naturales que le restan, la fuerza de trabajo barata y hasta lo hace derramar su propia sangre.

El TLCAN es el más brutal acuerdo económico impuesto a un país en desarrollo. En aras de la brevedad, baste señalar que el Gobierno de Estados Unidos acaba de afirmar textualmente: “En momentos en que México ha sufrido un doble golpe, no solo por la caída de su economía sino también por los efectos del virus A H1N1, probablemente queremos tener la economía más estabilizada antes de tener una larga discusión sobre nuevas negociaciones comerciales.” Por supuesto que no se dice una sola palabra de que, como consecuencia de la guerra desatada por el tráfico de drogas, en la que México emplea 36 mil soldados, casi cuatro mil mexicanos han muerto en el 2009. El fenómeno se repite en mayor o menor grado en el resto de América Latina. La droga no solo engendra problemas graves de salud, engendra la violencia que desgarra a México y a la América Latina como consecuencia del mercado insaciable de Estados Unidos, fuente inagotable de las divisas con que se fomenta la producción de cocaína y heroína, y es el país de donde se abastecen las armas que se emplean en esa feroz y no publicitada guerra.

Los que mueren desde el Río Grande hasta los confines de Suramérica son latinoamericanos. De este modo, la violencia general bate récord de muertes y las víctimas sobrepasan la cifra de 100 mil por año en América Latina, engendradas fundamentalmente por las drogas y la pobreza.

El imperio no libra la lucha contra las drogas dentro de sus fronteras; la libra en los territorios latinoamericanos.

En nuestro país no se cultivan la coca ni la amapola. Luchamos con eficiencia contra los que intentan introducir drogas en nuestro país o utilizar a Cuba como tránsito, y los índices de personas que mueren a causa de la violencia se reduce cada año. No necesitamos para ello soldados yankis. La lucha contra las drogas es un pretexto para establecer bases militares en todo el hemisferio. ¿Desde cuándo los buques de la IV Flota y los aviones modernos de combate sirven para combatir las drogas?

El verdadero objetivo es el control de los recursos económicos, el dominio de los mercados y la lucha contra los cambios sociales. ¿Qué necesidad había de restablecer esa flota, desmovilizada al final de la Segunda Guerra Mundial, hace más de 60 años, cuando ya no existe la URSS ni la guerra fría? Los argumentos utilizados para el establecimiento de siete bases aeronavales en Colombia es un insulto a la inteligencia.

La historia no perdonará a los que cometen esa deslealtad contra sus pueblos, ni tampoco a los que utilizan como pretexto el ejercicio de la soberanía para cohonestar la presencia de tropas yankis. ¿A qué soberanía se refieren? ¿La conquistada por Bolívar, Sucre, San Martín, O´Higgins, Morelos, Juárez, Tiradentes, Martí? Ninguno de ellos habría aceptado jamás tan repudiable argumento para justificar la concesión de bases militares a las Fuerzas Armadas de

Estados Unidos, un imperio más dominante, más poderoso y más universal que las coronas de la península ibérica.

Si como consecuencia de tales acuerdos promovidos de forma ilegal e inconstitucional por Estados Unidos cualquier gobierno de ese país utilizara esas bases, como hicieron Reagan con la guerra sucia y Bush con la de Iraq, para provocar un conflicto armado entre dos pueblos hermanos, sería una gran tragedia. Venezuela y Colombia, nacieron juntos en la historia de América tras las batallas de Boyacá y Carabobo, bajo la dirección de Simón Bolívar. Las fuerzas yankis podrían promover una guerra sucia como hicieron en Nicaragua, incluso emplear soldados de otras nacionalidades entrenados por ellos y podrían atacar algún país, pero difícilmente el pueblo combativo, valiente y patriótico de Colombia se deje arrastrar a la guerra contra un pueblo hermano como el de Venezuela.

Se equivocan los imperialistas si subestiman igualmente a los demás pueblos de América Latina. Ninguno estará de acuerdo con las bases militares yankis, ninguno dejará de ser solidario con cualquier pueblo latinoamericano agredido por el imperialismo.

Martí admiraba extraordinariamente a Bolívar y no se equivocó cuando dijo: “Así está Bolívar en el cielo de América, vigilante y ceñudo… calzadas aún las botas de campaña, porque lo que él no dejó hecho, sin hacer está hasta hoy: porque Bolívar tiene que hacer en América todavía.”

 

Cómo el capitalismo se salva a sí mismo durante las crisis

Quienes ganan y quienes pagan
Manuel Freytas

IAR Noticias

capitalismo-globalizacion

 

De una forma brutal (y todavía sin resistencia social) el sistema capitalista (Estado y empresas privadas) descarga el costo del colapso recesivo económico (la crisis) sobre el sector asalariado (fuerza laboral masiva) y la masa más desprotegida y mayoritaria de la sociedad (población pobre con limitados recursos de supervivencia), por medio de los despidos laborales y la reducción del gasto social (“ajustes”), que incrementan los niveles sociales de precariedad económica y de exclusión masiva del mercado laboral.

En este proceso de “sobreexplotación capitalista” (que retrocede las conquistas sociales y sindicales a estadios inferiores) se explica el mantenimiento de la rentabilidad empresarial (ganancias capitalistas) mientras la economía mundial se desploma por efectos de la crisis recesiva global.

La crisis hipotecaria en EEUU, primero, la irradiación de la crisis a los mercados financieros globales, después, la baja de exportaciones e importaciones con caída del consumo y despidos laborales, luego, terminaron de configurar un proceso económico-recesivo que amenaza con arrasar los cimientos del modelo de explotación capitalista vigente a escala global.

Desde que estallara el colapso bancario y bursátil en septiembre de 2008, el sistema nunca pudo recuperarse, y finalmente la crisis de la “economía de papel” terminó impactando en la “economía real”, primero en las metrópolis imperiales de EEUU y Europa, extendiéndose luego por toda la periferia “subdesarrollada” y “emergente” de Asia, África y América Latina.

No obstante las “señales optimistas” que lanzan Obama y las autoridades europeas, los propios datos oficiales prevén que, con los mercados de crédito paralizados, en los próximos meses más empresas ingresen en un proceso de bancarrota y anuncien nuevos despidos (sumados a los ya existentes), y los consumidores se ajusten aún más el cinturón, a medida que la ausencia de crédito afecta su capacidad de endeudamiento.

Pero la llamada “crisis” tiene claramente dos lecturas paralelas: Por un lado, los pulpos financieros de Wall Street y las bolsas mundiales, reciclan una nueva “burbuja” ganancial, no ya con dinero especulativo proveniente del sector privado, sino con fondos públicos (de los impuestos pagados por toda la sociedad), puestos compulsivamente al servicio de un nuevo ciclo de rentabilidad capitalista con la crisis.

Mientras el proceso inflacionario-recesivo desatado desde las economías centrales (EEUU y Europa) ya genera hambre, pobreza y devaluación acentuada del poder adquisitivo de las mayorías a escala planetaria, un selecto grupo de mega-empresas y multimillonarios multiplican a escala sideral sus activos empresariales y sus fortunas personales.

Simultáneamente, la economía real del Imperio y de las potencias centrales colapsa en todas sus variables, y los sectores más desprotegidos ya sufren los “ajustes” mientras una crisis social, todavía de efectos imprevisibles, asoma de la mano de los despidos masivos en Europa y EEUU.

Está claro entonces que lo que es “crisis” para unos (los despedidos y los sectores más desprotegidos de la sociedad), resulta “burbuja ganancial” para otros (el capitalismo financiero que desató la crisis con la economía del apalancamiento especulativo).

Los que se benefician con la crisis

 

El actual proceso económico recesivo prueba nuevamente que durante las crisis los consorcios directrices del sistema capitalista descargan ( y trasladan) sus “pérdidas” al conjunto de la sociedad mientras concentran ganancias privadas dentro de un nuevo ciclo económico.

Desde el desenlace de la crisis financiera, septiembre de 2008, el sistema capitalista central (EEUU-potencias del euro) ensayó tres formas combinadas para “trasladar” la crisis al conjunto de la sociedad:

A) El capitalismo financiero, con el argumento de la “catástrofe económica” utiliza dinero público (de toda la sociedad) para salvar al capitalismo privado y generar un nuevo ciclo financiero de rentabilidad del capital. En este proceso, el peso del costo lo llevan los sectores sociales menos “diversificados” que pagan impuestos a través de sus ingresos y salarios.

B) El capitalismo industrial o comercial, con el argumento de la “catástrofe económica” reduce “costo laboral” despidiendo empleados, reduciendo salarios y suprimiendo beneficios sociales, y “sobreexplotación” de la fuerza que queda ocupada. Achican otros gastos (e inversiones) de la producción para ganar lo mismo produciendo y vendiendo menos, lo que agudiza la recesión y genera más baja del consumo y despidos laborales.

C) Los Estados capitalistas bajan “costo social” por medio de la reducción del gasto público (salud, vivienda, educación, etc) para compensar la merma de la recaudación durante la crisis.

Se trata, en suma, de una “socialización de las pérdidas” para subsidiar un “nuevo ciclo de ganancias privadas” con el Estado como herramienta de ejecución, mediante el cual los megaconsorcios más fuertes (los ganadores de la crisis) se degluten a los más débiles generando un nuevo proceso de reestructuración y concentración del sistema capitalista”.

De esta manera, el sistema capitalista (por medio de los Estados y las empresas) descarga el peso de la crisis sobre el sector más débil de la sociedad: Los pobres y los sectores más desprotegidos (que siguen sumando población sobrante) y los asalariados (la fuerza laboral masiva) que sirven como variable de ajuste para la preservación de la rentabilidad capitalista durante la crisis recesiva.

Como contrapartida de los “ajustes salvajes” (con módulo experimental en California) que se avecinan, el Estado USA (con dinero de los impuestos pagados por toda la sociedad) ya utilizó US$ 4 billones destinados al rescate de las entidades y bancos quebrados por la crisis financiera recesiva.

En octubre de 2008, mediante los fondos estatales de “rescate financiero” lanzados por Bush (hoy continuados por Obama), los Estados imperiales USA-UE reciclaron una nueva “burbuja” ganancial no ya con dinero especulativo proveniente del sector privado, sino que ponen compulsivamente los recursos públicos al servicio de un nuevo ciclo de rentabilidad capitalista al margen de una ascendente crisis de la economía real que marcha por vía paralela.

Los gigantescos paquetes de estímulo lanzados por los gobiernos han ido a parar a los mercados financieros creando una “burbuja” especulativa que está haciendo subir las bolsas desde hace tres meses, mientras el resto de la economía, principalmente en EEUU y Europa, se desploma.

Los que pagan la crisis

 

La primer ley histórica del capitalismo es la preservación de la rentabilidad (base de la concentración de riqueza en pocas manos), aún durante las crisis.

De manera tal que, cuando estallan las crisis de “sobreproducción” (por recesión y achicamiento de demanda) el sistema aplica su clásica fórmula para preservar la rentabilidad vendiendo y produciendo menos: Achicamiento de costos.

En esa receta de “achicar costos” sobresalen claramente, en primera línea, los laborales (de las empresas) y los sociales (del Estado) para compensar la falta de ventas y de recaudación fiscal.

En consecuencia (y como ya está probado históricamente): Las empresas mantienen sus rentabilidades, sube la recesión, sube la desocupación, cae el consumo, y se expande la pobreza y la exclusión social.

De acuerdo a la OIT, en 2009 unas 50 millones de personas en todo el mundo podrían perder sus trabajos debido a la crisis económica. Multiplicado por una “familia tipo” (cuatro personas por despedido) esto implica que alrededor de 200 millones de personas serían afectadas por la desocupación en el curso de este año.

Hay una estimación -alimentada por números oficiales- que expresa que la presente crisis recesiva global va a arrojar (como consecuencia de los despidos y del achicamiento del consumo) a más de 1000 millones de personas a la pobreza y a la marginalidad.

Los analistas y periodistas del sistema se preocupan por las pérdidas empresariales y por los efectos de la crisis en los países centrales, obviando que la crisis más aguda del consumo y de la desocupación, tanto en EEUU como en Europa, la sufren los empleados y obreros de baja calificación que están conformando un peligroso bolsón masivo de protestas y conflictos sociales.

Las masas asalariadas (la fuerza laboral mayoritaria) y los sectores más desposeídos de la sociedad (los pobres estructurales) pagan el grueso de la crisis capitalista por medio de los ajustes sociales, despidos, suspensiones, reducción de salarios, supresión de beneficios sociales, abolición de indemnización por despidos, reducción de aportes patronales, etc.

En este escenario, hay un “costo laboral” y un “costo social” de la crisis capitalista que pagan los asalariados y las mayorías más desposeídas.

Refiriéndose al “costo laboral”, señala Jorge Altamira: “La resultante (de la crisis) ha sido una fenomenal intensificación del trabajo del personal que siguió ocupado. Otro aspecto es la reducción directa de los salarios, o la reducción de la jornada laboral acompañada por una reducción mayor de los sueldos”.

“La cifra oficial de desempleo en EEUU -añade Altamira- es de 9,5% de la población activa, unos veinte millones de trabajadores, pero cuando se añade a las personas que han dejado de buscar trabajo, a las que están obligadas a trabajar menos (6%) y a la población carcelaria -el porcentaje se eleva a los veinte puntos, o sea a cuarenta millones de desempleados”.

“Otro elemento fundamental es el recorte en los aportes patronales a la cobertura de salud, que forma parte del llamado “costo laboral”, el número de personas sin protección médica ha crecido en forma impresionante”, concluye.

Pero, al “costo laboral” que señala Altamira, hay que agregar el “costo social” que pagan los asalariados y pobres s.3a través de las quitas impositivas al salario y a los impuestos que gravan el consumo de alimentos y productos esenciales para la supervivencia.

Las masa más desprotegida y los asalariados “cautivos” pagan la crisis de dos maneras:

1) A través de las cargas fiscales a los salarios (que se le descuentan compulsivamente de su sueldo),

2) a través de los impuestos al consumo (que paga en el momento que compra alimentos o productos gravados para el consumidor).

En este contexto, la masa asalariada (mayoritaria y peor paga) y los pobres, son los mayores perjudicados por la utilización fraudulenta (estafa con el Estado capitalista) de fondos de impuestos públicos para salvar a empresas privadas, ya que no cuentan con los recursos (ahorros y medios capitalistas de supervivencia) de las clases altas o medias altas.

En este cuadro, los ocupados pagan la crisis con su salario y con lo que consumen, mientras que los desocupados y marginados sociales lo hacen a través de los pocos productos que puedan puedan adquirir para su supervivencia inmediata.