García Márquez: Doce Cuentos Peregrinos (Descargar libro)

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Los doce cuentos de este libro fueron escritos en el curso de los últimos dieciocho años. Antes de su forma actual, cinco de ellos fueron notas periodísticas y guiones de cine, y uno fue un serial de televisión. Otro lo conté hace quince años en una entrevista grabada, y el amigo a quien se lo conté lo transcribió y lo publicó, y ahora lo he vuelto a escribir a partir de esa versión. Ha sido una rara experiencia creativa que merece ser explicada, aunque sea para que los niños que quieren ser escritores cuando sean grandes sepan desde ahora qué insaciable y abrasivo es el vicio de escribir.

La primera idea se me ocurrió a principios de la década de los setenta, a propósito de un sueño esclarecedor que tuve después de cinco años de vivir en Barcelona. Soñé que asistía a mi propio entierro, a pie, caminando entre un grupo de amigos vestidos de luto solemne, pero con un ánimo de fiesta. Todos parecíamos dichosos de estar juntos. Y yo más que nadie, por aquella grata oportunidad que me daba la muerte para estar con mis amigos de América Latina, los más antiguos, los más queridos, los que no veía desde hacía más tiempo. Al final de la ceremonia, cuando empezaron a irse, yo intenté acompañarlos, pero uno de ellos me hizo ver con una severidad terminante que para mí se había acabado la fiesta. «Eres el único que no puede irse», me dijo. Sólo entonces comprendí que morir es no estar nunca más con los amigos.

No sé por qué, aquel sueño ejemplar lo interpreté como una toma de conciencia de mi identidad, y pensé que era un buen punto de partida para escribir sobre las cosas extrañas que les suceden a los latinoamericanos en Europa. Fue un hallazgo alentador, pues había terminado poco antes El Otoño del Patriarca, que fue mi trabajo más arduo y azaroso, y no encontraba por dónde seguir.

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Argentina: Queremos tanto a Tato

Sandra Russo

Página/12

El humor político televisivo funciona siempre y funciona mucho en todas partes, en cualquier época. El humor político es uno de los síntomas más fuertes de libertad de expresión. Las dictaduras no toleran el humor político. No se quejan de él. No lo refutan. Lo prohíben. En estos días se pudieron ver, como parte del operativo de prensa montado alrededor de Gran Cuñado, imágenes de archivo de muchos de los imitadores que en los últimos años tomaron rasgos físicos y muletillas de presidentes o ministros. Cuando esas caricaturas audiovisuales superaron en visibilidad a quienes las habían inspirado, después el hombre o las mujeres reales parecían a su vez imitadores de su propia imitación.

La imitación ha sido tomada durante estas últimas décadas, genéricamente, como humor político. Pero en el territorio fundante del humor político televisivo sigue reinando Tato Bores, cuya herramienta nunca fue la imitación, sino el lenguaje. Sus monólogos eran radiografías caricaturescas de la realidad que los espectadores palpaban en la realidad. El talento de Tato radicaba en correr de registro la realidad, en leerla en modo oblicuo. El humor brotaba en las contradicciones, en los remates descolocados, en la incertidumbre del monologuista, en las complicidades con el público.

Estamos muy lejos de encontrar otro Tato Bores. Estamos lejos, también, de que la televisión de hoy le dé cabida a un talento como fue Tato Bores, si es que asomara. Hoy el rasgo principal del humor político consiste en simplificar el género, que siempre funciona tanto, con caricaturas vivientes que emiten muletillas y son festejadas cuando el público «reconoce» al personaje real.

La televisión de hoy no permitiría un emergente, si lo hubiera, del humor político que cultivó Tato Bores, cuando todavía la televisión no había desarrollado y puesto en marcha todos sus atributos de manipulación política. Las nominaciones y sentencias de un presunto «voto telefónico» no fueron tales, porque el programa fue grabado. Pero el «Cristina, estás sentenciada» quedó vibrando como un veredicto, cuando fue nada más que un gag de producción, un remate del guión.

¿Cuánta libertad de prensa habrá en los canales de televisión ahora? ¿Cuánta mutiplicidad de ideas, que es lo que supone la libertad de prensa, se estará convirtiendo en una sola voz continua que ve las cosas de un solo punto de vista? ¿Hasta qué punto en América alguien puede ser crítico con Francisco de Narváez y en Canal 13 con Reutemann o un gran ruralista? La televisión, como gran parte de las emisoras de radio, se han convertido en dispositivos de disciplinamiento de la opinión pública. No hay voces discordantes ni periodistas molestos para el discurso hegemónico de los grandes y pequeños grupos.

La operación de Tinelli, esta vez, cruza del 13 a América, todos los días, sin falta, con Jorge Rial midiendo el minuto a minuto de Gran Cuñado y dando los resultados como si fuesen los electorales. Así, la televisión es nuevamente su propia caja de resonancia, más potente que cualquier spot, más impune que cualquier spot, más perversa que cualquier spot. El discurso que no tienen los personajes de Gran Cuñado se lo ponen las decenas de conductores y presentadores que al día siguiente comentan Gran Cuñado.

El vertiginoso, consistente monólogo de Tato se ha convertido en una masa informe de comentarios sobre el programa de Tinelli que se incrusta en el aire que respiramos todos, los que elegimos ver o no ver ese programa. La masa de comentarios es una nube discursiva de la alta densidad de boludeces y prejuicios. Ese es el texto del humor político de Gran Cuñado. La resaca de comentarios gomazos que distraen la atención del público de los discursos reales de los protagonistas.

Tato Bores nunca se alejaba de los discursos reales de los protagonistas. Precisamente a la inversa, su disparador era la palabra que había quedado flotando, la interpretación de un conflicto, los temas que eran de máximo interés en cada época. Tato Bores hacía un humor político que partía del respeto íntimo del actor a la política y un testimonio de su fe democrática. Lo de Tinelli es más Tinelli, una vuelta de página más del universo gomazo en el que todo y todos son lo mismo, materia prima de minuto a minuto, pasto para el chiste que circula como si quien lo emite fuera un desodorante de ambiente colectivo. Pero el problema es que Tinelli es parte de la polución.

La crisis vista desde el Sur

Ernesto Bohoslavsky

Página/12

En el marco del Programa para el seguimiento de la evolución y los impactos de la crisis del orden económico mundial (Pisco), que lleva a cabo el Instituto del Desarrollo Humano de la UNGS, el historiador Ernesto Bohoslavsky reflexiona desde una perspectiva latinoamericana sobre continuidades y rupturas en las crisis de 1929, 1982 y 2009.

Pocos analistas se han resistido a comparar a la presente debacle económica internacional con la iniciada en 1929 también en la Bolsa de Wall Street, y a destacar que el fortalecimiento y relegitimación de la intervención estatal sobre los mercados parecen ser una consecuencia común de ambos sucesos. Pero esa comparación se suele realizar tomando en cuenta las causas (norteamericanas) del desastre económico y no tanto el impacto y las reacciones que se vivieron en nuestro continente. Menos transitado ha sido el contraste con la crisis de la deuda originada con el default mexicano de 1982, que también parece tener algunas similitudes con el tiempo actual. Estas líneas aspiran a sondear las posibilidades de una comparación entre esos tres episodios (1929, 1982, 2009), partiendo de la convicción de que es necesario pensar la crisis desde América latina. Pensar «desde» significa que no hay ni puede haber una reflexión abstracta, despegada de la tierra sobre la que se produce y de las personas para las que se habla. De allí que la crisis no presenta la misma cara para todos, sino que tiene distintos perfiles y urgencias según la sociedad que la sufre. Después de todo, no está de más recordar que este tipo de procesos genera múltiples y simultáneas disputas: por los ingresos, por las pérdidas, por el empleo, pero también por la asignación de sentidos.

 

Precisamente, uno de los rasgos más llamativos de la crisis que vivimos es que no tiene nombre (todavía). Ni siquiera es conocida como «la crisis del 2008», quizás por el temor de que lo más relevante o grave de ese proceso todavía no haya llegado o de que deba hablarse de «la crisis de los dos miles». La falta de nombre es síntoma de la insuficiencia de los diagnósticos o de su falta de capacidad para convencer a las sociedades. De hecho, una de las explicaciones más reiteradas –y, a mi entender, insatisfactoria– es aquella que insiste en señalar a la codicia como causa de los males que actualmente se viven. Así, según esta explicación bíblica, el inescrupuloso deseo de unos pocos de obtener ganancias extraordinarias condujo al descalabro del sistema bursátil. La contracara de esta afirmación es que el mercado financiero internacional funcionaría sin problemas de no ser por esos codiciosos de Wall Street que se tentaron frente a la (Gran) Manzana, y sobre los que debería encapsularse la culpa.

 

1 La caída del sistema financiero estadounidense en 1929 se «contagió» del Norte al Sur, al igual que la crisis actual. Los inversores norteamericanos retiraron los fondos colocados en el exterior para salvar sus posiciones locales. Entonces la República de Weimar dejó de pagar las reparaciones de guerra a Inglaterra y Francia y éstos cesaron en la remisión de sus deudas con los bancos norteamericanos, conformando un círculo vicioso. Los países del Sur sufrieron fuertemente el retiro de las inversiones metropolitanas, pero sobre todo la caída del precio y del volumen de sus exportaciones. Fue un golpe muy duro para los grandes propietarios mineros y latifundistas latinoamericanos, así como para aquellos que dependían de la ventura de esos negocios (los trabajadores y el fisco). La reducción de los ingresos públicos condujo al déficit fiscal y la cesación de pagos a proveedores y empleados públicos. La crisis económica y del erario rápidamente pasó al nivel político, lo cual se expresó en los diez golpes de Estado que se sucedieron entre 1930 y 1932 en la región: la discusión política pasaba por cómo distribuir socialmente el costo de la vertical caída de ingresos externos y qué salidas desarrollar a futuro.

 

Por entonces, el mundo era distinto al actual. No había una autoridad financiera internacional (muchas de las monedas ni siquiera eran convertibles entre sí después de 1930) y tampoco existía una potencia hegemónica mundial. Estados Unidos podría haberlo sido, pero su política aislacionista de los años ’20 iba en sentido contrario. Reino Unido y Francia habían ampliado sus colonias gracias a la guerra, y los ingleses conservaban buenas –aunque decrecientes– inversiones en el Cono Sur. Después de 1933, la Alemania de Hitler también estaría dispuesta a disputar algunos espacios del liderazgo económico, sobre todo en Europa oriental y en menor medida América.

 

Frente a la crisis, los países latinoamericanos desarrollaron dos estrategias económicas. Los más pequeños profundizaron su subordinación a algunas de las metrópolis, por entonces embarcadas en experiencias proteccionistas. Otros países, los más grandes y de desarrollo más complejo, terminaron viviendo procesos de industrialización ante la caída del mercado externo. En todo caso, lo que primaron fueron las salidas nacionales, donde cada país latinoamericano se vinculó de la mejor manera posible frente a múltiples y competitivos «centros» (Washington, Londres y Berlín). Por entonces, al igual que ahora, vino primero la práctica y luego la explicación, puesto que la crisis era simultáneamente financiera e interpretativa: a posteriori de los experimentos de planificación y regulación apareció la justificación keynesiana o dirigista de esa intervención estatal.

 

2 La «crisis de la deuda» se desató a partir de que en 1982 las autoridades mexicanas declararon que no podían seguir honrando sus compromisos externos. El caso de México no era único: los gobiernos del continente, casi todos dictaduras cívico-militares, vivían la angustia por el final de los petrodólares y la imposibilidad de renovar los créditos con las mismas tasas y plazos. El presidente peruano Alan García fijó en 1985 un límite en el pago de la deuda externa nacional y dos años después Brasil declaró una moratoria unilateral. La crisis hizo el recorrido inverso al de 1930: fue del Sur al Norte, de los deudores a los acreedores. Los principales tenedores de deuda latinoamericana advirtieron que tenían una cartera demasiado riesgosa («tóxica» es el término actual) por haber confiado en que las dictaduras les devolverían el dinero. Si no eran rescatados los países deudores, o al menos aquellos que potencialmente podían contagiar al resto, lo que caería no era tal o cual mandatario, sino la banca occidental.

 

El contexto era muy diferente del que enfrentó el continente en 1930. La multipolaridad había dado paso a una hegemonía norteamericana en la región –insolente y testimonialmente contestada por Cuba—, que no toleraba coqueteos con la otra superpotencia. Por otro lado, había una autoridad financiera internacional reconocida, el FMI, de creciente poder de presión sobre los países del Tercer Mundo. De hecho, la gran novedad era la capacidad del Fondo para imponerles condiciones políticas y macro-económicas a los países deudores a cambio de recibir desahogo financiero. La disciplina del ajuste para resolver una crisis considerada de liquidez ingresó más por el lado de la urgencia que el de la convicción.

 

La recesión y el proteccionismo agrícola de Europa poco ayudaron a la recuperación económica de América latina, cuyo PBI cayó aproximadamente un 3 por ciento entre 1980 y 1991. Y si bien el volumen de las exportaciones regionales creció fuertemente en la década (principalmente bienes primarios), el otro resultado fue el costo social derivado de la disciplina fiscal impuesta para retomar el pago de la deuda. Reducción de los salarios reales, achique del gasto público en salud y educación, desindustrialización, deterioro de los indicadores sociales y empeoramiento de la distribución de ingreso son algunas de las consecuencias de esa década «perdida». La paradójica combinación de recesión e inflación lanzó a muchas empresas y millones de latinoamericanos al sector informal de la economía, dificultando la recaudación e incentivando el pluriempleo y la flexibilización laboral de jure o de facto.

 

3 Los nocivos efectos de la actual crisis financiera internacional sobre el continente son bien conocidos: reducción de las inversiones en empresas y en bonos provenientes de estos pagos, caída de la actividad económica y empeoramiento de las expectativas de los consumidores y empresarios. Pero hay otros dos aspectos a destacar. El primero es que la crisis afectó sobre todo a las economías y a las empresas más transnacionalizadas, y entre ellas hay que contar a muchas firmas originarias de esta parte del mundo. Según un informe de Economática, de las 122 empresas más perjudicadas por la crisis, 45 son brasileñas y cuatro mexicanas. La firma de agronegocios Agrenco, de origen brasileño, perdió en doce meses el 98,3 por ciento de su cotización en Nueva York. El valor de la compañía minera MMX, también brasileña, pasó de 8080 millones a 361 millones de dólares en un año. La segunda postal a destacar de la crisis en América latina es su poderosa capacidad para generar pobreza y regresión social. Según un informe de la Fundaçao Getúlio Vargas, la clase media brasileña se redujo del 53,8 al 52,6 por ciento de la población entre diciembre y enero: un descenso del 1,2 por ciento en sólo un mes es mucho, pero es más si se tiene en cuenta que fueron necesarios 72 meses de gobierno del PT para que creciera un 10,8 por ciento.

 

En las décadas de 1930, de 1980 y de 1990 hubo un despliegue de estrategias exclusivamente nacionales, dejando de lado las posibles ventajas de una salida cooperativa continental. En 1930 no hubo pool de exportadores y en 1982 no se creó el temido (por el Norte) pool de deudores. Y esto a pesar de la similitud de las dificultades y vulnerabilidades económicas por las que pasaban los países de la región. ¿Habrá ahora lugar para la acción asociada y colectiva de América latina? La oportunidad parece un poco más propicia, puesto que el orden ya no es indiscutidamente unipolar, no tanto por la aparición de nuevos liderazgos mundiales, sino más bien por la pérdida de legitimidad de Washington y del FMI para exigir la aplicación de la ortodoxia monetarista.

 

Ernesto Bohoslavsky: Profesor e investigador de la Universidad Nacional de General Sarmiento. 

La derecha manda en Europa

Eduardo Febbro

Página 12

 

El futuro es poco promisorio para los países europeos con fuerte tradición socialdemócrata. El socialismo europeo dirige hoy ocho gobiernos contra 13 en 2001 y en todos lados están en franco retroceso. En Francia las urnas huelen a catástrofe

 

La socialdemocracia europea navega hacia la derrota. Las elecciones europeas del próximo 7 de junio se presentan con una amenaza de sanción para los partidos socialistas del Viejo Continente con un punto que concentra todas las paradojas: Francia. A pesar de que el presidente francés acumula un profuso porcentaje de opiniones desfavorables, las listas de la derecha francesa se ubican hoy por delante de las de los socialistas. Según los últimos sondeos, los conservadores llegan a la cabeza de las intenciones con 27 por ciento de los votos, detrás figuran los socialistas con 22 por ciento, los centristas con 13 por ciento, los ecologistas con 9 por ciento y la extrema izquierda y la ultraderecha con 7 por ciento cada una. Estas proyecciones plantean una doble paradoja: uno, la impopularidad del ejecutivo de Nicolas Sarkozy y la fuerte oposición que despiertan varias de sus medidas no arrastran un voto sanción; dos, la crisis financiera mundial legitimó las críticas de la socialdemocracia contra los excesos del sistema sin que, a la hora del voto, esa legitimidad se traduzca en conquista del electorado.

A tres semanas de la elección, las urnas huelen a catástrofe. Si el 7 de junio las previsiones de los sondeos se confirman sería la primera vez que, desde 1979, los socialistas no ganan la consulta europea. Con una proyección de 27 por ciento de los votos, las listas de la conservadora UMP ganaría más de 10 puntos con respecto al año 2000. La lectura de las cifras es tanto más cruel para los socialistas cuanto que éstos contaban con que el voto europeo funcionara como un mensaje de rechazo a las políticas de Nicolas Sarkozy.

Nada de eso ocurre y el PS sale al terreno electoral con una desventaja de siete puntos menos en relación al año 2004. El PS no logra así movilizar ni en torno de su propuesta, ni en torno de sus candidatos, ni centrándose en la estrategia del voto sanción. El socialismo francés vio aparecer en éstos dos rivales de peso: los centristas, que lograron extirparse del cerco de la derecha donde estaban encerrados, y la extrema izquierda, cuyo discurso de denuncia y antisistema gana adeptos cada mes. El futuro es poco promisorio en el resto de los países europeos con fuerte tradición socialdemócrata. El socialismo europeo dirige hoy ocho gobiernos contra 13 en 2001 y, sea cual fuere el país, están en franco retroceso. Derrotada en Italia, Suecia, Dinamarca, Alemania, Grecia y Francia, la socialdemocracia histórica no logra forjarse un discurso verosímil que borre los efectos del llamado «social-liberalismo», al estilo del ex primer ministro británico Tony Blair.

Sólo España tiene un perfil diferente, porque gobiernan los socialistas, pero los sondeos auguran también una derrota del Partido Socialista Obrero Español. La paradoja de los electorados es completa: la crisis económica apunta a golpear al PSOE, pero salva a Sarkozy de la sanción. La tormenta sopla contra el PSOE y a favor del PP.

Según las encuestas españolas, los conservadores del PP podrían obtener dos escaños más en las próximas europeas. La consulta europea de junio podría así marcar el comienzo de un cambio neto en el seno de las socialdemocracias europeas forzadas ahora a una nueva reflexión, ya que la izquierdización de su discurso que se nota desde hace unos meses no logra tampoco recuperar los electores que se mudan a la derecha, al centro o a la izquierda.

Hace doce años que los socialistas franceses no ganan una elección de envergadura nacional. El test que constituyen las europeas se presenta como una nueva invitación a corregir una propuesta sin futuro.

http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-125005-2009-05-16.html

 

Argentina: Crisis económica y disputa política, dos caras de una misma moneda

Ignacio Kostzer

Kamchatka

 

 

Aportes críticos para el estudio de la crisis.

Las abundantes reservas internacionales en poder del Banco Central, el superávit fiscal y el crecimiento sostenido del PBI en los últimos 6 años, generaron en los primeros momentos del estallido mediático de la crisis económica mundial, una suerte de «mirada optimista» para el desarrollo de la misma en el país, generalmente asociada a las nociones de «desacople»[2] esbozadas desde los grandes centros productores de «opinión pública» y «sentido común». Desde luego, esta perspectiva mostró ser un castillo de naipes que cayó más temprano que tarde, en la medida en la que se iba tomando un mayor conocimiento sobre la envergadura de la crisis.

Vamos a proponer y analizar brevemente cuatro aspectos destacados de la economía argentina para intentar retratar la situación actual.

1) El «fetichismo del crecimiento» y su debilidad.

Uno de los mayores triunfos exhibidos por el kirchnerismo en sus años de gobierno es el de mantener altas tasas en el crecimiento del PIB. El mismo creció en promedio 8,5% entre 2003 y 2008. Para la economía del mainstream, éste es el indicador clave. Si la economía crece, poco importa el resto.

Pero desde luego, el crecimiento de la producción no implica necesariamente, ni mucho menos, mejores condiciones de vida para el conjunto de la sociedad, ni siquiera implica un necesario aumento de la tasa de empleo (esto puede observarse en los dos últimos años, donde el PIB creció pero no con el acompañamiento de una reducción significativa en la tasa de desempleo). Para ilustrar este punto, hay casos extremos como el chino, donde el crecimiento económico a tasas desorbitantes tiene como contra cara una situación social dramática para la gran mayoría de su población, con salarios ínfimos y un marco de explotación de la mano de obra que remiten al capitalismo de Oliver Twist en el siglo XIX.

En Argentina el problema aparece en 2009, año para el cual se espera un «crecimiento negativo» del PIB, eufemismo de recesión o caída de la producción. La contracción de la economía implica un deterioro de la tasa de ganancia del conjunto de los capitalistas. Por supuesto, la forma más efectiva de recomponer la ganancia del capital es ajustar por el lado de los costos salariales. Esto significa un aumento del desempleo (se espera que llegue a más del 9% a fines de 2009), precariedad laboral y congelamiento salarial. Naturalmente, cuanto mayor es el desempleo, menor es el poder de negociación sobre la pauta salarial (que se decide como siempre en una mesa chica pero esta vez con la correlación de fuerzas desfavorable para Moyano y la burocracia en general).

2) Balance comercial positivo, reservas internacionales y pugnas al interior de la clase dominante.

En tanto país dependiente y subdesarrollado, la ganancia de los capitalistas argentinos siempre estuvo vinculada al éxito del sector agroexportador, es decir a la apropiación concreta de la renta agraria. Si bien hay matices en esta cuestión, la estructura productiva nacional nunca logró independizarse en mayor medida de los rumbos que toma el sector agropecuario, ya sea en períodos de primarización de la economía o en etapas de mayor desarrollo industrial, el «quién» de la apropiación de esta renta y su volumen fueron siempre determinantes del marco económico general.

En estos últimos años, las exportaciones de productos primarios se vieron fuertemente impulsadas a nivel mundial, proceso que vino acompañado de un importante aumento en los precios de estos productos (por cuestiones de «oferta y demanda», y de especulación financiera), lo que trajo ganancias extraordinarias a productores y terratenientes exportadores argentinos, ingreso de divisas al país y una abundante recaudación fiscal por vía arancelaria.

El gobierno «aprovechó» esta coyuntura internacional (precios elevados de las materias primas) con la política de tipo de cambio alto, que implica salarios en términos de dólares muy convenientes para el capital y también la posibilidad de realizar sus ganancias en el exterior (en dólares).

La volatilidad de los precios de los productos que Argentina exporta (las exportaciones agrícolas nacionales se desplomaron en casi un 40% en el último trimestre de 2008, en gran medida por la caída de los precios), es un punto a tener en cuenta; así como la escasa diversificación en la colocación de la producción exportada (por ejemplo, la soja se exporta aproximadamente en ¾ partes a China); lo que implica, por la estructura económica nacional, una exposición importante a modificaciones en alguna de estas variables.

Por otro lado, se estima que el tipo de cambio (Peso vs Dólar) va a superar ampliamente los 4$ por 1 U$D a fines de 2009, deteriorando aún más los salarios en esta moneda.

Sería de esperar que surjan nuevas disputas entre distintas fracciones del capital ante este panorama de retracción económica generalizada. Como se expresó en el conflicto por la resolución 125, muchas veces a lo largo de la historia argentina, los intereses del capital agro-financiero entran en contradicción con los intereses del capital industrial, teniendo su correspondiente expresión política. Es en este marco en el que se desarrollan hoy alternativas por derecha al kirchnerismo, trasladando a la esfera política los conflictos que se dan al interior de la clase capitalista.

En este sentido, tanto el neo-desarrollismo para los grandes grupos industriales concentrados de los Kirchner, como los proyectos apuntalados en la reprimarización estructural de la economía, el retorno al FMI, etc., encarnados por la UCR, la Coalición Cívica, el «Peronismo Diabólico»[3], en alineación con la Mesa de Enlace, expresan los distintos bloques que hoy se disputan la dirección y hegemonía de la clase dominante en la Argentina.

El capital encuentra su representación en el plano político y de esta forma se da la correa de transmisión para la crisis, que va desde el terreno de la lucha en la búsqueda de ganancia propia del capital, a la disputa por el aparato estatal como palanca para librar la primera contienda mencionada. En el estado se dirimen los conflictos intra-capitalistas, obrando éste, a modo de «junta administrativa» donde se resuelve la repartija de la ganancia entre las distintas fracciones del capital.

3) Financiamiento externo y crisis financiera.

Al igual que el conjunto de América Latina las posibilidades de obtener financiamiento externo, para la búsqueda de la reactivación de la actividad económica, son escasas. El mercado de créditos está congelado a nivel mundial y nadie le prestaría fondos a un país como Argentina, donde hasta los actores políticos más conservadores, como lo ha demostrado hasta el propio ex presidente Eduardo Duhalde, podrían llegar a no pagar la deuda externa (Duhalde se refirió particularmente a la deuda contraída con el Club de París).

Mientras tanto, la intensa fuga de capitales que se vio en 2008 sigue en pleno desarrollo, marcando el limitadísimo alcance del proyecto de blanqueo de capitales emprendido por el gobierno.

Un punto «no negativo» de la economía argentina de cara a la crisis financiera global, es su ínfimo desarrollo del sistema financiero y la escasa gravitación de crédito en la misma. A diferencia de Brasil, donde el sistema financiero tiene un desarrollo y una profundidad sustancialmente mayores, lo que pone a importantes sectores del capital brasilero en una situación de alta exposición y vulnerabilidad frente a posibles cimbronazos financieros en el mundo.

4) Superávit fiscal vs. reactivación económica.

El superávit fiscal es otro de los puntos fuertes que venía mostrando el Modelo K desde sus orígenes. El principal instrumento recaudatorio que tiene el Estado argentino es el IVA que genera el 33% de los ingresos totales. El problema es que el resultado fiscal es profundamente pro-cíclico. Con lo cual, la contracción que ya sufre la economía argentina (hasta el INDEC hoy reconoce una fuerte caída de la actividad industrial) atenta contra el superávit fiscal, haciendo imposible en el mediano plazo compatibilizar las «cuentas limpias» con los planes de reactivación económica.

A esto se suma la mencionada caída de los precios internacionales de los productos agropecuarios y el mal momento que atraviesa hoy la producción rural en general debido a las sequías, lo que reduce aún más la recaudación fiscal proveniente de los aranceles a las exportaciones.

Una de las artimañas que el gobierno pondrá en práctica a fin de recomponer «la caja» (sobre todo en un año electoral), va a ser la emisión de bonos que serán colocados en otros organismos estatales como el ente a cargo de los fondos previsionales, ya que nadie puede querer bonos argentinos por el gran riesgo de default que contienen.

La caja se achica y esto es independiente de la capacidad de éxito que pueda llegar a tener cualquier tipo de plan reactivador de corte keynesiano, capacidad que por cierto ya es bastante cuestionable hoy por hoy[4].

Este punto es de singular importancia para nosotros en tanto estudiantes y comunidad universitaria en general, ya que las limitaciones presupuestarias del gobierno, seguramente tendrán una repercusión destacada en el área educativa, como suele ocurrir en toda época de vacas flacas.

La cantidad de subsidios a distintos sectores del capital que promueve el gobierno kirchnerista es muy amplia y en este marco resultaría impracticable revertir ese escenario, considerando las bases sociales endebles del mismo gobierno. Esto significa que no resulta osado advertir que los ajustes seguramente vendrán en una dirección contraria a los intereses de los sectores más postergados de la sociedad (salud, educación, vivienda, etc.), y no a través de enfrentamientos con el puñado de empresarios amigos del kirchnerismo y demás grupos económicos de poder concentrado (Techint, Aluar, Grupo Macro, etc.).

Lo que viene, lo que viene…

Las proyecciones están, y no son optimistas ni mucho menos. La disputa política entre distintas expresiones de la clase dominante se agudizan en un año electoral. La era de la implacable hegemonía kirchnerista parece estar en su etapa final, y en un marco de aumento del desempleo y caída de los salarios reales sería de esperar un aumento de la conflictividad social.

Este gobierno ya mostró evidencias de que el respaldo que tiene en la gente es insuficiente, inclusive en el conflicto con las entidades rurales, la oligarquía terrateniente le ganó las calles en todo el país. En este escenario de crisis, nada hace pensar que desde el oficialismo puedan tomarse medidas con una orientación «nacional y popular» profunda, si consideramos que hace tiempo se vienen cambiando los Tumini por los Rico en las filas «K».

Las bases sociales del propio gobierno hacen impensables políticas de reformas profundas que afecten positivamente la vida material de las grandes mayorías del país. Un ingreso mínimo universal digno, la eliminación del IVA para los productos de la canasta básica, el monopolio de la comercialización de productos agropecuarios y exportables, la prohibición de los despidos y las suspensiones, o la nacionalización de los bancos, no parecen ser un horizonte esperable para este gobierno, cuya retórica maniquea de polarización con la Sociedad Rural, empieza a percibirse falaz y abre la perspectiva de una intervención política independiente de estos bloques en disputa, aunque no indiferente a esta disputa en sí.

El kirchnerismo ya no parece ser aquel proyecto político de «concertación» como fue planteado en sus comienzos, por otro lado, la UCR dio sobradas muestras de su incapacidad para dirigir la política nacional durante períodos de crisis. Las elecciones de junio seguramente posibilitarán interpretaciones ambiguas sobre sus resultados, en caso de mantenerse el kirchnerismo como primera minoría nacional. Esta es una de las cláusulas tácitas de este casi-referendo.

El descontento social con el gobierno crece más rápido que las adhesiones y la marcha de la economía pareciera agudizarlo. La cuestión última estará en la dirección que adopte este descontento en caso de traducirse en movilizaciones mayores, ya que la historia reciente argentina nos enseña que no son lo mismo las movilizaciones por la «seguridad» o contra la 125, que aquellas cuya orientación adopta formas progresivas y populares. La posibilidad de desarrollo de alternativas contrahegemónicas al margen de este gobierno en declive está planteada.

Quizás la cuestión ahora esté en repensar el propio rumbo de las organizaciones que se ubican en la vereda del frente, y su capacidad para acumular políticamente e intervenir de forma transformadora en una realidad compleja. Con la crítica honesta de las propias prácticas y posiciones, se pueden sacar conclusiones positivas de cara a procesos que se presentan abiertos, y para los cuales se puede plantear la posibilidad de actuar, con la aspiración real de incidir en los mismos.

*Artículo publicado en la 2da edición de la revista Kamchatka, elaborada por la Corriente Julio Antonio Mella.

Notas

 

[2] Las teorías del «desacople» sostenían que la crisis se iba a desarrollar especialmente en los países centrales (EEUU, Japón y Europa), mientras que el resto del mundo podía «desacoplarse» y amortiguar, sino evitar, el impacto generado por la misma, apoyado sobre todo en las nuevas potencias económicas emergentes como China, India, Brasil, etc.. Las nociones de «desacople» también expresaban la creencia de que la crisis era fundamentalmente financiera y que el impacto en la economía «real» podía no ser tan dramático como en las derruidas plazas bursátiles mundiales. Estas ideas fueron rápidamente abandonadas ante los acontecimientos de los últimos meses de 2008.

[3] Término extraído de la Revista Barcelona para referenciar al peronismo «disidente» (Solá, De Narvaez, Rodríguez Saa, Duhalde, Barrionuevo, Menem, etc.)

[4] . Relativo a esta temática, hay bastante consenso dentro del pensamiento económico crítico, donde se plantea que en una crisis de tan amplio alcance es limitado el margen de maniobra de las políticas keynesianas o neo-desarrollistas para enfrentarla y restaurar el «orden» y la «confianza» en los mercados y el público en general. Un ejemplo de esto es EEUU, que teniendo la «maquinita de hacer plata» (literalmente) hace parecer estéril cualquier intento por recomponer la situación actual, quedando el resultado de toda política fiscal o monetaria supeditada al desarrollo propio de la crisis.

 

A propósito de la regresión de la Italia de Berlusconi : ¿Hasta cuándo?

José Saramago

El cuaderno de Saramago

Hará unos dos mil cincuenta años, días más día menos, a esta hora o a otra, estaba el bueno de Cicerón clamando su indignación en el senado romano o en el foro: «¿Hasta cuando, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?», le preguntaba una vez y muchas al bellaco conspirador que había querido matarlo y hacerse con un poder al que no tenía ningún derecho. La Historia es tan pródiga, tan generosa, que además de darnos excelentes lecciones sobre la actualidad de ciertos acontecidos de otrora, también nos ha legado, para nuestro gobierno, unas cuantas palabras, unas cuantas frases que, por esta o aquella razón, acabaron echando raíces en la memoria de los pueblos. La frase que dejé más arriba, fresca, vibrante, como si acabara de ser pronunciada en este instante, es sin duda una de esas. Cicerón fue un gran orador, un tribuno de enormes recursos, pero es interesante observar como, en este caso, prefirió utilizar términos de los más comunes, que podrían haber salido de la boca de una madre que reprende a un hijo inquieto. Con la enorme diferencia de que aquel hijo de Roma, el tal Catilina, era un mequetrefe de la peor especie, ya sea como hombre, o como político.

La Historia de Italia sorprende a cualquiera. Es un extensísimo rosario de genios, pintores, escultores o arquitectos, músicos o filósofos, escritores o poetas, iluminadores o artífices, un no acabar de gente sublime que representa lo mejor que la humanidad ha pensado, imaginado, hecho. Nunca le faltarán catilinas de mayor o menor envergadura, pero de eso ningún país está exento, es lepra que a todos nos toca. El Catilina de hoy, en Italia, se llama Berlusconi. No necesita asaltar el poder porque ya es suyo, tiene suficiente dinero para comprar todos los cómplices que sean necesarios, incluyendo jueces, diputados y senadores. Ha conseguido la proeza de dividir la población de Italia en dos partes: los que les gustaría ser como él y los que ya lo son. Ahora promueve la aprobación de leyes absolutamente discriminatorias contra la emigración ilegal, saca patrullas de ciudadanos para colaborar con la policía en la represión física de los emigrantes sin papeles y, colmo de los colmos, prohíbe que los niños de padres emigrantes sean inscritas en el registro civil. Catilina, el Catilina histórico, no lo haría mejor.

Dije antes que la Historia de Italia sorprende a cualquiera. Sorprende, por ejemplo, que ninguna voz italiana (al menos que yo sepa) haya retomado, con una ligera adaptación, las palabras de Cicerón: «¿Hasta cuando, Berlusconi, abusarás de nuestra paciencia?» Experiméntese, puede ocurrir que dé resultado y que, por esta u otra razón, Italia vuelva a sorprendernos.