Argentina. Elecciones: Un emporio de figuras de las distintas variantes de la derecha pura y dura

Prensa de Frente

   Narvaez macri solá      Con la izquierda y el “progresismo” con representaciones débiles y atomizadas, surgidas mucho más de lógicas de aparato, o de improntas personales, que como expresiones de construcciones de base con algún nivel de desarrollo, tras la presentación de las listas las elecciones del 28 de junio parecen las ofertas de un emporio de versiones de la derecha pura y dura como hace tiempo no se veía.

Las palmas se las lleva, obviamente, el denominado Frente Con Vos Buenos Aires, uno de los armados electorales de Eduardo Duhalde a través de su incondicional, el ex diputado Daniel “Chicho” Basile, quien cedió el primer lugar de la correspondiente lista de candidatos a diputados al asesino y torturador ex subcomisario y ex intendente de Escobar Luis Abelardo Patti, actualmente con prisión preventiva por su participación en varios asesinatos durante la dictadura militar.

Por algunos problemas “ideológicos” no integró la lista Aldo Rico, el jefe de la sublevación “carapintada” de la Semana Santa de 1987, madre de la ley de Obediencia Debida, ex intendente de San Miguel. Rico irá entonces como candidato a concejal de San Miguel por el partido Es Posible, que orientan los dueños feudales de San Luis, los hermanos Adolfo y Alberto Rodíguez Saá.

Aunque la lista de Patti y Basile pueda sonar a una iniciativa caricaturesca, no hay que olvidar que hasta hace pocos días varios de sus integrantes estuvieron en conversaciones con los líderes de la alianza entre el peronismo disidente y el PRO de Mauricio Macri, siempre en función del peso que ejerce Duhalde desde las sombras.

Esa alianza macro-duhaldista es, obviamente, en cuanto a la integración de sus candidaturas, la más importante de las recolectoras de figuras variopintas de la derecha sin mediatizaciones, aunque esas figuras también campeen en las listas del oficialismo kirchnerista y en las del “panradicalismo” que reúne a la UCR y la Coalición Cívica de Elisa Carrió.

En su expresión bonaerense, la alianza del macrismo y el peronismo disidente tiene ese tinte ideológico desde su propia cabeza: primero de la lista a diputados nacionales es el dueño del predio de la Sociedad Rural y de otras varias empresas Francisco de Narváez, financista de la patética campaña presidencial de Carlos Menem en 2003.

Su segundo es el ex gobernador Felipe Solá, quien aspira a ser reelecto como diputado sólo dos días después del séptimo aniversario de la Masacre de Avellaneda, en la que fueron asesinados Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, hecho del que es uno de los principales responsables políticos. En un lugar expectante, en la misma lista, lo acompaña uno de sus socios en la responsabilidad central por la criminal represión del 26 de junio de 2002, Alfredo Atanasof, quien fuera jefe de Gabinete del entonces presidente Eduardo Duhalde.

Detrás de Solá va en la lista Gladys González, ligada al jefe de Gabinete de Macri en el gobierno porteño, Rodríguez Larreta, y cuarta Claudia Rucci, la hija de José Ignacio Rucci, impulsada por el dirigente de los peones rurales, Gerónimo Venegas. Algo más atrás, también figura en la lista el economista Eduardo Amadeo, antiguo funcionario de Menem en la Nación y de Duhalde en la provincia.

 En las listas de candidatos a legisladores provinciales por la alianza macro-duhaldistas hay varios de los dirigentes regionales de la ofensiva de los patrones rurales del último año y medio. Por ejemplo el dirigente de CARBAP Jorge Srodek –quien ya fuera diputado provincial- como cabeza de lista en la sexta sección electoral.

Y también son candidatos a legisladores provinciales el secretario general de los trabajadores de Estaciones de Servicio, Carlos Acuña, de la CGT Azul y Blanca liderada por Luis Barrionuevo, y María Estther Barrionuevo, hermana de Luisito. El propio Barrionuevo es candidato a senador nacional por Catamarca, en representción de una filial provincial del duhaldismo.

 Las candidaturas porteñas de esa alianza no desmienten el perfil ideológico. Detrás del matiz “civilizado” que se le pretende dar a la lista de candidatos a diputados nacionales con Gabriela Michetti –hay que recordar que es “ahijada” política del arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio- se encolumnan nombres como el del aspirante a la reelección por el ultraliberal partido RECREAR Esteban Bullrich o el de Jorge Triaca, hijo del fallecido ex ministro de Trabajo precarizador de Carlos Menem.

Triaca es uno de los líderes de la Fundación PenSar, “tanque de ideas” en clave nacional financiada por los republicanos norteamericanos y la internacional conservadora europea, que suele traer al país, como disertantes estrellas a personalidades como la del ex jefe neofranquista del gobierno español José María Aznar.

Hasta que fue detenido por orden judicial, el principal “analista internacional” de la fundación era Julio Cirino, un integrante de los grupos de tareas de la represión ilegal del Batallón 601 del ejército. Bullrich es integrante de la fundación, tanto como el jefe de Gabinete de Macri Rodríguez Larreta, y el propio jefe de Gobierno de la ciudad es un repetido participante de las reuniones de PenSar.

Con un perfil mucho más prolijo que ofrece la Fundación PenSar, pero no menos funcional a las concepciones de los grandes grupos económicos sobre lo que deben ser las instituciones políticas, la fundación Poder Ciudadano -financiada por esos grupos- cedió a la lista de candidatos a diputados nacionales por el macrismo porteño a su directora Laura Alonso.

 Por si esta colección de nombres resultara escasa, o demasiado focalizada, para hablar de un festival de candidaturas de la derecha pura y dura, no hay que olvidarse de que las listas oficialistas bonaerenses tienen por ejemplo a Daniel Scioli, o a Dulce Granados, la esposa del antiguo ultramenemista intendente de Ezeiza Alejandro Granados.

O que la lista porteña de candidatos a diputados nacionales por la alianza UCR-Coalición Cívica está encabezada por Alfonso Prat Gay, ex presidente del Banco Central durante la presidencia de Duhalde, y el comienzo de la de Kirchner, hombre de confianza de los centros financieros internacionales.

Jean-Paul Sartre: El Ser y La Nada (Descargar Libro)

El ser y la nada  1943

Jean-Paul Charles Aymard Sartre (París, 21 de junio de 1905 – ibíd., 15 de abril de 1980), conocido comúnmente como Jean-Paul Sartre, fue un filósofo, escritor, novelista, dramaturgo, activista político, biógrafo y crítico literario francés, exponente del existencialismo y del marxismo humanista. Fue el décimo escritor francés seleccionado como Premio Nobel de Literatura, en 1964, pero lo rechazó explicando en una carta2 a la Academia Sueca que él tenía por regla declinar todo reconocimiento o distinción y que los lazos entre el hombre y la cultura debían desarrollarse directamente, sin pasar por las instituciones. Fue pareja de la también filósofa Simone de Beauvoir.

El ser y la nada, obra escrita por el filósofo francés Jean-Paul Sartre, quien ya con anterioridad se había consagrado esencialmente al estudio de la imaginación desde una perspectiva fenomenológica (Lo imaginario. Psicología fenomenológica de la imaginación, 1940). Redactada durante la II Guerra Mundial, fue publicada en 1943 bajo el título original de L’Être et le Néant. Essai d’ontologie phénoménologique (El ser y la nada. Ensayo de ontología fenomenológica). A lo largo de sus páginas, Sartre se plantea qué es el ser y cómo dar un sentido al concepto de la nada. Para responder a dichas preguntas utiliza el método fenomenológico fundado por Edmund Husserl, a quien agradece en la introducción el habernos desembarazado de la idea del ser como opuesto a su apariencia de fenómeno: el fenómeno se da cuando el ser es. Así, este gran tratado de ontología fenomenológica se articula alrededor de la interrogación del fenómeno “conciencia” y del fenómeno “mundo”.

Libro tomado de: https://elartedepreguntar.wordpress.com/

Descargar Libro Jean Paul Sartre: El ser y la Nada

 

100 años de Imperialismo norteamericano. (Desde Theodore Roosevelt a George Bush)

Pedro Rodriguez Rojas
Rebelion

 

imperialismo-yanqui

El accionar del imperialismo en Venezuela, América y el tercer mundo comienza desde el siglo XV cuando fuimos colonizados por los europeos y pasamos a formar parte de la periferia del capitalismo mundial como suministradores de materia prima. A pesar de los procesos de independencia no hay la menor duda de que continuamos en la órbita de dependencia y de neocoloniales con respecto a los principales centros hegemónicos del capitalismo en el siglo XIX, en lo económico con respecto a Inglaterra y en segundo plano con Alemania y en lo político y cultural con respecto a España y en mayor grado con respecto a Francia. Desde los primeros bancos e industrias, pasando por líneas férreas y navieras, empresas de servicio y de comercio eran capitales fundamentalmente ingleses y alemanes. Igualmente los políticos e intelectuales que hicieron posible las nuevas repúblicas lo hicieron trasladando las principales constituciones, formas de gobiernos y universidades provenientes de la Europa Occidental. Pero desde finales del siglo XIX surge el Imperio Norteamericano con su expansión sobre el territorio cubano y puertorriqueño a partir de la guerra con España de 1898. Ya antes, desde apenas la cuarta década del siglo pasado Estado Unidos se había apropiado de buena parte del territorio mexicano.

El término que mejor define la política exterior norteamericana es la agresión, desde su nacimiento como país soberano (1776) ha demostrado una profunda vocación expansionista, evidenciada durante los gobiernos de Tomás Jefferson, pero que tendría una mayor definición en la presidencia de James Monroe con su famosa doctrina «América para los Americanos», o lo que es mejor decir «América para los norteamericanos». Si bien el siglo XIX es tiempo de consolidación de la economía norteamericana y de su política interna (guerra de secesión, 1861 – 65), esto no los aisló de su ideal expansionista, que ya se había manifestado sobre Luisiana y la Florida, pero que se profundiza con la anexión de los hasta entonces estados mexicanos de Texas y California (ricos en minerales como el petróleo).

Fue nuestro Simón Bolívar quien con mayor visión se percató de esta agresiva política exterior norteamericana, puesta de manifiesto fundamentalmente en los preparativos del Congreso de Panamá en 1826, con la idea de consolidar la integración de los países recién liberados del dominio español sin involucrar a los EEUU en dicho Congreso. El boicot norteamericano estuvo claramente presente en la derrota de este plan integracionista latinoamericano. En 1829 es aún más clara la percepción de Bolívar sobre el país del norte cuando señalo: «Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia a plagar a la América de hambre y miseria en nombre de la libertad» Precisamente la mayor desviación de este proyecto fue la constitución del Panamericanismo en 1890.

Las mayores muestras de agresiones continuas y de carácter brutal por parte del gobierno norteamericano se producen desde 1898 con la guerra contra España, cuando los Estados Unidos se posesionan de los codiciados territorio Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Wuam comenzando así su expansión extracontinental, sobre todo su interés en la «apertura» comercial Asiática. Luego vendría la política del «Gran Garrote» de Teodoro Roosvelt (1901 – 1909) y la historia de las invasiones en Cuba, Panamá, Honduras, Haití, Nicaragua, Santo Domingo, separación de Panamá de Colombia, agresiones que solo fueron disminuidas con el crac económico de los años 30. Al tiempo que se producían intervenciones militares, los Estados Unidos habían consolidado su poder económico sobre la zona: el poder del dólar. En aquellos países donde no intervino militarmente (como Venezuela); brindó «apoyo» a los gobiernos que representaban seguridad para sus inversiones.

Tanto la crisis económica de los años 30 como el enfrentamiento al nazifacismo (1933 – 45) hicieron replegar la política intervencionista norteamericana, pero el comienzo de la Guerra Fría permitió a los Estados Unidos consolidar su presencia en regiones hasta entonces inaccesibles, como las zonas petroleras del Medio Oriente. El dominio económico de los Estados Unidos se expande por todo el mundo, sus capitales y compañías levantan a Europa y Asia destruidas por la guerra y penetran en los países subdesarrollados, ya no sólo en los de América Latina. Pero la expansión económica y política norteamericana se vio frenada por el auge del socialismo que dominaba ya no solo en Europa del Este, sino también en la China, Yugoslavia y fue expandiendo su órbita sobre pequeñas naciones que habían sido víctimas de los grandes imperios occidentales.

Al tiempo que los Estados Unidos expandían sus políticas a través de la utilización de organismos internacionales aparentemente neutrales (FMI, BM, OEA, TIAR, OTAN, ONU) que han representado históricamente sus intereses, se inició una política internacional de favorecer a los «gobiernos fuertes» de marcada tendencia anticomunista, manifiesta en el auge de los gobiernos dictatoriales no sólo en América Latina (1948 – 57) sino en el resto del tercer mundo: Invade Guatemala en 1954 y 1965, presiona contra la revolución Boliviana de 1952, así como se involucra en la caída de Perón en Argentina y Vargas en Brasil, de Medina y luego Rómulo Gallegos en Venezuela, interviene en los conflictos de Corea y de Vietnam donde es, por primera vez en su historia, aplastantemente derrotado.

En el Medio Oriente, hasta 1951, en el único país donde los EEUU no tenían participación era Irán, controlado cien por ciento por los ingleses. Después de la Segunda Guerra Mundial, además del debilitamiento inglés, existen otros factores por lo cual el Medio Oriente se convierte en determinante en la política exterior norteamericana; primero, en su política de defensa ante la amenaza de expansión del comunismo, para lo cual se lanza la «Doctrina Truman», segundo, por la situación de dependencia en la que se coloca EEUU a partir del año en que se convierte en principal importador de petróleo, situación que aumenta el peso de los EEUU, la población de origen judío fue lo que justificó su decidido apoyo a la creación y mantenimiento del Estado de Israel. En pro de estos intereses los EEUU llegaron hasta intervenir militarmente cuando consideraron algún peligro: Así dieron su aprobación al desplazamiento violento de los palestinos de sus territorios, en 1949 intervienen directamente en un golpe de Estado contra Siria y junto a Inglaterra contra el Líbano y Jordania, en 1958, motivados por el miedo a las repercusiones en esos países de la revolución iraquí. Pero su acción militar más importante fue el derrumbamiento de Mossadeh en Irán en 1954, donde la participación de la CIA fue decisiva. En 1955, en el contexto de la guerra fría, Inglaterra y EEUU establecen el acuerdo de Bagdad, acuerdo militar de la región para la «mutua defensa» ante posibles agresiones, era una extensión más de la OTAN, como lo fue el TIAR en América Latina para enfrentar el comunismo y a los movimientos nacionalistas.

Regresando a Latinoamérica, desde 1959 con la revolución cubana surge lo que desde entonces ha sido el obstáculo más grande en la política exterior norteamericana en sus relaciones con la región. El comunismo en su propio continente, en un territorio que al igual que Puerto Rico habían considerado de su dominio natural. Además, junto a la revolución cubana se había producido el auge de los movimientos insubordinados en muchos países de América Latina. Todo esto se producía, además, en el comienzo de una profunda recesión de las economías hegemónicas capitalistas aunado a la crisis energética de los 70, que a su vez generó una profundización de los movimientos nacionalistas y tercermundistas a escala mundial a los que tuvo que enfrentar la «diplomacia» norteamericana. Esta política norteamericana contribuyó, en buena parte, al retorno de las dictaduras cuya agresividad más palpable ocurrió en Chile con la caída del gobierno socialista de Allende. 1979 es un año realmente terrible para la política exterior norteamericana, cuando se producen revoluciones socialistas en Granada y Nicaragua, así como la revolución islámica y la caída del Sha en Irán, país que había sido uno de los principales aliados norteamericano en el Medio Oriente.

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El rey está desnudo

Rafael Poch

 

La Vanguardia

ObamaBush 

Obama nunca pretendió estar vestido, pero Europa lo vistió y sigue alabando su inexistente y bello traje transformador contra toda evidencia.

«Bush light» le llama a Obama el ‘Süddeutsche Zeitung’ en su editorial del lunes. El Presidente ha decepcionado a los liberales con su decisión de mantener los «tribunales especiales» para sospechosos de terrorismo y su determinación de no perseguir a los torturadores. El periódico le dedica un agrio comentario titulado, «El mayor error de Obama». Pese a ser muy certera, la calificación de Obama como un «Bush light» no representa en absoluto el sentir de la publicística europea, ni alemana.Durante meses, políticos y periodistas del viejo continente han estado alimentando el mito Obama. Expresaban con el su alivio por el cambio en Washington. Un cambio que permitía seguir siendo aliado, vasallo y cómplice del imperio, según los casos, sin sentir la vergüenza, ni asumir los manifiestos sinsentidos de la política de Bush, que ha desprestigiado y desgastado a Estados Unidos, y con él un poco a todo el Occidente, en el mundo. El «mito Obama» ha expresado el alivio por poder volver a nuestro vergonzante papel habitual, sin la sensación de perjudicar o de contribuir al desgaste de los intereses europeos más generales de poder y dominio.

 

Ahora, con Obama, «yes, we can»: ya podemos continuar apoyando guerras indecentes y animando incendios propiciadores del terrorismo con el habitual doble rasero en materia de matanzas y derechos humanos. El mito Obama expresa el seguidismo de esta Europa conservadora y burocrática con centro en Bruselas, la que vota a Berlusconi en Italia, a Sarkozy en Francia, la que premió en Inglaterra a Tony Blair con un segundo mandato tras la ignominia de Iraq (en eso los españoles que castigaron a Aznar, fueron superiores a los británicos), por no mencionar a todos los pigmeos y administradores de la rutina que dominan el panorama del poder en el conjunto de los países de la Unión Europea, donde, en este momento, no se vislumbra ni un solo gobernante de talla.

Incapaz de desperezarse y ponerse a trabajar con miras al complejo mundo que tenemos por delante en las próximas décadas del siglo (me refiero a la conjunción de la transición energética, el cambio global –del que el calentamiento es un aspecto- y las crisis de recursos con enormes colectivos humanos «superfluos» en el Sur), esta Europa de los consumidores, prefiere recrear el mito de un San Obama Salvador, portador de alternativas para la salvación del mundo.

Pero San Obama no existe. El rey está desnudo. Todos los datos que nos ha lanzado, desde el mismo inicio, antes de llegar a ser candidato, fueron muy claros: apoyó la guerra de Bush desde el Congreso y la financiación por Wall Street de su campaña electoral fue el dato central de aquella. Más allá de las novedades de su estilo dialéctico, su discurso mantuvo esa insoportable retórica mesiánica norteamericana sobre la mejor nación, el prehistórico e integrista «Dios está con nosotros» y todas esas ligerezas. El puro y gastado discurso nacional-imperial de Estados Unidos.

La «nueva era» que nuestros diarios nos vendieron por aquel discurso del 24 de julio de 2008 en el Siegessäule de Berlín, tuvo por mensaje central la glorificación del instrumento militar con el que se quiere gobernar la crisis global del siglo XXI, el la que el «terrorismo» aparece como «ersatz» del «comunismo» («Si pudimos crear la OTAN para encararnos a la Unión Soviética, nos podemos unir en una nueva asociación global para desmantelar las redes que golpearon en Madrid y en Amán, en Londres y en Bali, en Washington y en Nueva York»). «Nueva era» también en aquel «histórico» discurso de investidura de Washington, que en Alemania se vende en librerías como obra literaria, en el que el Presidente exaltó a los «héroes que combatieron y murieron en lugares como Concord y Gettysburg, Normandía y Khe Sahn», un discurso que se comparó con el «I have a Dream» de Martin Luther King, pese a que King era un adversario del imperio -por eso lo mataron- mientras que Obama puso a Khe Sahn, un episodio de la infame guerra de Vietnam, en su lista de glorias nacionales. ¿Y después?.

Lo más importante de Estados Unidos, el país más poderoso, es su proyección mundial, su política internacional. Como Presidente, Obama ha restablecido el multilateralismo, que no es más que un regreso a una administración imperial más racional después de que Bush se estrellara contra la evidencia de que Estados Unidos, solos, no podían. Frente a aquel «nosotros solos» se impone la fórmula mixta de Obama, mucho más funcional y racional para el Imperio, enunciada por Josef Biden en Munich el pasado febrero, «cuando podamos hacerlos juntos, lo haremos con nuestros socios, cuando no podamos, lo haremos solos». Eso ya lo decía Clinton, pero lo importante no es el cómo, sino el qué, y con Obama el qué será lo de siempre.

La política exterior se ha dejado en manos de Hillary Clinton, un halcón demócrata, con el músculo, y gran parte del cerebro, a cargo del Pentágono, en manos del mantenido Secretario de Defensa de Bush, Robert Gattes, del General Petraeus y del Consejero de Seguridad Nacional, James Jones. No hay viraje de fondo hacia Israel, piedra angular de las tormentas y desastres de Oriente Medio, cuya loca carrera es el principal problema para el mantenimiento del estado judío. La guerra de Irak se mantiene: el 25 de abril Hillary Clinton dijo en Bagdad que se mantendrán allá 70.000 soldados durante «quince o veinte años más». También en Afganistán, donde se está escalando la apuesta bélica. La declaración en pro de «un mundo sin armas nucleares» pronunciada por Obama y su homólogo ruso, Medvedev, el 16 de abril en Roma, se quedará en «mera retórica» a menos que, como ha dicho Mijail Gorbachov, » se desmilitaricen las relaciones internacionales, se reduzcan los presupuestos militares se cese de crear nuevas armas y se detenga la militarización del espacio». Con Obama no hay rastro de ello: se van a gastar 664.000 millones de dólares en presupuesto de defensa, 20.000 millones más que con Bush. La apuesta nuclear en la doctrina militar que se está preparando para los próximos diez años (la nueva «Nuclear Posture Review»), no contiene mención alguna a la abolición universal del arma nuclear citada por Obama en Estrasburgo, Praga y Roma en abril.

En el orden interior, Obama está realizando la mayor transferencia de dinero público de la historia desde los más desfavorecidos hacia los bancos, sin pedirles responsabilidades a éstos por su gran desfalco. Al frente de la economía ha puesto a gente del Citigroup y Goldman Sachs como Timothy Geithner y Lawrence Summers, con responsabilidades directas en el gran desfalco. Economistas críticos de la «economía de casino» como Joseph Stiglitz, Paul Krugman o James Galbraith, el hijo de John Kenneth Galbraith, han quedado fuera. Los sindicatos y el medio ambiente, han sido relegados a una segunda fila, con puestos importantes pero secundarios para gente notable como Steven Chu, que carecerán de influencia en el conjunto de la administración, como explica Mike Davis.

El «gran cambio» es un manifiesto espejismo. En la URSS de los ochenta, había una especie de monarquía absoluta del siglo XIX en la que llegó un monarca ilustrado y la desmontó desde arriba. El resultado fue un verdadero cambio histórico que anuló la tiranía soviética, disolvió un imperio que abarcaba del Elba al Mekong, un derribo que, aunque trajo grandes desastres y calamidades a la población rusa, también derribó muros y abrió determinados espacios de libertad. Nada comparable parece posible en Estados Unidos. Un cambio radical desde arriba, ni es posible en el país de Obama, ni era el propósito de éste. El «comunismo» soviético resultó ser más reformable, aunque fuera por autoderribo, que nuestras democracias imperiales. En Europa y en Estados Unidos, tales cambios son imposibles en ausencia de fuertes movimientos sociales, como los que históricamente transformaron las antiguas monarquías absolutas europeas en los actuales sistemas. Obama no ha engañado. Desde el principio sus discursos y su política han sido muy claros: no es más que un nuevo demócrata centrista, en el sentido estadounidense del término, un «Bush Leight», de la misma forma en que Bush fue un «Clinton Hard».

Mas allá del «cambio», la inexorable continuidad del imperio estadounidense, ese ejemplar régimen plutocrático (poder de los ricos), ese sistema de partido único bicéfalo, se reproduce y mantiene sin apenas fisuras. Obama nunca pretendió estar vestido, pero Europa lo vistió y sigue alabando su inexistente y bello traje transformador, contra toda evidencia. Este continente compra el «yes, we can» como programa político, por la misma razón por la que vota a Berlusconi, Sarkozy, lo hizo con Aznar y los gemelos polacos, o ratificó a Blair. Simplemente no da más de si.

http://www.lavanguardia.es/lv24h/20090505/53696602925.html