Paraguay: Profecías desilusionadoras

José Antonio Vera

Argenpress info

Honorato de Balzac decía que «la única excusa que tiene Dios es que no existe» y Woody Alen, tiempo después y sin apuro, aclaró que «si existe, espero que tenga una buena excusa», pero ¿qué excusa tiene el Presidente de Paraguay, Fernando Lugo, que sí existe y con buena salud, para decir una cosa hoy y, sobre el mismo punto, otra mañana?.

En los nueve meses de su nuevo pontificado, en varias ocasiones ha sorprendido al sentido común y hasta a la lógica que, por más robusta que sea, también se tambalea. ¿Será que en Sudamérica, el progresismo está creando un nuevo lenguaje político que puede sustentar, con rigor argumental, que «como le digo una cosa le digo la otra»?.

La reforma agraria fue la primera promesa de Lugo de aplicación inmediata, pero ahora dice que ella no será posible hasta el 2023, en una profecía temeraria que tira abajo el grueso de las ilusiones y esperanzas del pueblo que creyó haber encontrado en él, al hombre del cambio que el país necesita de urgencia, para comenzar a liberarse de la miseria y sus lacras, que afectan al 60 por ciento de los seis millones de habitantes..

¿En qué puede basarse Lugo para pensar que será respetado ese legítimo ideal del campesinado pobre, de disponer de tierra para vivir decentemente, por quienes dirigirán el país dentro de 15 años?, Será el segundo periodo presidencial después del suyo, en el caso de terminarlo. Ensayó disculparse ante las víctimas por el exabrupto, como un violador que, después de disfrutar del acto, declara que hubiera preferido no hacerlo.

Lugo carece de una organización política, su único apoyo es el movimiento social que le dio un cheque en blanco para que transforme las estructuras que mantienen al país en el atraso y el hambre, causados por fuerzas políticas, económicas y de la comunicación que, esas sí, tienen aparatos y medios para intentar retornar al gobierno y enterrar las demandas populares.

El mandatario dice que su administración está echando las bases para que quienes le sucedan, continúen respondiendo a las aspiraciones del pueblo. ¿Ingenuidad?.

En primer lugar, esas premisas no se ven por ningún lado y, segundo, ¿cómo puede confiar en algo que desconoce?. El equipo gobernante del 2023, ¿será revolucionario?. O, ¿cree que existe otra herramienta para efectuar ese trascendental cambio?.

Su ambivalencia le provocó otro tropezón a Lugo en los últimos días, cuyos efectos son impredecibles aún, porque aparece comprometida su relación con las fuerzas armadas, bastión de los sectores enemigos de todo cambio que favorezca al pueblo y de toda expresión de ideas progresistas. En las últimas horas destituyó a tres generales, sin que trasciendan los motivos.

Resulta que algunos altos oficiales permitieron que se realizara un foro internacional de la juventud, en el campo del cuartel de caballería, financiado en parte con fondos de la represa binacional de Yaciretá. Terminado el encuentro, animado por unos 10 mil jóvenes de varios países, la jauría conservadora se lanzó por todos los medios de prensa más afines a su avaricia y ocupó con el tema al grueso de las bancadas parlamentarias.

La dirigencia del resquebrajado Partido Colorado y la corriente más retrógrada del Partido Liberal, aunque cogobernante, reclamaron explicaciones a Lugo.

Lo recriminaron por utilizar recursos de Yaciretá, pero el mandatario lo justificó porque «la represa tiene presupuesto para financiar eventos culturales, de diálogo público sobre la problemática actual y en defensa de la soberanía nacional».

Sin embargo, no demoró en cambiar de posición y el director paraguayo de la binacional, debió comprometerse a devolver, de su peculio, el dinero invertido en el foro.

Otro reproche y, el más urticante, lo originó el despliegue de retratos del CHE Guevara y de banderas y pancartas con inscripciones que llaman a la lucha revolucionaria. Todo un acontecimiento en un cuartel paraguayo, sometido siempre a las fuerzas retrógradas.

Es admisible que los jóvenes cometieron el error de ignorar a la mayor parte de los héroes nacionales y ello dio pie al escandalote que inflama la derecha.

Todos los jefes imperiales, obnubilados en su papel de dioses modernos, siempre han dicho y hecho lo que se les antoja, pero poca responsabilidad tiene el pueblo ante ello, dado que no los puede elegir y, además, la desfachatez de ellos no alcanza para andar diciendo que representan a las masas, porque ningún interés tienen y muy orgullosos están de pertenecer a algo tan superior y distante, como son las monarquías.

Diferente es con los dirigentes de partidos o movimientos políticos que, para llegar a ser electos en puestos importantes del Estado, necesitan del pronunciamiento popular que, por lo general, conquistan con fuertes inversiones de dinero, inspiradores de discursos inflamados de promesas de justicia social y libertad, mayor parte demagógicos.

También prometen empleo y probidad en la administración, es decir la satisfacción de los legítimos derechos humanos que, al unísono, comprenden igualmente alimentación, vivienda, educación y salud, que persiste en reclamar la población paraguaya, con pensamiento libre y crítico, que fue fundamental en el triunfo electoral de Lugo.

En toda la campaña por las elecciones de abril del año pasado, el ex Obispo cabalgó sobre cuatro o cinco reivindicaciones de justicia social, que un pueblo harto de los abusos del Partido Colorado, reclamaba cada día con más fuerza.

La principal promesa, sin dudas, fue realizar una Reforma Agraria y, la inmediata, recuperar la soberanía nacional que, según entienden los paraguayos, pisotea Brasil al no respetar el reparto igualitario del total de la energía eléctrica que produce la represa binacional de Itaipú.

De acuerdo con el Tratado, suscrito hace cerca de cuatro décadas, en plena tiranía de los generales Alfredo Strossner y Garrastazú Médicis, sin ningún aval parlamentario, al menos del lado paraguayo, la parte que no consuma la totalidad del 50 por ciento que le corresponde (de hecho el socio menor), debe cederlo al otro, al mayor.

Paraguay absorbe poco más de cinco por ciento, es decir, que tiene un excedente casi del 45, el que Brasil se lleva desde siempre, por moneditas, ignorando la cotización en el mercado internacional, que reclama como justo la mayoría de la población paraguaya, entre la que subsiste el recuerdo lacerante de la invasión y despojo brasileros en 1864, durante la Guerra de la Triple Alianza, que cometió junto con Argentina y Uruguay.

La reivindicación de los derechos igualitarios sobre Itaipú, hace muy bien el pueblo paraguayo en intensificarla, aunque tendrá que comprender que ello significará una lucha titánica, con años de presión política y de los movimientos sociales, y mucha habilidad diplomática, con probable intervención de organismos regionales y hasta de estamentos jurídicos internacionales. La cosa es entre un tiburón gordo y una sardinita.

En cambio, la elaboración de un proyecto de reforma agraria y su aplicación progresiva, sería mucho menos complicado para Lugo y su gobierno. Además, evitaría quedar en la historia como un profeta desilusionador, despilfarrando una magnífica oportunidad de convertirse en el conductor de un pueblo construyendo un país de justicia y libertad, que elimine uno de los mapas rurales más perversos de todo el mundo.

El censo agropecuario del año pasado, consignó 32 millones 527 mil hectáreas, en las que la producción de pasturas, 90 % soja, alto porcentaje transgénica, abarca 54 % en la región oriental, con mayoría de población brasiguaya y 57,5 % en el occidente chaqueño. Los montes ocupan 28 y 36 % de la extensión, y los cultivos 10 y 0,1.

Las plantaciones de soja se extienden en 27 mil 735 fincas, 66 por ciento ocupadas por grupos con menos de 20 productores, cuyo número aumentó mil 753 % en los últimos 18 años, mientras que más de mil labriegos ocupan apenas el dos por ciento de esa superficie total.

 

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