Los seis meses de Obama y la reflexión de Amin Maalouf

Miguel Urbano Rodrigues

O diario/ La Haine/ inSurGente

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En la Conferencia que pronunció en Lisboa el escritor Amin Maalouf hizo una apología apasionada del actual Presidente de los EEUU. “Esa persona –afirmó- también nos representa”. En una entrevista en Público expresó la convicción de que el futuro de la humanidad, casi su sobrevivencia, depende del éxito de la estrategia de Barak Obama. El eventual fracaso del presidente, en su opinión, “sería una tragedia para América, para Occidente y para el Mundo”. Es antiquísima la tendencia en tiempos de grandes crisis al establecimiento de un puente entre su superación y el surgimiento de un salvador providencial.

Admiro a Amin Maalouf. Habré sido el primer portugués en escribir sobre su bello y conmovedor libro “Las Cruzadas vistas por los Árabes”. Esa antigua admiración por el escritor humanista justifica mi sorpresa al tomar conocimiento de su adhesión a la peligrosa tesis de los “salvadores” En los milenios transcurridos desde la creación de la escritura fonética, algunos hombres, presentándose como reformadores del mundo, ejercieron una influencia decisiva para alterar, recurriendo a las armas, el rumbo de la Historia. Casi siempre para sufrimiento de sus contemporáneos. Cito entre otros a Alejandro, César, Gengis Khan, Napoleón y Hitler.

Desconocer el factor subjetivo en la Historia sería negar una evidencia. Pero basta acompañar en su ruta sinuosa la lenta marcha del gran rio de la Historia para comprender que las grandes transformaciones que han contribuido para el progreso de la humanidad no resultaran de la intervención de salvadores providenciales.

No siempre esto fue temporalmente perceptible, más el sujeto de los virajes decisivos fueron siempre los pueblos. El motor de esos cambios generadores de avances civilizacionales no fue este o aquel individuo, sino rupturas muchas veces súbitas, provocadas por la intervención torrencial de las masas populares que impulsaron la destrucción del orden social pre-existente. Esto aconteció con la Revolución Francesa de 1789 y con las Revoluciones Rusas de 1917. Sin la teoría, esas revoluciones no se habrían producido, pero el sujeto que hizo posible la mudanza –repito- fue el pueblo, o más exactamente una parte minoritaria de la sociedad que actuó en nombre del colectivo, traduciendo sus aspiraciones profundas.

La esperanza mesiánica en el surgimiento de un salvador preparado para enfrentar victoriosamente un presente sombrío y abrir las alamedas de un futuro de paz y prosperidad puede asumir contornos románticos y seducir a mucha gente honesta, pero en sus orígenes es identificable un pensamiento incompatible con el progreso. La Historia nos ofrece muchos ejemplos de salvadores cuyo objetivo inconfesado era la defensa del orden social en disgregación, responsable de la crisis.

La mitificación de Obama

La gran crisis de civilización que vivimos, inseparable de la crisis estructural del sistema capitalista, generó frustraciones y angustias que desembocaron en la convicción irracional de que la humanidad, una vez más, precisa de un salvador.

Seria incorrecto afirmar que asistimos a una repetición casi mecánica de situaciones ya vividas. El mundo era pequeño cuando en Palestina surgió un profeta judío, Jesús. Crucificado por sus contemporáneos, los discípulos proyectaron de él la imagen del mesías redentor y su mensaje, muy alterado, dio origen a una gran religión.

Hubo otros salvadores, profetas y guerreros, todos diferentes,, antes y después, que dejaron memoria como depositarios de la esperanza. Pero ninguno, por los actos o por la herencia, resolvió mágicamente los males cuya denuncia transformo en polo de la deseada mudanza. El mundo creció desmesuradamente. Y la dimensión de una nueva y gravísima crisis facilita la comprensión del renacer del hambre de un salvador.

En los EEUU le pusieron nombre: Barak Obama. Y en la época de la información instantánea, una campaña de dimensión planetaria, desencadenada con el apoyo entusiasta de los grandes de la Unión Europea, corresponsables de la crisis, difunde un discurso cuya conclusión encontramos en el discurso de Amin Maalouf: una tragedia espera a la humanidad si Obama no la salva.

La campaña, insidiosa, masacrante, es una ofensiva a la inteligencia. Pero catapultada por gobernantes, políticos, banqueros, militares, escritores, periodistas, llega a los lugares más remotos de la Tierra e impresiona millones de personas en todas las capas sociales. El efecto es tan peligroso que la necesidad de luchar contra la mitificación del presidente de los EEUU es un deber imperioso para las fuerzas progresistas.

No estoy en condiciones de formar una opinión fundamentada sobre el carácter del ciudadano Barack Obama Su inteligencia y su talento son evidentes. Una oratoria inhabitual contribuyó decisivamente para la superación de los obstáculos, en apariencia insuperables, que encontró en la larga y paciente caminata que lo condujo a la Casa Blanca. Es también innegable que el apoyo del gran capital pesó muchísimo en la elección que el establishment hizo cuando Hillary Clinton emergía como la favorita. Pero no habría sido electo si muchas decenas de millones de sus compatriotas no confiasen en su promesas de cambio. Obama convenció a sus electores de que introduciría transformaciones radicales en la sociedad norteamericana y en las relaciones de su país con el mundo exterior.

Transcurridos casi 200 días de su entrada en la Casa Blanca, el balance de la Presidencia no justifica y al contrario desmiente el optimismo que la envuelve, anunciado por los promotores de la obamania. Lo que hizo y no hizo en seis meses no corresponde al compromiso, no respetado.

En lo tocante a la política interna, la promesa de enfrentar al engranaje de Washington, por el fustigada cuando candidato, no fue cumplida. El Presidente optó por una estrategia que privilegia las finanzas como palanca de la superación de la crisis, atribuyendo papel subalterno a una política económica basada en la producción y el empleo. Su Secretario del Tesoro, Thimothy Geithner, es un tecnócrata de Wall Street, empeñado en ayudar a los grandes bancos y a las empresas gigantes amenazadas de falencia por sus prácticas fraudulentas. Mecanismos que han contribuido decisivamente para la crisis vuelven a ser introducidos en el sistema por los señores de las finanzas. Esa política de noviazgo con el gran capital es tan ostensible que ha sido duramente criticada inclusive por Premios Nobel de Economía que apoyaron la candidatura del Presidente.

Obama mantiene tribunales militares cuya inconstitucionalidad había denunciado y aplazó para fecha imprevisible el fin del presido de Guantánamo. En los frentes de Educación, de Salud y de Previdencia Social, en el campo de la política de inmigración su gobierno no ha tomado hasta hoy iniciativas que se correspondan con las promesas hechas.

El endeudamiento externo continúa siendo la base en que se sustenta la hegemonía económica mundial del país. De ahí su vulnerabilidad alarmante. China y Japón poseen más de dos billones de dolares en títulos del Tesoro norteamericano y en reservas. Si abandonasen el dólar, todo el sistema capitalista se derruiría, arrastrando además a esos dos países.

Palestina, África, Europa y Honduras

En el terreno internacional la política de Obama se distancia también de los compromisos de campaña. El discurso es otro, pero en lo fundamental el Presidente mantiene fidelidad al proyecto de dominación mundial de los EEUU como nación predestinada a salvar la humanidad de los peligros que la amenazan.

Admito que Obama está persuadido de que le corresponde desempeñar una misión providencial. No es un político reaccionario, necio y enfeudado a grandes grupos financieros. Pero su deseo de no abdicar de un comportamiento ético, tal como lo concibe, se topó desde la entrada en la Casa Blanca con engranajes cuyo poder había subestimado. No se puede olvidar que sus ideas liberales en la acepción americana de la palabra son inseparables de la convicción de que el sistema capitalista precisa de grandes reformas, más debe ser preservado cueste lo que cueste.

En pocos meses concluyó que su proyecto de reformas habría de ser reformulado, en el plano interno y externo, ajustándose a una relación de fuerzas muy compleja. Y de concesión en concesión, su política adquirió contornos cada vez más aceptables por el establishment. La insuficiencia de su conocimiento de la Historia habrá pesado mucho en la adopción de orientaciones para la política exterior que poco difieren de las anteriores, inspiradas por el sueño imperial.

El llamado discurso histórico de El Cairo es una pieza que, despojada de retorica, confirma la alianza de los EEUU con Israel. Obama insiste en los dos Estados para Palestina, pero cuando el gobierno de Tel-Aviv intensifico la construcción de millares de edificios en colonatos en Cisjordania reacciono tímidamente. Limita-se a pedir el congelmiento de los actuales colonatos. Por si sola, su afirmación sobre una “Jerusalén única e indivisible” ilumina la tendencia para la capitulación frente al sionismo arrogante y expansionista.

El discurso dirigido de Ghana a África fue otro ejercicio de retórica. Lo que de él queda de substancial es la defensa de la creación de una fuerza trasnacional para la defensa de la “democracia” en el Continente. Traducida en lenguaje común esa sugerencia significa que el Presidente vislumbra un refuerzo de intervenciones armadas del imperialismo como la “solución” para las crisis africanas.

Expresó gran preocupación con las situaciones creadas en Darfur (cuyas reservas probables de petróleo son enormes) y en Somalia, pero no pronunció en Africa una palabra sobre los acontecimientos en Honduras.

Ese silencio fue atribuido por la propia prensa de los EEUU a la contradictoria posición asumida frente al golpe de Estado hondureño. Obama criticó el gorilazo, no reconoció al gobierno fantoche de Micheletti y apoyó la resolución de la OEA que exige el regreso de Manuel Zelaya, el presidente legitimo. Más los EEUU no retiraron de Tegucigalpa a su Embajador, un cubano de Miami que mantenía y mantiene intimas relaciones con los golpistas.

Indiscreciones de militares y de ministros nombrados por Micheletti confirmaron que en la Embajada se realizaron reuniones preparatorias del golpe. Para agravar esa red de complicidades, el comando de la Fuerza Aérea Hondureña está instalado en la base militar norteamericana de Palmerola, a unas decenas de kilómetros de la capital. Fue además de Hillary Clinton que partió la idea de la mediación del costarricense Oscar Arias, iniciativa que permite a los golpistas ganar tiempo. Es evidente que la ambigüedad de la posición de los EEUU frente a la crisis hondureña refleja su temor a que la reinstalación en la Presidencia de Manuel Zelaya fortalezca el bloque de países del ALBA, liderado por Hugo Chávez.

En la Unión Europea, donde los gobernantes continúan derramando elogios sobre Obama, el presidente utilizó en la reunión del G-8 un lenguaje barroco para disfrazar lo fundamental del recado transmitido. Los EEUU no abdican de la tarea de dirigir al mundo, que se auto atribuyen y no aceptaran cualquier proyecto que retire al dolar el papel moneda universal.

Los encuentros con Medvedev y Putin dejaron las cosas en el pie en que estaban. El intercambio de sonrisas y de palabras amables no puede disfrazar la desconfianza mutua entre Washington y Moscú. Una certeza: la OTAN no desiste de su intención de avanzar para el Este y los EEUU no revelan disponibilidad para retirar de las fronteras rusas el llamado escudo antimisiles.

Irak, Afganistán y Paquistán

Es en el medio Oriente y en Asia Central que las opciones de la política internacional de Obama suscitan mayor preocupación a nivel mundial. En vez de contribuir a la paz, diseminan la violencia y prolongan y amplían guerras criminales heredadas de la administración Bush.

Relativamente a Irán, los llamados del Presidente a un dialogo franco no encontraron hasta ahora expresión practica. Por el contrario. Las exigencias sobre la cuestión nuclear, con contornos de ultimátum, persisten, acompañadas de la amenaza de nuevas sanciones. Simultáneamente, el envolvimiento de los servicios de inteligencia norteamericanos en las manifestaciones de las calles de Teherán posteriores a las elecciones han sido repetidamente confirmadas por fuentes creíbles, inclusive norteamericanas. La hipótesis de una agresión militar a Irán parece, con todo, excluida en la actual coyuntura. La Casa Blanca habrá llegado a la conclusión, con el apoyo del Pentágono, de que en el momento en que los EEUU se encuentran atorados en dos guerras, en Irak y Afganistán, no existen condiciones políticas y militares para una escalada en la región que alcanzara a Irán.

En Irak el esfuerzo de la maquinaria mediática para presentar al país como “pacificado”, lo que habría permitido la retirada de las ciudades del ejército norteamericano, es desmentido día a día por la realidad. La violencia en el mes de Junio y en la primera quincena de Julio alcanzó allí un nivel que no se registraba hace mucho. La resistencia a la ocupación extranjera aumenta cada semana y el gobierno instalado por Washington está desacreditado. Impresionado por los informes del general Petraeus, Obama cometió un error que puede ser fatal para la imagen de su Administración. No se limitó a transferir tropas de Irak para Afganistán; decidió enviar para aquel país a mas de 21 000 soldados.

Al erigir el binomio Afganistán-Paquistán en primera prioridad de su política exterior no parece consciente de que es arrastrado por ilusiones que, en un contexto diferente, desembocaran hace medio siglo en la humillante derrota de Vietnam. La actual ofensiva en la Provincia de Helmand, en que participan millares de marines, se está desarrollando muy mal y los números de muertos británicos suscita ya protestas en el Reino Unido. El Comandante en el terreno militar cuyo curriculum contribuye para aumentar las preocupaciones,,el general Stanley Chrystal ha sido definido por su pasado como un criminal de guerra.

Petraeus habla en una “nueva atmosfera” que permita conquistar la confianza de las poblaciones. Pero hasta ahora lo que se registra es un crecimiento del odio inspirado por los invasores. Corresponsales europeos, entre los cuales, periodistas de El País, insospechables de simpatía por la resistencia, afirman que no existe contacto alguno de la tropa con los moradores de las aldeas, que huyen de los soldados norteamericanos e ingleses como el diablo de la cruz.

El miedo de que el radicalismo islámico se propague por Paquistán está en el origen de la ambiciosa estrategia bipolar en que Obama deposita tanta confianza. Pero los bombardeos de las tribus del noroeste paquistaní, que ya causaron la muerte de centenas de campesinos, genera la indignación de la minoría Pachtun, la segunda del país, o sea más de veinte millones de personas de la misma etnia de los afganos pachtunes, separados de estos por una frontera artificial impuesta en 1893 por el imperio británico.

El escepticismo de los propios media norteamericanos en cuanto al desenlace de la estrategia de Obama para la región es ya inocultable. Algunos son tan pesimistas, que, previendo una derrota de consecuencias catastróficas, definen la guerra en Afganistán como “el nuevo Vietnam”.

Todo lleva a creer que la evolución de la estrategia asiática del Presidente de los EEUU pesa mucho en su imagen. Barack Obama, aclamado como salvador providencial de la humanidad por intelectuales como Amin Maalouf, corre el riesgo, si las cosas ocurrieran mal en Asia, sobre todo en las montañas y valles de Afganistán, de surgir como el enterrador involuntario del sueño imperial de los EEUU.

Vila Nova de Gaia, 14 de Julio de 2009

http://www.odiario.info

Traducido para La Haine por Pável Blanco Cabrera

 

 

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