Michel Foucault: Las palabras y las cosas (Descargar Libro)

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Michael Foucault

Las  palabras y las cosas, de 1966, empieza con una discusión de Las Meninas de Diego Velázquez, y su complejo juego de miradas, ocultamientos y apariciones. De ahí desarrolla su argumento central: que todos los periodos de la historia poseen ciertas condiciones fundamentales de verdad que constituyen lo que es aceptable o no, como, por ejemplo, el discurso científico. Y argumenta que estas condiciones de discurso cambian a través del tiempo, mediante cambios relativamente repentinos, de una episteme a otra, según el término que introduce. Es una profunda reflexión sobre el ser hablado, y la posibilidad humana de conocimiento. Es una obra capital, dentro de su labor intelectual, y puso al autor en el primer plano de la historia del pensamiento.

Libro tomado de: https://monoskop.org/

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El desgarrón en la civilidad: Nadie podrá decir que no sabía.

Marco Revelli

Il Manifesto

 

Las cifras de los estragos son públicas, accesibles a todos. Basta consultar el sitio Fortress Europe (http://fortresseurope.blogspot.com) para conocer las cifras de nuestra vergüenza. En los cuatro primeros meses del año han muerto ya 329 inmigrantes [en Italia], anegados en el Canal de Sicilia. Fueron 1.274 a lo largo de 2008. Y ascienden a 4.009 en los tres lustros transcurridos desde 1994, cuando empezó el registro de muertes a partir de las noticias periodísticas. Otra decena de miles de víctimas se ha registrado en las vías hacia España y las Canarias (4.463), en el mar Egeo, hacia Grecia (1.310), en nuestro Adriático, procedentes de Albania (603), o en el desierto del Sahara, a lo largo de “las pistas entre Sudán, el Chad, Níger y Mali, de un lado, y Libia y Argelia, del otro” (1.691 muertos censados, pero la cifra está subestimada, porque el grueso de la tragedia se consuma fuera del alcance de la vista, sin dejar traza ni noticia).

Otros han muerto de frío, intentando atravesar las zonas montañosas entre Turquía y Grecia. O saltando por los aires en los campos minados de Evros, en Macedonia (91 personas). O anegados en las aguas del Oder, del Sava, del Morava, los ríos que separan Polonia de Alemania, Bosnia de Croacia, Eslovaquia de la República Checa. O ateridos de frío, ocultos en las bodegas de un avión para escapar a los controles (41 personas). O sofocados en el calor infernal de un contenedor. O aun caídos bajo las balas de las distintas policías fronterizas, en Ceuta y Melilla, los enclaves españoles en Marruecos, en Gambia, en Egipto, o en Israel; en Libia, en dónde están bien documentadas las feroces torturas practicadas “en los centros de detención para extranjeros, tres de los cuales financiados por Italia”.

La cifra total hiela la sangre: 14.679 muertos documentados a lo largo del perímetro que circunda la civilizada Europa con un inmenso muro imaginario, infinitamente más largo, alto y terrible que aquel Muro de Berlín, cuya caída fue celebrada como una liberación respecto de los fantasmas del siglo XX.

No se ha hablado de esas cifras en la cumbre del G-8 celebrada Aquila, que, sin embargo, no se ha privado de servirse de la tragedia africana como escudo para disimular su vacío. Esas cifras no han turbado los paseos de compras de las primeras damas por las calles romanas. Ni las voces de sus augustos maridos en el cuartel de Coppito, remodelado a toda prisa para la ocasión, probablemente con el trabajo de un buen número de supervivientes “regularizados” de aquellos estragos. Y sobre todo: esas cifras no han asomado siquiera, para escándalo de propios y ajenos, a los discursos oficiales de los llamados “Grandes”, detentadores de una extenuada soberanía nacional que –cocida en el jugo de su propio anacronismo— no tolera ni discusiones ni excepciones, presta a vengarse de la propia impotencia ante la fuerza de los mercados y de los capitales con la segregación, el rechazo, el cierre de fronteras y la cárcel: exhibiendo músculo ante los más débiles entre los débiles.

Con todo y con eso, esas cifras –de eso se trataba— sólo han aflorado en la discusión de nuestro parlamento sobre el decreto de seguridad que, transformado en ley, convierte en acto penalizable la culpa de haber sobrevivido a la travesía. Callando sobre los caídos, constituye en “criminales” a los que han logrado salvarse. El Senado la ha aprobado en un clima de dimisión general, tras un debate perezoso, como si se tratara de legislación administrativa rutinaria, con una oposición resignada, distraída y, una parte de ella al menos, connivente en su fuero interno. Y con una prensa dividida entre las historias de burdel del primer ministro y la crónica rosa de la cumbre, con un ojo en las alcobas del palacio Grazioli y el otro en las mesas de Coppito. Y, sin embargo, con este acto se ha producido un grave desgarrón –el enésimo desgarrón: ya empezamos a acostumbrarnos— en nuestra civilidad jurídica y en la más elemental moral pública: con la introducción del “delito de clandestinidad”, en una forma única en Europa, se ha traspasado un límite. Sancionando penalmente el ingreso o la permanencia del individuo extranjero en nuestro territorio, se tipifica como crimen, no un hecho o una serie de “hechos lesivos de bienes merecedores de tutela penal”, sino –como han sostenido con buenos argumentos muchos juristas— “una condición individual, la condición de inmigrante”, conforme a una lógica que asume sin más “una connotación discriminatoria que choca, no sólo con el principio de igualdad, sino con la garantía constitucional fundamental en materia penal, de acuerdo con la cual el castigo tiene que fundarse exclusivamente en hechos materiales”.

En la práctica, los efectos serán nulos, sino, más probablemente, negativos. Cualquiera que conozca el problema sabe que la aplicación de aquel oprobio es técnicamente imposible, porque pondría en crisis al conjunto del sistema judicial. Amedrentará, desde luego. Reforzará unas tendencias xenófobas ya demasiado difundidas en nuestras instituciones públicas, entre los comisarios de policía, entre los pliegos de la burocracia. Alimentará el miedo entre quienes quieren huir del miedo experimentado en la propia tierra de la que tratan de huir. Pero lo seguro es que no producirá más “seguridad”. Ni más orden. Al contrario. Puede que por algún tiempo tenga alguna influencia en la geografía de los flujos, desaconsejando al menos parcialmente las rutas hacia Italia, derivando la migración hacia otras direcciones, de Turquía a Grecia, en primer lugar, hacia fronteras orientales de mayor peligro y en las que la mortalidad corre el riesgo de crecer.

Un efecto evidente tendrá esta ley en el plano simbólico. Por el mensaje que lanza. Y por la incultura que revela. Un desgarrón intolerable, porque la política y la consciencia colectiva se nutren hoy de efectos simbólicos. Y una democracia muere de ultrajes simbólicos al pudor civil. Esperemos que la figura que, en última instancia, ha de jugar el papel de “custodio de la Constitución” no avale ese desgarrón. Que el escándalo de aquellas cifras, inatendido en las demás instancias de poder, traspase al menos los muros del Quirinal.

 

 

 

Marco Revelli , antiguo militante del autonomismo obrero italiano y celebrado estudioso del fordismo y el postfordismo, es profesor de ciencia política en la Universidad de Turín. Sus dos últimos libros más debatidos son La sinistra sociale (una investigación muy importante sobre el tránsito del capitalismo fordista al postfordista y la evolución de las bases sociales de la izquierda) y Más allá del siglo XX (traducido al castellano y publicado por la editorial El Viejo Topo, Barcelona, 2003).

 

Tomado de

http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2721

Traducción para http://www.sinpermiso.info : Leonor Març

Los seis meses de Obama y la reflexión de Amin Maalouf

Miguel Urbano Rodrigues

O diario/ La Haine/ inSurGente

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En la Conferencia que pronunció en Lisboa el escritor Amin Maalouf hizo una apología apasionada del actual Presidente de los EEUU. “Esa persona –afirmó- también nos representa”. En una entrevista en Público expresó la convicción de que el futuro de la humanidad, casi su sobrevivencia, depende del éxito de la estrategia de Barak Obama. El eventual fracaso del presidente, en su opinión, “sería una tragedia para América, para Occidente y para el Mundo”. Es antiquísima la tendencia en tiempos de grandes crisis al establecimiento de un puente entre su superación y el surgimiento de un salvador providencial.

Admiro a Amin Maalouf. Habré sido el primer portugués en escribir sobre su bello y conmovedor libro “Las Cruzadas vistas por los Árabes”. Esa antigua admiración por el escritor humanista justifica mi sorpresa al tomar conocimiento de su adhesión a la peligrosa tesis de los “salvadores” En los milenios transcurridos desde la creación de la escritura fonética, algunos hombres, presentándose como reformadores del mundo, ejercieron una influencia decisiva para alterar, recurriendo a las armas, el rumbo de la Historia. Casi siempre para sufrimiento de sus contemporáneos. Cito entre otros a Alejandro, César, Gengis Khan, Napoleón y Hitler.

Desconocer el factor subjetivo en la Historia sería negar una evidencia. Pero basta acompañar en su ruta sinuosa la lenta marcha del gran rio de la Historia para comprender que las grandes transformaciones que han contribuido para el progreso de la humanidad no resultaran de la intervención de salvadores providenciales.

No siempre esto fue temporalmente perceptible, más el sujeto de los virajes decisivos fueron siempre los pueblos. El motor de esos cambios generadores de avances civilizacionales no fue este o aquel individuo, sino rupturas muchas veces súbitas, provocadas por la intervención torrencial de las masas populares que impulsaron la destrucción del orden social pre-existente. Esto aconteció con la Revolución Francesa de 1789 y con las Revoluciones Rusas de 1917. Sin la teoría, esas revoluciones no se habrían producido, pero el sujeto que hizo posible la mudanza –repito- fue el pueblo, o más exactamente una parte minoritaria de la sociedad que actuó en nombre del colectivo, traduciendo sus aspiraciones profundas.

La esperanza mesiánica en el surgimiento de un salvador preparado para enfrentar victoriosamente un presente sombrío y abrir las alamedas de un futuro de paz y prosperidad puede asumir contornos románticos y seducir a mucha gente honesta, pero en sus orígenes es identificable un pensamiento incompatible con el progreso. La Historia nos ofrece muchos ejemplos de salvadores cuyo objetivo inconfesado era la defensa del orden social en disgregación, responsable de la crisis.

La mitificación de Obama

La gran crisis de civilización que vivimos, inseparable de la crisis estructural del sistema capitalista, generó frustraciones y angustias que desembocaron en la convicción irracional de que la humanidad, una vez más, precisa de un salvador.

Seria incorrecto afirmar que asistimos a una repetición casi mecánica de situaciones ya vividas. El mundo era pequeño cuando en Palestina surgió un profeta judío, Jesús. Crucificado por sus contemporáneos, los discípulos proyectaron de él la imagen del mesías redentor y su mensaje, muy alterado, dio origen a una gran religión.

Hubo otros salvadores, profetas y guerreros, todos diferentes,, antes y después, que dejaron memoria como depositarios de la esperanza. Pero ninguno, por los actos o por la herencia, resolvió mágicamente los males cuya denuncia transformo en polo de la deseada mudanza. El mundo creció desmesuradamente. Y la dimensión de una nueva y gravísima crisis facilita la comprensión del renacer del hambre de un salvador.

En los EEUU le pusieron nombre: Barak Obama. Y en la época de la información instantánea, una campaña de dimensión planetaria, desencadenada con el apoyo entusiasta de los grandes de la Unión Europea, corresponsables de la crisis, difunde un discurso cuya conclusión encontramos en el discurso de Amin Maalouf: una tragedia espera a la humanidad si Obama no la salva.

La campaña, insidiosa, masacrante, es una ofensiva a la inteligencia. Pero catapultada por gobernantes, políticos, banqueros, militares, escritores, periodistas, llega a los lugares más remotos de la Tierra e impresiona millones de personas en todas las capas sociales. El efecto es tan peligroso que la necesidad de luchar contra la mitificación del presidente de los EEUU es un deber imperioso para las fuerzas progresistas.

No estoy en condiciones de formar una opinión fundamentada sobre el carácter del ciudadano Barack Obama Su inteligencia y su talento son evidentes. Una oratoria inhabitual contribuyó decisivamente para la superación de los obstáculos, en apariencia insuperables, que encontró en la larga y paciente caminata que lo condujo a la Casa Blanca. Es también innegable que el apoyo del gran capital pesó muchísimo en la elección que el establishment hizo cuando Hillary Clinton emergía como la favorita. Pero no habría sido electo si muchas decenas de millones de sus compatriotas no confiasen en su promesas de cambio. Obama convenció a sus electores de que introduciría transformaciones radicales en la sociedad norteamericana y en las relaciones de su país con el mundo exterior.

Transcurridos casi 200 días de su entrada en la Casa Blanca, el balance de la Presidencia no justifica y al contrario desmiente el optimismo que la envuelve, anunciado por los promotores de la obamania. Lo que hizo y no hizo en seis meses no corresponde al compromiso, no respetado.

En lo tocante a la política interna, la promesa de enfrentar al engranaje de Washington, por el fustigada cuando candidato, no fue cumplida. El Presidente optó por una estrategia que privilegia las finanzas como palanca de la superación de la crisis, atribuyendo papel subalterno a una política económica basada en la producción y el empleo. Su Secretario del Tesoro, Thimothy Geithner, es un tecnócrata de Wall Street, empeñado en ayudar a los grandes bancos y a las empresas gigantes amenazadas de falencia por sus prácticas fraudulentas. Mecanismos que han contribuido decisivamente para la crisis vuelven a ser introducidos en el sistema por los señores de las finanzas. Esa política de noviazgo con el gran capital es tan ostensible que ha sido duramente criticada inclusive por Premios Nobel de Economía que apoyaron la candidatura del Presidente.

Obama mantiene tribunales militares cuya inconstitucionalidad había denunciado y aplazó para fecha imprevisible el fin del presido de Guantánamo. En los frentes de Educación, de Salud y de Previdencia Social, en el campo de la política de inmigración su gobierno no ha tomado hasta hoy iniciativas que se correspondan con las promesas hechas.

El endeudamiento externo continúa siendo la base en que se sustenta la hegemonía económica mundial del país. De ahí su vulnerabilidad alarmante. China y Japón poseen más de dos billones de dolares en títulos del Tesoro norteamericano y en reservas. Si abandonasen el dólar, todo el sistema capitalista se derruiría, arrastrando además a esos dos países.

Palestina, África, Europa y Honduras

En el terreno internacional la política de Obama se distancia también de los compromisos de campaña. El discurso es otro, pero en lo fundamental el Presidente mantiene fidelidad al proyecto de dominación mundial de los EEUU como nación predestinada a salvar la humanidad de los peligros que la amenazan.

Admito que Obama está persuadido de que le corresponde desempeñar una misión providencial. No es un político reaccionario, necio y enfeudado a grandes grupos financieros. Pero su deseo de no abdicar de un comportamiento ético, tal como lo concibe, se topó desde la entrada en la Casa Blanca con engranajes cuyo poder había subestimado. No se puede olvidar que sus ideas liberales en la acepción americana de la palabra son inseparables de la convicción de que el sistema capitalista precisa de grandes reformas, más debe ser preservado cueste lo que cueste.

En pocos meses concluyó que su proyecto de reformas habría de ser reformulado, en el plano interno y externo, ajustándose a una relación de fuerzas muy compleja. Y de concesión en concesión, su política adquirió contornos cada vez más aceptables por el establishment. La insuficiencia de su conocimiento de la Historia habrá pesado mucho en la adopción de orientaciones para la política exterior que poco difieren de las anteriores, inspiradas por el sueño imperial.

El llamado discurso histórico de El Cairo es una pieza que, despojada de retorica, confirma la alianza de los EEUU con Israel. Obama insiste en los dos Estados para Palestina, pero cuando el gobierno de Tel-Aviv intensifico la construcción de millares de edificios en colonatos en Cisjordania reacciono tímidamente. Limita-se a pedir el congelmiento de los actuales colonatos. Por si sola, su afirmación sobre una “Jerusalén única e indivisible” ilumina la tendencia para la capitulación frente al sionismo arrogante y expansionista.

El discurso dirigido de Ghana a África fue otro ejercicio de retórica. Lo que de él queda de substancial es la defensa de la creación de una fuerza trasnacional para la defensa de la “democracia” en el Continente. Traducida en lenguaje común esa sugerencia significa que el Presidente vislumbra un refuerzo de intervenciones armadas del imperialismo como la “solución” para las crisis africanas.

Expresó gran preocupación con las situaciones creadas en Darfur (cuyas reservas probables de petróleo son enormes) y en Somalia, pero no pronunció en Africa una palabra sobre los acontecimientos en Honduras.

Ese silencio fue atribuido por la propia prensa de los EEUU a la contradictoria posición asumida frente al golpe de Estado hondureño. Obama criticó el gorilazo, no reconoció al gobierno fantoche de Micheletti y apoyó la resolución de la OEA que exige el regreso de Manuel Zelaya, el presidente legitimo. Más los EEUU no retiraron de Tegucigalpa a su Embajador, un cubano de Miami que mantenía y mantiene intimas relaciones con los golpistas.

Indiscreciones de militares y de ministros nombrados por Micheletti confirmaron que en la Embajada se realizaron reuniones preparatorias del golpe. Para agravar esa red de complicidades, el comando de la Fuerza Aérea Hondureña está instalado en la base militar norteamericana de Palmerola, a unas decenas de kilómetros de la capital. Fue además de Hillary Clinton que partió la idea de la mediación del costarricense Oscar Arias, iniciativa que permite a los golpistas ganar tiempo. Es evidente que la ambigüedad de la posición de los EEUU frente a la crisis hondureña refleja su temor a que la reinstalación en la Presidencia de Manuel Zelaya fortalezca el bloque de países del ALBA, liderado por Hugo Chávez.

En la Unión Europea, donde los gobernantes continúan derramando elogios sobre Obama, el presidente utilizó en la reunión del G-8 un lenguaje barroco para disfrazar lo fundamental del recado transmitido. Los EEUU no abdican de la tarea de dirigir al mundo, que se auto atribuyen y no aceptaran cualquier proyecto que retire al dolar el papel moneda universal.

Los encuentros con Medvedev y Putin dejaron las cosas en el pie en que estaban. El intercambio de sonrisas y de palabras amables no puede disfrazar la desconfianza mutua entre Washington y Moscú. Una certeza: la OTAN no desiste de su intención de avanzar para el Este y los EEUU no revelan disponibilidad para retirar de las fronteras rusas el llamado escudo antimisiles.

Irak, Afganistán y Paquistán

Es en el medio Oriente y en Asia Central que las opciones de la política internacional de Obama suscitan mayor preocupación a nivel mundial. En vez de contribuir a la paz, diseminan la violencia y prolongan y amplían guerras criminales heredadas de la administración Bush.

Relativamente a Irán, los llamados del Presidente a un dialogo franco no encontraron hasta ahora expresión practica. Por el contrario. Las exigencias sobre la cuestión nuclear, con contornos de ultimátum, persisten, acompañadas de la amenaza de nuevas sanciones. Simultáneamente, el envolvimiento de los servicios de inteligencia norteamericanos en las manifestaciones de las calles de Teherán posteriores a las elecciones han sido repetidamente confirmadas por fuentes creíbles, inclusive norteamericanas. La hipótesis de una agresión militar a Irán parece, con todo, excluida en la actual coyuntura. La Casa Blanca habrá llegado a la conclusión, con el apoyo del Pentágono, de que en el momento en que los EEUU se encuentran atorados en dos guerras, en Irak y Afganistán, no existen condiciones políticas y militares para una escalada en la región que alcanzara a Irán.

En Irak el esfuerzo de la maquinaria mediática para presentar al país como “pacificado”, lo que habría permitido la retirada de las ciudades del ejército norteamericano, es desmentido día a día por la realidad. La violencia en el mes de Junio y en la primera quincena de Julio alcanzó allí un nivel que no se registraba hace mucho. La resistencia a la ocupación extranjera aumenta cada semana y el gobierno instalado por Washington está desacreditado. Impresionado por los informes del general Petraeus, Obama cometió un error que puede ser fatal para la imagen de su Administración. No se limitó a transferir tropas de Irak para Afganistán; decidió enviar para aquel país a mas de 21 000 soldados.

Al erigir el binomio Afganistán-Paquistán en primera prioridad de su política exterior no parece consciente de que es arrastrado por ilusiones que, en un contexto diferente, desembocaran hace medio siglo en la humillante derrota de Vietnam. La actual ofensiva en la Provincia de Helmand, en que participan millares de marines, se está desarrollando muy mal y los números de muertos británicos suscita ya protestas en el Reino Unido. El Comandante en el terreno militar cuyo curriculum contribuye para aumentar las preocupaciones,,el general Stanley Chrystal ha sido definido por su pasado como un criminal de guerra.

Petraeus habla en una “nueva atmosfera” que permita conquistar la confianza de las poblaciones. Pero hasta ahora lo que se registra es un crecimiento del odio inspirado por los invasores. Corresponsales europeos, entre los cuales, periodistas de El País, insospechables de simpatía por la resistencia, afirman que no existe contacto alguno de la tropa con los moradores de las aldeas, que huyen de los soldados norteamericanos e ingleses como el diablo de la cruz.

El miedo de que el radicalismo islámico se propague por Paquistán está en el origen de la ambiciosa estrategia bipolar en que Obama deposita tanta confianza. Pero los bombardeos de las tribus del noroeste paquistaní, que ya causaron la muerte de centenas de campesinos, genera la indignación de la minoría Pachtun, la segunda del país, o sea más de veinte millones de personas de la misma etnia de los afganos pachtunes, separados de estos por una frontera artificial impuesta en 1893 por el imperio británico.

El escepticismo de los propios media norteamericanos en cuanto al desenlace de la estrategia de Obama para la región es ya inocultable. Algunos son tan pesimistas, que, previendo una derrota de consecuencias catastróficas, definen la guerra en Afganistán como “el nuevo Vietnam”.

Todo lleva a creer que la evolución de la estrategia asiática del Presidente de los EEUU pesa mucho en su imagen. Barack Obama, aclamado como salvador providencial de la humanidad por intelectuales como Amin Maalouf, corre el riesgo, si las cosas ocurrieran mal en Asia, sobre todo en las montañas y valles de Afganistán, de surgir como el enterrador involuntario del sueño imperial de los EEUU.

Vila Nova de Gaia, 14 de Julio de 2009

http://www.odiario.info

Traducido para La Haine por Pável Blanco Cabrera

 

 

Cuarenta años del lado oscuro de la Tierra

Carlos Rodríguez
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El 20 de julio de 1969, la misión Apolo XI desembarcaba en la superficie lunar. Fue celebrada con vítores y señalada como la más grande hazaña en la historia del hombre. Vietnam, el Cordobazo y el Rosariazo daban cuenta de otras hazañas legendarias.
 

Los diarios de la época la definieron como “la más grande hazaña humana” o “la colosal aventura del espacio”. En la convulsionada Argentina de los ’60, en un año donde se produjeron, en pocos meses, el Cordobazo y los dos Rosariazos que empezaron a destronar al dictador Juan Carlos Onganía –pero no, todavía, a la dictadura de entonces–, la llegada del hombre a la Luna fue un paréntesis que vino del espacio, en vivo y en directo por la televisión. Fue un toque de ciencia ficción –nadie terminaba de dar crédito a lo que se veía por la tele–, en un mundo atravesado por la realidad presente de las guerras en Vietnam, en el Canal de Suez o en la frontera entre El Salvador y Honduras. El módulo lunar LEM, bautizado “Aguila”, se desprendió de la nave madre “Columbia” y según las crónicas de ese tiempo “alunizó”, tomó contacto con la superficie lunar, a las 16.18 (hora argentina) del domingo 20 de julio de 1969. Todavía faltaban varias horas para el momento culminante de la Misión Apolo XI, que llegó a las 22.56 (hora argentina) de ese día, cuando Neil Armstrong, con paso vacilante, caminó por el suelo lunar “de carbón y escoria”, como él mismo describió en uno de sus primeros contactos con la base de Houston.

“En ese año trabajaba en el Canal 13, que transmitió el alunizaje dentro del programa La Feria de la Alegría, que conducían Guillermo Brizuela Méndez y Colomba. Yo no trabajé ese día, pero seguí la transmisión desde mi casa, con mi mujer, mis hermanos y los de mi mujer. Brindamos con champagne cuando Armstrong y (Edwin) Aldrin caminaron por la superficie lunar. Lo primero que pensé, como hombre de la televisión, es en la proyección a futuro que tenía este medio de comunicación. En el poder inconmensurable que tenía la televisión.” Gustavo “Gugui” Riva es uno de los tres hombres más avezados de la TV argentina, después de su hermano, Juan José Riva, que estuvo en la primera transmisión de imágenes televisivas en el país, y de Nicolás del Boca.

Riva, que comenzó como ayudante de cámara, llegó a ser productor ejecutivo y director integral de televisión, y ahora se dedica a la docencia. “Lo que recuerdo de esa transmisión histórica es que tuve la sensación de que habíamos sido tocados por un designio de Dios. Lo que se vivía en la Argentina y en el mundo era una conmoción, una expectativa espectacular”, recuerda Riva en diálogo con Página/12. Todos los canales argentinos, en forma independiente, transmitieron el acontecimiento. La Feria de la Alegría salió, en vivo, desde el estadio Luna Park. “No hubo mucha gente en el estadio y, en ese aspecto, la convocatoria que se hizo fue un fracaso”, admite Riva.

A las 22.56 del 20 de julio se presume que todos los televisores estuvieron encendidos en la Argentina. Claro que no todas las casas tenían acceso a un aparato que era considerado un verdadero lujo. Un televisor marca Columbia tenía un valor, de contado, que oscilaba, según el tamaño, entre los 97 mil y los 115 mil pesos en efectivo. El sueldo mensual de una mucama o de un operario oscilaba entre los 16 mil y los 26 mil pesos. En esos años no existían las transmisiones en vivo en bares y restaurantes. Los que carecían de tele sólo podían apelar a la invitación de un familiar o de un vecino pudientes. O seguir la transmisión por radio.

“Houston. Aquí la base Tranquilidad”, fue lo primero que dijo Armstrong cuando se comunicó con el entonces presidente Richard Nixon, quien conversó por radio con los dos astronautas que pisaron suelo lunar, mientras el tercer hombre de la Misión Apolo XI, Michael Collins, seguía al comando de la nave insignia, dando vueltas alrededor de la Luna, a más de 100 kilómetros del lugar del “alunizaje”. Nixon, desde su despacho en la Casa Blanca, expresó “el orgullo del pueblo norteamericano y de la humanidad” por una hazaña que buscaba “el bien y la paz de la humanidad”.

Ese mismo día había regresado a Washington, procedente de Saigón, el general Earl Wheeler, titular del Estado Mayor Conjunto norteamericano, quien se manifestó “muy satisfecho” de su gira por el frente de guerra en Vietnam. Consideró que la situación estaba “prácticamente bajo control”. Desde Hanoi, Vietnam del Norte, el presidente Ho Chi Minh exigía el retiro de todas las tropas norteamericanas, como única forma de que el país enemigo “recobrara su honor perdido”. El deseo del “tío Ho” recién se cumplió en 1973, con el fin de la intervención norteamericana, aunque la guerra con Vietnam del Sur siguió hasta 1975.

La “paz” que encarnaba la llegada a la Luna estaba en jaque también con la guerra sin cuartel en la zona del Canal de Suez entre Israel y Egipto, y con los enfrentamientos fronterizos entre El Salvador y Honduras. El mismo día de la caminata lunar, en el puerto de La Habana, el gobierno de Fidel Castro les rendía honores a siete naves de guerra soviéticas que habían llegado en “visita fraternal”.

La Guerra Fría entre las dos grandes potencias fue sin duda el motor que impulsó a los norteamericanos a acelerar el viaje tripulado con descenso en la Luna. El 4 de octubre de 1957, los rusos habían puesto en órbita alrededor de la Tierra al satélite Sputnik, luego enviaron al espacio a la perra Laika y en abril de 1961 al primer hombre, Yuri Gagarin. Así llegaron a 1966, cuando “aluniza” el satélite soviético Luna 2. Con la Misión Apolo XI, Estados Unidos recuperó su orgullo, aunque los vietnamitas insistieran en que no “el honor”.

En la Argentina, el dictador Juan Carlos Onganía difundió un mensaje de felicitación al gobierno de Estados Unidos “en esta hora en que el hombre por primera vez desciende sobre el testigo de su historia”, sobre la Luna en la que “miles de generaciones han depositado sus sueños, sus angustias y sus alegrías”. El régimen de facto encabezado por el general Onganía venía de afrontar, en el mes de mayo, dos expresiones populares y masivas de repudio a la dictadura: el primer Rosariazo y el Cordobazo. Por esa razón, en junio de 1969, se había decretado el estado de sitio.

La caída de Onganía se produjo recién en mayo de 1970, luego del segundo Rosariazo y del secuestro, por parte de los Montoneros, del general Pedro Eugenio Aramburu. La resistencia a la dictadura se advertía, incluso, en los estadios deportivos. En ese año 1969, los campeones de fútbol fueron primero Chacarita –en el Metropolitano, por primera vez en su historia– y después Boca Juniors, en el Nacional. Boca repitió en el Nacional de 1970, cuando se hizo famoso un cántico de la hinchada xeneize: “De noche, de día / a Boca no lo paran / ni los tanques de Onganía”.

El lunes 21 de julio de 1969, como todos los diarios locales, Clarín exaltó “la más grande hazaña humana” lograda por la Misión Apolo XI y le dedicó al acontecimiento un suplemento especial de 28 páginas. Los avisos comerciales afirmaban que los termos Lumilagro eran imprescindibles “hasta para ir a la Luna” y anunciaban que Kodak iba a revelar “los secretos de la Luna”, mientras que el Banco Comercial de Buenos Aires avisaba: “Para cualquier negocio con la Luna, consúltenos”.

Las notas, además de informar en detalle sobre el viaje espacial, detallaban el cuidado fisiológico y psicológico de los astronautas, así como “la comida de a bordo”, a base de peras, salchichas, jugo de naranja, cubos de chocolate, carne asada y sopa de arvejas. Claro que la realidad de una Argentina en dictadura se filtraba, a pesar de la euforia espacial, en las páginas del cuerpo principal del diario.

En la página 28 de las noticias nacionales, uno de los títulos decía: “Espectacular procedimiento efectuó DIPA”. La sigla correspondía a la División Informaciones Policiales Antidemocráticas (DIPA), que dependía de Coordinación Federal, uno de los organismos represivos más temidos de la época. Se habla de un operativo en un edificio de Luis María Drago 440 de la Capital Federal. Allí funcionaba la peña folklórica “Martín Fierro”, a la que concurrían “numerosos adherentes a un acto organizado por el disuelto (por la dictadura) Partido Comunista”.

Hubo 180 detenidos, de los cuales recuperaron su libertad “aquellos que no poseían antecedentes delictuosos o que eran ajenos a los fines perseguidos en la reunión” política. De la noticia surge que, aquel 20 de julio de 1969, algunos no pudieron ver la llegada del hombre a la Luna.

1959-2009: El despertar de Nuestra América

Carlos Rivera Lugo

Rebelion/Claridad

El periódico Claridad nació hace medio siglo bajo el signo de la revolución. Si bien en lo inmediato se funda como instrumento de lo que se conoce en ese momento en Puerto Rico como la “nueva lucha por la independencia”, el contexto estratégico de la iniciativa se caracteriza por la ruptura histórica que marca el retorno a la América nuestra de la inconclusa agenda libertadora. Ésta da comienzo con la primera derrota del otrora todopoderoso imperio estadounidense en Cuba.

La Revolución cubana de 1959 nos devuelve no sólo la esperanza de que otro mundo mejor sea posible, sino además la voluntad para soñarlo y, sobre todo, realizarlo en la práctica. Sí, Fidel y el Che nos pusieron a soñar nuevamente más allá de lo dado y a desear transformarlo todo de raíz. Nos obligaron a reconfigurar la conciencia a partir de una ética nueva de vida fundamentada en el valor del bien, de lo justo y de lo común, más allá de la tiránica e inmoral valorización materialista y utilitaria del capitalismo. Hasta los teólogos cristianos se vieron compelidos a reanudar su opción preferente por los pobres. Los filósofos quisieron reencauzar su pensamiento para hallar nuevamente el ser en la praxis, es decir, en la práctica comprometida como criterio de verdad.

Hasta la dialéctica parecía tomar su curso esperanzador al ir desmintiendo la sentencia hegeliana acerca de nuestra condición como “pueblos sin historia”, condenados a vivir como meros apéndices de la historia de los pueblos del Norte. A partir de la Revolución cubana, Marx retomó su diálogo con la América Latina, aunque esta vez en términos más simpáticos que sus primeros acercamientos a raíz de la gesta independentista bolivariana.

Debido al virus ideológico estalinista que había arropado al movimiento comunista internacional, poco se conocía en ese entonces de las reflexiones críticas de Marx acerca de las características particulares del modo de producción en contextos coloniales, como la América nuestra, y las fuerzas revolucionarias potenciales de los lazos comunitarios que persistían bajo éste. Parecía inclinado a entender que la revolución social sólo se despertaría entre nosotros a partir de la justa valoración de nuestra propia historia, no necesariamente idéntica a la historia europea.

La crítica de Marx a Bolívar parecía partir de su apreciación acerca del carácter incompleto e insuficiente del proyecto de Estado de la gesta independentista suramericana. Para éste, el estado-nación bolivariano era más aparente que real, en la medida en que no se sostenía sobre las energías del conjunto de la sociedad civil, sobre todo sus sectores plebeyos. Esto tuvo como resultado una artificial construcción estatal autoritaria, sustentada por unas elites oligárquicas criollas con fuertes tendencias de mando bonapartistas. Como nos relata el escritor mexicano Carlos Fuentes en su novela La campaña: “La república criolla se iba a desentender de la esclavitud de hecho; sólo iba a reformarla en derecho”.

De ahí que, según Marx, esta primera independencia naciese coja. Para completarse haría falta su revolucionarización social, es decir, la potenciación para de la auténtica historia de nuestros pueblos a partir de sí mismos. Para Marx, la revolución no puede ser una obra que se emprende por encima de la sociedad sino como acción que construye desde la misma sociedad. Es por ello que con la Revolución cubana se inaugura en Nuestra América la gesta de la segunda independencia, esta vez presidida por el imperativo de la revolución social.

La verdadera independencia

En febrero de 1962, en la histórica Segunda Declaración de La Habana, se proclama la hora de la liberación definitiva de los pueblos: “Ahora, esta masa anónima, esta América de color, sombría, taciturna, que canta en todo el Continente con una misma tristeza y desengaño, ahora esta masa es la que empieza a entrar definitivamente en su propia historia, la empieza a escribir con su sangre, la empieza a sufrir y a morir. Porque ahora, por los campos y las montañas de América, por las faldas de sus sierras, por sus llanuras y sus selvas, entre la soledad o en el tráfico de las ciudades o en las costas de los grandes océanos y ríos, se empieza a estremecer este mundo lleno de razones, con los puños calientes de deseos de morir por lo suyo, de conquistar sus derechos casi quinientos años burlados por unos y por otros. Ahora sí, la historia tendrá que contar con los pobres de América, con los explotados y vilipendiados de América Latina, que han decidido empezar a escribir ellos mismos, para siempre, su historia”. Y concluye: “Porque esta gran humanidad ha dicho: ¡Basta! y ha echado a andar. Y su marcha de gigantes, ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia”.

Sin embargo, al igual que les ocurrió a los bolcheviques soviéticos en su momento, la clase burguesa, tanto en su versión imperial como criolla, pretendió aislar y destruir la joven Revolución. El intento fallido de invasión por Playa Girón en abril de 1961, le produce a los Estados Unidos su primera derrota militar en la América nuestra. Airado decreta en 1962 un criminal bloqueo total contra Cuba para someterla de hambre.

La escalada de la agresión estadounidense contra Cuba lleva al gobierno revolucionario cubano a buscar la ayuda de la Unión Soviética. A finales de ese mismo año, se produce en torno a Cuba la llamada crisis de los misiles entre la Unión Soviética y Estados Unidos. Tras una negociación secreta entre los presidentes de ambos países, Nikita Jrushchov y John F. Kennedy, la URSS acepta retirar sus misiles de Cuba a cambio de la garantía de Estados Unidos de que no invadirá a Cuba. Las negociaciones se condujeron de espaldas al gobierno cubano, en total desprecio a la soberanía de la isla.

Jurando que no permitiría el surgimiento de otra Cuba en la América nuestra, el presidente Lyndon B. Johnson no titubeó en autorizar la invasión militar de la República Dominicana en abril de 1965. Washington alegaba la infiltración comunista del movimiento constitucionalista, encabezada por el Coronel Francisco Caamaño Deñó, quien aspiraba a devolver a la presidencia al líder del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), Juan Bosch, el primer presidente democráticamente electo por los dominicanos luego del fin de la sanguinaria dictadura de Leónidas Trujillo. Fue depuesto a sólo siete meses de su gobierno como resultado de una conspiración derechista apoyada por Estados Unidos.

El orden de batalla

Ante la prepotencia imperial, sólo quedaba ampliar la apuesta política. Desde La Habana se empezó a irradiar una agenda de transformación continental desde la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). Se encendió la lucha guerrillera en Venezuela, Perú, Brasil y Argentina. La guerra antiimperialista se quiso apuntalar a partir de la Organización de Solidaridad con los Pueblos de Asia, África y la América Latina, mejor conocida como la Tricontinental. El Che Guevara se encargó de apadrinarla desde las selvas bolivianas.

Antes que el filósofo francés Michel Foucault articulase desde Paris la idea paradigmática de que la verdad se constituye a partir de una posición de combate, dado que en el fondo la sociedad toda es un orden de batalla, estuvo la praxis del Che y de tantos otros en tierras de Nuestra América. Detrás de toda relación de poder, nos dice Foucault, yace “una lucha a muerte, de guerra” y como tal la guerra no es más que la continuación de la política por otros medios.

Las ideas de los intelectuales no surgen de la nada, sino que se forjan a partir de las luchas concretas. Son éstas las fuentes constitutivas de las nuevas verdades que nos guiarán acerca de la naturaleza del poder. “Dos, tres, muchos Vietnam”, sentenció el Che. Le siguió el filósofo francés: “Para resistir se tiene que ser como el poder. Tan inventiva, tan móvil, tan productiva como él. Es preciso que, como él, se organice, se coagule, y se cimente. Que vaya de abajo hacia arriba, como él, y se distribuya estratégicamente”.

La muerte del guerrillero heroico en octubre de 1967, así como de otros combatientes durante ese periodo, tales como el cura colombiano Camilo Torres, el periodista argentino Jorge Ricardo Massetti y el brasileño Carlos Marighella, en medio de la intensificación de las estrategias contrainsurgentes del imperio, sólo sirvieron para abonar la radical agricultura. La rebelión brotó por todos lados, desde los estudiantes mexicanos de Tlaltelolco hasta los guerrilleros tupamaros o montoneros de las urbes uruguayas y argentinas. La Unidad Popular encabezada por Salvador Allende produjo la inédita victoria de 1970 vía las urnas en Chile. El nuevo poder, al igual que en Cuba, asumió un rostro obrero-campesino.

La contrarrevolución neoliberal

Sin embargo, más allá del triunfalismo que reinaba entre nosotros, la realidad se encargó de darnos unas dolorosas lecciones de humildad. Se impuso nuevamente la férrea ley del orden social y político de batalla: a mayor rebelión, mayor fue la represión. El fuego revolucionario se apagó con ríos interminables de sangre. La contrarrevolución neoliberal, promovida desde Washington, hizo su entrada en escena en 1973 sobre los hombros del sátrapa mayor, el dictador chileno Augusto Pinochet, seguido luego por otros sátrapas menores, aunque no menos sangrientos, en el resto del Cono Sur. El terror se constituyó en el criterio legitimador del nuevo orden civil. Los sobrevivientes fueron forzados a la claudicación, al exilio o al silencio a la espera de mejores días.

Tendremos que aguardar a la gesta nacionalista de Omar Torrijos en Panamá y la Revolución Sandinista de 1979 para recuperar la esperanza. En el caso de Panamá, Torrijos alcanzó negociar con el presidente estadounidense James Carter la recuperación de la soberanía sobre el Canal. No obstante, en el caso de Nicaragua, desde el Washington del neoliberal Ronald Reagan, se coordinó una guerra contrarrevolucionaria que le fue desangrando. En 1990 los sandinistas son desplazados electoralmente del gobierno y se impone en el país poco a poco la contrarrevolución neoliberal. Poco después, los acuerdos de Paz de 1992 pusieron fin también a una cruenta guerra emancipadora en El Salvador encabezada por el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). Se percibe poco a poco a través de la América nuestra una tendencia incipiente hacia la sustitución de la política de las armas por las armas de la política.

Las invasiones militares de Estados Unidos a Granada en 1983, poniendo fin al régimen socialista que allí gobernaba, y a Panamá en 1989, ésta última para perseguir y arrestar como vil delincuente al jefe de gobierno, dan testimonio nuevamente del profundo desprecio que el imperio tiene de la autodeterminación y soberanía nacional de nuestros pueblos.

Con el colapso a partir de 1989 del “socialismo real” y, muy particularmente, de la URSS, Estados Unidos se consolida como hiperpotencia dentro de un nuevo orden mundial unipolar regentado casi absolutamente desde Washington. Junto a ello, se revive la otra pretenciosa idea hegeliana acerca del liberalismo como etapa final de la historia y, a partir de ella, la descalificación histórica de toda utopía que no se conforme a este juicio. Se forja el nuevo discurso ideológico de lo “políticamente correcto”, que se impone por todo el mundo como pensamiento único de la contrarrevolución neoliberal. George Orwell tuvo razón en vaticinar el advenimiento de un orden totalitario, aunque finalmente no será éste apuntalado por el “socialismo real”, como pensaba, sino que por la euforia de un capitalismo que aparentemente se alzaba con la victoria histórica sobre el socialismo.

En la América nuestra, el nuevo orden neoliberal se consolidó por medio de la imposición del funesto Consenso de Washington, que de consensual no tuvo nada. El imperio afina su proyecto de hegemonía neocolonial y anuncia la integración para el 2005 de un solo mercado desde el Norte hasta el Sur de las Américas, regentado desde Washington: el funesto Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

El nuevo protagonista de la historia

Sin embargo, la historia se encargó de enseñarnos que no ha concluido y que en su subsuelo late con intensidad la rebelión antisistémica, aunque bajo nuevas e inusitadas formas y a partir de nuevos sujetos. La dialéctica histórica no hay quien la suspenda y ésta confirma una y otra vez la naturaleza contradictoria de todo hecho o proceso social: más allá de lo dado se encierra siempre un hecho o proceso que le niega y, potencialmente, le supera. Es la continuación de ese “movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual”, ese inapelable criterio de la verdad del que nos hablaron Marx y Engels.

La primera evidencia de la constitución progresiva de un proceso de resistencia contrahegemónica fue el Caracazo de 1989, esa rebelión civil protagonizada mayormente por los marginados de las barriadas populares de la capital venezolana contra los efectos devastadores del neoliberalismo. Le siguió el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional el 1 de enero de 1994, el cual introduce nuevamente la fuerza histórica de ese nuevo sujeto que, ya desde la década del sesenta del siglo pasado, el psiquiatra martiniqueño Frantz Fanon había sentenciado sería el novel protagonista que motorizaría una vez más la historia de la lucha de clases: “los condenados de la tierra”, los marginados y excluidos del orden civilizatorio capitalista.

Los Zapatistas representan la entrada en escena del indígena, largamente postergado como sujeto en los discursos no sólo de la derecha sino que también, en general, de la izquierda. De paso, armados de un “marxismo abierto” y crítico proponen otra manera de ver la guerra como también la política. El poder no se toma, se construye, insisten, al margen del Estado actual, es decir, desde la constitución de una esfera pública cada vez más ampliada al margen de ese Estado y afincada en las instancias locales de la sociedad. En ese sentido, le dan la espalda al Estado capitalista, el cual entienden como un nudo problemático irreformable de relaciones sociales que está inescapablemente comprometido con la reproducción permanente del capital como relación social alienante, desigual y opresiva. En la alternativa, hacen su apuesta política a la construcción, desde las comunidades indígenas, de un nuevo orden autogobernado, es decir, caracterizado por nuevas relaciones sociales y de poder, efectivamente democráticas.

Ahora bien, el “movimiento real” a partir del cual se va articulando un nuevo proceso de lucha contrahegemónica no se atiene a libretos ideológicos fijos y se nos presenta a través de una multiplicidad de vías según las particularidades de cada país. En 1999 se inicia la revolución bolivariana en Venezuela bajo el gobierno del presidente electo Hugo Chávez Frías y en el 2003 ascienden a las presidencias de Brasil y Argentina, también por la vía electoral, el obrero socialista Luiz Inácio Lula Da Silva y el peronista Néstor Kirchner, respectivamente. Estos tres mandatarios fueron los principales responsables de producir la defunción del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA) al confrontar al gobierno de Estados Unidos con sus demandas a favor de un orden económico internacional más equitativo. En la alternativa, sentaron las bases para la promoción de unos procesos progresistas e independientes de integración regional.

La sublevación de octubre de 2003 en Bolivia culminó con el eventual triunfo electoral, dos años más tarde, del primer candidato indígena a la presidencia, el socialista Evo Morales Ayma. A partir de éste se inaugura un proceso histórico de constitución de un inédito Estado plurinacional, multicultural y plurisocietal, bajo el mando de un nuevo bloque de fuerzas históricas con decisiva influencia del indigenismo y los movimientos sociales en general. En octubre de 2004, triunfa en los comicios presidenciales de Uruguay, el candidato centroizquierdista Tabaré Vázquez. Luego de su triunfo electoral del 2006, los Sandinistas vuelven al gobierno en Nicaragua con Daniel Ortega en la presidencia. En el 2007, con el triunfo decisivo en las urnas de su centroizquierdista Alianza País, Rafael Correa asume la presidencia en el Ecuador para dar inicio, al igual que Venezuela y Bolivia, a sendos procesos de refundación de los órdenes sociales y jurídico-políticos de sus respectivos países.

La América nuestra se convierte en un referente de potenciación radical de la democracia. En Paraguay la izquierda se alza también con la victoria electoral y el ex-obispo católico Fernando Lugo asciende a la presidencia. En Guatemala, en noviembre de 2007 el centroizquierdista Álvaro Colom obtiene el triunfo en los comicios presidenciales. Igual resultado obtiene luego el candidato presidencial del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, Mauricio Funes, en marzo de 2009.

Todo ello marca un histórico giro a la izquierda de la política en Nuestra América, el cual estuvo acompañado de un relativo declive en la influencia de Estados Unidos en la región bajo la administración de George W. Bush. El ciclo de medio siglo inaugurado en 1959 bajo el signo de la revolución, culmina así su profundo quiebre epocal.

Incluso, hay quienes ven en la elección del afronorteamericano Barack Obama a la presidencia estadounidense, un atisbo del mismo signo transformacional. Al gobierno del presidente Obama le ha tocado el reto de redefinir las relaciones interamericanas y está por verse si tendrá la visión y la fuerza para hacerlo fuera de la perspectiva imperial que ha prevalecido desde el pronunciamiento de aquella nefasta doctrina que afirma su destino manifiesto para regir, a partir de sus intereses, sobre las Américas. Al respecto, nuevamente Cuba se erige como la mayor prueba de fuego, ante el reclamo que le hace a Washington la casi totalidad de los gobiernos de la América nuestra para que ponga fin al criminal y fracasado bloqueo que mantiene contra ese heroico pueblo hace ya casi cincuenta años.

Ya es hora, pues, que Washington se entere que somos pueblos con una historia propia.

El autor es Catedrático de Filosofía y Teoría del Derecho y del Estado en la Facultad de Derecho Eugenio María de Hostos, en Mayagüez, Puerto Rico. Es, además, miembro de la Junta de Directores y colaborador permanente del semanario puertorriqueño “Claridad”.