Desempolvando golpes de Estado

Marcos Roitman Rosenmann

La Jornada

Todo hacía presagiar que los golpes de Estado eran recuerdos de una época sombría en América Latina. Atrás quedaban las dictaduras que poblaron el continente en los años 70 y 80 del siglo pasado. Un nuevo marco internacional se erguía bajo el paraguas del fin de la guerra fría y la ideología de la globalización. En medio de las reformas neoliberales y la reconversión del capitalismo, las protestas sociales eran reprimidas con fórmulas más civilizadas. No hacia falta recurrir a las fuerzas armadas. Poco o nada hacía albergar un cambio de perspectivas en la región. Sobretodo cuando se materializó el consenso entre la socialdemocracia, la izquierda institucional y la derecha de seguir el sendero del neoliberalismo.

En medio de este desierto, en 1994 el EZLN abría la puerta y otro mundo era posible. Las luchas sociales y los esporádicos espasmos de protesta se transformaron en un vendaval. Las opciones frente al neoliberalismo reclaman las autonomías regionales, el derecho de las minorías a su diferencia, acabar con la impunidad, las nacionalizaciones y el fin de las políticas excluyentes. Era un punto de inflexión. Un nuevo modo de entender la política desde abajo. Se demanda la ciudadanía plena con participación democrática.

Los gobiernos neoliberales ven zozobrar sus proyectos fundados en la democracia de mercado. Los efectos que produce son hambre, pauperización, pérdida de derechos civiles y exclusión social. Venezuela da un primer toque de atención. En 1998, Hugo Chávez, militar díscolo, gana las elecciones. Su programa contiene una reforma constitucional, una política anticorrupción y el desarrollo de la democracia participativa. La profundización de su proyecto inicial, la reforma agraria, la lucha contra el analfabetismo, salud para todos y la definición anticapitalista de su ideario le suman apoyos populares. Pero al mismo tiempo lo convierte en mal ejemplo para la región, siendo objeto de las críticas más abyectas. El neoliberalismo tiene un enemigo claro: Chávez y su programa. A partir de ese instante sus detractores hablarán de chavismo identificándolo como el renacer del caudillismo, el populismo y el neoestatismo desarrollista.

Mientras Venezuela cambia de rumbo, en Argentina estalla la crisis del neoliberalismo. El presidente Fernando de la Rúa se ve obligado a dimitir en los últimos días de 2001. Que se vayan todos será el sentir del pueblo a la política formulada desde arriba. La decisión de aplicar el corralito, consistente en prohibir las transferencias al exterior, en restringir el monto de dinero retirado de los bancos y la obligación de pagar con tarjetas de crédito, débito o cheques es la gota de agua que colma el vaso.

Otro tanto sucederá en Bolivia. La guerra del agua en Cochabamba, contra la privatización en el año 2000, presagia la dureza de posteriores enfrentamientos. La masacre del 12 y 13 de octubre de 2003 en el Alto y La Paz, con 26 muertos y 92 heridos, según datos, concluye con la renuncia y posterior huida a Miami del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada el 17 de octubre de 2003. La Central Obrera Boliviana, el Movimiento al Socialismo, junto al resto de organizaciones populares, son clave en su caída. También lo fue la retirada del apoyo de sus aliados de la derecha Manfred Reyes Villa (NFR) y de la socialdemocracia del MIR con Paz Zamora.

Ecuador vivirá algo similar en abril de 2005. Con el precedente de la destitución de Jamil Mahuad en el año 2000. Ahora es Lucio Gutiérrez quien abandona el poder por las presiones de las clases populares y el movimiento indígena Pachakutik. El estribillo Lucio fuera se generaliza por la acción de la radioemisora La Luna, que mantendrá informada a la ciudadanía hasta la huida de Gutiérrez en helicóptero a Brasil. Pero el neoliberalismo se cobra más víctimas entre sus adeptos. En Paraguay, la renuncia de Raúl Cubas en 1999; en Perú, Fujimori en 2000, acusado de corrupción, seguirá el mismo camino.

Si las fuerzas populares habían derrocado presidentes, no siempre lograban un triunfo electoral. Pasará tiempo para que las urnas reflejen la profundidad de las luchas democráticas. Primero Bolivia, luego Ecuador y por último Paraguay inscriben su nombre entre los gobiernos nacionalistas, democráticos, populares y antiimperialistas en la primera década del siglo XXI. A lo que se deben sumar los triunfos de Lula en Brasil y de Tavaré Vásquez en Uruguay, cuyas vocaciones reformistas rompían los ciclos de poder de las burguesías trasnacionales, creando expectativas sobredimensionadas a su posterior quehacer. En Chile el paradigma del neoliberalismo triunfante es gobernado por socialistas con una constitución emanada de la dictadura. Sin embargo, la corrupción, el aumento de paro, la desigualdad social y el fracaso del sistema educativo hablan de una crisis del modelo.

Así, el mapa de la región sufre un cambio. El equilibrio se rompe. Los gobiernos anticapitalistas modifican el escenario. Crean organismos fuera de la tutela de Estados Unidos y las trasnacionales. La integración se piensa desde dentro y desde abajo, emerge el Alba frente al Alca, el Banco del Sur frente al Banco Mundial y Unasur. La solidaridad se realiza sobre bases de igualdad. La cooperación tiene otra lógica. Las luchas populares se conectan aprovechando la experiencia regional como vía campesina, los foros mundiales, etcétera. Los triunfos de Evo Morales en Bolivia, Correa en Ecuador y Lugo en Paraguay constituyen un escenario no previsto en los años 90 del siglo XX.

Lo anterior dispara las alarmas. Las empresas trasnacionales, el imperialismo y las burguesías locales ven peligrar sus intereses y su hegemonía. Es necesario revertir los procesos en marcha desestabilizando los gobiernos legítimos. El fallido golpe de Estado en abril de 2002 en Venezuela señala el retorno a un camino abandonado. Y para evitar sorpresas, en otros casos se recurrirá a fraudes electores. México, sin ir más lejos, en 2006. Los indeseados serán apartados impidiendo su acceso al Poder Ejecutivo.

El miedo se apodera de las oligarquías apoyando cualquier solución para retornar al poder. Los consensos de las transiciones llegan a fin.

Durante las dos administraciones Bush, Estados Unidos tuvo una política fundada en el unilateralismo, el combate contra el narcotráfico y el terrorismo internacional. El gobierno demócrata la aplica con ciertos matices y suma la doctrina Obama, versión moderna de la enmienda Platt: lo que es bueno para Estados Unidos es bueno para América Latina. Ello supone el retorno de la política del garrote y la zanahoria. Y si en los 60 del siglo XX los enemigos a derrotar fueron la revolución cubana y el castrismo, hoy es el chavismo y sus aliados. Cualquier golpe de Estado con este enunciado será bienvenido, aunque formalmente se le condene al infierno.

 

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