Eric Hobsbawm: Historia del Siglo XX (Descargar Libro)

historia-del-siglo-xxEric Hobsbawm  La Historia del siglo 20 –  1994

En este libro, el siglo XX aparece estructurado como un tríptico. A una época de catástrofes, que se extiende desde 1914 hasta el fin de la segunda guerra mundial, siguió un período de 25 o 30 años de extraordinario crecimiento económico y transformación social, que probablemente transformó la sociedad humana más profundamente que cualquier otro período de duración similar. Retrospectivamente puede ser considerado como una especie de edad de oro, y de hecho así fue calificado apenas concluido, a comienzos de los años setenta. La última parte del siglo fue una nueva era de descomposición, incertidumbre y crisis y, para vastas zonas del mundo como África, la ex Unión Soviética y los antiguos países socialistas de Europa, de catástrofes. Cuando el decenio de 1980 dio paso al de 1990, quienes reflexionaban sobre el pasado y el futuro del siglo lo hacían desde una perspectiva fin de siècle cada vez más sombría. Desde la posición ventajosa de los años noventa, puede concluirse que el siglo XX conoció una fugaz edad de oro, en el camino de una a otra crisis, hacia un futuro desconocido y problemático, pero no inevitablemente apocalíptico.

Fragmento

El contenido de este libro se ha estructurado de acuerdo con los conceptos que se acaban de exponer. Comienza con la primera guerra mundial, que marcó el derrumbe de la civilización (occidental) del siglo XIX. Esa civilización era capitalista desde el punto de vista económico, liberal en su estructura jurídica y constitucional, burguesa por la imagen de su clase hegemónica característica y brillante por los adelantos alcanzados en el ámbito de la ciencia, el conocimiento y la educación, así como del progreso material y moral. Además, estaba profundamente convencida de la posición central de Europa, cuna de las revoluciones científica, artística, política e industrial, cuya economía había extendido su influencia sobre una gran parte del mundo, que sus ejércitos habían conquistado y subyugado, cuya población había crecido hasta constituir una tercera parte de la raza humana (incluida la poderosa y creciente corriente de emigrantes europeos y sus descendientes), y cuyos principales estados constituían el sistema de la política mundial.

Los decenios transcurridos desde el comienzo de la primera guerra mundial hasta la conclusión de la segunda fueron una época de catástrofes para esta sociedad, que durante cuarenta años sufrió una serie de desastres sucesivos. Hubo momentos en que incluso los conservadores inteligentes no habrían apostado por su supervivencia. Sus cimientos fueron quebrantados por dos guerras mundiales, a las que siguieron dos oleadas de rebelión y revolución generalizadas, que situaron en el poder a un sistema que reclamaba ser la alternativa, predestinada históricamente, a la sociedad burguesa y capitalista, primero en una sexta parte de la superficie del mundo y, tras la segunda guerra mundial, abarcaba a más de una tercera parte de la población del planeta. Los grandes imperios coloniales que se habían formado antes y durante la era del imperio se derrumbaron y quedaron reducidos a cenizas. La historia del imperialismo moderno, tan firme y tan seguro de sí mismo a la muerte de la reina Victoria de Gran Bretaña, no había durado más que el lapso de una vida humana (por ejemplo, la de Winston Churchill, 1874-1965).

Pero no fueron esos los únicos males. En efecto, se desencadenó una crisis económica mundial de una profundidad sin precedentes que sacudió incluso los cimientos de las más sólidas economías capitalistas y que pareció que podría poner fin a la economía mundial global, cuya creación había sido un logro del capitalismo liberal del siglo XIX. Incluso los Estados Unidos, que no habían sido afectados por la guerra y la revolución, parecían al borde del colapso. Mientras la economía se tambaleaba, las instituciones de la democracia liberal desaparecieron prácticamente entre 1917 y 1942, excepto en una pequeña franja de Europa y en algunas partes de América del Norte y de Australasia, como consecuencia del avance del fascismo y de sus movimientos y regímenes autoritarios satelites.

Sólo la alianza —insólita y temporal— del capitalismo liberal y el comunismo para hacer frente a ese desafío permitió salvar la democracia, pues la victoria sobre la Alemania de Hitler fue esencialmente obra (no podría haber sido de otro modo) del ejército rojo. Desde una multiplicidad de puntos de vista, este período de alianza entre el capitalismo y el comunismo contra el fascismo —fundamentalmente las décadas de 1930 y 1940— es el momento decisivo en la historia del siglo XX. En muchos sentidos es un proceso paradójico, pues durante la mayor parte del siglo — excepto en el breve período de antifascismo— las relaciones entre el capitalismo y el comunismo se caracterizaron por un antagonismo irreconciliable (…)

Libro tomado de: https://uhphistoria.wordpress.com/

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Exploraciones sobre las conexiones de la ciencia con la ética y la política

Manuel Gonzalez Ávila

Argenpress. Cultural

 

La ciencia siempre tiene formas de contacto o traslape con la ética, la estética y la política. En el mundo actual están mutuamente infiltradas, complementadas y, a veces, enfrentadas. Muestran manifestaciones concretas del carácter inextricable que tienen entre sí. A pesar de ello, no son lo mismo. Los propósitos esenciales y los procedimientos son diferentes para cada cual. La ética, la política y la ciencia poseen distintivos cada una que les son inherentes y las constituyen. En las actividades científicas concretas subyacen conceptos que en forma de supuestos fundamentan los proyectos, ya sean éstos de investigación, educación, divulgación o conducción institucional en áreas académicas. Muchas veces quedan sin ser abiertamente discutidos, no obstante que el sacarlos a luz ayudaría a esclarecer los alcances de la ciencia, entre ellos los relacionados con la ética y la política. Varios de estos supuestos son discutidos aquí en un marco que resalta las relaciones de apoyo mutuo y que al mismo tiempo comparten la ciencia, la ética y la práctica de la democracia.

El desarrollo necesario en los países latinoamericanos es un tipo de desarrollo centrado en las necesidades e ideales de las personas, como individuos y como sociedades, que toma en cuenta explícitamente los aspectos éticos, las aspiraciones y el bienestar material en todas las opciones que presentan los miembros de la sociedad. El que deseamos es un desarrollo legítimo, integral y sostenible. Para impulsarlo es fundamental que nuestros pueblos se apoyen en el ejercicio de la filosofía y la ciencia, junto con otros procesos con los cuales construimos la legitimidad. Las universidades coherentes con el contexto y la historia son imprescindibles en este proceso. 1

Presentación

Las bases, las imágenes y los procedimientos que han servido a la humanidad para desarrollar el conocimiento han variado en el transcurso de la historia. No hay nada que extrañar en ello. Resulta mucho más difícil argumentar en contrario: no podría sostenerse que la ciencia, la racionalidad y, en general, las maneras de concebir la producción del conocimiento se hayan mantenido inalterables durante siglos, pues se trata de procesos humanos, históricos. En la ciencia –ya sea que los marcos generales del trabajo científico se llamen programas de investigación como lo hace Lakatos, paradigmas como Kuhn, tradiciones como Olivé y otros, o simplemente perspectivas– lo que se ve como una constante, en medio de la complejidad propia de lo humano, es que la búsqueda de conocimiento desde la racionalidad tiene ciertos elementos característicos y altamente estables. Algunos de ellos no sólo han distinguido a la ciencia con respecto a otras empresas, sino que además le dan una buena parte de su permanencia y credibilidad, ya sea en beneficio general de la humanidad o para el bien de algunos a pesar del daño a otros, como también puede ser el caso. Trataré de sostener mi argumentación sobre tales elementos que son comunes a las diversas maneras de entender la ciencia, sin separarla tajantemente de la filosofía, actividad con la que comparte el compromiso de la racionalidad. Seguir leyendo «Exploraciones sobre las conexiones de la ciencia con la ética y la política»

Teoria y práctica política (IX). Las vanguardias

Jorge Gómez Barata

Argenpress 

Las vanguardias políticas son criaturas vivas y excepcionales que surgen del devenir histórico, en el momento exacto y casi siempre asociadas a liderazgos legítimos y con ellos cumplen tareas estratégicas. La dialéctica: vanguardia-masa-líder confiere el perfil a los grandes procesos políticos, especialmente a las revoluciones.

A diferencia de los gobernantes y los estadistas, las vanguardias políticas no se eligen por sufragio universal, no son designadas por congresos ni cooptadas por órganos dirigentes. La condición de vanguardia no se trasvasa, no se delega ni se alcanza por herencia. La experiencia del Partido Comunista de la Unión Soviética evidencia el modo en que una formación política puede involucionar y dejar de ser una vanguardia.

Las vanguardias políticas se forman por élites excepcionales integradas por personas especialmente esclarecidas y con cualidades de líderes que identificados con las necesidades de las mayorías y armados con las ideas más avanzadas, en coyunturas decisivas, definen las tácticas y trazan las estrategias, seleccionan las metas y encabezan a los pueblos en la lucha por sus más altos objetivos. La vanguardia conduce a la masa, no prevalece sobre ella ni la suplanta.

Sin desaparecer como formación política, una vanguardia puede dejar de existir por una mutación recesiva. El proceso mediante el cual las ideas avanzadas de Marx fueron falseadas y sometidas a un estrecho dogmatismo, ilustra el vaciado ideológico que paralizó al Partido Comunista soviético, que no sólo no reaccionó en 1924 cuando a la muerte de Lenin, Stalin ignoró sus orientaciones, desconoció su testamento y se encumbró, sino que no lo hizo tampoco en el medio siglo posterior.

Tal vez por seguir el ritual o actuando conscientemente, Gorbachov cubrió todas sus iniciativas y decisiones con un barniz institucional. En su libro «Mi verdad», Vitali Vorotnikov, uno de los jerarcas soviéticos de entonces, narra el modo en que los principales órganos del poder soviético: congresos del partido, plenos del Buró Político y del Comité Central, así como el Soviet Supremo, aprobaron las acciones del Secretario General, que ladrillo a ladrillo desmontó a la Unión Soviética sin encontrar resistencia.

No se trata de que los integrantes de aquellos órganos fueran traidores o suicidas ni que estuvieran de acuerdo con el contenido y el ritmo de las reformas, sino de que habían sido educados para obedecer al Secretario General y no para confrontarlo. Fue exactamente lo que hicieron.

A estas alturas sería absurdo tratar de esclarecer quien tenia la razón en los debates entre Trotski y Lenin acerca de la «Oposición Obrera», aunque resulta evidente que las decisiones adoptadas entonces resultaron fatales, no porque se suprimieran las fracciones dentro del partido, sino porque se redujo a cero la libertad de discusión en su seno y se anuló la crítica. Paradójicamente, el mismo proceso que dañó la vida interna del partido, lo convirtió en una fuerza política hegemónica, que suplantó a todas las voces y copó todos los espacios.

Llamar a los sindicatos «correas de transmisión» dejó de ser una desafortunada metáfora para convertirse en una deformación que aplicada burocráticamente anuló no sólo a las organizaciones obreras, sino a todas las demás y a todas las fuerzas sociales, incluyendo a la juventud, la intelectualidad, el ámbito académico, al Estado y al gobierno y lamentablemente también a la sociedad civil, que fueron absorbidas por una institucionalidad ficticia, dominada por la formalidad y que dejó todo el poder en manos de una cúpula, que terminó por suplantar al propio partido que había sido una vanguardia y, sin percatarse, dejó de serlo.

En los países de Europa Oriental las anomalías no fueron resultado del deterioro, sino del origen. Tanto en Alemania, como en los países ocupados por los nazis y en aquellos donde las elites gobernantes se aliaron al fascismo, los partidos comunistas y en general los militantes de izquierda fueron perseguidos, apresados y liquidados con feroz ensañamiento, los sobrevivientes de los primeros años, que no dejaron de luchar, se sumergieron en la más profunda clandestinidad, se integraron a la resistencia, a los destacamentos guerrilleros o a las tropas soviéticas y muy pocos sobrevivieron a la victoria.

En esos países la instauración del orden socialista importado desde la URSS, fue conducido por partidos creados mediante la apresurada unificación de los remanentes de los partidos comunistas y socialdemócratas y la creación paralela de frentes o alianzas que se suponía actuarían como vanguardias capaces de articular la participación de todo el pueblo. La ficción se impuso y con enormes manipulaciones perduró hasta que se derrumbaron lamentablemente.

En la América Latina de hoy algunas formaciones políticas que desempeñaron un genuino papel de vanguardias políticas, como el Frente Sandinista y el Farabundo Martí, evolucionaron desde la lucha armada adaptándose a otras formas de lucha política, en Brasil un gran partido obrero de perfil socialdemócrata, dirigido por un líder de la categoría de Lula se ha consolidado y en Bolivia, Ecuador, Paraguay, bajo liderazgos auténticos se establecen formaciones que asumen el papel de las vanguardias políticas que, en Venezuela, se fortalecen mediante la creación de un partido único de la izquierda y de la revolución.

En todos los casos resulta evidente que las vanguardias políticas lo son en la medida en que representan los intereses de las mayorías y de los sectores políticamente más avanzados de cada país, definen con certeza las tareas de cada momento histórico y conducen con inteligencia, imaginación y eficacia a las masas en la lucha. De las vanguardias se espera que concreten los programas y las metas apropiados y definan los modos de alcanzarlos.

Tomado de: Argenpress.info