Honduras: prensa, poder y democracia (Descargar Libro)

Honduras: prensa, poder y democracia.

Tegucigalpa CEDOH, Centro de Documentación de Honduras, Tegucigalpa, Honduras. 2002.

Descriptores Tematicos: prensa, poder, democracia, Honduras

 

INDICE

  • Capítulo I:  presentación
  • Capítulo II: El poder, la democracia y la prensa: una relación contradictoria y difícil
  • Capítulo III: La prensa como instrumento de poder
  • Capítulo IV: La prensa y su relación con el poder. El poder como fuente de enriquecimiento ilícito de la prensa
  • Capítulo V: La prensa y los valores democráticos
  • A. Fondo de reptiles. Los periodistas y la corrupción en Honduras
  • B. Los ojos del poder
  • C. Dos décadas de periodismo hondureño por dentro
  • D. Prensa, poder y ciudadano: el caso hondureño
  • E. La modelación social. Reflexiones sobre el entramado prensa – poder
  • F. Periodismo trivial 
  • Capítulo VI: Comentarios
  • Capítulo VII: Anexos
  • Anexo I: El foro Ciudadano
  • Anexo II: Foro Ciudadano: carta abierta al colegio de periodistas de Honduras
  • Anexo III: carta pública a los dueños de medios de comunicación 

Del autoritarismo a la democracia

(Fragmento)

La relación entre el poder y la prensa, entendido el primero como una conjunción complementaria de la economía y la política, es tan vieja como viejos son sus protagonistas. Desde los inicios mismos de la prensa, en sus manifestaciones más primarias, se fueron conformando sus relaciones, casi siempre difíciles y contradictorias, con los círculos del poder.

La invención de la imprenta por Juan Gutenberg en la Europa medioeval, significó un gran impulso a la divulgación de la palabra escrita y generó, como era de esperar, las reticencias y resistencia de los monarcas absolutos de entonces, que se afanaron por poner bajo su control y limitar los alcances de aquel invento tan novedoso como sospechoso.

Unos siglos más tarde, Napoleón Bonaparte, que tenía sobradas razones para conocer las veleidades y fluctuaciones de la prensa en su relación con el poder, no vaciló al momento de expresar sus deseos de gobernante absoluto y poner en claro sus pretensiones de control sobre los periodistas de la época. “La libertad de prensa, dijo el Emperador, debe estar en manos del gobierno, la prensa debe ser un poderoso auxiliar para hacer llegar a todos los rincones del Imperio las sanas doctrinas y los buenos principios. Abandonarla a si misma es dormirse junto a un peligro”1. Y, en el siglo XIX, otro gobernante, con una visión más práctica y utilitaria de la prensa, Otto Von Bismarck, desde la Cancillería prusiana ordenó la creación de un fondo presupuestario especial, destinado exclusivamente para comprar periodistas y convertir lo que debía ser información de prensa en un instrumento simple de la propaganda estatal. Curiosamente, esa asignación monetaria creada por Bismarck para fines tan específicos como deleznables, era conocida en los círculos políticos de entonces con el despectivo nombre de “fondo de los reptiles”2.

Prensa y poder, pues, han marchado juntos desde hace ya mucho tiempo, y sus relaciones, como un péndulo incesante, han oscilado y oscilan entre la confrontación y el halago, entre la vigilancia y la complacencia. El poder tiende inevitablemente a sospechar de la prensa, desconfía de sus intenciones y logros, la ve como una intrusa que husmea en sus pasillos y laberintos, buscando siempre descifrar los secretos mejor guardados, tratando de airear en público lo que la “razón de Estado” demanda conservar en secreto. Y la prensa, por su parte, si es independiente y profesional, insiste en fiscalizar las actividades del poder, persevera en la vigilancia y el control sobre la gestión pública. La prensa se va erigiendo así, poco a poco, en una especie de contrapoder, un espacio para la contraloría social, un instrumento para asegurar la transparencia y la corrección en las actividades del Estado.

Como es de suponer, una relación semejante no puede estructurarse sin confrontación ni conflictos. Posee, por naturaleza, una esencia contradictoria. Es contrapuesta, por definición. Entre más independiente sea la prensa, mayor será la tentación del poder por controlarla y ponerla a su servicio. Y, al revés, entre menos transparente y abierto sea el accionar gubernamental, mayor será el esfuerzo de la prensa por develarlo y cuestionarlo en público.

Esa lucha constante entre la vocación de denuncia y el afán del secreto, caracteriza siempre, en última instancia, la relación entre el poder y la prensa. No importa cuán democrático y pluralista sea un gobierno, siempre habrá en su interior fuerzas y tendencias que pugnan por reducir el campo de acción de la prensa. Nunca faltan funcionarios que prefieren el silencio y la secretividad antes que el debate abierto sobre la gestión pública. La llamada “cultura del secreto”, que convierte al burócrata en celoso guardián de las intimidades oficiales, termina, más temprano que tarde, erigiéndose en muralla que la prensa independiente no sólo debe sortear sino también derribar.

No es casual que las llamadas leyes que regulan el acceso a la información, según el grado de permisividad o limitación que contengan, se hayan ido convirtiendo poco a poco en algo asi como termómetros válidos para medir la escala de apertura de las sociedades y el nivel de transparencia en los gobiernos democráticos.

En los regímenes totalitarios, o simplemente autoritarios, la relación del poder con la prensa discurre por vías verticales, ya sea a través del principio duro del “ordeno y mando” o por la forma menos elocuente de la discreta pero férrea censura. El poder traza la línea que marca el límite de la permisividad en la prensa, establece las reglas del juego y se ocupa directamente de su estricto cumplimiento. La prensa, en tal situación, deja de ser un contrapoder para convertirse en apéndice del poder. Se transforma en su contrario y, abandonando su espíritu fiscalizador y crítico, se reduce a cumplir la función de propagandista del régimen.

En la Alemania nazi, para citar uno de los ejemplos más siniestros, la información y la propaganda llegaron de hecho a ser sinónimos, y la prensa quedó, en lo fundamental, convertida en un instrumento más al servicio de la guerra desatada por Adolfo Hitler. La prensa como prolongación del esfuerzo bélico. Los periodistas como soldados al servicio del nacional socialismo. En la antigua Unión Soviética, la libertad de prensa, por supuesto, no era más que una ficción. Pero en la época más difícil, durante el estalinismo, la prensa alcanzó niveles de abyección y servilismo increíbles, saturando sus páginas con loas interminables al poder y orquestando las estructuras del culto a la personalidad más sistemático y casi perfecto que la historia humana había conocido hasta entonces. Una prensa gris y monótona, cargada de adjetivos y símbolos, de contenido pobre y aburrido, sirviente fiel y obsequiosa de los diferentes circuitos del poder político.

En los Estados democráticos la situación cambia, tanto en su contenido como en su forma. La relación entre la prensa y el poder adquiere nuevos matices, se construye bajo otros parámetros y modelos. La naturaleza democrática del sistema requiere, para realizarse, que la prensa sea independiente y se constituya en un ente fiscalizador y vigilante. Pero, al mismo tiempo, la esencia propia del poder, en tanto que factor de coerción social y mecanismo de control político, demanda, para hacerse fuerza real, subordinar a la prensa y someterla, sutil y discretamente, a sus designios últimos.

Y así, el Estado democrático también contiene, en su interior, las fuerzas que apuntan al control de la prensa. Las formas que adquiere ese control y los mecanismos que utiliza son otros, menos directos y brutales que los del totalitarismo, pero igualmente pretenciosos y preocupantes. La búsqueda de la sumisión de la prensa pasa por la necesidad de crear una “prensa amiga”, discretamente conciliadora, sospechosamente tolerante y comprensiva. No se le censura pero se le seduce. No se le reprime pero se le atrae. Se trata, en última instancia, de buscar su neutralización sin alterar su imagen de prensa independiente. Se pretende, a fin de cuentas, suavizar sus aristas críticas sin lesionar su reputación de vigilante.

En el fondo, todo se reduce a una contradicción simple: en tanto que democrático, el Estado necesita respetar a la prensa y estimular su autonomía funcional; pero, en tanto que expresión instrumental del poder, ese mismo Estado requiere de una prensa conciliadora y amigable, dispuesta a conceder y a autocontenerse. De esta forma, en la sociedad democrática, la relación entre la prensa y el poder discurre por vías mas horizontales aunque menos lineales, más abiertas pero menos evidentes. Su esencia conflictiva se expone en forma cruda o se encubre y se disfraza. Si se insiste en la independencia y el rol fiscalizador, entonces la relación se abre y muestra su naturaleza conflictiva. Si, por el contrario, se transa y se reduce el espíritu crítico, entonces la relación se hace subterránea y amistosa

Los mecanismos que utiliza el poder para seducir y someter a la prensa son amplios y variados, tanto como lo son los esfuerzos y afanes de la prensa por mantener su independencia y libertad. En esta lucha de influencias y rechazos, el forcejeo se produce en un polémico espacio en el que concurren, además de las pretensiones del Estado, los intereses empresariales y políticos de los dueños de la prensa así como la formación profesional y el compromiso ético de los periodistas mismos. El espectro es muy amplio y la lista de procedimientos y fórmulas que se utilizan para ganar la guerra o, al menos, algunas de sus más importantes batallas, es tan vasta como interminable. Mientras unos medios de comunicación sucumben y acceden a los halagos del poder, mimetizándose con él, otros se aferran a su independencia y optan por la vía que la vocación profesional les señala. Mientras unos periodistas insisten en conservar su autonomía profesional y ser fieles a su condición de comunicadores de la verdad y vigilantes de la gestión pública, otros se doblegan y rinden ante la seducción monetaria y los privilegios y canonjías que el poder alegremente les concede. Es, como en el caso de Bismarck, cuando empieza a funcionar a plenitud “el fondo de los reptiles”.

O sea que, la corrupción – porque de eso se trata en realidad -, a través de las múltiples y sinuosas formas que adopta, se va convirtiendo poco a poco en una de las fórmulas preferidas del poder para atraer y subordinar a la prensa. Sin la crudeza de la amenaza ni la ferocidad de la censura, el poder, por la vía discreta y siempre estimulante de la corrupción, va, gradualmente, alcanzando sus fines: realizarse a plenitud con el menor número de cortapisas posible, con la menor vigilancia social y sin mayor fiscalización pública (…) 

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