Queda atrás la máscara democrática y el progresismo de Obama: EE.UU. devela su estrategia

Luis Bilbao

América Siglo XXI

Obama-Obama-

Es un ensayo con escasa posibilidad de éxito. El imperialismo estadounidense está dividido; cada día más rechazado en todo el planeta; debilitado económica y políticamente. Apela entonces a su última razón, la de la fuerza. Con el golpe en Honduras, la proliferación de bases militares en torno a Venezuela, la desestabilización en Ecuador, Paraguay y Bolivia, el gobierno de Barack Obama traza su estrategia, apuntada a contrarrestar la pérdida de la iniciativa y la hegemonía políticas en el hemisferio.

Ese plan ya en marcha no puede eludir las grietas crecientes en la burguesía imperialista estadounidense y la consecuente inconsistencia en el accionar del Presidente y su secretaria de Estado, Hillary Clinton. Es visible el choque de un complejísimo juego de fuerzas en la cúpula del poder imperial. Pero la resultante es inequívoca: decisión de actuar militarmente contra gobiernos constitucionales, preparación de un poderoso dispositivo de guerra contra la región, específicamente contra los países componentes del Alba (Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América), con centro en la revolución socialista bolivariana.

Apoyado en la totalidad de la llamada gran prensa (diarios, radios, televisión y agencias en todo el mundo), está llevándose a cabo una maniobra de camuflaje, destinada a demorar la identificación franca de Obama con la violencia y las dictaduras. Mientras tanto, la Casa Blanca avanza sobre los eslabones que considera más débiles, calumnia con métodos de concepción goebbeliana al presidente Hugo Chávez, busca debilitar su figura ante la opinión pública internacional y aislarlo antes de intentar una agresión militar contra Venezuela. Esa embestida ya está proyectada desde territorio colombiano, con comando operativo y armamento estadounidense y con ejércitos mercenarios sostenidos desde hace años por el presidente Álvaro Uribe. Una reiteración aggiornada de la guerra contra la revolución sandinista en los años 1980, que usó a Honduras como plataforma territorial.

Para tender una cortina de humo que desdibuje el hecho de la instalación de cinco bases militares estadounidenses en su territorio, Uribe acusó a Chávez de entregar armas a las guerrillas colombianas. Con aquella decisión y esta burda mentira, que llevan el sello sobresaliente del Departamento de Estado, el imperialismo provoca tensión entre Colombia y Venezuela, en una dinámica apuntada a desembocar en ruptura de relaciones, eventualmente seguida de ataques colombianos en territorio venezolano, con la excusa de perseguir fuerzas insurgentes de las Farc o el Eln. El objetivo es desatar la guerra entre ambas naciones hermanas.

Por lo pronto Uribe anunció el 1 de agosto, el mismo día que recibió en Bogotá al jefe del Comando Sur del ejército imperialista, general Douglas Fraser, que ni él ni su canciller asistirán a la reunión del Consejo de Defensa de Unasur (Unión de Naciones Suramericanas). Explicó que no corresponde, porque las bases donde se establecerán las tropas estadounidenses, estarán bajo mando de oficiales colombianos. En el mismo acto en que en su condición de Presidente acepta la orden estadounidense de romper de hecho con Unasur, Uribe asegura que los oficiales colombianos comandarán la maquinaria bélica imperialista más poderosa de la historia. Difícil definir si resalta más su cinismo o su condición de frágil animal acorralado.

Diversionismo

Hay otras cortinas de humo, de pareja gravedad. Desde atalayas de la intelectualidad reformista, se defiende la idea de que el accionar de Obama frente al golpe en Honduras prueba el cambio cualitativo operado en el Ejecutivo estadounidense con el recambio presidencial. Afirmaciones obvias como que Barack Obama no es George Bush, ocultan la marcha sistemática de la Casa Blanca en un cerco contra la revolución latinoamericana. Como se observa ahora en Venezuela, el pensamiento reformista se planta como el principal escollo para definir un plan de acción regional, que a la vez pueda detener la mano criminal de Estados Unidos y permita avanzar en las transformaciones anticapitalistas iniciadas con el Alba.

Al margen de la discusión sobre la subjetividad del primer presidente negro de Estados Unidos, los hechos demuestran que el golpe en Honduras fue ejecutado por hombres del Departamento de Estado y el Pentágono, desde la base militar estadounidense en aquel país. El propio presidente José Manuel Zelaya señaló los nombres de un cubano maiamero y un opositor venezolano que, dijo, actuando como agentes de lo que llamó “halcones del gobierno de George Bush”, fueron los articuladores del golpe. Zelaya hizo esta declaración inmediatamente después de reunirse en la embajada de Honduras en Nicaragua, el 30 de junio, con el embajador de Estados Unidos en Tegucigalpa, Hugo Llorens. Este diplomático es otro cubano maiamero –o gusano, como gustan llamarlos los revolucionarios cubanos- con experiencia desde que Honduras era la base de los ejércitos mercenarios lanzados contra Nicaragua.

El resultado de ese zarpazo fue adelantado por esta columna en la madrugada del 29 de junio, 24 horas después de su ejecución y publicado en la edición anterior de América XXI. Nada ha cambiado sustancialmente un mes después: el régimen golpista no ha podido consolidarse, la reacción de masas creció y comenzó a ganar organicidad, el rechazo diplomático se extendió a todo el mundo. La única razón por la cual esa derrota no se consumó con la caída del régimen títere, es que la Casa Blanca lo sostuvo, presionando a Zelaya y montando un operativo con eje en una pseudo mediación a cargo del presidente costarricense Óscar Árias. Pero el envío de Llorens a Managua, muestra que la maniobra de Clinton se ha vuelto en su contra: después de un traspié, Zelaya radicalizó su posición al ritmo del crecimiento de la resistencia. El riesgo señalado un mes atrás continúa latente: que antes de dejar caer a Roberto Micheletti (por caso, ex militar integrante de los comandos de la muerte y figura relevante del Opus Dei), la Casa Blanca aliente un baño de sangre, destinado a cortar el paso al movimiento de masas que irrumpe por primera vez en la historia hondureña, garantía de que nada será como hasta ahora en aquel país.

Firmeza y vacilaciones

Frente a esta escalada refulgió primero la rápida y contundente respuesta del Alba y las contundentes posiciones adoptadas por Hugo Chávez y Rafael Correa cuando, simultáneamente, desde Bogotá los agentes de Washington lanzaron una doble provocación contra Ecuador y Venezuela. A la vez quedaron a la vista las vacilaciones de Unasur y Mercosur. Si bien este último organismo, en su reunión en Asunción (ver pág. Xx), dio una señal importante al adelantar que no reconocería a ningún gobierno surgido en Honduras de elecciones llamadas por el régimen golpista, al no invitar a Zelaya a esa cumbre y no definir con claridad una política para quitar de las manos del testaferro de Obama la mediación tramposa, omitió su participación plena en este conflicto decisivo para la historia próxima de la región. Unasur hizo otro tanto. Llevado por sus miembros de mayor peso, presumiblemente aconsejados por las metrópolis europeas, que ven en el conflicto centroamericano una oportunidad de negocios en detrimento de sus socios de Washington, este organismo que ha dado un salto histórico con la creación de un Consejo de Defensa propio, cedió la iniciativa política al imperialismo.

En la cumbre de Unasur en Quito el próximo 10 de agosto, se verá cómo actúa cada protagonista. Habrá que observar en detalle esa actuación, porque de ella depende en gran medida el margen que le quede a la Casa Blanca para continuar sin pausa en sus planes de agresión militar o, por el contrario, verse obligada a postergarlos. En efecto, el golpe en Honduras es un ensayo con escasa posibilidad de éxito. Pero si Unasur no acompaña al Alba en este punto, llevada por la visión reformista sea de cuño burgués o socialdemócrata, Estados Unidos tendrá mayor espacio para provocar una matanza en Honduras y avanzar en sus planes guerreristas contra Venezuela y Ecuador desde sus bases colombianas.

Sería útil tener en cuenta que en la hipótesis negada de un accionar imperialista exitoso contra el Alba, además de iniciarse una era de lucha armada a gran escala en toda la región, la onda expansiva arrastraría también al conjunto de gobiernos reformistas de la región. Nada menos que eso está en juego en estas horas: la guerra o la paz. O dicho de otro modo: la inercia del statu quo, o la revolución.

Tomado de Rebelión

 

 

 

Venezuela: otro espectro (el radioeléctrico)

Jorge Gómez Barata

Frente al presidente venezolano Hugo Chávez funciona una terca y absurda oposición de oficio. Todo cuanto hace, dice o piensa da lugar a un debate que asombra por su intensidad y apasionamiento. Así ocurre con la necesidad de su país de ordenar la utilización del “espectro radioeléctrico”, cosa que hacen todos los estados, con más celo y rigor los más desarrollados.

Aunque raras veces trasciende al público, todos los días en todos los países se actúa sobre el espectro radioeléctrico y, especialmente en los países desarrollados se monitorea la utilización de ese recurso de bien público y se fiscaliza el cumplimiento de lo dispuesto. Con frecuencia y regularidad, a nivel nacional e internacional, se efectúan reuniones y convenciones para actualizar los compromisos en la materia.

Ante las violaciones e indisciplinas, en Europa, Canadá, los Estados y en casi todos los países, se imponen multas y se retiran licencias. Tan delicado es el asunto que desde 1867, casi ochenta años antes de que se fundara la ONU, el mundo cuenta con una agencia internacional especializada en esa tarea. Inicialmente fue la Unión Telegráfica Internacional que en 1934 se denominó Unión Internacional de Telecomunicaciones y en 1947 fue adscripta a la ONU.

Todos los sonidos constituyen fenómenos físicos que propagan en el espacio que también es una entidad física. Cuando se trata de las comunicaciones las señales de: telégrafo, radio, televisión, telefonía, Internet y otras son dirigidas conscientemente e impulsados por energía eléctrica. Dichas señales se propagan a determinadas altura y por frecuencias preestablecidas. El conjunto de esas señales y las frecuencias por las cuales circulan forman el espectro radioeléctrico.

El problema consiste en que, debido al crecimiento derivado del progreso y la elevación del nivel de vida, la cantidad de señales útiles en el éter, crece constantemente cosa que exige un orden meticuloso y exacto con el fin de que los diferentes servicios de comunicaciones puedan convivir y utilizar el espacio sin agredirse mutuamente ni inutilizarse unos a otros.

Las frecuencias son como las calles y avenidas de una ciudad por las cuales, en lugar de automóviles y peatones, circulan señales de telégrafo, radio, televisión, telefonía, Internet y otras. Por su origen esas señales son emitidas por miles de millones de personas a través de las compañías telefónicas, las emisoras de radio y televisión, la policía y las fuerzas armadas, la defensa civil, los bomberos, los radioaficionados, la aeronáutica, los satélites, las naves espaciales, los proveedores de Internet y otros usuarios.

Como mismo ocurre con las calles y avenidas por donde circulamos, las frecuencias radioeléctricas no son propiedad privada, tampoco son del gobierno y ni siquiera del Estado, sino que se trata de un patrimonio público, de hecho una expresión genuina de la propiedad social. No obstante como mismo ocurre con las calles, para que no impere el caos y la sociedad pueda servirse de ellas, la circulación por las frecuencias radioeléctricas es codificada, regulada y controlada, tarea que en cada país corresponde al Estado e internacionalmente a la ONU.

Los estados no crean ni venden frecuencias, sino que a partir de legislaciones nacionales las asignan a quienes las necesitan, las distribuyen con sentido de la equidad y controlan su empleo. En ese campo la disciplina suele ser muy severa porque de lo contrario las personas no podrían escuchar radio o ver televisión, los buques y aviones colisionarían, la defensa civil no podría operar y las gentes no hablarían por teléfono.

El espectro radioeléctrico no es una entidad inmutable sino que depende del grado de progreso de cada país. Existen regiones de África donde no hay electricidad, radio ni televisión y no se habla por teléfono, sin embargo en Estados Unidos además de todos esos servicios en abundancia superlativa, en el aire, a la vez hay más de ocho mil emisoras de radio y cientos de canales de televisión.

Ocurre que si bien las frecuencias radiales no son privadas, lo son las emisoras o plantas radiales que emiten programaciones de servicio público cuyo contenido, en todas partes esta sujeto a regulaciones que sin afectar los preceptos de la libertad de información, preservan a la sociedad de intenciones dolosas o actitudes negativas.

En Venezuela como en casi todos los países latinoamericanos lamentablemente subdesarrollados e históricamente gobernados por camarillas oligárquicas, donde las normas jurídicas más que derechos consagran privilegios y donde históricamente hubo estados débiles (excepto para reprimir), el crecimiento de los servicios de telecomunicaciones, radio y televisión se ha realizado a criterio de la empresa privada y a veces con pocas o ningunas reglas, el progreso, la ampliación de los servicios y el desarrollo de procesos políticos que se proponen devolver a la sociedad sus prerrogativas, hacen necesario, como mínimo poner ordenen el espectro radioeléctrico.

Quienes tengan alguna duda de la vigencia de este asunto a escala internacional deberían tomarse el trabajo de consultar INTERNET y enterarse de los debates que en torno a este asunto tienen lugar en Europa, los Estados Unidos y varios países de América Latina donde los problemas no son esencialmente diferentes al que se ventila en Venezuela donde se trata de establecer el orden y de armonizar intereses públicos y privados, sociales y comerciales.

En ninguna parte esos debates asumen el carácter confrontación que adopta en Venezuela porque en otros lugares la oligarquía y el poder mediático no hacen oposición de oficio. El tema apenas está enunciado.

Tomado de:   La Polilla Cubana

Proceso socio-político latinoamericano: No se trata de un proceso lineal

Osvaldo León *

Fuente: ALAI

Roberto Regalado es jefe de la Sección de Análisis del Área de América, del Departamento de Relaciones Internacionales del Partido Comunista de Cuba, y uno de los fundadores del Foro de Sao Paulo que agrupa a un amplio abanico de colectividades políticas de izquierda. A finales del pasado mes de Abril, en diálogo con ALAI, esto fue lo que nos dijo Regalado.

En tu lectura del proceso socio-político latinoamericano, ¿cuáles son los rasgos, los hitos clave para poder descifrar una realidad cargada de sorpresas y de hechos inéditos?

Yo creo que entre 1989 y 1992 se cierra una etapa histórica que, a nivel mundial, la abre el triunfo de la revolución de octubre de 1917 y se fortalece con la Segunda Guerra Mundial, cuyos hitos son la Unión Soviética, el campo socialista, avances importantes en el movimiento de la descolonización, el triunfo de la revolución China, Vietnam, Corea, Cuba. Y en el caso América Latina, se cierra una etapa histórica que se abre con el triunfo de la Revolución Cubana en el año 59 y que está caracterizada por un auge de diversas formas de lucha. Hay un auge de la lucha armada, que básicamente se da en momentos inmediatamente después de la Revolución Cubana. Luego, hay un segundo momento de auge de la lucha armada a finales de la década del 60, que es el momento en que cae el Che en Bolivia.

Después, hay flujo y reflujo hasta finales de los 70, cuando se produce el triunfo de la Revolución Sandinista, el auge de la lucha armada en El Salvador y en menor medida en Guatemala. Fue una época en la que también hubo los procesos militares progresistas encabezados por Velasco Alvarado, por Omar Torrijos, Juan José Torres en Bolivia. Estuvo el triunfo del gobierno de la Unidad Popular en Chile, encabezado por el presidente Allende. O sea, hubo diversas formas de lucha.

Toda vez, en esencia se registra un paradigma muy similar al del triunfo de la Revolución Cubana. Es decir, una ruptura violenta del status quo y el establecimiento de un poder revolucionario: se da un triunfo, rompe con el sistema de dominación y viene una larga y dura etapa de consolidación del poder revolucionario en condiciones de bloqueo y aislamiento; agresión que presupuso en el caso de Cuba una ayuda sustancial de parte de la Unión Soviética hasta que Cuba pudo mantenerse por su propia cuenta. Cae la Unión Soviética y, sin embargo, Cuba sigue. En el caso de la Revolución Sandinista presupuso también una ayuda importante por parte de la Unión Soviética, lamentablemente, ya era otro momento, y no con la magnitud que había recibido Cuba.

Al caerse la Unión Soviética, nos quedamos sin el apoyo de ese elemento fundamental de apoyo externo. Por ejemplo, en El Salvador quizá se hubiese podido forzar las cosas y llegar a una derrota militar del ejército salvadoreño. Sin embargo, yo no estoy seguro de que habría podido sobrevivir a posteriori. Por lo tanto, como decía Schafik, se impone plantearnos nuevas formas de lucha sin perder los objetivos revolucionarios.

Entonces, esa etapa de luchas abiertas, como la Revolución Cubana, se cierra entre finales del 89 y principios de los 92. O sea, tomo en cuenta la invasión de Estados Unidos a Panamá en diciembre del 89; tomo en cuenta la “derrota electoral” de la revolución popular sandinista en febrero del 90 –pongo entre comillas porque se consumó en las urnas lo que en realidad fue el resultado de una guerra de agresión que duraba ya 10 años-; tomo en cuenta la desmovilización de importantes movimientos guerrilleros colombianos, en particular el M19 y otros más, que se producen entre 1990 y 1991; y tomo en cuenta la firma de los Acuerdos de Chapultepec que pone fin al conflicto armado en el caso del Salvador.

Creo que ya ese es el momento decisivo o el acontecimiento decisivo que marca el cierre de época, precisamente, porque era un movimiento revolucionario armado que en aquel momento tenía mayor capacidad combativa, una mayor eficiencia, que estaba en el clímax, en el apogeo de la lucha armada. Un movimiento que está desarrollando una guerra exitosa, desde el punto de vista revolucionario y, de pronto, la cambia el escenario internacional. Entonces, por razones que no necesariamente tienen que ver con el enfrentamiento armado dentro de las fronteras salvadoreñas, se ve obligado a entrar en un proceso de negociación.

Se trata de un hecho emblemático porque es el movimiento armado -no el primero ni el único que entra en un proceso de negociación- que al cambiar la forma de lucha armada por la forma de lucha política lo hace con mayor eficiencia, es el que tiene mayor acumulado desde el punto de vista político militar y cuando pasa por la mesa de negociación, sale con un mayor acumulado desde el punto de vista político, movilizativo e institucional. Después se dan, por supuesto, los Acuerdos de Nueva York que ponen fin al conflicto guatemalteco en 1996, donde el imperialismo norteamericano tuvo que presionar a la oligarquía guatemalteca y al ejército para que llenaran ese expediente.

– En ese entonces se decía: cuando teníamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas. Y ahora resulta que el mapa político latinoamericano cada vez más se inclina a la izquierda. ¿Cuál es tu interpretación?

Creo que hay cuatro elementos, tres positivos y uno negativo. El primer término, el acumulado de lucha que el movimiento revolucionario traía de todo el siglo XX y, en particular, de este período 1959 – 1989. Si no hubiese habido un Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional con un tremendo historial de guerras revolucionarias y bravas desde 1980 a 1992, no habría hoy un FMLN con posibilidades de elegir a un candidato presidencial. Eso es un acumulado que se trae. Es decir, no se alcanzaron todas las metas que el FMLN se planteó, la toma de poder, la conquista de poder, el establecimiento de un poder revolucionario, pero hay un acumulado y ese acumulado no se puede desconocer. Si no hubiese habido ese largo período de lucha y ese intenso período de lucha que se da entre 1959 y 1989, no habría hoy gobiernos de izquierda en toda América Latina, y en el caso particular de Centro América, si no hubiese habido una revolución popular sandinista en el año 79, no habría hoy espacios para que el Frente Sandinista de Liberación Nacional pudiera competir, en este caso, ganar el gobierno. Si no hubiese habido una lucha armada en el Salvador, de la manera en que la hubo, no hubiese hoy un gobierno del FMLN.

Un segundo elemento, el rechazo mundial y, por supuesto, regional a los crímenes tan brutales que cometieron las dictaduras militares de Seguridad Nacional. Lo que hace que provoque un rechazo que, por lo menos hoy, sería impensable volver a aquello. No se descarta la posibilidad de un golpe de estado reaccionario; se intentó en Venezuela contra el presidente Hugo Chávez, pero ya el esquema no es el mismo. En todo caso, el esquema sería: dar el golpe de Estado e inmediatamente buscar algún tipo de fachada civil e inmediatamente buscar algún tipo de “constitucionalidad democrática”, entre comillas. Es decir, no sería una dictadura militar que se instala, y que va a mantenerse en el gobierno. No se haría ya aquellas dictaduras que duraban 10, 15, 20 años. Es decir, el período de las dictaduras de Seguridad Nacional, si empezamos a contar desde el golpe de Estado en Brasil contra João Goulart en el 64 hasta el 89, cuando termina la de Pinochet, duró 25 años. Ese tipo de dictaduras ya serían impensables. Podría haber un golpe de Estado pero tratarían siempre de darle algún tipo de civilidad, etc. etc.

Tercer elemento: la movilización popular en la lucha contra el neoliberalismo, que aunque ha habido y sigue habiendo problemas, a veces desencuentros, entre movimientos sociales y partidos políticos de izquierda, aunque ha habido mucha tensión entre la lucha social y la lucha política de izquierda, finalmente, hay puntos de encuentro muy importantes. Es decir, no se podría explicar la victoria de Evo Morales sin una decisiva participación política de los movimientos sociales bolivianos. No se podría explicar la victoria del mismo Chávez sin una decisiva participación política de los sectores populares, aunque ahí el grado de organización es menor.

En este sentido, creo que la participación del sujeto social más oprimido en la política, en el respaldo a los candidatos, también es importante. Me gusta mucho citar a Samuel Huntington, el ideólogo de las teorías de la gobernabilidad, que en el año 1975 escribió el Informe de la Comisión Trilateral. Huntington dice que una de las características inherentes a la democracia, burguesa por supuesto, es que una franja de la población no participa, señalando que para que funcione el sistema democrático tiene que haber una cantidad x de individuos, de personas, que no participe, que no esté interesada o en condiciones de ejercer sus derechos democráticos. Y lo que ha pasado en América Latina, creo que es un punto de no retorno, es que aquella gente que Huntington, por definición, excluía de la participación en el sistema democrático, está participando: los indios están votando, las mujeres están votando, los afrodescendientes están votando, toda esa gente está votando.

Y el cuarto elemento, el de carácter negativo, cerrada esta etapa histórica, es el que le apuesta a un nuevo sistema de dominación. Este nuevo sistema es transnacional y lo que busca es imponer al estado nacional latinoamericano una camisa de fuerza de la cual no se va a poder mover. Entonces, aunque consideren que lo óptimo es que gobierne la gente de la derecha, apuntan a que si llegase al gobierno alguna fuerza progresista, tenga puesta esa camisa de fuerza y no pueda moverse.

El chileno Hugo Zemelman señala que cuando Salvador Allende gana en Chile había un esquema, un modelo, demócrata-cristiano en el gobierno, lo derrota e implanta un gobierno socialista democrático, un gobierno social-demócrata. El cambio de figura, de partido, de presidente, implica un cambio de modelo. Lo que ha hecho el capitalismo es que ha puesto un modelo neoliberal, entonces, dice, bueno, hay alternancia dentro del modelo. Es decir, puede cambiar el partido, puede cambiar el dirigente, puede cambiar el presidente, pero sigue siendo un modelo neoliberal.

– De esta ecuación, ¿hay algún factor que haya prevalecido?

No hay una explicación única de porqué hoy hay gobiernos de izquierda. No se puede ver como resultado solo de factores positivos ni solo de factores negativos. Ambas visiones son extremas. Y si uno dice no, todo es positivo, bueno, entonces, quiere decir que la izquierda ya llegó al poder, no hay que hacer más nada, no hay que plantearse otras transformaciones. Si uno lo ve todo negativo, entonces estaría diciendo no se puede hacer más nada.

Si tomamos como punto de partida la elección mexicana de julio 1988, cuando le robaron el triunfo a Cárdenas, tenemos que decir que hay un primer momento, entre 1988 a 1998, en que los triunfos electorales de la izquierda se dan en los ámbitos locales y en las legislaturas nacionales pero ningún candidato presidencial triunfa. Incluso, fueron derrotados. Cárdenas fue derrotado tres veces, Lula fue derrotó tres veces, en Uruguay hubo tres derrotas, una de Seregni y dos de Tabaré durante 10 años. La primera victoria electoral de un candidato electoral de izquierda en esta época es la de Chávez.

Ahora, ¿cómo aprecio eso? Yo creo que, durante esos primeros 10 años, 88 a 98, aunque ya había un rechazo popular importante contra la reestructuración neoliberal, todavía ellos tenían la capacidad de infundir miedo. Esto es, si no reeligen a Menem, entonces la paridad del peso argentino con el dólar se desmorona, ustedes tienen deudas en dólares y no las van a poder pagar. O sea, había una capacidad de infundirle miedo al ciudadano. Había una capacidad de decir que si no se seguía con esos mismos gobernantes, con esas mismas políticas, iba a ser un gran acabose. Eso lo mantuvieron durante unos cuantos años. No es casual que el primer triunfo de un candidato de izquierda sea en Venezuela y haya sido el de Chávez. Porque ahí hubo un desmoronamiento institucional total, el miedo no funcionó. Intentaron para que Chávez no ganara, pero nada funcionó. Luego viene la historia de Lula, etc., etc.

Sería difícil decir cuántos gobiernos de izquierda hay, porque cada cual tiene una apreciación distinta de qué cosa es ser de izquierda. Yo puedo decir que hoy hay en el gobierno, ya bien como fuerza principal o como fuerza secundaria, o sea como fuerza dentro de la coalición del gobierno, miembros del Foro de Sao Paulo en 15 países. ¿Es de izquierda el gobierno de Chile? Yo creo que no, pero es miembro del Foro de Sao Paulo y por lo tanto está dentro de esta lista, y ese es el otro problema.

La idea que yo tengo es que en América Latina está sucediendo hoy algo parecido, en un sentido y diferente en otro, a lo que sucedió en Europa a postrimerías del siglo XIX y del XX. Es decir, la sustitución de las formas violentas de implantación en las que nace el capitalismo, por la implantación de la hegemonía. Ahora, hay grandes diferencias con Europa porque allí esa sustitución de la dominación por la hegemonía fue la idea, metamorfoseada, caricaturizada, lo que quieras, pero las ideas de la revolución francesa; mientras que las ideas que presiden la hegemonía en América Latina hoy es el neoliberalismo. Hay una gran diferencia entre el liberalismo político emanado de la revolución francesa y lo que hoy es el neoliberalismo. Otra diferencia es que en Europa eran potencias imperialistas, potencias capitalistas que se estaban beneficiando de la explotación de lo que hoy es el Sur, el Tercer Mundo, del llamado mundo colonial, semicolonial y, por lo tanto, eran potencias con un extraordinario desarrollo político, económico y social, basado en el desarrollo tecnológico y basado en la explotación del Tercer Mundo. En el caso de América Latina estamos hablando de naciones subdesarrolladas. Es decir, que es un proceso mucho más complejo que lo que ocurrió en Europa.

Entonces la gran pregunta que yo hago, es: ¿cuánto de sujeción a la hegemonía neoliberal y cuánto de construcción de contrahegemonía popular hay en cada proceso latinoamericano actual donde hay un gobierno de izquierda? Yo no creo que hay una respuesta única, no creo que hay una cosa químicamente pura. Porque hay compañeros que se ponen a analizar las políticas del gobierno boliviano y ven signos de neoliberalismo. Hay compañeros que se ponen a analizar las políticas del gobierno de Chávez en Venezuela y ven signos de neoliberalismo.

El capitalismo neoliberal es el capitalismo real de nuestros días. Y no puede haber otro, tiene que ser capitalismo neoliberal. No responde a la gente, responde a un grado de envejecimiento, de agotamiento del sistema capitalista de producción que obliga a la concentración extrema de la riqueza, a la masificación extrema de la pobreza, de la marginalidad, de la exclusión. Entonces, bueno, puedes llegar a ser un gobierno progresista latinoamericano y puedes llegar a contener bastante, contener en la medida de lo posible, ese tipo de tendencias, no las puedes eliminar, tiene que haber rastros de neoliberalismo porque no lo pueden evitar, aunque sea un gobierno de izquierda.

¿Cuánto se opone el gobierno al neoliberalismo?, ¿cuánto se opone a la hegemonía neoliberal?, ¿en qué medida está construyendo contrahegemonía popular? Bueno, yo no tengo la respuesta, pero esa es un poco la situación.

– La caracterización que haces de Venezuela, respecto a la de crisis institucional también se podría aplicar a Ecuador y Bolivia, y en cierta medida a Paraguay…

Veamos. En el caso de Venezuela hubo un desmoronamiento institucional. No pudieron evitar que Chávez ganara y no pudieron evitar que Chávez hiciera todo lo que consideró necesario hacer, por lo menos en un período de 4, 5 años durante el cual transformó la Constitución, transformó las leyes, aplicó programas sociales, etc., y la oposición tardó en reorganizarse, reestructurarse, ya no como oposición política sino bajo todos los mecanismos que hoy conocemos, sobre todo con los medios de comunicación. Por eso, yo hablo de un desmoronamiento institucional en ese caso.

En el caso de Bolivia yo hablaría de un debilitamiento, no tanto un desmoronamiento. Y la diferencia está en que Evo no tuvo ese período de gracia que tuvo Chávez. Es decir, desde el momento en que Evo es electo, ya hay una derecha organizada, no a través de los partidos políticos que estaban muy desprestigiados, pero en este caso a través de los movimientos ciudadanos, la oligarquía disfrazada de autonomista, secesionista, etc. Hay una diferencia cualitativa que, por ejemplo, se puede ver en la facilidad relativa con la que Chávez hizo su proceso constitucional, en comparación con la dificultad que encontró Evo para desarrollar el suyo.

Pero a la vez, hay otros casos donde no ha sido un desmoronamiento, o un debilitamiento institucional, sino que sencillamente ha sido el acumulado de luchas. Es decir, no hay un desmoronamiento institucional, sino que al contrario la izquierda es electa para evitar que haya una crisis. Cuando a Lula lo eligen, lo que se estaba intentando evitar era que pase en Brasil lo que había pasado en Argentina, elijen a la izquierda para evitar que llegue la crisis. Y, aquí, es a la inversa, hay una construcción política de muchos años, el Partido de los Trabajadores se había formado en 1980, el Frente Amplio se había fundado en 1971, entonces aquí tenemos lo contrario. O sea, en un caso, crisis institucional sin fuerza política bien estructurada, bien consolidada, y, en el otro caso, no hay crisis institucional y hay una fuerza política.

– En el primer caso, ¿cuenta a que se den liderazgos fuertes?

Sí. Hay una figura que es la que convoca y eso tiene un papel importantísimo, un papel decisivo en el éxito. Se vota a favor de esa figura. Y, bueno, yo digo, lo que no se ha logrado, porque no es fácil, es la construcción política que permita la construcción a largo plazo y una actuación homogénea o, por lo menos, sino homogénea, una actuación coherente. Es decir, un gabinete que ya tiene heterogeneidad, más una legislatura que tiene otra, una constituyente que tiene otra heterogeneidad, la figura sí es muy emblemática, pero la actuación es muchas veces muy incoherente. Si tienes un ministro diciendo una cosa, otro ministro diciendo otra. Entonces, ahí entra la complejidad. Si a eso le agregamos… salvo en Cuba, el único lugar donde la clase derrotada agarró sus maletas y nos dejó el país. Es una suerte extraordinaria. Es decir, los tipos agarraron, hicieron sus maletas, se fueron a Miami porque pensaron que volvían en tres meses. Eso nos dio la posibilidad de hacer lo que nosotros entendimos que había que hacer, sin mayores dificultades. Pero nadie más ha tenido esa suerte. La burguesía está ahí adentro, la oligarquía está ahí adentro, el ejército viejo está ahí adentro, para que no haya la posibilidad de que el movimiento popular y que las fuerzas de izquierda actúen sin contrapeso, sin enfrentamiento.

Pero no hay que perder de vista que todo este proceso es muy joven, un proceso que la vida misma lo va guiando. Yo recuerdo que hace apenas unos años lo político y lo social eran ámbitos que prácticamente se repelían, eran dos polos opuestos. El movimiento social era el anatema del partido político de izquierda y era el que venía y le decía: no estás cumpliendo con tu deber, no estas cumpliendo con tu promesa. De ahí las invocaciones a la unidad entre lo social y lo político, donde uno no suplante al otro ni trate de dominarlo, sino que cada uno cumpla la función que debe cumplir y que se retroalimenten entre sí. Y es la propia vida que ha ido empujando a esa articulación, que es lo que expresa sobre todo el triunfo de Evo.

– ¿Consideras que ya hay mayor claridad y la voluntad política para avanzar en esa perspectiva?

La relación es compleja, pero a la larga cuando, por ejemplo, los movimientos populares brasileños tienen que optar entre Lula o Serra, por decir alguien, bueno, tienen que votar por Lula, independientemente que pueda haber un cuestionamiento a que las políticas del gobierno de Lula no llegan tan lejos como ellos desearían. Lo mismo ocurre en el caso de Uruguay, donde hay una articulación bastante grande entre el Frente Amplio y el movimiento sindical, independientemente que haya sus complejidades.

Yo si sigo pensando que falta algo. Yo no sé cómo, ni la nueva forma que tomará. Pero esa cosa que antes llamábamos poder político, era la capacidad de realmente actuar en función de cumplir con los objetivos estratégicos y tácticos también. Es decir, satisfacer el programa histórico de la izquierda, eso falta. Si no es la conquista de poder, si es la construcción, todo está muy bien, pero yo creo que falta eso. Estamos en un nuevo momento, no podemos mirar para atrás. Yo no estoy mirando nostálgicamente a la época de las guerrillas donde todo era supuestamente más fácil, se conquistaba el poder y se podía hacer, supuestamente, lo que quisiéramos. Yo sé que ahora hay que mirar hacia adelante, pero me sigue faltando el elemento del poder. Es decir, tenemos que ir a elecciones cada 4, cada 5, cada 6 años, depende el país, y la oposición no es una oposición que pudiéramos decir de una corriente popular, que puede tener otro punto de vista con respecto a la industrialización, a la agricultura o a la ecología. No, la oposición es neoliberal con todo el apoyo del imperialismo a las clases dominantes, de ese ejército que sigue agazapado ahí. Y si perdemos la elección, va a venir el neoliberalismo a arrasarnos a rajatabla.

Segundo elemento, en casos como Brasil o el mismo Uruguay, en sentido general, incluso si definimos a un bloque progresista, bueno, no es solo él el que gobierna, tiene que establecer determinadas alianzas que no son de izquierda, que son de centro, que son, incluso, de sectores de derecha porque en determinadas circunstancias se ven obligados. Ya tenemos un segundo problema. Hay que ganarle a la derecha. Hay alianzas con sectores que no son de izquierda. Y el tercer momento está la heterogeneidad del mismo bloque de izquierda donde hay gente que considera que hay que entrarle de frente y derrotar al neoliberalismo y hay sectores que, lamentablemente, de hecho, están de acuerdo y ejecutan las propias políticas neoliberales, y lo hacen a conciencia. Y todo esto adquiere más dramatismo y más sentido de urgencia en este momento, porque hay una crisis.

– Claro, lo que altera los términos del debate…

Al punto que si vemos las actividades contempladas por el Foro de Sao Paulo hasta su próximo encuentro, que será en México, del 20 al 23 de agosto, todas se refieren a la crisis y la actitud que frente a ella debe asumir la izquierda y el movimiento popular. Entonces, por supuesto, como hasta ahora, también de cara a la crisis hay dos polos. Hay un polo que dice que tenemos que cumplir con lo que nos dicen los organismos internacionales y las grandes potencias. Y están quienes dicen no, la crisis no le puede caer encima de nuevo a los pobres, tenemos que evitar que sean los trabajadores, los campesinos, los sectores más vulnerables los que paguen el efecto la crisis. Y hay sectores que dicen: tenemos que aprovechar la crisis para acumular políticamente y luchar a favor de una transformación social verdadera, socialista.

Ese es el enfrentamiento que está planteado en este momento. Yo creo que ese enfrentamiento existe desde que existen gobiernos de izquierda, de esta nueva camada como la llamo yo. O sea, desde el año 98 está planteado este enfrentamiento, que no es nada más que una forma metamorfoseada del enfrentamiento histórico reforma – revolución, con otras condiciones históricas, otras circunstancias. Pero, a la larga lo que se discute es lo mismo que se viene discutiendo desde finales de los años 60, por lo menos. Y ese es el debate que vamos a tener en el próximo Foro. Qué hacemos, seguimos las pautas que trazan los organismos financieros internacionales o los desafiamos y en qué medida los desafiamos y hasta qué punto esto implica una ruptura.

– Ahora, en uno y otro caso se cruza el tema integración

En uno y otro caso se cruza el tema integración que, lamentablemente, tampoco hay una visión única dentro de la izquierda. Está el proyecto ALBA, con Cuba, Bolivia, Venezuela, Nicaragua, y algunos otros países que se han ido acercando, incluso incorporando. No es un proyecto compartido, digamos, por el Cono Sur; Brasil, Uruguay, Argentina, Paraguay, siguen insertados en el MERCOSUR, con grandes contradicciones. Es decir, no hay todavía un proyecto integrador que esté consolidado, en desarrollo, y que sea capaz de llevar el peso, de acompañar las políticas de ruptura. Lo hay en ciernes, tampoco está acabado, en el caso del ALBA, pero está ahí.

– Pero también está UNASUR donde se plantea una nueva arquitectura financiera, el Banco del Sur, el Fondo de Compensación y Desarrollo, etc.

Correcto, eso está en desarrollo. Pero qué lastima que no haya avanzado 5 años más, antes que estallara la crisis. Por eso considero que debería apresurarse mucho más, quemar etapas, porque ya la crisis existe y todavía hay que llegar a acuerdos. Hay un problema lógico de maduración de cualquier proceso integracionista y es una lastima que la crisis no se demoró 5, 6 años más, o que UNASUR no hubiera comenzado 5 o 10 años antes de forma tal que las cosas esas que necesariamente hay que negociar, discutir, hay que acordar y presentar a las respectivas legislaturas para que las aprueben. Pero esta situación también puede actuar a la inversa, puede ser que la crisis haga que UNASUR avance en un año lo que en otras condiciones hubiera avanzado en 12 años. Es decir, la crisis también puede, ojalá, que sea ese el desenlace.

– Una de las características de este nuevo momento es la inédita autonomía de nuestros países respecto a Washington y los organismos internacionales asentados ahí. ¿Cómo puede gravitar el factor Obama al respecto?

Yo creo que hay avances en toda la línea. Es un proceso muy joven, de un nuevo tipo, pero obviamente hay cosas que son irreversibles. Para mi es muy importante lo que decía de Huntington, pues América Latina ha pasado un punto de no retorno en lo que es la participación popular en el tema político. Es decir, aquello que Huntington trataba de evitar, que es que los ciudadanos y las ciudadanas excluidos, marginados, participaran del sistema político y ejercieran su voto y que después lo defendieran como ocurrió en el Salvador. El FMLN logró, no solo que el pueblo salvadoreño votara sino que se organizara para evitar que le entraran los transportes colectivos de Honduras, de Nicaragua, con votantes nicaragüenses y hondureños pagados por la derecha para hacer el fraude. Es decir, no solo vota, sino además defiende el voto.

Esto no quiere decir que no pueda haber retrocesos. No estamos en una cuestión lineal. Podemos perder el gobierno en uno u otro país de América Latina, si ese mismo pueblo considera que el gobierno de izquierda que eligió no se comportó a la altura de sus expectativas y transó demasiado con la derecha y se puso a coquetear con el centro o aplicó políticas que no eran las que el pueblo esperaba. Eso puede pasar. Pero esa gente no va a dejar de ser un actor político, independientemente de que castigue en un determinado momento a un gobierno progresista o de izquierda que no haya cumplido con las expectativas que generó. Yo creo que ese es un punto de no retorno.

Eso es nuevo en América Latina, como lo es la configuración regional, pues lo que ha ocurrido es muy importante. El Grupo de Río nace en el año 86 en un momento de enfrentamiento álgido de los gobiernos de América Latina y Estados Unidos. Ronald Reagan gobierna del 81 al 89 y es él que, finalmente, a sangre y fuego, a través de la última etapa de las dictaduras militares de Seguridad Nacional, impone en Latinoamérica la reestructuración neoliberal. Pero, Ronald Reagan desarticuló el sistema de relaciones interamericanas. La OEA, en aquel momento, no valía nada. Y por eso es que surgen expresiones o mecanismos de concertación alternativa. Si había una OEA, ¿por qué no fue la OEA la que medió en el conflicto Centroamericano?, porque estaba en crisis. Y es entonces que surgió un grupo portavoz que se convirtió en el año 86 en el Grupo de Río. Reagan fue tan brutal no solo con los pueblos, sino incluso con los gobiernos, que polarizó todo.

En el momento en que nace, el Grupo de Río es un grupo contestatario, está tratando de reencauzar las relaciones latinoamericanas, es un grupo que está a favor de la creación de un espacio de Estados latinoamericanos y caribeños sin los Estados Unidos, en el cual estuviera Cuba. Pero se produce ahí el proceso que ya conocemos, desmoronamiento de la Unión Soviética, la bipolaridad y se da un giro de 180 grados en la estructura de los gobiernos. Entonces, ese Grupo de Río que había estado llamando a favor de una reforma democratizadora de la OEA, que había estado hablando de crear una organización de países latinoamericanos y caribeños, se vuelve sobre sus pasos y ya en el año 91 ese Grupo de Río, por primera vez, condena a Cuba, no solo condena sino que se da una Cumbre de estos países con Europa y son los latinoamericanos los que llevan a condenar a Cuba por supuestas violaciones a la democracia y los derechos humanos. Estamos hablando de cómo era eso al principio de los 90. Cómo ha cambiado el mapa político de América Latina donde hoy Cuba ingresa al Grupo de Río sin ningún tipo de condicionamiento.

Y, bueno, ahora entra en escena la administración de Obama. Sea que presida él o Bush, la cuestión de fondo es que preside el imperialismo norteamericano. Y ese imperialismo norteamericano no solo es malo sino que está en una crisis extraordinaria. Ya vimos en la Cumbre de Trinidad, él podrá sonreír, podrá darles la mano a los países latinoamericanos, podrá incluso poner la mano en el hombro, pero no puede cambiar la esencia de la política norteamericana. No puede dejar de tratar de echarles a los países latinoamericanos la crisis de los Estados Unidos. No puede flexibilizar en el tema migratorio. No puede flexibilizar en el tema comercial, no puede flexibilizar en nada. No veo que tenga margen de maniobra para acomodarse a un mapa político donde los países latinoamericanos reclaman una nueva presencia, un nuevo rol. Ya él mismo ha declarado que no está en condiciones de levantar el bloqueo a Cuba, que se ha convertido en un requerimiento casi unánime, por no decir unánime.

 

– En este contexto, adquiere particular relevancia pensar y actuar en términos de contra-hegemonía, que tiene que ver con participación y politización social, con cultura, con visiones capaces de enfrentar la crisis civilizatoria, etc., pero las urgencias de la coyuntura, de la propia gobernabilidad, hacen que no se descarte incluso el disciplinamiento social. ¿Cómo salir de este impasse?

Yo creo que hay de por medio un problema de visiones, de actitudes, de voluntades. ¿Qué se puede esperar de gente que, sencillamente, no quiere ir más allá de contener o de limitar, en alguna medida, lo peor de las políticas neoliberales? Y este es justamente el terreno de las luchas políticas internas que se están dando en este momento. Pero sí, obviamente, es clave la educación, la cultura, la formación política, la información, la conscientización, en primer lugar, de nuestra propia militancia, afiliados, miembros. Porque ese es uno de los problemas. Trabajar en esa dirección es una de las cuestiones fundamentales, porque, frente a una crisis, lo principal es la actitud que adoptemos. Es decir, adoptar una actitud pasiva de dejarnos aplastar una vez más, o adoptar una actitud contestataria, de no dejarnos pasar por encima.

Para mí, todas las experiencias de gobiernos de izquierda que hay en América Latina en este momento son positivas porque demuestran hasta donde se puede y hasta donde no se puede llegar. Es decir, dentro del capitalismo. Acuérdate que el Che decía que a la idea de la revolución solo se llega cuando se ha demostrado que por la otra vía no hay posibilidades. Entonces, creo que se está llegando a una experiencia en América Latina que está demostrando a qué se puede llegar y a qué no se puede llegar dentro del capitalismo y en qué medida habrá que emprender una transformación social revolucionaria.

Entonces, creo que el hecho de que haya una crisis adelanta los tiempos, para bien y para mal. Para bien porque nos coloca a la orden del día la batalla que pensábamos que se iba a dar en 5 años 10 años. Y para mal porque nos trae, nos recuerda que todavía no hemos hecho lo que teníamos que hacer. No hemos formado la escuela de cuadros, no hemos librado la batalla cultural…

– Y que no se resuelve con talleres de fin de semana.

Y que no se resuelve con talleres de fin de semana. Esa es la realidad.

*Osvaldo León es editor de un proyecto editorial que se llama Contexto Latinoamericano, que empezó como una revista trimestral de análisis político y que ahora publica también folletos y libros sobre lo que está pasando en el contexto latinoamericano desde un análisis de la izquierda latinoamericana actual.

 

Este lunes Cumbre de UNASUR bajo presidencia ecuatoriana y bautismo del Consejo de Defensa

Marina Menéndez

Fuente: Juventud Rebelde

No obstante la enjundiosa agenda de la Cumbre, el acuerdo mediante el cual Colombia concede al Pentágono el uso de siete de sus bases militares, acapara la atención de los observadores, de cara al cónclave. Por eso, las miradas están puestas sobre las anunciadas sesiones del Consejo de Defensa de UNASUR, primero en ver la luz y que probará sus potencialidades precisamente en Quito. Constituido apenas en diciembre pasado, podría decirse que este será su bautismo si, tal cual se ha dicho, sesiona como parte de la cita de UNASUR.

La joven Comunidad Sudamericana de Naciones, UNASUR, se aboca a una segunda Cumbre que debe iniciar el camino a su maduración. Quito será este lunes la sede de la cita, que coincidirá con la reinvestidura de Rafael Correa en la presidencia ecuatoriana, luego de su convincente relegitimación en abril, en la primera vuelta de unas elecciones atípicas celebradas en virtud de la también recién estrenada nueva Carta Magna.

Tal apoyo popular respalda su anunciada profundización de la Revolución Ciudadana en el mandato que se abre, y resulta entorno propicio para la asunción por ese país de la presidencia pro-témpore de UNASUR, lo que también ocurrirá en las próximas horas cuando la chilena Michelle Bachelet entregue el batón a su par ecuatoriano.

Los propósitos con que el gobierno de Alianza PAIS asume el liderazgo de UNASUR y la decisión de sus colegas, augura el fortalecimiento de esa instancia que, a tenor con los trascendidos, debe institucionalizarse a partir de esta cita.

En primer lugar, ha dicho Correa, estarán la integración y el combate a la desigualdad económica y social, estampados en el acta constitutiva de la Unión en mayo del año pasado. Pero no es un mero enunciado. Se auguran acuerdos concretos que podrían hacer del conglomerado ese sujeto con voz propia —y única— que necesita Latinoamérica. Sobre todo si, como fue anunciado en vísperas de su fundación, otros países se suman.

Nunca antes las condiciones parecieron más propicias para llevar a cabo los derroteros que se propone la Unión Sudamericana de Naciones —«sin extraños», como ha dicho Correa— y, dados los cambios constatados en América Latina, tampoco la UNASUR pareció más necesaria para salvaguardarlos y, por tanto, más oportuna.

Al propósito ecuatoriano de impulsar un organismo regional de acreditación universitaria, que permita a los países del grupo la ejecución de políticas comunes en la materia, se suma el deseo —muy a tono con el momento de recuperación de sus riquezas que vive la región— de que se dote al bloque de centros regionales de arbitraje, para terminar con lo que el Presidente ecuatoriano ha llamado «la barbaridad de que cualquier transnacional pueda llevar a un Estado soberano ante un tribunal en Washington».

Pero a ello podría añadirse también el establecimiento de consejos para la cultura y la educación, el desarrollo social y la infraestructura, cuya discusión ha sido anunciada recientemente desde Brasil, y que resultarían sustanciales para sostener y salvaguardar ese camino a la soberanía emprendido por América Latina, en medio de los peligros que la acechan.

Particularmente importante parece la propuesta de un Consejo de Combate al Narcotráfico, que permitiría analizar el tema junto con las cuestiones de defensa regional, según anunció el portavoz de la Presidencia brasileña, Marcelo Baumbach.

Y, toda vez que la lucha contra el tráfico ilícito de estupefacientes es una de las mamparas usadas por EE.UU. para justificar su intervencionismo en América Latina, el enfrentamiento a ese flagelo de forma conjunta desde las naciones del Sur resultaría un arma de peso contra la injerencia.

Con todo, las miradas están puestas sobre las anunciadas sesiones del Consejo de Defensa de UNASUR, primero en ver la luz y que probará sus potencialidades precisamente en Quito. Constituido apenas en diciembre pasado, podría decirse que este será su bautismo si, tal cual se ha dicho, sesiona como parte de la cita de UNASUR.

No obstante la enjundiosa agenda de la Cumbre, el acuerdo mediante el cual Colombia concede al Pentágono el uso de siete de sus bases militares, acapara la atención de los observadores, de cara al cónclave.

La convocatoria al Consejo para analizar el suceso permanecía latente el fin de semana, no obstante el interés del presidente colombiano, Álvaro Uribe, de explicar, y de aplacar las preocupaciones de sus vecinos por la cesión de los enclaves para el uso estadounidense, lo que pondrá sus radares y armas a un paso de los países latinoamericanos. Una rápida gira por Argentina, Chile, Bolivia, Uruguay, Perú, Paraguay y Brasil, no logró despejar las inquietudes.

Los debates en torno al tema en la UNASUR, también la pondrán tempranamente a prueba.

 

Unasur, Uribe y la derecha continental

 

Eduardo Anguita

Honduras en la Cumbre de QuitoEste lunes, en Quito, se reunirán los presidentes de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y tendrán una agenda muy diferente a la que reunió en Trinidad y Tobago, en abril pasado, a esos mismos mandatarios con Barack Obama, el nuevo titular de la Casa Blanca. Hace algo menos de cuatro meses, el tema principal era la reinserción de Cuba en el sistema interamericano y constituyó una señal de distensión de fortalecimiento de la integración regional. Mañana, en cambio, cuando se inaugure Quito como la sede definitiva de Unasur, se hablará de las bases norteamericanas en Colombia y del golpe de Estado en Honduras.

Unos vientos del viejo sistema del Sur dependiente y sometido soplan en Latinoamérica. Álvaro Uribe se paseó orondo por la mayoría de los países miembros de esta nueva comunidad regional para explicar por qué albergará a militares para convertirse en una amenaza directa a las fronteras calientes que Colombia tiene con Ecuador y Venezuela. Uribe, desde ya, pegará el faltazo a la cita de Quito. Lo que es preocupante es que el mismo presidente colombiano da información a los medios en el sentido de que algunos presidentes se mostraron “comprensivos” y que “no quieren interferir en decisiones soberanas” de Colombia, como si fuera soberano que el ejército más poderoso del mundo se asiente a pocos kilómetros de un país petrolero –Venezuela– que tomó el camino del socialismo del siglo XXI. Concretamente, Uribe dijo eso de la chilena Michelle Bachelet y del paraguayo Fernando Lugo.

Uribe visitó a Cristina Kirchner y no dieron información oficial tras el breve encuentro que tuvieron en la Casa Rosada el miércoles pasado. Se sabe que la Presidenta argentina está en contra de esa decisión de Colombia y que, además, tuvo la iniciativa de viajar a Washington para acompañar al depuesto presidente de Honduras Manuel Zelaya tras el golpe de Estado en ese país. Cristina Kirchner no está sola en esa postura. Muy por el contrario, Lula da Silva, Hugo Chávez, Rafael Correa y Evo Morales han dado muestras contundentes de rechazo a esta decisión.

Militarismo, petróleo y drogas. La plata que el narcotráfico mueve es formidable. Es una de las fuentes principales del lavado de dinero en el mundo que, según el Departamento de Información Pública de las Naciones Unidas, mueve cien mil millones de dólares al año. Una tarea imposible de hacer sin la participación activa del sector financiero más concentrado, cuyo corazón está en las principales ciudades de Estados Unidos. A su vez, Colombia fue históricamente el país productor y comercializador de cocaína hacia ese país, que es el principal consumidor del mundo. Con esos datos en la mano, no resulta extraño que Colombia haya sido el principal país receptor de “ayuda” militar norteamericana en los últimos quince años. Para darle contexto, el cuarto en el mundo, después de Israel, Egipto y Pakistán. Pero así como Irán o Irak tienen petróleo, también hay petróleo en Venezuela, país al que apuntarán las bases norteamericanas que Uribe pretende instalar.

Doblar la apuesta. El último vuelo operativo de las naves estadounidenses desde la localidad ecuatoriana de Manta fue el pasado 17 de julio. Los militares norteamericanos tienen plazo para dejar Ecuador el 15 de septiembre.

Lo que Washington podría haber vivido como una derrota lo convirtió en un desafío mayor: Uribe expresa la decisión de que el Sur no puede jugar a independizarse del Norte. Sobre todo cuando Venezuela ya consagró una serie de estatutos constitucionales que crean mecanismos genuinos de estatización de grandes compañías privadas para profundizar un modelo que el chavismo denominó “socialismo del siglo XXI” y que no ataca la propiedad privada nacional, sino la de los intereses monopólicos extranjeros. Un modelo que está sometido a las urnas y que no limita la participación de partidos opositores.

La base de Palanquero, en Puerto Salgar, al centro del país, es la mayor. La de Apiay, un poco más al sur, en la región de Meta, y la de Malambo, en el departamento Atlántico, conforman un semicírculo que apunta a Venezuela. Una particularidad: la base de Malambo está cerca del municipio venezolano de Zulia, en manos de opositores a Chávez, donde crecen ideas de separatismo. La frontera de estos dos países tiene, cada tanto, hitos de conflicto. Muchas veces los personeros de Uribe crean la figura de “narcotraficantes” o “terroristas de las Farc” que van y vienen de los dos países para justificar posibles incursiones. Los paramilitares colombianos son vistos en muchas oportunidades en territorio venezolano. Como son “civiles” no pueden ser tratados como soldados en operaciones. Sin embargo, la presencia militar norteamericana, directa, sin disfraces de agentes civiles, creará un clima nuevo con sabor al viejo intervencionismo directo.

Hay una oleada de la derecha, que combina a viejas oligarquías con nuevas expresiones de multimillonarios con apetencias presidenciales y contactos con los poderes de lobbies norteamericanos. Por otra parte, en Estados Unidos, no todos están dispuestos a alinearse con la política de Obama. La mismísima Hillary Clinton tuvo como asesores en política exterior a figuras que hoy son partidarias de las bases en Colombia. Su marido, Bill Clinton, siendo presidente fue quien concretó el llamado Plan Colombia, una mascarada para tener presencia física en la región. El vicepresidente norteamericano Joe Biden, siendo senador demócrata fue un entusiasta defensor de la guerra contra las drogas y la guerrilla colombiana. Una situación que pondrá a Obama, en estos días, ante la primera decisión grave de su gobierno en lo que respecta al continente: él es el presidente de un país armamentista, representante de los intereses de las corporaciones privadas globales con sede en su país y de una inmensa maquinaria estatal que deja un margen no siempre grande para que el inquilino de la Casa Blanca se convierta en un amante de la paz. Por eso, los mandatarios latinoamericanos que se reúnan en Quito deben tener presente que sólo con unidad y firmeza pueden balancear y oponerse a esta escalada.

Fuente: miradasdelsur