Contradictoria relaciones de Argentina con el Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial

Emilio Marín

La asamblea anual del FMI y el Banco Mundial culminó este fin de semana en Washington. A la luz de los discursos del representante argentino y las autoridades del Fondo, se deduce que siguen los cortocircuitos.

Las discusiones entre las dos partes habían comenzado antes de la reunión. El organismo de crédito internacional difundió el 21 de abril un documento sobre las perspectivas económicas internacionales donde pronosticaba que la Argentina vería en 2009 disminuido su producto bruto 1,5 por ciento. La buena noticia, juzgada por el gobierno argentino como «mala leche», era que en el 2010 habría un leve crecimiento del 0,7 por ciento.

La inflación para el corriente año, según los tecnócratas fondomonetaristas, caería al 6,7 por ciento, un guarismo que no enojó al Ministerio de Economía porque está dentro de los parámetros de lo que viene midiendo el Indec y la pauta inflacionaria del Presupuesto.

La cartera que conduce Carlos Fernández demoró apenas unas horas en ofrecer su respuesta, el 22 de abril, a aquellas proyecciones que consideró erróneas y politizadas. El documento se tituló «Los errores del FMI» y entre otros errores de Dominique Strauss Khan y sus predecesores les facturó que entre 2003 y 2008 habían subestimado en 2,5 por ciento anual el aumento del PBI argentino, y en 2,4 por ciento anual el superávit fiscal primario.

Rematando esa réplica, el ministerio sostuvo: «si se hubiesen cumplido los cálculos del FMI para cada uno de los años del período 2003-2008, la Argentina tendría actualmente un PIB que sería 15 por ciento inferior al verdaderamente existente». 

¿Tales pifias habrían sido motivadas por defectos técnicos en la lectura fondomonetarista? Fernández no cree en un problema de esa índole sino en el resentimiento político de la entidad internacional. El comunicado del Palacio de Hacienda interpretó que aquellas proyecciones erróneas constituyen «una respuesta política al hecho de que desde 2003 nuestro país ha dejado de lado las recetas que impulsa (el FMI)».

En ese cruce polémico, el ministro arribó a la capital norteamericana para participar de la asamblea anual de los dos organismos de crédito mundial. En sus intervenciones criticó las clásicas recetas de esas entidades, así como las discriminaciones que aún existen a la hora de calificar a quienes piden ayuda crediticia.

«Los países en desarrollo necesitamos financiamiento amplio, flexible y sin penalidades», reclamó en esos cónclaves el representante argentino.

Los directores del Fondo, como el chileno Nicolás Eyzaguirre, no hicieron autocrítica por aquellos errores de apreciación sobre el caso. Su descargo, que puede ser interpretado como una crítica a la Casa Rosada, fue que al no poder monitorear las cuentas argentinas, su visión puede haber sido «menos nítida».

Las inconsistencias K

Las críticas que en 2003 Néstor Kirchner hizo a las políticas del Fondo en relación con nuestro país, y que continuó posteriormente Cristina Fernández, fueron básicamente correctas.

Lástima que ese discurso se diera de bruces con la práctica de abonarle la totalidad de la factura, por adelantado y cash. Como se recordará, en enero de 2006 Kirchner pagó al Fondo unos 10.000 millones de dólares e hizo propaganda que ese gesto había significado decirle «chau».

Sin embargo, además de semejante pago, el hecho de que la jefa de Estado concurriera en noviembre de 2008 a Washington a la reunión del Grupo de los 20 convocada por George Bush para delinear junto al Fondo un camino de salida a la crisis estallada dos meses antes en ese país, daba la idea de que la postura argentina no eran tan anti FMI como lo trasuntaban los boletineros oficialistas. ¿Después del chau había un hola?

Luego vino lo peor, la asistencia al G-20 en Londres, el 2 de abril último, donde los popes del mundo decidieron en forma inconsulta que lo mejor para combatir la crisis era reforzar el capital y el rol del FMI y el Banco Mundial. Ya estaba Barack Obama en lugar de Bush. Los demás eran prácticamente los mismos gobernantes que, en el caso de EE.UU., Europa y Japón, tendrían que haber rendido cuentas de sus responsabilidades.

Con mucha pompa, los dirigentes del G-20 anunciaron un salvataje mundial por 1,1 billón de dólares, de los cuales 750.000 millones serían canalizados por la cuestionada entidad, que triplicaba su asignación de fondos.

Como en otros anuncios impactantes, la implementación de los programas se fue demorando. Este fin de semana Strauss Kahn confesó que tenía los 100.000 millones de los europeos y los 100.000 de los japoneses, pero que aún no le habían llegado los 100.000 de los estadounidenses. De rusos y chinos aún no tenía noticias…

Al concurrir a la capital británica y presentar las conclusiones como exitosas, la mandataria argentina incurrió en una contradicción con otros gobiernos de la región que condenaron al G-20. Entre otros, Hugo Chávez, Rafael Correa (reelecto este domingo en primera vuelta como sostuvo esta columna), Evo Morales, Raúl Castro y un largo etcétera.

Personajes de la cultura lo tomaron con ironía. Eduardo Galeano le dijo a EFE en México que lo resuelto en Londres era un chiste de humor negro. Consideró que «con toda la plata que le están dando a los culpables de la bancarrota universal, recompensándolos por el desastre que ellos mismos ocasionaron, con todo ese dinero se podría acabar con el hambre en el mundo».

¿Gemelos pero diferentes?

Durante las deliberaciones londinenses, Cristina Fernández mantuvo sus críticas al viejo orden financiero y en especial a las recetas de ajuste del FMI. Incluso se vanaglorió de haber vetado, junto a Lula, una cláusula del documento final donde se preconizaba la flexibilidad laboral.

Sin embargo no se supo que hubiera dicho algo o vetado el punto 12 del documento, que afirma textualmente: «Apoyaremos, ahora y en el futuro, la supervisión sincera, equilibrada e independiente por parte del FMI de nuestras economías y nuestros sistemas financieros, de las repercusiones de nuestras políticas para los demás y de los riesgos a los que se enfrenta la economía global».

Esta fue una claudicación K, porque hasta ahora el gobierno se había opuesto a esos monitoreos del Fondo y de golpe los acepta, al menos en cuanto a la letra de la declaración del G-20.

Usando el lenguaje maradoniano, no es que a Cristina se la haya escapado la tortuga a la orilla del Támesis. Quizás dejó ese punto porque efectivamente en algún momento tiene previsto dejar entrar a los inspectores del FMI para poder pedir préstamos de la nueva línea anunciada en Londres.

Hasta ahora Argentina no califica para esos créditos, que se dispusieron generosamente para México, por 47.000 millones de dólares.

Nuestro país encara hacia la ventanilla de Strauss Khan para pedir que, de acuerdo a la ampliación del capital, el Banco Central pueda disponer de 2.500 millones de dólares en Derechos Especiales de Giro. Para el resto de los créditos, Argentina apuesta al Banco Mundial, cuyo titular es el norteamericano Robert Zoellick, ex secretario de Comercio durante la administración Bush.

Pese que Bretton Woods parió dos gemelos (FMI y BM), el gobierno de Cristina los contrapone, como diferentes, y está enamorándose de Zoellick. El ministro Fernández anunció el noviazgo en la asamblea anual: «hoy parece delinearse una sutil división de trabajo entre el FMI y el Banco Mundial. Mientras se requiere que el Fondo tenga una mayor flexibilidad, sí creemos que el Banco Mundial está actuando eficientemente, ofreciendo financiamiento efectivo, es decir justamente lo que estamos planteando, asistencia financiera para acciones contra la crisis».

El ministro se había reunido con la vicepresidenta del Banco, Pamela Cox, quien a su turno se había entrevistado en Trinidad y Tobago con la presidenta de la Nación. De resultas de esas tertulias habría avanzado el trámite de un crédito por 4.000 millones de dólares de aquí a 2011, aunque convendría refrescar lo intrincado que suele ser el camino político de esos trámites.

En este tópico salta a la vista la diferencia política entre el gobierno argentino y los de Venezuela, Cuba, Ecuador y Bolivia, que apuestan a una moneda regional propia, el Sucre, y a un Banco del Sur. Los Kirchner, como Lula, no tienen entusiasmo por esos proyectos autónomos sino que apuestan sus fichas a la participación en el G-20 y a reformar los inservibles organismos financieros internacionales.

LA ARENA

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