Bases norteamericanas en Colombia: un collar explosivo

Marina Menéndez Quintero

Juventud Rebelde

Como cuentas de un colgante roto, las bases que Estados Unidos planea usar en ese país sudamericano se desgranan por el centro y el noroeste del territorio, y amenazan a toda Latinoamérica

Inconforme como unos cuantos en Colombia, un político opositor ha estimado que conceder nuevas zonas de su territorio al uso de los militares de Estados Unidos, será como brindar el balcón de la casa a un extraño para que fisgonee al vecino.

Pero el acuerdo entre Washington y Bogotá, que abrirá las puertas de entre tres y cinco enclaves de las fuerzas armadas de Colombia a los norteamericanos, dejará al Pentágono aún más altos y jugosos dividendos que la vigilancia mera.

La alarma empezó a rodar hará unas dos semanas, cuando el general Freddy Padilla —encargado del Ministerio de Defensa colombiano después de la renuncia de Juan Manuel Santos—, confirmó la existencia de las negociaciones que transcurren hace meses, y de las que queda solo una última y quinta ronda.

Aunque se mascullaba desde hace un año que, en efecto, Estados Unidos buscaría en esa nación la base «sustituta» de la ecuatoriana Manta, ningún momento parecía más apropiado que este para dar a conocer las tratativas.

El histórico último vuelo operativo de las naves estadounidenses desde la localidad ecuatoriana, el 17 de julio, marcó la salida de los yanquis de ese enclave, que tendrán que vaciar y devolver definitivamente a Quito el cercano 15 de septiembre. Así, la «necesidad» de buscar una base reemplazante argumentaba la «mudanza» a Colombia.

…Y, paradójicamente, el acto de soberanía de un Ecuador que clamó por la expulsión de los yanquis, se negó a renovar el contrato ahora vencido y hasta prohibió las bases extranjeras en su nueva Constitución, se ha convertido en disgusto para muchos colombianos que aducen, entre otras razones, la falta de una discusión, al menos en el Congreso.

Con una pista de unos 3 000 metros, hangares para un centenar de aviones y albergue hasta para 2 000 hombres, Palanquero es considerado el peje gordo.Washington, por su parte, puso sobre el tapete la «necesidad» de «cuidar» la región, amparado en la vieja, falsa y, por eso, inoperante cruzada contra un narcotráfico que crece alentado por el consumo en EE.UU. Personajes como el ex subsecretario de Estado norteamericano Peter DeShazo se apresuraron entonces a explicar que era «prioridad» la búsqueda de otra localidad con «iguales características» que Manta.

Sin embargo, las potencialidades yanquis se multiplicarán mediante el acuerdo en fragua con Colombia, donde el Pentágono resolverá más entuertos que los ocasionados por su retirada de Ecuador.

Evidentemente no se trata de una simple permuta, sino de una concepción geoestratégica bien pensada que ratifica la manera dura en que Estados Unidos pretende seguir velando por sus intereses hegemónicos en Latinoamérica, como para que no nos quede ninguna duda. Y, por añadidura, incluso mejorará las conexiones del Pentágono más allá de nuestro hemisferio.

Amplio despliegue

Aun cuando se sabe de su potencia y se afirma que tuvo una participación definitoria en el operativo el año pasado contra un campamento de las FARC en Sucumbíos, Ecuador, la base norteamericana de Manta parece diminuta en comparación con la parafernalia bélica que el Pentágono quiere trasladar a Colombia.

Clasificada como un Puesto Operativo de Avanzada (FOL, en inglés), según la concepción yanqui que desarrolló en los últimos años enclaves medianos y pequeños con potentes medios para espiar, comunicar y asegurar el desplazamiento rápido de los marines, Manta brindó a EE.UU servicios que ahora van a multiplicarse.

Los trascendidos indican que mediante el acuerdo está seguro el uso por los halcones de al menos tres de los principales enclaves militares colombianos. La base de Palanquero, en Puerto Salgar, Cundinamarca, al centro del país, es la mayor y al parecer más apetecida. Pero no menos importantes son la de Apiay, un poco más al sur, en el Meta, y la de Malambo, en el departamento Atlántico, muy cerca de La Guajira.

La ubicación del trío conforma un semicírculo que virtualmente rodea a Venezuela, sin contar la vecindad de Malambo con la caliente península guajira, que ambas naciones comparten, y cuya presencia como municipio dentro del venezolano estado de Zulia explica una de las maneras en que el acuerdo puede ser usado por Washington para hostilizar a Venezuela.

Con una gobernación en manos opositoras y deudas sociales que el gobierno de Chávez se esmera en paliar, en el Zulia se ha denunciado la presencia de paramilitares y de no madurados proyectos secesionistas.

Pero también la nación ecuatoriana, que sacó a los gringos de su territorio, estará a un palmo de narices de sus efectivos y de sus sofisticados equipos espías. Aunque se barajaron otras variantes, los últimos trascendidos afirman que, no conformes, los altos mandos estadounidenses están buscando también la concesión de la base de Bahía Málaga, a no mucha distancia de Ecuador y de Brasil, así como la de Cartagena, en el departamento de ese nombre.

Si todo sale así, la presencia estadounidense en Colombia se desgranará como cuentas de un collar repartidas desde el centro y por todo el noroeste del territorio. Serían tres bases aéreas —Palanquero, Apiay y Malambo—, y dos navales —las de Cartagena y Málaga—, y con ellas estará asegurado el desplazamiento yanqui hacia el Atlántico, el Pacífico y el Caribe.

Receptora de cinco mil millones de dólares provenientes de Washington en los últimos años por medio del Plan Colombia, la nación andina no se desayuna con la presencia militar norteamericana. Solo que ahora, obviamente, se trata de un entramado mayor que amenaza salirse del balcón y abalanzarse sobre el vecindario.

Mucho palanquero

Pero los planes para Palanquero son de mayor peso y llegarían hasta otras regiones, a tenor con un informe estadounidense obtenido y develado a fines de mayo por el diario colombiano Tiempo, que señala el interés del Comando Sur en esa base y su deseo de convertirla en lo que decentemente los yanquis denominan Localidad de Cooperación en Seguridad (CSL en inglés).

Elaborado por el Comando Aéreo para la Movilidad (AMC) de la Fuerza Aérea de EE.UU., el documento es considerado una suerte de planeamiento donde se consignan los objetivos de ese cuerpo hasta el año 2025, para dotarse de los corredores aéreos y las bases que le permitan mayor alcance en sus operaciones, explicó el rotativo.

El texto da señales inequívocas de alerta cuando habla de la relevancia que el AMC concede al enclave de Palanquero, identificado por el Comando Sur como «un punto en el continente sudamericano que puede usarse tanto para “operaciones antinarcóticos”» como para ejecutar lo que denomina «operaciones de movilidad».

Desde allí, añade, un avión C-17 podría recorrer «casi la mitad del continente sin reabastecerse» y, con el combustible apropiado, su totalidad, «con excepción del Cabo de Hornos», al sur de Chile.

Denominado Estrategia Global en Ruta, el documento muestra cómo ya los del AMC se afilan los dientes para catapultarse desde allí al continente africano.

«Incluir a Sudamérica en la estrategia de ruta global (…) ayuda a materializar nuestra estrategia de “compromiso” con la región, y asiste con la movilidad en la ruta hacia África», reconoce.

Obviamente, el Comando Sur no acaba de resignarse a su ausencia de Panamá, de donde retornó a Florida después del 2000, y sigue buscando paliativos.

Para más señas, también se ha conocido que el comité para los Servicios Armados del Congreso ha estipulado que Palanquero no sea usado como un Punto de Cooperación para la Seguridad con tropas permanentes, si no hay certificación de que Colombia «no obstaculiza la posibilidad del Comando Sur de ejecutar su “estrategia antinarcóticos” en la región».

Aunque algunos lo interpretan como un deseo de la Cámara de Representantes —que lo incluyó en un proyecto de ley— de frenar tan ambicioso despliegue bélico, la maniobra congresional también podría garantizar que la inversión en Palanquero se haga al seguro.

Se ha conocido que en su proyecto de presupuesto para el año que viene, el presidente Obama ya solicitó al Congreso una partida de 46 millones de dólares para acondicionar y modernizar esa base antes que lleguen sus tropas.

Aunque el presupuesto para la continuación del Plan Colombia el próximo año ya fue concedido, algunos piensan que, con todo lo que llegará a la nación andina en virtud del nuevo acuerdo, ni falta haría.

Otras revelaciones

Aunque oficialmente no ha trascendido lo que se negocia, expertos citados por la influyente revista colombiana Cambio afirmaron esta semana que el acuerdo supondría la concesión de las bases a Estados Unidos por diez años.

El borrador del convenio —siempre según la revista— estipularía que un comité nacional sería el que autorizaría la cantidad de efectivos y equipos que entrarían a Colombia. Pero otras fuentes aseveran que la cantidad de militares norteamericanos en virtud del pacto no superaría la nada exigua cantidad permitida hasta hoy de 800 efectivos y, además, 600 de esos que ahora denominan «contratistas».

Estados Unidos, dijo la publicación, busca el libre acceso, circulación y utilización de las bases, pero Bogotá exige un «acuerdo de aplicación» para establecer controles en la movilización militar estadounidense.

Sin embargo, ninguno de esos recaudos alcanza a calmar la preocupación que el proyectado despliegue norteamericano en Colombia suscita dentro del propio país, y entre sus vecinos.

Según el proyecto comentado en Cambio, el acuerdo sustenta que «los esfuerzos de las partes para promover la paz y la seguridad en áreas de interés mutuo requieren la presencia de fuerzas de Estados Unidos» en territorio colombiano, y habla de «ejercicios combinados» para enfrentar lo que llama «amenazas comunes a la paz, la estabilidad, la libertad y la democracia».

¿Paz, estabilidad, democracia al estilo de Estados Unidos? Ciertamente, las cosas pintan mal.

Juventud Rebelde.cu/

 

La colombianización de Mexico

Javier Giraldo

El Padre Javier Giraldo, destacado investigador y defensor de derechos humanos, en su libro Colombia, esta democracia genocida (1994), describe un funesto capítulo de la guerra contra las drogas de nuestro país. Relata el padre Giraldo como en enero de 1993, después de haber estallado un coche bomba en el centro de Bogotá causando 20 muertos, la noticia, que atribuyó los hechos al narco, recorrió el país y el mundo a través de los medios nacionales y las agencias internacionales. En ese mismo mes, se registraron 135 homicidios y 16 desapariciones forzadas por motivos políticos. Pero estos pasaron absolutamente desapercibidos por los medios de comunicación:

“…mientras aquel crimen del narcotráfico que destruyó 20 vidas humanas fue amplia e inmediatamente conocido en todo el mundo, las 130 víctimas de agentes del Estado o del para-Estado fueron ignoradas por los sistemas de información mundial: no existieron.” (Giraldo, 1994).

A finales de los 80 y durante la totalidad de los 90, se aprovechó la guerra contra el narco para lograr tres cometidos:

1) ocultar acciones de terrorismo de Estado;

2) crear un pretexto idóneo para dar inicio a un nuevo proyecto de intervención político-militar por parte de los EEUU, e

3) inaugurar un nuevo capítulo de la militarización de la sociedad.

Éste es el verdadero peligro que corre México al estrenar su propia versión de la guerra contra el narco. Seguir leyendo “La colombianización de Mexico”

Un nuevo orden mundial…( En torno a la visita a China de Barack Obama)

Gonzalo Martínez Corbalá

La Jornada

Ciertamente que el presidente Barack Obama tiene razones de mucho peso para afirmar que las relaciones entre el gobierno de Estados Unidos y el de China “determinarán el siglo XXI”, tomando en consideración que una alianza entre estas dos potencias fijaría las bases para hacer frente a los problemas mundiales más importantes, esto es, los de orden global como es la crisis financiera que aqueja a todos los países del planeta prácticamente.

Pero hay otros problemas del mismo orden de importancia como el cambio climático y las emisiones tóxicas, que no podrán ser resueltos satisfactoriamente para todo el mundo, si no se pone en marcha una verdadera revolución tecnológica que permita alcanzar las metas que el G-8 ha planteado recientemente, y que también se abordó en la Cumbre de L’Aquila, Italia, en la que participaron los 18 países cuyas economías son las de mayor importancia en el mundo.

Ahí se habló de la necesidad de crear metas comunes para alcanzar hacia el año 2050, a medio siglo XXI, que permitirán mantener las emisiones de bióxido de carbono (CO2) en el nivel que están actualmente, e inclusive bajarlas a la mitad del nivel que padecemos hoy, y que están causando un cambio climático verdaderamente peligroso, a cuyos efectos no podrá escapar ningún país por retrasado que esté en términos de desarrollo industrial.

La afirmación del presidente Obama refiere a un problema mundial del mismo orden de importancia: la proliferación nuclear en Corea del Norte e Irán, aunque aquí habría que hacer consideraciones de carácter político, pues no tenemos la seguridad de que con meter al orden a Kim Jong-Il y a Mahmud Ahmadinejad se va a resolver el problema mundial de la proliferación nuclear, pues estos dos países están arrancando, para todo efecto práctico, su carrera hacia la generación de energía nuclear, que, ambos alegan, no tendrá un uso bélico, sino que será aplicada a la industria con fines pacíficos. Aun así, el desarrollo de la energía nuclear en el campo industrial –si fuera verdaderamente el caso–, implicaría un aumento de las emisiones de CO2, a causa de los residuos nucleares que se producen inevitablemente.

Este es el gran problema que se plantea a escala mundial y que será tratado nuevamente en L’Aquila, y en la reunión del G-8 en Copenhague, el próximo mes de diciembre.

Decíamos que sí hay suficientes razones para que se establezca, como ha dicho Barack Obama, una alianza con China, que, suponemos, sería de carácter económico. También hay razones para pensar que muy difícilmente podría darse una alianza política, pues de suyo el planteamiento de la unificación programática de desarrollo es algo verdaderamente novedoso, ya que implicaría un viraje de 180 grados.

Hay que pensar en lo difícil que ha sido mantener las relaciones China-Estados Unidos, aun después del ingreso de la superpotencia de Asia en la Organización de las Naciones Unidas (ONU), a lo que la otra superpotencia, gobernada en los años 70 por el presidente Richard Nixon, se opuso a su ingreso.

México vivió esta situación durante el gobierno de Luis Echeverría Álvarez, votando en favor de que se concediera a China un asiento en la ONU.

Están por cumplirse, dentro de tres años, 40 del viaje de Nixon a China, y el diálogo que ha entablado Barack Obama con ese país no deja de ser asombroso, puesto que ambos gigantes, que discrepan no solamente en materia de derechos humanos, sino respecto de los mercados mundiales, ha provocado mutuos reproches de competencia desleal.

No obstante, ahora se proponen llevar a cabo una alianza, haciendo valer su calidad de superpotencias y están proponiéndose emplear su poder político y económico, actual y futuro, para entablar una cooperación internacional de todo el planeta, pensada y ejecutada de acuerdo con los intereses mundiales de cada una. Esto significa que lo que durante muchos años fue determinante en la rivalidad abierta entre Estados Unidos y China serviría ahora para unirlos alrededor de objetivos comunes de gran importancia, haciendo realidad la nota periodística publicada en El País (28/709): “China y Estados Unidos abordarán juntos el siglo XXI”.

La población de Estados Unidos en 2007 era de 301 millones 620 mil habitantes y la de China de mil 318 millones 310 mil. Se han identificado considerablemente muchos cambios de importancia en las exportaciones de Estados Unidos a China, al grado que es hoy su primer socio comercial, mientras el gigante asiático se ha constituido en el segundo socio comercial del país de las barras y las estrellas después de Canadá.

Por otra parte, las inversiones estadunidenses en China ascienden ya a 57 mil millones de dólares, según consignan US Census Bureau, Fondo Monetario Internacional, Sipri y la Agencia Internacional de Energía.

A pesar de las rivalidades pasadas y recientes, se están dando los pasos para que China y Estados Unidos abran ahora un diálogo que pretende una remodelación del mundo, más de acuerdo con la visión y los intereses de las nuevas superpotencias que otra que pudiera haber sido más de acuerdo con los demás países industrializados, por ejemplo con la Unión Europea.

Sin ningún rubor, en este siglo XXI estamos presenciando hechos verdaderamente asombrosos, por lo que no debe sorprendernos la postura anunciada por el presidente Barack Obama, cuya llegada a la Casa Blanca junto con Hillary Clinton, su secretaria de Estado, representa un hecho inusitado que señala también un cambio importante en las características de la sociedad estadunidense.

Se ha anunciado, por lo pronto, una agenda común que comprenda la proliferación nuclear, el cambio climático, la crisis financiera y el terrorismo, asuntos todos de gran importancia para todo el planeta, incluido, por supuesto, México.

En los temas a tratar se juega el futuro de la humanidad, pero China y Estados Unidos tienen ahora, en este diálogo estratégico, la última palabra en esta inusitada alianza.

 

 

Salvarsán, la bala mágica

Juan Sasturain

Página/12

Hay un chiste de humor negro en el que se sostiene que el mejor y tradicional remedio para los hombres que querían zafar de la sífilis –válido después, también, para el moderno sida– era el nitrato: “Nitrato de ponerla”, decía más precisamente el sujeto en riesgo. Y ésa era tónica de la propagando –por decirlo livianamente– preventiva, de aquellos tiempos de la equívoca Belle Epoque. Hay afiches que subrayan ese aspecto, alimentando el miedo al contagio a través de la imagen de ominosas prostitutas con guadaña al hombro.

Transmitida únicamente por contacto sexual, la sífilis se consideraba, hasta los primeros años del siglo veinte, incurable. Se habían probado y difundían recetas naturistas, pócimas, ungüentos, curas a base de mercurio y potasio que resultaban a veces tramposas, siempre ineficaces. Las víctimas estaban condenadas –además de a la vergüenza y el secreto– a un proceso de infección largo y horrible que producía desde llagas en la piel a la degeneración del sistema cardiovascular y la muerte.

Por entonces, sin salir de Europa, se estimaba que había un millón y medio de infectados, calculando que el diez por ciento de los pobladores de los 32 centros urbanos de más de 500 mil habitantes padecían de sífilis. Y sólo en París, la “enfermedad vergonzosa” causaba más de tres mil muertes anuales. Entre la tuberculosis, el Treponema pallidum y los obuses de la Gran Guerra, las primeras dos décadas del siglo se llevaron más o menos románticamente mucha de la mejor juventud de la época. Y todo habría sido peor si no hubiera aparecido el Salvarsán, la bala mágica, el remedio que en estos días cumple cien años y que permitió que muchos zafaran desde entonces, sin necesidad de apelar a la resignada receta del nitrato.

Fue el bacteriólogo Paul Ehrlich –un judío obstinado, brillante, nacido en Silesia oriental, entonces Alemania, hoy Polonia– quien hace exactamente cien años descubrió el compuesto 606 (hasta el 605 su busca había fracasado…) y propuso la primera cura efectiva contra la sífilis. Ehrlich –cuyo trabajo en inmunología le había valido el Premio Nobel de 1908 a los cincuenta y cinco años– cambió la historia, dio un volantazo al concepto mismo de la terapéutica. Experimentando en su laboratorio, inyectó a conejos afectados de sífilis varias dosis de un producto químico de base arsénica y con nombre, para los legos como nosotros, impronunciable –dioxiaminodoarsenobenzol– que había diseñado junto a su ayudante Sahachiro Hata. Tras repetidos intentos, los conejos se recuperaron. Cauteloso y responsable, al mes siguiente Ehrlich repitió el experimento con más conejos infectados que al cabo de tres semanas también quedaron libres de síntomas. Ehrlich no sólo había descubierto la primera cura efectiva para la sífilis, también había legitimado la quimioterapia –palabra que de algún modo acuñó– como práctica médica moderna.

En ese entonces, el bacteriólogo mantenía una estrecha relación –de vieja data– con la compañía alemana Farbwerke-Hoechst, dedicada a la fabricación de sustancias colorantes. Esa relación fue determinante a la hora de lanzar al conocimiento del mundo científico, y sobre todo “al mercado”, su revolucionaria medicina. El compuesto 606 se denominó comercialmente Salvarsán (literalmente: “Que salva por medio del arsénico”) y fue, además de efectivo, un gran negocio. En 1910, el descubrimiento de Ehrlich había tratado diez mil casos. La demanda era asombrosa. A finales de año, la empresa farmacéutica alemana que fabricaba el medicamento producía catorce mil frascos diarios. Ehrlich fue distinguido con honores y galardones y celebrado en la prensa popular como el “príncipe de la ciencia”. En 1911 se perfeccionó el medicamento con el lanzamiento del compuesto 914, llamado Neosalvarsán. Pero no todas fueron rosas.

Algunos escépticos declararon que el Salvarsán, por ser una fórmula que contenía arsénico, era tóxico, pero Ehrlich explicó que se trataba de un riesgo calculado, como la cirugía. “El cirujano trabaja con un cuchillo de acero” –explicó–. “El quimioterapeuta, con uno químico, que utiliza para separar lo infectado de lo sano.” De ahí proviene la idea de la bala mágica – “magic bullet” en inglés– porque son productos específicos para operar sobre los agentes patógenos y sólo sobre ellos, actúan sobre la enfermedad sin dañar al huésped. Una expresión metafórica brillante que ha perdurado.

Sin embargo, había muchos intereses creados y las controversias arrastraron a Ehrlich. Hubo quienes dijeron que se trataba de un negocio que implicaba ganancias excesivas –lo que iba de los exiguos costos de producción al precio de venta al público–; y otros se movilizaron contra él (y el Salvarsán) por razones tan perversas como reconocibles aún hoy en día: la policía francesa lo vio como un estorbo en su lucha contra la prostitución y la iglesia ortodoxa se opuso a todo tipo de tratamiento porque consideraba a la sífilis un castigo divino contra los desórdenes de la sexualidad que no debía ser mitigado. Cualquier paralelo con cuestiones actuales como el comportamiento de la industria farmacéutica, de los poderes de policía y de las instituciones religiosas no parece ser impertinente.

Famoso, premiado, glorioso pero amargado por las ingratitudes, Paul Ehrlich, gran fumador que no bajaba de las dos docenas de habanos diarios, murió en 1915 y está enterrado en el cementerio judío de Frankfurt. Su prodigiosa bala mágica, el Salvarsán –y el Neo Salvarsán, perfeccionado– permaneció como la primera cura para la sífilis hasta mediados de 1940, cuando fue sustituido por la penicilina.

Página/12

 

Se vienen

Eduardo Aliverti
 
Página/12
 

La única diferencia con otrora es que no cuentan con el partido militar, que siempre les resolvió sus negocios a costa de golpes y terrorismo de Estado. Por el momento, tampoco cuentan con algún fantoche capaz de asegurarles conducción política firme. Pero están en eso. Los impulsan las virtudes populistas del kirchnerismo. Y los ayudan los errores y horrores del comando presidencial.

Para empezar por lo segundo: una cosa es que haya fallas de interpretación política, que las puede tener cualquiera, y otra, que en lugar de simples o hasta severas deficiencias de ese tipo ocurra, directamente, una enajenación de la realidad. Esto es lo que sucede, por ejemplo, cuando Cristina habla de un país donde el kilo de pan no llega a los 4 pesos. O cuando cita al salario mínimo como el más alto de la historia a valores comparativos, con un contexto de 40 por ciento de trabajadores en negro a los que el discurso oficialista no registra nunca. O cuando su esposo se pretende víctima de la “vieja política”, en alusión al aparato del peronismo bonaerense que él eligió como aliado, sin ejercitar una mínima autocrítica. Cabe preguntarse si no hay nadie en el entorno kirchnerista que prevenga sobre estos papelones insondables; o si esa gente existe, pero lo único válido es el humor con que la pareja se despierta en Olivos. La tentación es adjudicar estos derrapes a problemas comunicacionales, que vaya si los hay, y muy ostensibles. Pero si se afina la lectura, habrá de concluirse en la obviedad de que la comunicación es efecto antes que causa. Los Kirchner, hoy, comunican no lo mejor sino lo peor de lo que son. Aquello que sirvió en la primera etapa de su gestión, para marcar la cancha desde una autoridad ejecutiva muy fuerte y necesarísima, siendo que partieron de poco más del 20 por ciento de votos en una Argentina desolada y desconfiada, se convirtió en el anverso. No, desde ya, porque se trate de presentar una imagen diluida. Todo lo contrario: la debilidad con que emergieron del 28 de junio impone actuar con un perfil audaz de relanzamiento del mando. Y menos que menos es cuestión de ceder a las extorsiones corporativas, porque eso sería sencillamente su fin ya mismo. No pasa por echar a Moreno, ni por ese Consejo de la Magistratura que no le importa a nadie, ni por caer vencidos ante presiones gauchócratas que redundarían en un desfinanciamiento gravísimo de las arcas públicas. Nada de lo que hagan en ese sentido alcanzará. Nada. Acaban de sufrir los primeros botones de muestra. Presentaron el proyecto para limitar los superpoderes del Ejecutivo, que fue casi la nave insignia de la perorata opositora, y ahora les dicen que el problema no es ése sino los decretos de necesidad y urgencia. Aumentaron el subsidio para los tamberos y les avisan que no es suficiente. Porque no quieren leche, quieren soja. Quieren todo el país tapizado de soja y los tambos son un obstáculo. De manera que no, no pasa por ahí. Pasa porque en lugar de fugar hacia adelante lo hacen para atrás. Se encierran en sí mismos. No convocan a los aliados naturales y potenciales, más que para diluirlos junto con la derecha en un escenario de “diálogo” protocolar que sólo se impuso para ganar tiempo. No concretan ni muchas ni algunas de las iniciativas reactivadoras que anunciaron, como el despegue de créditos para la vivienda o el fomento a las pymes. Sólo se sostienen, en términos de política salarial y paz social consecuente, con la efectivización (dato nada menor, claro) de las paritarias. Hay la sensación de que quieren mucho más subsistir que revivir, bien que no a como sea sino conservando rasgos de verba y accionar progresistas que, sin embargo, corren riesgo de dilución.

Buen momento para que sobrevengan unas preguntas retóricas. ¿Es por algo de todo esto y de sus adyacencias que se putea a los Kirchner? ¿Son la arrogancia de Cristina y las desmesuras estilísticas de su marido lo que irrita a campestres, medios, obispos y tilingos de la City, de barrio o de apellido compuesto? ¿Es Morenolandia lo que desata la furia de formadores de precios que los forman como más les place en la inflación real? ¿Así que ahora la derecha se preocupa por la independencia de los jueces? ¿Se estrechan los contactos entre Cobos y De Narváez porque los inquieta la salud republicana? El geométrico crecimiento de la fortuna del matrimonio, el avión y el barco usados por el ex secretario de Transporte, las andanzas con los empresarios amigos de juego y constructoras, ¿son lo que enardece a los opositores de negocios con el Estado, de prensa a su servicio, de traición a la fuerza que los incluyó en una fórmula presidencial? Qué extraordinario. Es tan notable, que hasta algunos de los propios partisanos agromediáticos tuvieron que ponerle paño tibio a lo sucedido la semana pasada en la “asamblea” de productores de la Rural, a pura ropa típica de tonos cuidadosamente opacos mientras sus mujeres recorrían el predio con sus botas tejanas de carpincho y sus sacones de zorro colorado canadiense. Igual que la puta montonera que nos gobierna con su glaciar y sus collares, dirán el cogotudaje y su coro de comadres y compadres de batón mental, pierden de vista que llorar la Biblia con el calefón no se trasunta de la misma manera. Gritaron, allí, en la Rural, en la sede del golpismo, que el campo no da más, que no hay que transar nada, que Martínez de Hoz se merece un monumento y que el agro tiene que conducir la “transición” hasta 2011. Fue tan un show de la patota sojera que, después, el tránsfuga de Buzzi y algún otro intentaron bajar un cambio, porque se percataron la imposibilidad de no coincidir con la descripción de lo ocurrido como el comunicado número uno de la Junta Militar.

Un Gobierno de palabras más encendidas que eficaces, pero con ciertos apliques ejecutivos de centroizquierda, ha desatado esta furia. Sólo con eso. Es el conjunto lo que no aguantan. Dentro de él hay ingredientes a los que ya están resignados, aunque nunca del todo. Las retenciones, el acomodo del dólar a valor de sus fauces, el retiro del Estado hacia un rincón de bobo contemplativo como no sea para proteger su seguridad a tiro limpio, son las aristas principales de una rabia de clase que tampoco digiere a los milicos en cana; los enfrentamientos con la Iglesia; el ¿todavía? intento de regular a los tiburones mediáticos; una política exterior alejada de la órbita del Imperio. Y jamás perdonarán la reestatización del sistema jubilatorio. Jamás.

Más vale que los K empiecen a articular un arco de alianzas amplio. Debería incluir con inteligencia a porciones del radicalismo que, por lo bajo y (más por lo bajo aún), conscientes de su histórica incapacidad para gobernar, andan asustados con lo que se viene si esta derecha, hoy sin más timón que la facción agraria y las corporaciones de prensa, encuentra un horizonte de liderazgo.

 

Página/12

 

Impunidad, derechos humanos y justicia ética

Marcos Roitman Rosenmann

La Jornada

En el caracol de Morelia y con el aval de las juntas de buen gobierno se desarrolló el primer Encuentro Continental Americano Contra la Impunidad. Su objetivo, poner de relieve aquello que las elites políticas de los años 80 del siglo pasado consensuaron para hacer posibles las transiciones de las dictaduras y el pacto de punto final, consistente en amnistiar las violaciones a los derechos humanos. Esta política sobrevoló las negociaciones a la hora de formalizar la retirada de las fuerzas armadas del poder.

Si era previsible que los golpistas se aferrasen a una política de amnistía para salvaguardar sus intereses y regresar con el uniforme inmaculado a los cuarteles, pocos explican la actitud complaciente de los interlocutores para acceder a sus demandas. Tal vez los implicados estaban de acuerdo en desarrollar una estrategia de perdón y olvido. Atrás debían quedar los detenidos-desaparecidos, los torturados, los secuestrados, los exiliados. Había que soltar lastre y nada mejor que mostrar un espíritu conciliador. Los responsables de imponer gobiernos de facto ya no rendirían cuentas ante la justicia. Los cuerpos de miles de personas, arrebatados a la vida bajo las más cruentas formas de practicar el asesinato político, se transformaban en problema estético, sin repercusiones en la agenda del nuevo orden social. Un pecado del cual sus autores se podían redimir considerando el éxito del modelo económico implantado. En fin, los muertos fueron pocos si consideramos los resultados obtenidos, argumentaron. Sin embargo, para evitar suspicacias habría chivos expiatorios. Los elegidos asumirían la pesada carga de años cometiendo crímenes de lesa humanidad. Así, ninguna de las partes negociadoras se sentiría perjudicada. Emergía un tiempo nuevo, la globalización, y el fin de la guerra fría. Se lavaba la cara a las instituciones militares y su honor quedaba inmaculado. Una sesión de maquillaje facilitaba deshacerse de incómodos subordinados ligados a los centros de tortura y represión. A los generales y altos mandos se les llamaba a retiro, se les reubicaba en embajadas como agregados militares o les buscaban una nueva identidad. Y para los civiles que habían participado en el genocidio como ministros, subsecretarios o funcionarios de confianza se les cubrirían las espaldas con un trato de favor. En síntesis, todos quedaban al margen de posibles acusaciones de violación a los derechos humanos. La ley de punto final tuvo como fin crear un muro de contención evitando la ola de imputaciones que llenarían los juzgados pidiendo justicia. Y, claro, la vergüenza pública de verse en los tribunales era motivo suficiente para cerrar filas obstaculizando cualquier acción de la justicia.

Para justificar esta política de impunidad se recurrió a una interpretación espuria de las ordenanzas militares, la obligación de someter las violaciones a los derechos humanos a la ley de obediencia debida, aunque conlleven acciones criminales. Este ha sido el manto protector para eximir de responsabilidades a los militares implicados en crímenes de lesa humanidad. Jurídicamente, la mayoría de los casos de secuestro, detenidos-desaparecidos y torturas han sido contrarrestados con dicho argumento. Sin olvidar otro principio esgrimido por los verdugos y sobre el cual se han parapetado los abogados defensores de los victimarios. Me refiero a la ruptura de la cadena de mando. Así, los miembros de las juntas militares y de Estado Mayor niegan haber dado órdenes para asesinar o torturar a los detenidos en estado de guerra, de sitio o de lucha anticomunista. Ellos se reclaman libres de tales actos condenando a sus autores. Los subordinados que así procedieron obraron por cuenta propia, al margen de la institución militar.

Este pacto del punto final compromete igualmente a jueces, fiscales y abogados. El sistema de justicia opera bajo sus principios evitando cualquier enfrentamiento con el sistema. Es la excusa para dar carpetazo a los crímenes cometidos durante los años de las dictaduras. Salvo excepciones, nada sugiere una ruptura. Muchos casos son sobreseídos o archivados para mantener el equilibrio de poderes y no enfadar a los militares. Ante esta ignominia, los sobrevivientes de torturas y los familiares de detenidos-desaparecidos han buscado otras formas de hacer justicia. Los desagravios públicos conocidos como Funas, contra los torturadores en sus domicilios, es un punto de partida. Se busca concitar el rechazo comunitario a los torturadores. Esta experiencia sustituye, en parte, el silencio de los tribunales.

Por otro lado, los medios de comunicación no prestan atención o callan. Igualmente, muchos intelectuales que se comprometieron con el restablecimiento de las libertades, cuando se trata de condenar las violaciones a los derechos humanos cometidas durante los gobiernos de facto y del presente se escaquean. Su compromiso se diluye mirando hacia otro lado. Es el caso de las matanzas de los pueblos indígenas o la represión generalizada en caso de protesta popular. Los ejemplos pueden ser Acteal, Guerrero, Oaxaca, Perú, Colombia y el sur de Chile.

Por ello este primer encuentro es un punto de inflexión. Busca poner fin a las políticas de impunidad llamando la atención al necesario componente ético, presente a la hora de aplicar justicia. Los sobrevivientes deben ver reparados los daños. Sólo así la sociedad podrá quitarse esa loza bajo el ejercicio democrático de los derechos civiles. Mientras no suceda, la ofensa pervivirá con el peligro subyacente de que nuevos militares tomen el relevo bajo el pretexto de luchar contra el terrorismo internacional, el narcotráfico o como en Honduras, contra el chavismo. La alarma se dispara. Es obligatorio acabar con las leyes de punto final y la impunidad. Los responsables deben ser juzgados. La verdad debe salir a la luz frente a la mentira y la amnesia política.

La Jornada.unam.mx