El Boom de la Literatura Latinoamericana ( y video documental)

 el-boom-de-la-literatura-latinoamericana
Isaías Medina Ferreira

Durante la década de 1960, y siguientes, hubo una explosión en la narrativa de los países latinoamericanos que se ha conocido como el “boom” de la literatura latinoamericana.

Casi simultáneamente se publicaron varias obras que los críticos calificaban de “auténticas”, sin trazos de la literatura francesa o americana de las cuales se alimentaban, y cuyas técnicas y temática rompían con los patrones establecidos de la lucha entre hombre y naturaleza como fondo principal, que había sido hasta entonces, junto al regionalismo, la mayor preocupación de la narrativa latinoamericana. Por primera vez, según el decir de Naomi Lindstrom, la ficción latinoamericana “comenzó a asociarse con la imaginación, con la construcción narrativa innovadora y el tratamiento original del espacio y el tiempo de ficción.

Nacía lo que se ha llegado a conocer como “realismo mágico”: lo fantástico ocurre en el mundo novelístico con la naturalidad que ocurren las cosas cotidianas. Antes del “boom”, la narrativa latinoamericana era considerada, en términos generales, banal e inconsecuente. Algunos nombres excepcionales se destacaban, entre ellos Miguel Ángel Asturias, Jorge Luís Borges y Alejo Carpentier. Con los maestros del “boom”, Gabriel García Márquez (Colombia), Mario Vargas Llosa (Perú), Carlos Fuentes (Méjico), Julio Cortázar (Argentina), José Donoso (Chile) y Guillermo Cabrera Infante (Cuba), nacía una literatura más vibrante y más imaginativa. Todos tenían maestros comunes: Jorge Luís Borges, Juan Rulfo, Ernest Hemingway, Virginia Woolf, la literatura Rusa, Franz Kafka, Jean Paul Sartre, Horacio Quiroga, Juan Bosch, Gustave Flaubert, Albert Camus y William Faulkner.

Si bien el “boom” ha tenido muchos detractores, llegando incluso a ser considerado simple y llanamente como una propaganda bien montada de las editoriales para vender libros, no hay dudas que el tiempo se ha encargado de desmentir esto último y la calidad de esos autores, y la literatura que representan, ha ganado el respeto internacional que merece. Hoy existen innumerables premios como incentivo a la creatividad literaria, y todo se puede trazar hasta el “boom”.

Pero el “boom” tuvo un significado mayor. La reacción en cadena que desató en forma de actividad literaria, y que se conserva hasta nuestros días, hizo obligatorio el estudio de las obras de otros autores, incluyendo la literatura brasileña. Críticos como Ernesto Volkening, Luís Harss, Mario Benedetti (autor destacado de ficciones y poesía, además), Julio Ortega y Emir Rodríguez Monegal, entre otros, hicieron un trabajo espléndido de investigación para ayudar al respecto. Y los mismos autores, por medio de entrevistas y ensayos, ayudaron en la comprensión de sus obras y las de sus colegas. Caso ilustrativo, el exhaustivo libro “García Márquez, Historia de un Deicidio”, que Vargas Llosa escribiera acerca del proceso creativo en la obra de García Márquez. Casi todo lo que leí en el primer tomo de las memorias del Gabo, “Vivir para contarla”, ya lo conocía a través de ese libro excelente de vargas Llosa.

Durante este período y los que le siguieron, las revistas y suplementos literarios florecieron en el continente y allende los mares. Uno de esos fenómenos de colaboración internacional fue la revista trimestral “Libre”. Publicada en Francia, bajo la dirección de Plinio Apuleyo Mendoza; su lista de más de treinta colaboradores por edición era un “quien es quien” de la literatura del momento. Aunque sólo sobrevivió durante cuatro números, fue, junto a la revista de Casa de las Américas, de Cuba, un foro importantísimo de difusión. Tengo la dicha de contar con tres de esos ejemplares de Libre, pues el cuarto, que tenía un importantísimo trabajo de Juan Bosch sobre los Panteras Negras, lo perdí en un tren en New York.

Las polémicas que se desataron fueron también un motor impulsor de actividad literaria de primer orden. Comenzó con la acusación que hiciera Miguel Ángel Asturias, premio Nóbel guatemalteco, a García Márquez, señalando que Cien Años de Soledad era un plagio de La Búsqueda de lo Absoluto de Honorato de Balzac. La polarización y el rompimiento de muchos escritores con la Revolución Cubana, por el encarcelamiento del poeta Heberto Padilla en la Isla, fue otro episodio de resonancia que agregó chispa a las letras del continente. Asimismo, fue importante la famosa polémica que sostuvo Oscar Collazos, de Colombia, con Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa, recogida en el libro “Literatura en la Revolución y Revolución en la Literatura”. En Librusa  apareció hace un tiempo una entrevista con Collazos en la que rememora ese evento.

Hoy los autores del “boom” han encanecido, algunos, y como los maestros, otros han muerto. Pero su voz nunca ha callado y sus obras posteriores, en la mayoría de los casos, han sido tan excepcionales, como las que los elevó a la fama. Uno de ellos, García Márquez, ganó el Nóbel de literatura en 1982; dos de los que nos quedan, Vargas Llosa y Carlos Fuentes, han ganado todos los premios importantes de la literatura hispana y, junto a Ernesto Sábato, son candidatos perennes al Nóbel. Esperamos que lo ganen pronto, sobretodo Sábato que ya anda cerca de los 100. Gracias al “Boom”, la narrativa latinoamericana goza hoy del mismo respeto en el mundo de que gozaba nuestra  poesía en la que hace tiempo se destacaban las figuras de Rubén Darío, César vallejo, Gabriela Mistral y Pablo Neruda, entre otros

Boom de la Literatura Latinoamericana

Cuba-USA-América Latina: desatinos y oportunidades III

Jorge Gomez Barata

Dicen que en idioma chino, crisis y esperanza se representan con los mismos caracteres. Aunque en otras lenguas no ocurra lo mismo, la gente espera que, en los momentos de mayor tensión, aparezcan fórmulas de avenencia, máxime cuando se trata de entuertos políticos para cuya solución no se necesitan recursos, dinero ni siquiera esfuerzos, sino comprensión, pragmatismo y valentía política.

 

Aunque los cincuenta años de hostilidad de los Estados Unidos hacía la Revolución Cubana pudieran ser considerados como un mismo suceso; en tan largo período hubo momentos de tensiones extremas, en los cuales, aunque en lontanza y con trazos imprecisos se dibujaban ciertas esperanzas. Cuba no despreció ninguna.

 

La invasión por Playa Girón o bahía de Cochinos fue derrotada de modo relampagueante por los bisoños soldados de la Revolución que hicieron prisioneros a más de las tres cuartas partes de la brigada mercenaria. En lugar de castigarlos, Cuba prefirió convertirlos en piezas de una singular negociación y propuso canjear a 1203 de ellos por alimentos y medicinas para niños, cosa a la que Estados Unidos accedió.

 

Comenzó así una original negociación, en la cual, la parte norteamericana enmascaró su participación en un llamado Comité de Familiares y en la Cruz Roja. Alguien podía pensar que, como usualmente ocurre en los conflictos armados, el buen trato a los prisioneros y su devolución, crearía un clima propicio para negociar otros aspectos sustantivos del conflicto. No ocurrió así.

 

A pesar de reconocer su responsabilidad en la fallida operación de bahía de Cochinos, en lugar de rectificar, el presidente Kennedy persistió en la política heredada de Eisenhower, dejó pasar una coyuntura propicia,  desaprovechó el canal negociador abierto por Cuba y no tuvo la determinación necesaria para dar profundidad al intercambio iniciado, aprovechar la buena fe cubana, dar un chance a la paz y avanzar en la búsqueda de una solución.

 

Poco después, en octubre de 1962, durante la Crisis de los Misiles, el gobierno cubano propuso un plan de cinco puntos que promovía una negociación de fondo y pudo haber conducido a sustanciales avances en la solución del diferendo con Estados Unidos. En la propuesta cubana, la retirada de las armas estratégicas pasaba, por el cese de las agresiones, el levantamiento del bloqueo y la retirada de la base naval de Guantánamo. Estados Unidos ignoró tales sugerencias, soslayó a Cuba y negoció con la parte soviética la retirada de los misiles. Otra vez no quedó por Cuba.

 

Como suele ocurrir cuando los procesos políticos, especialmente las crisis, son maltratados, las negociaciones soviético-norteamericanas en torno a los misiles instalados en Cuba, no condujeron a un relajamiento de las tensiones de la Guerra Fría sino las incrementaron. Cuba cuyos justos reclamos fueron desoídos, bajo las administraciones de Johnson y Nixon conoció un incremento sin precedentes de la agresiva política de los Estados Unidos.

 

La próxima oportunidad apareció bajo la administración de James Carter cuando, luego de difíciles tratativas, en mayo de 1977 se anunció que los gobiernos de Cuba y los Estados Unidos habían alcanzado un acuerdo para el establecimiento de secciones de intereses en La Habana y Washington. Para los optimistas, la existencia de tales representaciones constituía un importante logro político y diplomático que instalaba un canal permanente para el dialogo y la concertación. Tales augurios no se confirmaron.

 

En 1984, tras intensas negociaciones y en el ambiente poco propicio creado por la agresiva política anticubana de la administración Reagan, se firmó un acuerdo migratorio entre Cuba y los Estados Unidos en cuyas negociaciones la parte norteamericana no dejó espacio para el tratamiento de otros aspectos del diferendo. Igualmente ocurrió en esa misma década durante las conversaciones para la paz en Angola.

 

Nunca antes, en ninguna época Cuba y Estados Unidos habían negociado un asunto de tal complejidad para lo cual fueron necesarios numerosos encuentros, así como dilatadas y profundas negociaciones por medio de las cuales se encobraron soluciones para poner fin a la guerra en Angola, asegurar el acceso de Namibia a la independencia y herir de muerte a uno de los oprobios de nuestro tiempo: el apartheid.

 

Obviamente que en aquel proceso, culminado en diciembre de 1988 cuando en Nueva York fueron suscritos los acuerdos, hubo decenas de encuentros entre ejecutivos de ambos países. De haber existido voluntad por la parte norteamericana, aquellos contactos pudieron ser aprovechados para explorar y aproximar las  posiciones de ambos países en áreas sustantivas del diferendo común: No ocurrió y fue otra oportunidad perdida.

 

Sin otra alternativa, Estados Unidos cedió para la solución de un conflicto a miles de millas de sus fronteras pero no avanzó ni un milímetro en el que le afecta a 150 kilómetros de la Florida.

 

 

 

 

 

García Márquez: fusión del realismo mágico y la historia latinoamericana

gabriel-garcia-marquez-foto-guillermo-angulo

Luego de convertirse en un laureado escritor, Gabriel García Márquez., el  Gabo,  se consagró como modelo de la cultura nacional, latinoamericana y mundial. Sus grandes contribuciones y conocimientos en gran variedad de temas, marcaron una importante influencia en las letras hispanas. Su vida. Actividad Política. La Consagración. Curiosidades en torno al Gabo.

Daniella García

A 26 años de haber sido galardonado con el Nobel de Literatura, el escritor colombiano Gabriel García Márquez, su obra y su enseñanza, ha recorrido las venas literarias del mundo entero, diseminando sus conocimientos y su gran influencia como uno de los mayores ejemplos de la nueva literatura de nuestro continente, donde se fusiona el realismo mágico, el contexto social, la realidad colombiana y en general, latinoamericana.

La vida y obra del insigne escritor colombiano, nos pasea por un sin número de narraciones, personajes, anécdotas y hazañas de un mundo mágico, que García Márquez entrega para honrar y reivindicar a cada uno de los pueblos de nuestra América. Su labor es resaltar un pasado rico en historia, un presente noble y verdadero, para reflejar un futuro galopante, emergente y auténtico.

El Gabo, como llaman cariñosamente al Nobel de Literatura, llega a convertirse en un personaje más de sus propias creaciones, su imaginación sin límites no se escuda en un premio para continuar su siembra literaria, pura y mágica.

Su vida

En un pequeño pueblo de la costa atlántica de Colombia llamado Aracataca, nació un domingo 6 de marzo del año 1927, uno de los más grandes exponentes de la nueva literatura latinoamericana. Un hombre que consagraría sus estudios, sus experiencias y su vida al servicio del periodismo, las leyes y las letras.

Conocido en el ámbito familiar como Gabito (hipocorístico guajiro para Gabriel), posteriormente un compañero del diario bogotano El Espectador, José Salgar, lo llamaría Gabo, para dar un seudónimo de conocimiento mundial al periodista y escritor colombiano Gabriel José de la Concordia García Márquez.

Fue criado por sus abuelos maternos, el coronel Nicolás Márquez y Tranquilina Iguarán, en Aracataca, pero a la muerte de éste, se mudó con sus padres a Barranquilla para culminar sus estudios de secundaria. Luego en Bogotá, comenzaría una carrera en Leyes y Ciencias Políticas en la Universidad Nacional de Colombia que más tarde abandonaría para trabajar como columnista y reportero en el diario El Heraldo, a finales de 1949.

Años después, se desempeñó en Bogotá como reportero y crítico de cine, trabajando para El Espectador.

Tuvo dos hijos con su esposa Mercedes Barcha (Rodrigo y Gonzalo), con la que el 22  de marzo de 2008 Gabriel García Márquez celebró sus bodas de oro.

Como corresponsal de Prensa Latina en 1961, vivió en Nueva York, hasta recibir críticas y amenazas de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), la cual atacó duramente su trabajo periodístico, así que decidió instalarse en México.

Cien años de soledad, ha sido la obra más celebrada y reconocida del escritor, la cual vio la luz en 1967. La novela es considerada un gran referente del Realismo Mágico, y cuenta la historia de la familia Buendía en la fantasiosa localidad de Macondo.

A partir de 1975, García Márquez vivió entre Cartagena de Indias, La Habana y París, pero desde 1981, ha residido permanentemente en México.

La Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), llegó en 1994 de la mano de sus fundadores García Márquez, su hermano Jaime y el abogado Jaime Abello. El propósito de esta institución, es que jóvenes periodistas puedan aprender con maestros del oficio como Alma Guillermo Prieto, Javier Darío Restrepo o Jon Lee Anderson, en busca de renovar sus vocaciones y aprender a hacer un mejor y moderno periodismo.

Según la opinión del geógrafo y crítico literario Wolfgang R. Vicent V., quien a su vez funge como Director de los Servicios Técnicos de la Biblioteca Nacional de Venezuela, los aportes más resaltantes de Gabriel García Márquez hacia la literatura latinoamericana, tienen que ver con el hecho de haber convertido en “universales las cosas cotidianas que le pasan o le han contado a cualquier latino en su terruño, el haber conjugado la fantasía, la realidad y la historia y haber construido con una prosa sencilla pero muy culta a la vez, sentimientos y pasiones que los latinos tenemos en lo más profundo de nuestro ser, y que ese sentir nos represente a todos los que vivimos en torno a esa maravilla que es el mar Caribe”.

Vicent, destacó en entrevista exclusiva para la página web de Telesur,  que “la técnica narrativa y el poder de transportarnos a esos mundos tan maravillosos, tan reales y tan mágicos que nos absorben en esas sabrosas y cautivantes lecturas, ese inmenso poder creativo de García Márquez de mostrarnos las cosas interpretadas a su modo que es nuestro modo, es su gran aporte” Seguir leyendo «García Márquez: fusión del realismo mágico y la historia latinoamericana»

Urgencias y demandas de la integración regional en América Latina y el Caribe

Eduardo Gudynas

 

Los jefes de estado de América Latina y el Caribe se reunirán en la ciudad brasileña de Salvador de Bahía. Es una sucesión de encuentros, que comienza con la cumbre presidencial del MERCOSUR, seguida por una de la UNASUR, para terminar con un encuentro latinoamericano el 16 y 17 de diciembre. Frente a este cónclave es más que oportuno preguntarse cuáles podrían ser las prioridades y urgencias de la integración regional bajo una mirada independiente que parte desde la sociedad civil.

 

Sin duda que es un hecho positivo que los presidentes se vuelvan a encontrar e intenten analizar y tal vez coordinar respuestas frente a la crisis global. Pero también hay que reconocer que la situación actual muestra muchas tensiones y problemas pendientes.

 

Los dos grandes bloques sudamericanos ejemplifican estas complicaciones. La Comunidad Andina aparece fracturada por aquellos que apuestan a los tratados de libre comercio (Colombia y Perú) y los que buscan un camino alternativo (Ecuador y Bolivia). El comercio dentro de la CAN se ha mantenido en la modesta franja del 10% del total de las exportaciones (el más bajo en toda América Latina); no logra conformarse una zona de libre comercio efectiva, y hay muchas dudas sobre su capacidad para negociar como un bloque frente a la Unión Europea.

 

En el MERCOSUR también existen tensiones (la más conocida entre Argentina y Uruguay, y la más reciente entre Brasil y Paraguay), el comercio entre los socios se ha mantenido alrededor del 15% de las exportaciones totales. Parece ser que una vez más no se aprobará el Código Aduanero, mientras que las últimas propuestas argentinas de protección comercial fueron rechazadas por los demás socios. Si bien hay avances importantes (como la puesta en marcha de un fondo de asistencia o los intentos de fortalecer la presencia parlamentaria), también es cierto que Buenos Aires y Brasilia mantienen posturas enfrentadas en seno de la OMC, y por lo tanto no se consolida una postura unificada del bloque.

 

El Mercado Común Centroamericano tiene algunos problemas similares, y por ejemplo está tensionado por el tratado de libre comercio con los Estados Unidos.

 

Como por un lado los cuatros socios de la CAN, y por el otro los cuatro miembros plenos del MERCOSUR, navegan entre las más diversas tensiones y conflictos, inevitablemente esta problemática se repite dentro de la Unión de Naciones de Suramérica (UNASUR). En su seno hay expresiones positivas, destacándose su efectiva intervención en la crisis boliviana, pero persisten las incertidumbres de su propuesta integracionista.

 

Recordemos que la UNASUR es la continuación de la Comunidad Sudamericana de Naciones, y supuestamente sería la profundización de aquel proyecto como una “unión”. Pero un examen desapasionado deja en evidencia los contrastes, ya que su tratado constitutivo renuncia a varios de los propósitos originales de la Comunidad Sudamericana. En efecto, una meta clave como la reducción de las asimetrías entre las naciones, que estaba claramente expresada en los acuerdos de la Comunidad Sudamericana, desapareció en el tratado de la UNASUR. Lo mismo ocurrió con otros aspectos, especialmente comerciales y productivos. De esta manera, un examen riguroso indica que los acuerdos de Cuzco y Cochabamba eran más ambiciosos, y si bien los gobiernos aceptaron usar el título de “Unión de Naciones”, postulado por Hugo Chávez, el resultado final es más modesto. Esto refleja la exitosa intervención de Brasil en dejar de lado posibles obligaciones comerciales y productivas, y en especial el abordaje de las asimetrías, para desembocar en lo que esencialmente es un foro político sudamericano. Y es tiempo de recordar que un consejo de defensa sudamericana (algo así como una OTAN regional), dista mucho de las demandas de la sociedad civil por “otra integración”.

 

Sin duda que es bienvenida la permanencia de los esfuerzos integracionistas, y acciones como la presencia de UNASUR en apoyo de Evo Morales, son pasos muy importantes. Pero es necesario reconocer los estancamientos y disputas en otros terrenos, y examinar los factores que los explican.

 

Hoy por hoy, la mayoría de estos gobiernos son progresistas y defienden fuertes discursos integracionistas, pero a la vez mantienen viejas formas de nacionalismo, apelando a modelos de desarrollo convencionales de base extractivista, cayendo en competir en los mercados globales y en disputas fronterizas por el manejo de recursos naturales. Está claro que el manejo de los excedentes y beneficios económicos de esa estrategia exportadora se manejan ahora de otra manera (especialmente bajo un mayo compromiso social), pero de todos modos se repite la vieja estrategia productiva. Esto se está convirtiendo en un obstáculo muy importante para la integración, y frente a ello debe reconocerse que ya no es posible avanzar hacia vínculos alternativos sin una reforma sustancial en los estilos de desarrollo. No se puede plantear una “unión” entre países, si todos ellos exportan materias primas hacia los mercados globales y en la práctica no tienen políticas productivas comunes.

 

En cambio, la próxima cumbre en Bahía alienta un cambio positivo y es el regreso a escena de la idea de “América Latina y el Caribe” como espacio de integración. No es un hecho menor ya que parecería que en los últimos años esa idea cayó a un segundo plano. Incluso la apuesta a UNASUR, y sus antecesoras (la Comunidad Sudamericana de Naciones, y el Area de Libre Comercio de América del Sur), expresan en todos los casos una voluntad restringida a Sudamérica.

 

Esto se debe en buena medida a un camino iniciado por Brasil, bajo el gobierno de Fernando Henrique Cardoso, y profundizado por la administración Lula, donde se consideraba que era inviable una integración de “todo” el continente, mientras que las posibilidades reales de liderazgo regional brasileño estaban enfocados en América del Sur. Existen muchas declaraciones donde se señalaba que México se encontraba irremediablemente bajo la influencia de Estados Unidos, y se aceptaba que América Central y el Caribe estaban englobados bajo ese mismo paraguas. La UNASUR, como el más ambicioso programa de integración en la región, carga con la limitación de contribuir al desvanecimiento de la aspiración de una integración que cubra toda América Latina y el Caribe. Lastimosamente en los últimos años poco a poco se ha extendido y aceptado la idea de una integración “sudamericana” en lugar una “latinoamericana”.

 

La paradoja es todavía mayor ya que el proyecto venezolano de integración, expresado en el ALBA, mantiene aquel horizonte a escala continental. Más allá de las opiniones que se tengan sobre esa iniciativa, e incluso reconociendo que por ahora es sobre todo un esquema de cooperación y asistencia, lo cierto es que el ALBA tiene dos aspectos clave que falta en los demás esquemas: recupera la escala geográfica continental, y acepta compartir los recursos naturales y la articulación productiva. Por lo tanto, es esperable que en la próxima cumbre en Brasil sirva para recuperar una verdadera visión latinoamericanista.

 

Los presidentes también deberían enfrentar decididamente las complicaciones debidas a incumplimientos comerciales, a la inexistencia de expresivas cadenas productivas compartidas entre los países, o por las descoordinaciones en las estrategias en comercio exterior. Las repetidas cancelaciones del Código Aduanero del MERCOSUR o las suspensiones en el Arancel Externo Común de la Comunidad Andina son ejemplos muy claros. La inexistencia de una política agropecuaria común dentro del MERCOSUR, después de 15 años, ya es injustificable.

 

La institucionalidad de cada bloque sigue sufriendo de varias debilidades, y por ello una y otra vez se debe terminar en las cumbres presidenciales para resolver las diferencias. La integración necesita de fuertes compromisos presidenciales, pero no puede estar restringida a ellos. Consecuentemente, los presidentes deberían fortalecer la institucionalidad y las normativas comunes.

 

También se debe abordar el manejo y gestión de los recursos naturales compartidos o en zonas de frontera. Esos recursos siguen explicando la mayor parte de las exportaciones regionales, y se suman las disputas sobre su gestión compartida (la más reciente es la preocupación boliviana por los impactos de represas que Brasil construirá en el Río Madeira, compartido entre las dos naciones). Por lo tanto es necesario generar acuerdos sobre estos aspectos que sin dudas necesitan tanto de posturas innovadoras como de generosidad entre países vecinos.

 

 No puede dejar de mencionarse que se deben articular las cadenas productivas, donde distintos países pueden participar en sus eslabones. La integración no puede reducirse a que los países pequeños le vendan gas o manteca a Brasil o México, quedando obligados a comprar sus autos o camiones, sin poder participar en esos procesos industriales. Los países pequeños deben tener espacio para desarrollar sus industrias, y elaborar manufacturas que se puedan insertar en cadenas productivas de las naciones más grandes. Por lo tanto, se deben generar políticas productivas a escala regional.

 

Es necesaria otra actitud para encarar la gestión de los organismos financieros latinoamericanos, en tanto están en manos de los propios gobiernos. Es preocupante que la Corporación Andina de Fomento (CAF), el FonPlata o incluso los bancos nacionales de acción internacional, como el BNDES de Brasil o BANDES de Venezuela, tengan una performance social o ambiental todavía más opaca que las del Banco Mundial o e BID.

 

Los grandes programas de coordinación en obras y financiamiento deben revisarse para volcarlos para profundizar los vínculos dentro de continente, antes que servir a insertarse en la globalización. Todavía aguarda una respuesta una postura que en este sentido elevó Bolivia en el seno de la Comunidad Sudamericana de Naciones, y que podría servir de punto de partida para un cambio indispensable en el IIRSA.

 

Finalmente, uno de los aspectos centrales de la integración es reducir la asimetría entre los países, permitiendo y empujando a aquellas naciones que vienen rezagadas. La reducción de las asimetrías y el fortalecimiento del comercio intraregional son aspectos clave, y deben volver a la agenda de discusión política de los presidentes, para desembocar en compromisos concretos.

 

La crisis global actual, que será analizada por los presidentes en la cumbre de Brasil, debe ser tomada como una oportunidad para estos y otros cambios. Todo parece indicar que los años dorados de los altos precios en las materias primas y el boom exportador global se desvanecen. Por lo tanto es hora de volver a enfocar a la integración en su verdadero cometido: no es un medio para profundizar la inserción en la globalización, sino que es un proceso para estrechar las relaciones productivas y políticas dentro del continente.

 

Eduardo Gudynas es investigador en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología, Equidad – América Latina), en Montevideo (Uruguay)

 

Tomado de ALAI net