América Latina 1760-2010 II

José Steinsleger

La Jornada

En los últimos 20 años de nuestra América, los pueblos emprendieron la marcha final en pos de la segunda independencia, y para decidir de una vez sobre sí mismos. Caracas (febrero de 1989) y Chiapas (enero de 1994) oxigenaron los nuevos modos de entender la emancipación social efectiva. Ambos estallidos no surgieron del repollo. En coincidencia con el bicentenario de Simón Bolívar (1983), un grupo de oficiales del ejército venezolano fundaron una célula revolucionaria antimperialista, y en el simbólico 1992 los indígenas chiapanecos derribaron la estatua del conquistador español Diego de Mazariegos erigida en el centro de San Cristóbal de las Casas. 

Ciegas a la historia, de espaldas a los pueblos, las oligarquías sólo atinaron a mirarse el ombligo. Y mientras a finales de 1989 un tal John Williamson presentaba el documento que sería conocido como Consenso de Washington, los venezolanos ya habían recordado, en las calles, la advertencia de El Libertador contra las “… formas democráticas tomadas en préstamo de Europa, que carecían del fundamento social que había en Europa, y no había en América” (Carta de Jamaica, 1815)

En Guadalajara, los demócratas de importación celebraron la primera reunión cumbre de presidentes “iberoamericanos” (1991). Años después, sin chistar, se adhirieron a la Alianza para el Libre Comercio de las Américas (Alca. Miami, 1994). En tanto, los intelectuales “independientes” (o sea, sumisos) sólo tenían ojos para especular, embobados, acerca de la más que previsible implosión del llamado “socialismo real”. 

La respuesta no se hizo esperar. En sendas movilizaciones populares, ocho presidentes elegidos (más tres de carácter interino y un pelele golpista en Caracas) fueron derrocados: Fernando Collor de Melo (Brasil, 1992), Carlos Andrés Pérez (1993), Abdalá Bucaram (Ecuador, 1997), Raúl Cubas (Paraguay, 1999); Jamil Mahuad (Ecuador, 2000), Fernando de la Rúa (Argentina, 2000), Gonzalo Sánchez de Losada (Bolivia, 2003) y Lucio Gutiérrez (Ecuador, 2005). 

Luego, las urnas consagraron a un ramillete de gobernantes que, con mayor y menor énfasis, cuestionaron el capitalismo salvaje. Tales fueron las posturas de Hugo Chávez (1999), Néstor Kirchner y Lula da Silva (2003); Evo Morales (2005), Manuel Zelaya y Daniel Ortega (2006); Cristina Fernández y Rafael Correa (2007). Y, con menor énfasis, Tabaré Vásquez (2004), Michelle Bachelet (2006), Fernando Lugo, Álvaro Colom, Leonel Fernández (2008) y Mauricio Funes (2009). 

En consonancia con el espíritu de El Libertador, Venezuela emprendió la agenda solidaria: Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba, 2004), Banco del Sur y Consejo Energético del Sur (2007), Unión de Naciones del Sur (Unasur), Parlamento Suramericano y Consejo de Defensa del Sur (propuesto por Brasil), incorporación de Cuba al Grupo de Río (2008), derogación de las medidas que en 1961 expulsaron a Cuba de la OEA (San Pedro Sula, Honduras, 2009). 

A mediados de mayo de 2008, un grupo de “expertos” de Washington concluyó que en América Latina se había acabado “la hegemonía de Estados Unidos”. Semanas después, el secretario de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental, Thomas Shannon (actual embajador en Brasil), arriesgó la peregrina idea de que la atención dada por su país a otras partes del mundo (léase Irak), “abrió espacios en la región para un líder como Chávez”. 

Si lo primero se presta a duda, lo segundo es falso. George W. Bush y Hillary Clinton, Barack Obama y Condoleezza Rice siempre creyeron en la ideología neogolpista, prevista en la Carta Democrática de la OEA, y adoptada un tenebroso 11 de septiembre de 2001. La carta dice lo que Obama dijo con respecto a Chávez: “La democracia va más allá de las elecciones. Pero todos sabemos que él no gobierna democráticamente”. ¿Quiénes son “todos”? 

En todo caso, el imperio cuenta con muchos brazos para imponer su concepción de “democracia”: el brazo político (Fundación Nacional para la Democracia: NED, por sus siglas en inglés, 1983), el electoralista (Fundación Internacional para Sistemas Electorales, IFES, 1987), el empresarial (Centro para la Empresa Privada Internacional, CIPE), el asistencialista (Agencia Internacional para el Desarrollo, USAID), el gangsteril (Fundación Cubano Americana), los brazos académicos y de “cooperación”, y un sinfín de brazos mediáticos (Sociedad Interamericana de Prensa, grandes cadenas de televisión). Y, por supuesto, con el Comando Sur y la CIA, par de brazos mayores que acaban de restaurar el “orden democrático” en Honduras. 

El golpe contra Manuel Zelaya, presidente legítimo de Honduras, ha suscitado múltiples interrogantes. ¿Vuelta a los viejos tiempos? No lo creo. En otras épocas los militares daban un golpe y en menos de 48 horas dominaban la situación. No parece ser el caso de Honduras. Bautizados por el hambre crónica y el despojo sistemático de sus productos y riquezas, los hondureños están dando pruebas de que jamás volverán a vivir como extranjeros en su propia tierra. 

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