Costa Rica : Ahora que se acercan las elecciones, ¡Cuidado!

Nadie habla de ello. Es tema tabú.

Alfonso . Palacios Echeverría

soborno2Nada hay más inextricable que las actuaciones de los políticos, pues son el fruto de una contradicción patológica del pensar, el sentir y el actuar. Ni siquiera el comportamiento más ridículo de la tierra, el de los diplomáticos, que se fundamenta en la hipocresía hecha carrera y actuación profesional, se le llega a comparar, pues en el caso de estos últimos existen mecanismos de desequilibrio a nivel personal y de cultura organizativa que lo justifican. Viven en un mundo irreal que ellos mismos crean y en el que creen sin dubitación alguna, y allí son felices, lejos de la realidad cotidiana. Víctimas de sus juegos y ceremonias, presas de sus símbolos, y víctimas del ridículo más lastimero. En cambio, en las actuaciones de los políticos, además de su considerable dosis de hipocresía, se le agregan la perversidad de intenciones, un egoísmo digno del diván de un siquiatra, y la erraticidad de quien busca solamente el quedar bien con todos y no lograrlo con nadie.

 Si se desea tener una muestra de lo bajo que puede llegar un ser humano, analice el comportamiento de las figuras políticas, ya sea en posiciones de gobierno o de la oposición. La contradicción es la tónica común, la manipulación el instrumento cotidiano, la erraticidad el sendero, y el egocentrismo el fin buscado.

¿Le parece demasiado dura esta aseveración? ¿Ofensiva, quizá? Pues vamos a darle unas pocas líneas de reflexión, para ver si le hacemos llegar a conclusiones propias que le ubiquen adecuadamente.

En primer lugar debemos dejar bien clara la distinción entre político y estadista. El segundo tiene en nuestro medio latinoamericano una connotación positiva, al designársele como tal a un jefe de estado que sobrepasa las miserias humanas del juego político en el ejercicio de su función en el gobierno de un país, y que posee una visión de futuro, de beneficio general para la ciudadanía, y que antepone el bien común a sus propios deseos egoístas. En cambio, el primero, posee una connotación negativa, pues se equipara al cortoplacismo de las decisiones, al ejercicio del poder en la función política del gobierno de un país orientado hacia metas y objetivos personales o gremiales, a la erraticidad de las decisiones, y sobre todas las cosas: al apego de un código de conducta en que la hipocresía, la mentira, el retorcimiento de los hechos y la manipulación de medios y realidades, son las pautas de su actuación. En algunos casos, más frecuentes de lo que podríamos imaginar, llegan al acto delictivo utilizando sus cargos y los mecanismos del poder, como se nos ha demostrado hasta la saciedad últimamente.

De allí que los ciudadanos comunes reconozcan de forma casi instintiva a unos y otros, y se apeguen a los estadistas, respaldando sus decisiones, mientras que se alejan de los políticos, estableciendo una distinción clara y juzgando severamente sus palabras, hechos y actitudes, pues sospechan de forma automática el móvil de cada una de ellas. Pero esto sucede cuando uno u otro ya está en el cargo que le concede el poder para tomar decisiones importantes relacionadas con el destino de la nación. Lamentablemente, no antes.

Pero ello no le exime al pueblo de su reiterada desilusión, pues en su desesperanza cree en los cantos de sirena que se orquestan cada cierto número de años, cuando se le convoca a elecciones, y desaparece su capacidad de distinción entre uno y otro, manipulada de forma artera y perversa por especialistas en comunicación colectiva, manipulación de medios, creación de imagen y ocultamiento de realidades, equivocándose período tras período en la elección del gobernante. En otras palabras: eligiendo políticos, no estadistas.

 Es evidente que la mayor parte de la experiencia política de los ciudadanos es indirecta: les llega por medio de alguna forma de comunicación, que los aproxima datos y opiniones alejados de su entorno inmediato. Pero como toda actividad social no es concebible sin comunicación. Cuando hay que describir una situación que reclama acción política, cuando hay que reivindicar, persuadir o movilizar es indispensable un proceso de comunicación. Y en estos meses que se nos vienen encima, los previos a la convocatoria a elecciones, el fenómeno de la utilización de los medios de comunicación, a favor o en contra de determinadas tendencias o personajes, se puede observar con claridad diáfana cómo se manipulan hechos, ideas, necesidades insatisfechas, y cómo se entroniza el reino de la mentira, la calumnia, las interpretaciones sesgadas y el ataque artero sin más razón que el de hacer daño.

 Detrás de todo ello están lo que se denominan “grupos de interés”, que se caracterizan por ser asociaciones voluntarias que tienen como objetivo principal influir sobre el proceso político, defendiendo propuestas que afectan a los intereses de un sector determinado de la sociedad. Estos grupos se proponen participar en la elaboración de las decisiones políticas relacionadas con los intereses del sector, pero sin asumir responsabilidades institucionales: actúan sobre las instituciones, pero sin ejercer directamente el poder que éstas administran. De ahí que algunos autores prefieran calificar a estos grupos como grupos de presión, subrayando que no persiguen ocupar el poder institucional, sino presionar sobre el mismo.

Los grupos de interés pretenden convencer al poder institucional y a las elites que lo gestionan que los intereses particulares de dichos grupos coinciden con los intereses generales de la sociedad. Y que por esta razón las políticas públicas deben acomodarse a las preferencias de tales grupos.

Los vimos actuar abiertamente, como nunca había sucedido antes, cuando organizaciones empresariales, sindicatos, académicos, e incluso gobiernos externos al país, se introdujeron en el debate sobre el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, con el propósito de que se tomaran medidas en diversas materias de interés colectivo. Ganaron, claro está, quienes pusieron a disposición de los interesados en su aprobación la mayor cantidad de dinero posible, para echar a andar una formidable maquinaria de comunicación colectiva, y ya conocemos cuáles fueron los resultados.

 Pues bien, con esta escuela y el aprendizaje obtenido, la campaña política que se avecina es posible que sea de las más virulentas, groseras y de estrategias más vulgares que se hayan conocido en el país. Porque los partidos tradicionales están manchados con la corrupción generalizada que han propiciado cuando han estado en el gobierno, y de ello es muestra irrefutable los juicios en curso contra ex presidentes y funcionarios públicos; la desvergüenza ha llegado a límites insospechados (piense usted solamente en la propuesta del partido gobernante de eliminar la prohibición constitucional que tienen los funcionarios públicos para inmiscuirse en política, medida sanísima y precautoria de corrupción, aunque el actual gobierno haya pasado por encima sin la menor vergüenza); y que con la exacerbación de los vínculos del narcotráfico internacional no será extraño que “donen” cifras importantes a las campañas de determinados políticos, utilizando testaferros, claro está, para asegurarse cierto tipo de libertad de acción.

Nadie habla de ello. Es tema tabú. Y los medios de comunicación colectiva ya están haciendo cálculo de cuánto van a ganar prestándose a los juegos sucios de los diversos partidos, abriendo espacios para la propaganda embrutecedora a la que están acostumbrados.

Estas son, finalmente, algunas pocas consideraciones que es preciso tener en mente ahora que se acercan las elecciones, y por ello: ¡cuidado! No se deje embaucar nuevamente. Es casi una denuncia indirecta para que usted sea más crítico, analice con mayor detenimiento y profundidad las ofertas que harán los futuros candidatos.

Kaosenlared

México en el cabús de la historia : Nuevo préstamo del Banco Mundial…para combatir la pobreza

Héctor Gómora

La desinformación y la ignorancia –que vienen a ser guisantes de la misma vaina- son aliados indispensables del poder despótico. Cuando se les supera y se ven las cosas como realmente son, muchas veces tal experiencia va acompañada de una náusea indescriptible, porque al encontrarse con la verdad frecuentemente nos topamos también con el cinismo; uno de tales dimensiones que deja con la boca abierta a quienes no han perdido la sensibilidad.

Ejemplos de esto se dan prácticamente a diario. Comentemos uno. El pasado 25 de abril el gobierno de México anunció que ya había suscrito oficialmente un nuevo préstamo con el Banco Mundial, por 1 503.75 millones de dólares.

El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional han sido por décadas (desde la posguerra) las dos principales armas con las cuales los países ricos han conservado su dominio sobre los pobres. No son sólo los intereses, sino algo de lo cual no se informa: que para prestar dinero siempre exigen al gobierno solicitante la aplicación de medidas bestiales, como recortar severamente el gasto público y realizar modificaciones estructurales –incluidas las de tipo legal- para que la economía del país quede completamente abierta a la penetración y el control de la inversión privada extranjera y nacional. Los resultados de medio siglo de aplicar estas políticas en el Tercer Mundo son harto conocidos para quien apaga la tele y abre buenos libros: desplome de la economía interna, descapitalización del campo y la industria nacionales, reducción de derechos laborales, servicios públicos malos e insuficientes…en síntesis, pobreza creciente.

México es uno de los países donde esto se ha aplicado más profundamente (quizá sólo superado por Argentina, que hace unos años tocó fondo). Las industrias eléctrica y petrolera, máximas riquezas de la nación, están ya bastante controladas por capitales privados; se han hecho modificaciones legales para privatizar el legendario ejido mexicano, base de la propiedad social de la tierra; se han recortado derechos laborales de una forma bestial y se reduce cada vez más el gasto para educación y salud, provocando el deterioro de instituciones que antes fueron el orgullo de este país (con todo y la corrupción del PRI). Esto se debe a tres décadas de préstamos pedidos al BM y al FMI.

Por eso siempre que puedo cito esa expresión de Noam Chomsky: el uso de la fuerza para controlar al Tercer Mundo siempre ha sido el último recurso, porque el BM y el FMI son instrumentos más baratos y eficaces. Basta con asegurarse que en los países pobres haya gobiernos peleles, dispuestos a endeudarnos.

México está gobernado por el neoliberalismo desde fines de los ochentas hasta la fecha. Las últimas –hasta ahora- administraciones del corrupto Partido Revolucionario Institucional sentaron las bases, que ha seguido sin desviación alguna el Partido Acción Nacional, no menos corrupto y con el regalo extra de su mentalidad decimonónica. Las dos presidencias que lleva (2000 a la fecha) no han mostrado ninguna diferencia en cuanto al proyecto económico.

El nuevo préstamo pedido al BM es buena prueba de ello, pero además en este caso todo está envuelto en un cinismo impresionante; porque, según el gobierno mexicano, ese dinero se destinará a un programa llamado Oportunidades, enfocado a combatir la pobreza.

El discurso oficial dice que el programa está dirigido a unos 5 millones de familias, para que alrededor de 25 millones de personas puedan hacer frente a las condiciones de pobreza extrema (diario La Jornada, 26 de abril). De esta manera vemos que el círculo se cierra: el BM impone políticas que generan pobreza, y tiempo después se le pide prestado más dinero para aliviar la pobreza que él mismo generó. Éste prestará más dinero con iguales condiciones…y así hasta la náusea…o hasta que el país decida ser libre.

Aún más cínicos son los comentarios de Axel van Trotsenburg, director del Banco Mundial para Colombia y México: “Buscamos apoyar al gobierno en sus esfuerzos para aliviar el impacto social que afecta a millones de mexicanos a consecuencia de la desaceleración económica”. ¡Ah, cómo es necesario el conocimiento, el combate a la ignorancia! Sólo así se entiende que el subdesarrollo es una situación que obedece a causas estructurales y no coyunturales; que no se genera en unos cuantos meses, como resultado de una “desaceleración económica”, sino de un proceso con causas históricas claramente identificables. No se trata de que los mexicanos, venezolanos, uruguayos, bolivianos y demás sean flojos por naturaleza. Son causas estructurales que se remontan al pasado colonial y a las estrategias que los países colonizadores han desarrollado para seguir controlando y explotando a sus antiguas colonias, que aunque formalmente independientes, siguen sin liberarse económicamente, salvo contadas excepciones.

 Pero actualmente varias naciones, como Venezuela, Bolivia, Brasil y Uruguay, están cortando sus relaciones con el BM y señalando, ya sin falsas cortesías diplomáticas, que dicho organismo es uno de los principales generadores de miseria en el mundo. Rechazan sus “propuestas” de política económica y arman sus propios proyectos.

¿Y en México?

A contrapelo de los signos más progresistas del Tercer Mundo, acá siguen gobernando los lacayos del sector empresarial y financiero trasnacional, y siguen entregado enormes trozos de soberanía para recibir dinero que, además de que seguramente no se usará íntegramente para lo declarado, nos costará nuevas medidas neoliberales, antihumanas, que sólo ensancharán la brecha.

Hace tiempo se dijo que México va en el cabús de la historia: hasta atrás. Y signos los hay. Se empeñan en debatir si se debe implantar la pena de muerte, cuando otras naciones ya la está quitando de su marco legal; mientras a nivel internacional avanzan los derechos de las mujeres y se regula el aborto, acá una dura ofensiva de la derecha está cerrando todas las opciones, sin permitirlo en casi ninguna circunstancia; ahora se pretende armar una discusión sobre si deben ser prohibidas las marchas y protestas sociales…y la política económica del gobierno sigue siendo de total sumisión al Consenso de Washington, mientras otros gobiernos decidieron levantar la cabeza.

Sí…en el cabús de la historia. Pero es mejor saberlo, para saber cuánto hay que trabajar. Mejor empezamos ya.

Rebelión

La geoestrategia del terror

John Saxe-Fernández

Ante el embate de la crisis se agudiza la discrepancia entre una realidad signada por el desempleo, cierre de empresas, bancos y aseguradoras y la retórica a favor del free trade y las privatizaciones: hace poco, cuando Luis A. Moreno, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), censuró el estatismo y el populismo de algunos gobiernos, parecía una insólita crítica a los colosales rescates bancario-empresariales y al dirigismo de la Casa Blanca de Barack Obama que por esos días forzaba la renuncia del CEO de General Motors. Digo insólita porque el BID junto al Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, es parte y parcela, con el Pentágono (DdD), la CIA, AID y la DEA, de los instrumentos disponibles al Ejecutivo de EU al sur del Bravo.

Pero no. Moreno dirigía su crítica a Venezuela, Bolivia y Ecuador, que, por su estatismo y populismo, fueron colocadas por el almirante Dennis Blair, director de la Inteligencia Nacional, en la categoría de amenazas a la seguridad estadunidense en la región, junto a Cuba, China, Irán y Rusia. Blair apunta su dedo acusador desde la coordinación de espionaje de la mayor burocracia estatal-militar de la era moderna, cuyo presupuesto rebasa el billón (trillion) de dólares y que opera la geopolítica del terror, con dos campos de prueba: el Plan Colombia y su extensión en la Iniciativa Mérida (IM).

A más de una década del Plan Colombia, existe evidencia ad nauseam de atrocidades y crímenes de lesa humanidad para exigir su enjuiciamiento-supresión y conjurar su clonación en la IM: el reciente informe Impunidad uniformada, de Human Rights Watch sobre el uso indebido de la justicia militar en México para investigar abusos cometidos durante operativos contra el narcotráfico y la seguridad pública, es una fuerte llamada de atención. Al respecto son abrumadores los documentos, reflexiones y testimonios ofrecidos por Hernando Calvo Ospina (Terrorismo de Estado en Colombia, el Perro y la Rana, Venezuela, 2007) sobre el patrocinio y participación del DdD en el uso del terror por medio de las Fuerzas Armadas colombianas (FA) y de unidades paramilitares, el brazo clandestino del Estado –estadunidense y colombiano–, en la ejecución de crímenes de guerra contra una población inerme. Ello como estrategia de control territorial y poblacional permanente y complementario de la política contrainsurgente, según informe de 1997 de la alta comisionada de la ONU.

Hasta 1994 las FA eran responsables de la mayoría de las masacres. Para evitar el hundimiento de la actuación e imagen del principal aliado militar de EU en América del Sur y con el aval de los gobiernos de Bush padre y de Clinton, se desplegó una campaña para hacer lucir al paramilitarismo como un tercer actor en el conflicto interno. Washington y Bogotá se esforzaron por presentar esa aberración como un electrón libre, cuya violencia no podía ser controlada: el Estado pasaba a mostrarse como víctima de los violentos, tanto como la población (p. 257). Los paramilitares se convirtieron en el brazo ilegal de la fuerza pública para la que ejecutan el trabajo sucio. Según el Congreso del Defensor del Pueblo es una nueva forma de ejercer la represión ilegal sin cortapisas que algunos llaman la violencia por delegación.

Los hechos muestran la activa acción de las Fuerzas Especiales y contratistas-mercenarios de EU en el esquema mientras que, de manera sistemática, las FA no se movilizan para evitar las matanzas, sino que aportan a su realización como se asume en los esquemas de dominio geoestratégico del Pentágono y su Comando Sur. Lo esencial de la geoestrategia del terror, de acuerdo con un documento del Departamento de Estado, está en el dominio sobre zonas ricas y estratégicas que, como la de Urabá, no sólo produce 60 por ciento del banano, sino que contiene gigantescas reservas madereras, pesqueras, oro, plata, platino, cobre, titanio, cobalto radiactivo, gigantescos recursos petroleros, y una biodiversidad casi sin igual en el mundo (p.188).

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 La Jornada