Retorno al paraíso perdido: Antonin Artaud, Michel Foucault y don Juan Matus

Vita Elba Alvarado Solís

Argenpress Cultural

En ningún otro momento como ahora en que la vida es sometida de tal manera, se ha hablado tan profusamente de civilización y cultura; el fundamento del menoscabo de la vida es la desmoralización actual y los desvelos por una cultura que nunca ha acompañado el ritmo de la vida y que en los hechos la tiraniza.

No cabe duda de que la confusión es el signo de los tiempos, debido al divorcio entre hechos y palabras, ideas y signos encargados de representarlos.

Hasta fines del s. XVI, la semejanza desempeñó un papel constructivo en el saber de la cultura occidental. En gran parte, fue ella la que guió la exégesis e interpretación de los textos; la que organizó el juego de los símbolos, permitió el conocimiento de las cosas visibles e invisibles, dirigió el arte de representarlas. El mundo se enrollaba sobre sí mismo: la tierra repetía el cielo, los rostros se reflejaban en las estrellas y la hierba ocultaba en sus tallos los secretos que servían al hombre.

El hombre antiguo sabía, del modo más directo, qué hacer y cómo hacerlo bien. Pero como hacía tan bien lo que hacía, comenzó a desarrollar cierto sentido del ser, con lo cual adquirió la sensación de que podía predecir y planear los actos que estaba habituado a hacer bien. Así surgió la idea de un «yo» individual; un yo individual que comenzó a dictar la naturaleza y el alcance de las acciones humanas. A medida que el sentimiento de tener un yo individual se tornaba más fuerte, el hombre fue perdiendo su conexión con la energía universal. El hombre moderno, siendo el heredero de tal desarrollo, se encuentra tan irremediablemente alejado de el conocimiento silencioso, la fuente de todo, que solo puede expresar su desesperación en cínicos y violentos actos de autodestrucción, pues la causa del cinismo y la desesperación del hombre es el fragmento de conocimiento silencioso que aún queda en él; un ápice que hace dos cosas: una, permite al hombre vislumbrar su antigua conexión con la fuente de todo, y dos, le hace sentir que, sin esa conexión, no tiene esperanzas de satisfacción, de logro o de paz.

El verdadero enemigo y la fuente de la miseria del hombre es la compasión por sí mismo.

El problema consiste entonces en aclarar qué deseamos. De estar dispuestos a tolerar la guerra, la peste, el hambre y la matanza, no habría ni siquiera necesidad de enunciarlo, pues bastaría continuar como hasta ahora, con nuestro comportamiento de snobs, yendo masivamente a escuchar a tal o cual cantante, tal o cual admirable espectáculo que jamás alcanzara categoría de arte. ¡¡Basta de expresiones de arte estrecho egoísta y personal!!

Desde la óptica humana una analogía tal como el teatro y la peste, en donde la acción del teatro, cono la de la peste es de beneficio, ya que al impulsar a los hombres a que se vean tal y como son, elimina la máscara, hace visible la mentira, la debilidad, la bajeza, la hipocresía, sacudiendo la paralizante inercia de la materia que enmascara y obstaculiza aún los testimonios más claros que nos dan los sentidos y revelando a las comunidades su oscura potencia, su fuerza latente, las induce a adoptar, ante el destino, una acción heroica y superior, que de otra forma jamás se alcanzarían.

Así el problema que se plantea es el de saber si en este mundo que se desploma, suicidándose sin tener conciencia de hacerlo, se habrá de encontrar acaso un grupo de hombres con la capacidad de imponer esta superior idea de vida, de cultura, un hombre que habrán de restaurar el equivalente natural y mágico de los PRINCIPIOS en los que ya no se cree.

 

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