Una izquierda de derechas

Jaime Richart

Kaosenlared

Diversos politólogos e intelectuales europeos han analizado el fracaso de la socialdemocracia en Europa, y todos coinciden en que la socialdemocracia europea copia a la derecha y por eso los electores prefieren el original.

Desde luego en España lo que llamamos izquierda no es más que una derecha social que sólo al lado de los bocazas y los fascistas puede parecer izquierda. La socialdemocracia, que es una destilación del socialismo mutada a socioliberalismo, en la praxis y en su lenguaje sigue las mismas pautas que la derecha por más que ponga contrapuntos a la música. Al final, en el cómputo general, ambas son la misma cosa. Pues la izquierda en el poder compite con la derecha y con sus mismas claves; “consumismo” y “crecimiento” son los dos referentes de una y otra. Sus valoraciones se hacen desde ambos conceptos. Véase cómo tiran constantemente los candidatos y sus portavoces de los mismos gráficos, aunque varíen para unos y otros las cantidades y los porcentajes. Mil comen, diez no comen. Pero qué más da… En este agravio comparativo ambas, derechas e izquierdas, coinciden en la indiferencia. Lo que quiere decir que ambos hablan el mismo lenguaje, el “políticamente correcto”. Y por eso los unos y los otros se acusan de “incumplimientos” y de “ineficacia”. Para ambos la eficacia es un concepto unívoco medido en cifras. Para ambos el amor está en el mismo sitio: hace mucho que para la izquierda dejó de estar también en el corazón.

Por ello esa “izquierda” en funciones sólo tiene una posibilidad de sobrevivirse a sí misma en el escenario de la democracia capitalista. Si sus líderes, en el lenguaje políticamente correcto o rompiendo con él (esta es otra de las cuestiones aún pendiente: ¿qué es lo políticamente correcto?) dijeran: “mirad, nosotros estamos resueltos a hacer muchas cosas, trabajamos para la igualdad, estamos dispuestos a extirpar la pobreza del mundo y la marginalidad en nuestra cercanía, pero los poderes fácticos no nos lo permiten”; “estamos maniatados por la realpolitk, por el poder económico, por la mayoría de los medios, por el clero, por la industria automovilística y la industria en general, por la banca, por los Laboratorios farmacéuticos, por los militares, por las fábricas de armas, por el gran empresariado del país y por la multinacionales del globo. Si nos ayudáis a librarnos de las argollas que nos paralizan, les venceremos entre todos.”

Si fuesen capaces de decir algo así, otro gallo cantaría en Europa. Ya se vería cómo rápidamente se movilizarían los altísimos porcentajes de abstención habituales, y la izquierda verdadera ganaba abrumadoramente.

Pero como eso no lo dicen ni lo van a decir, ni lo hacen ni lo van a hacer, primero por soberbia, porque se niegan a reconocer que imitan a la derecha, y segundo porque un giro hipotético de esa clase sólo se puede concebir en un líder muy carismático de la izquierda real que en Europa, y menos en España, no hay; un líder que combine la firmeza y la rebeldía precisas para dar un golpe de timón sin ser acusado de “populista”… pues no hay nada qué hacer. Todo seguirá igual hasta que la izquierda desaparezca engullida por la alternancia o atrofiada por la derecha extrema.

A las pruebas me remito: Chávez en Venezuela. Ahí tenéis a un político que rompió con lo politicamente correcto de Allende que ya se vio a dónde le llevó. Chávez ha roto con lo “políticamente correcto”. Por eso es populista. Ahí tenéis a Ahmadineyad en Irán, otro “políticamente incorrecto” porque por nuestros andurriales dicen que lo es. Medios y políticos, incluso de supuesta izquierda, les atacan constantemente, les llaman manipuladores, usurpadores…

En cuanto los poderes mediáticos, los de hecho y los institucionales, deciden que un líder de izquierdas -de la izquierda real, claro está- no vale, ya puede prepararse. No hay ningún medio o periodista oficialista que no prefiera a Musaví, el líder de la oposición en Irán y pupilo de Estados Unidos, a Ahmadineyad, el que se resiste todo lo que puede para impedir que su país sea colonizado por el yanqui, como lo están ya las tres cuartas partes del mundo incluida Europa. Y es que por aquí y por allá la realidad es que, aunque se pasen la vida quejándose, los medios y la mayoría no ya de derechas sino también de la izquierda en el poder, no quiere más que más de lo mismo: ficción y farsa, más farsa y más ficción; que unos sean los malos, carteristas pero simpáticos, y los otros los buenos, templados pero tontos.

Así podemos pasarnos otros treinta años más. En Europa el perfil de los protagonistas y el del electorado es más difuso, pero en España los espectadores son exclusivamente de dos tipos: unos jalean y otros abuchean. La mayoría, el 46,06%, se queda fuera. Ni siquiera se acomoda en el gallinero. No vota. Y es que en el fondo a todos los que van al espectáculo, les excita la pamema “nacional”.

De ahí que los intelectuales europeos hablen de imitación. Y de ahí que la socialdemocracia no hable de igualitarismo como eje de su politica y de su acción, sino, como antes dije, de crecimiento y de consumo: los dos pilares del tinglado capitalista. ¿Qué distingue, pues, ya, a la izquierda europea de la derecha? Nada. Si acaso moderación en el lenguaje y menos cinismo. Si nos ceñimos a España, no hay más que oír a González, a Almunia, a Leguina, a Solbes, después de haber escuchado a Zapatero y a los portavoces de su partido.

Un sistema, como el demoliberal, que sólo funciona en tanto fabrica y vende artefactos y lujo, pero deja al margen a buena parte de la población mundial salvo para encasquetarle lo que no le sirve, no sólo es un sistema injusto a cuyo frente sólo medran los necios cargados de una violencia moral equivalente a mil bombas atómicas en espera de explosionar, es que es un sistema que, aunque silenciosamente, en formato de abstención, fracasa y sólo cuenta con la aprobación de los privilegiados que son grandes minorías..

Las estadísticas a menudo son insensibles y difíciles de entender para la mayoría de los que vivimos una vida privilegiada en los mundos desarrollados del Norte. Consideremos, por ejemplo, el hecho de que las 356 personas más ricas del mundo disfrutan de una riqueza colectiva que excede a la renta anual del 40% de la humanidad. Mientras hablamos con entusiasmo de la globalización, del comercio electrónico y de la revolución de las telecomunicaciones, el 60% de las personas del mundo no ha hecho nunca una sola llamada telefónica y una tercera parte de la humanidad no tiene electricidad. En esta nueva era, en la que hay más y más conexiones económicas globales, cerca de 1.000 millones de personas permanecen sin empleo o subempleadas, 850 millones de personas están desnutridas y cientos de millones de personas carecen de agua potable adecuada, o de combustible suficiente para calentar sus hogares. La mitad de la población del mundo está completamente excluida de la economía formal, obligada a trabajar en la economía extraoficial del trueque y la subsistencia. Otros consiguen llegar a fin de mes en el mercado negro o con el crimen organizado.

¿Qué hace la izquierda del mundo para evitar o al menos para paliar esto? Nada. Es más, diríase que los cerebros de la izquierda son los verdaderos culpables. La derecha no se computa, son sencillamente bestias depredadoras.

Un sistema semejante y miserable como éste, compuesto de derechas sin tapujos e izquierdas que remolonean para no acabar en derechas pero que al final sucumben… un sistema que permite todo eso y además combate cualquier otro que intente hacerle frente, sólo puede sostenerse por culpa de la debilidad y de la ausencia de organización de los desposeídos y de los que estamos con ellos. Y tanto la izquierda europea como la española, con el tópico de que el comunismo ha fracasado, no hace más que fortificar los muros del capitalismo, del fascismo y del neoliberalismo de que nos ha rodeado la derecha en España y en Europa desde siempre…

 

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